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EPILOGO

 

del fantástico libro

“El Misterio de Belicena Villca”,

dedicado a Ellos.

 

 

... o

 

 

PROLOGO

 

 

del real Misterio de Belicena Villca,

dedicado a Nosotros,

los que sentimos correr por las venas

 

 

La Sangre de Tharsis.

 

 

 

 

 

 Capítulo I

 

 

Yeso fue todo cuanto tío Kurt logró narrarme sobre la historia de su vida. En aquel momento tenía razón en sentir prisa, como los acontecimientos se encargaron de demostrar, pero dejaba pendiente la parte más interesante: los detalles de sus misiones secretas durante la guerra y la misteriosa misión de su padrino Rudolph Hess. Lógicamente, él esperaba también completar sus relatos en una próxima ocasión. Pero estaba escrito que tal ocasión no se presentaría jamás.

       Sin embargo esa, la última noche que hablamos sobre estos temas y me contó su llegada a la Argentina, alcancé a hacerle dos preguntas que aún recuerdo nitidamente. Era tarde ya, como las once de la noche del día 21 de Marzo, dos meses exactos después del rapto espiritual del 21 de Enero, y resolvimos irnos a dormir, luego de un largo día de conversación. Fue entonces cuando planteé un interrogante que me causaba bastante molestia.

       –Dime tío Kurt: si habías recibido en 1945 el libro inédito de Konrad Tarstein “Historia Secreta de la Thulegesellschaft”, en el que se narra la historia alemana de la casa de Tharsis ¿como es que permaneciste indiferente la primera vez que hablamos de la Carta de Belicena Villca, dando a entender que ignorabas su importante participación histórica? Recuerdo muy bien que solo te sobresaltaste al escuchar el nombre “Tharsis”, pero nada expresaste sobre los Tharsis alemanes. No obstante, tu debías conocer una parte de la historia, quizás tan rica en matices como la que Yo conocía por Belicena Villca. Y te guardaste muy bien de decir nada al respecto, incluso hasta ahora. ¡No me parece correcto tu comportamiento, tío Kurt! –afirmé con tono de doloroso reproche.

       Tío Kurt me observó con sorpresa y soltó una de sus formidables carcajadas.

       –¡Pero es que Yo no lo había leído! –se disculpó.

       –¿Cómo? ¿Después de treinta y cinco años no habías leído el libro de Tarstein? –pregunté estupefacto.

       –¡Ya te dije, neffe, que estaba muy enojado por las órdenes que me transmitiera Tarstein! Aquí, en Santa María, simplemente guardé el libro para leerlo el día en que se cumplieran las predicciones de Tarstein, es decir, el día que de algún modo tuviese acceso al resto de la historia de su Estirpe. Y ese día llegó con tu visita y la Carta de Belicena Villca. Por eso lo leí, en efecto, durante los días que estuve encerrado en mi cuarto, a posteriori de conocer el contenido de la Carta: ¡todo coincidía, era realmente la parte que le faltaba a la historia de Belicena, la conexión entre la rama vrunaldina de la Casa de Tharsis y la Thulegesellschaft! ¡la historia de la búsqueda del Führer, iniciada en la Edad Media, y su localización e Iniciación en el siglo XX! Pero si nada te he dicho después sobre esto fue porque esperaba narrarte mi propia vida y hacerte conocer la existencia de esa obra, que todavía conservo. ¡Es mi deseo que la leas tú mismo y luego la retengas como parte de tu herencia! ¿A quién, sino a ti, le corresponde con justicia? Debes unirla a la Carta de Belicena Villca y llevarla a Córdoba, para que la conozcan los Caballeros Tirodal y, si es posible, Noyo Villca.

       Quedé anonadado por la increíble respuesta de mi tío: ¡treinta y cinco años sin leer el libro de Tarstein! ¡Ja! ¡Eso se llama merecer el calificativo de obstinado !

       Tío Kurt fue a su habitación y regresó con el estuche de cuero y herrajes de plata que guardaba la preciosa obra. Me la entregó sin condiciones y allí le disparé la segunda pregunta:

       –Me quedó una gran curiosidad por saber qué fue de la Legión Tibetana. Si no te importa perder un minuto, dime sintéticamente qué ocurrió con ellos.

       –Te lo diré. Y no es demasiado largo de contar. La parte de la Legión que permanecía en su base de Assam, en la frontera con Bután, se dispersó sin hacer ruido al concluir la guerra: algunos regresaron a los Monasterios kâulikas y otros se alistaron como mercenarios en las guerras posteriores del Asia: la de Chiang Kai-Shek contra Mao y las de Corea y Vietnam. Aquellos, en principio, sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial. Pero tú, seguramente, me preguntas por la suerte de Bangi, Srivirya, y los cincuenta legionarios que se quedaron en Berlín a custodiar el bunkerführer: sobre ellos debo confesarte, con orgullo, que todos murieron combatiendo a los rusos. Es un episodio gracioso: según me informaron en esos días, cuando Yo todavía debía huir de Alemania, el 30 de Abril los rusos no consiguieron tomar el bunker sino al costo terrible de diez a uno. Vale decir que los tibetanos acabaron con un batallón de infantería de más de quinientos hombres. Y fue tan impresionante el impacto de aquella carnicería, realizada por una Legión SS. asiática, que el propio Stalin ordenó el retiro y ocultamiento de los cadáveres tibetanos y negoció con los aliados la supresión oficial de toda noticia sobre la Legión Tibetana del bunker. Empero, muchos investigadores independientes han mencionado la existencia de la Legión y su valerosa determinación de defender el bunker hasta el fin. Claro que si se consulta a los “historiadores oficiales”, los que deben vivir de los presupuestos académicos o periodísticos, la versión será bien distinta: los rusos habrían hallado el bunker casi desguarnecido; y la Legión Tibetana nunca existió.

 

 

Capítulo II

 

 

       Nos despedimos hasta el día siguiente, con la consigna de partir enseguida hacia Tucumán. Al fin y al cabo llevaba casi tres meses desde el asesinato de Belicena Villca y todavía no había intentado cumplir su pedido. Los conté mentalmente: 74 días. ¡Setenta y cuatro días! Podría ser mucho tiempo; quizás para Noyo Villca lo fuera, y lo lamentaba. Pero para mí serían los setenta y cuatro días más fructíferos de mi vida. Me causaba risa y lástima recordar lo que era Yo antes del 6 de Enero, en aquel siniestro Hospital Neuropsiquiátrico: “el Dr. Arturo Siegnagel, uno de nuestros mejores internos” –me presentaban las enfermeras. ¡En lo que me había convertido el sistema! Antes del 6 de enero lo tenía todo, desde el punto de vista material, pero carecía de ideales claros: ¡me habían lavado el cerebro! Por el contrario, ahora no tenía nada, comparándome con el Dr. prestigioso que había sido, carecía de futuro material, de porvenir predecible dentro de las leyes del sistema; pero tenía claro el ideal de la Sabiduria Hiperbórea. ¡Y con ese ideal que tenía ahora, no necesitaba poseer nada más en la vida, y mucho menos la determinación de un futuro mediocre !

       Me introduje en la cama, jubilosamente diría. ¡Cómo había cambiado todo para bien! ¡Cómo había cambiado Yo para bien! La noche se presentaba estrellada y un poco fresca, tal vez anunciando el comienzo del otoño. Al principio pensé leer el libro de Konrad Tarstein, mas luego me contuve. Yo también estaba algo cansado y no quería descontrolarme del todo, no deseaba que el gozo actual me dominase completamente: si tío Kurt se guardó 35 años de leerlo ¿por qué habría Yo de impacientarme? ¿no era acaso capaz de aguardar un día más? Y entonces, luego de generar tan necios pensamientos, apagué la luz y me dispuse a dormir.

       ¡Oh, Dioses, qué necio! en eso me había convertido ahora, aparte de “iluminado por la Sabiduría Hiperbórea”, que por cierto no tuvo nada que ver con lo que sucedió. Fui Yo, mi orgullo desmesurado por efecto de todo lo que sabía en tan corto tiempo y que me inflaba el plumaje como un pavo real, el único culpable de que la Desgracia, que acechaba, se arrojase aquella noche sobre nosotros. Por supuesto; no descarto ni subestimo la asombrosa vigilancia que el enemigo mantiene sobre todo el Mundo, o “sobre muchos Mundos”, según los conceptos que el Capitán Kiev empleaba con Belicena Villca. No; no voy a subestimar la atenta tarea de observación que los Demonios desarrollaban tratando de ubicar a tío Kurt; tal vez esa guardia habría dado un día sus frutos y lo hubiesen hallado de alguna manera. ¡Pero de lo ocurrido esa noche Yo fui el principal responsable! ¡¡¡Cien veces, mil veces, hubiera sido preferible que leyera el libro de Tarstein, como “normalmente” lo deseaba, en lugar de hacer lo que hice!!!

 

 

       Como dije, apagué la luz y me dispuse a dormir. Ví el cielo estrellado a través de los cristales, y cerré los ojos. Mas, estando aún bastante nervioso, además de cansado, decidí adormecerme mentalizando el Kilkor svadi. ¡Y ese sería el error fatal!

       Tío Kurt me reveló la forma del Kilkor e hizo demostraciones sobre el dominio mental que permitía ejercer sobre los perros daivas. Comprendí entonces que el “silbido” empleado para lanzar los perros sobre mi, cuando entré furtivamente en su finca, no había sido en verdad un sonido audible: fue mi inconsciente predisposición a captar los símbolos del Kilkor, desde “más allá de Kula y Akula”, la causa de la percepción de la orden de tío Kurt. Igualmente había sucedido con los quejidos de los dogos tibetanos que expresaban sus deseos contenidos de atacar: todo fue mental, percepciones extrasensoriales, símbolos que la ignorancia de mi razón traducia como originados por sonidos, la ilusión de sonidos. Desde luego que sólo Yo, o alguien que poseyera como Yo “el Signo del Origen” hubiera podido oírlos: cualquier persona “normal”, por más adiestramiento que poseyera su sentido auditivo, sólo habría notado la presencia de los canes cuando las fauces mortales se hubiesen cerrado sobre sus miembros.

       En fin, tío Kurt había quedado, como tantas cosas inconclusas que quedaron, en permitir que Yo lo empleara de acuerdo a sus indicaciones; pero la ocasión no se presentó y no llegué a efectuar ningún tipo de práctica sobre los dogos. Aquella noche, faltando quince o veinte minutos para las 12, me entretuve un buen rato fijando la imagen del Kilkor en la mente y al cabo, sin reflexionar en ello, emití una orden. Vale decir, que compuse la palabra de una orden sin imaginar que ésta se cumpliría inexorablemente. Fue una directiva simple, “ladrar” pensé, que en modo alguno permitía suponer lo que causaría.

       Instantáneamente, los dogos emitieron un aullido lobuno, desgarrador, y comenzaron a ladrar a dúo, sin parar. Los rugidos que lanzaban eran estremecedores, y muy intensos, por lo que me incorporé en la cama, helado de espanto y desesperado. “Despertarán a tío Kurt” pensé tontamente, y me concentré nuevamente en el Yantra, tratando de formar una palabra que detuviera el concierto canino. Imaginé que la palabra seria “silencio” mas ¿cómo se dice silencio en sánscrito o tibetano, únicas lenguas en las que se podía traducir el concepto con la clave del Kilkor svadi? “Tío Kurt me lo había dicho”, me aseguraba a mí mismo, mientras procuraba infructuosamente recordar. Y fue entonces que se produjo el primero de la serie de nefastos fenómenos que sucederían durante esa noche infernal.

       Ocurrió como si mi conciencia se hubiese expandido de pronto ilimitadamente: percibí toda la habitación de un sólo golpe de vista, pero sin mirar, como si una voluntad más poderosa que la mía me obligase a hacerlo. Luego vi el exterior de la casa, la Finca, toda a la vez ; y la ciudad de Santa María, y el camino a Salta, y mi propia Finca en Cerrillos. Vi a Papá, a Mamá, a Katalina, a Enrique y Federico, mis sobrinos, y hasta al perro Canuto. Como hipnotizado, lo veía todo y no podía dejar de ver. De improviso, desde el fondo de mi campo de visión, justamente frente a mí, y como surgiendo detrás de las Cumbres del Obispo, un punto comenzó a crecer a velocidad portentosa hasta ocupar toda mi atención. ¡Jamás lo podré olvidar! Tomando las palabras que la Princesa Isa le dijera a Nimrod, afirmaría que se trataba de “el monstruo más espantoso y abominable que imaginarse pueda en una eternidad de locura”, uno “que no puede ser descripto por ningún mortal sin perder la cordura”. ¿Y qué me salvó a mí de esa Presencia del Infierno? Sin dudas la Virgen de Agartha, la Semilla de Piedra que Ella depositara el 21 de Enero en un corazón humano y mortal; la Semilla que, pese a todo, había germinado y hecho de mí lo que ahora era.

       Porque en el pasado habría muerto allí mismo, frente al Demonio que me había contemplado por un instante con un odio que nunca creí posible que nadie pudiese experimentar. Pero ahora tuve fuerzas suficientes para enfrentarme a él y apartarle de mí. Sí; desapareció de la vista y la visión se disipó. De nuevo me encontré en la habitación de Santa María, sentado en la cama y oyendo cómo los dogos aullaban sin parar. Comprendí en un instante que mi mente, al intentar silenciar a los perros daivas, se “descuidó”, ofreció un flanco débil, y fue “sintonizada”, captada, por un Demonio de la Fraternidad Blanca, un representante de las Potencias de la Materia, quizás el Inmortal Bera, quizás Rigden Jyepo, tal vez el mismo Enlil-Jehová-Satanás.

       Evidentemente, no me hallaba del todo desconcentrado pues oí, o creí oir, la voz de tío Kurt que tronaba las palabras “Nischala miravâta svadi” directamente en el interior de mi psiquis, con lo que los perros cesaron de inmediato de ladrar. Lo cierto fue que un instante después irrumpía verdaderamente tío Kurt en mi cuarto, gritando “¡Arturo! ¡Arturo!”

       –¡Arturo! ¡Estás bien, gracias a los Dioses! –exclamó al encender la luz y cerciorarse de que me hallaba con vida–. ¿Qué has hecho, Arturo? ¡El Demonio Bera te ha localizado! ¡Por un momento lo sentí como aquella vez en la cañada La Brea, en el Tibet!

       Le referí el uso imprudente que hiciera del Yantra.

       –Oh, Arturo, –se asombró– has sido muy fuerte al librarte de él. Pero no creo que eso baste. Mucho me temo que los Druidas hayan descubierto esta casa. Tendremos que salir de aquí lo antes posible.

       No sabía que decir. Irracionalmente, tomé el reloj pulsera de la mesa de luz e indagué la hora: “las 0,10 horas” –dije– y volví la cabeza hacia tío Kurt, que me observaba con los ojos desorbitados.

       No tardé en comprender el motivo de su horror: era el zumbido, el inconfundible zumbido de las abejas meliferas. En verdad, aquel eufónico sonido del Dordje sólo se advertía cuando sus efectos complementarios ya se estaban produciendo. Al comienzo no lo noté, pero luego, naturalmente después que lo percibiera tío Kurt, lo escuché claramente, llenando el ambiente con la sensación de llegada de un enjambre innumerable. Pero a esa altura era imposible reaccionar pues la presión sobre el corazón no admitía distracciones. Me dejé caer hacia atrás, hasta que mi cabeza dio con la almohada, y me relajé lo mejor que pude; inconscientemente me tapé los oídos con las manos, pero el sonido mortal penetraba igual, a cada instante con más intensidad; y el corazón, completamente fuera de control, parecía querer salírseme del pecho. Y aún no había llegado lo peor.

       Experimentaba una parálisis creciente en todo el cuerpo y razoné, ya en el final de la resistencia psíquica, que la mejor táctica mental para luchar contra la poderosa Fuerza de Voluntad de los Demonios consistiría en concentrar el pensamiento en una idea ajena a la terrible realidad del Dordje. Pensar en otra cosa, pero ¿en qué? ¡Oh Dioses, cuán avara de ideas puede tornarse una imaginación fantasiosa como la mía en una situación límite semejante, cuando está en juego la vida animal! ¡Y cuánto más avara ha de volverse si, como asegura la Sabiduría Hiperbórea, el Alma Creada está pronta a traicionarnos pues su substancia es parte del Creador, partícipe de su Arquetipo a imagen y semejanza! Allí lo comprobé sin dudas: ¡el Alma siempre traicionaría al Espíritu, al Yo, para favorecer la Voluntad de los Demonios, que pertenecen a la Jerarquía Blanca en la que se desdobla y encadena el Creador-Uno! Porque súbitamente me vino al fin una idea salvadora: era un recuerdo de mis días de estudiante universitario, cuando asistía a las clases de Biología. Y Yo me dejé llevar por el recuerdo; y pareció por un momento que me libraba de la presión del Dordje. Sí; el Alma, dueña de la memoria y los recuerdos, había finalmente obedecido la voluntad del Yo y me sacaba de aquella mortífera realidad. Era una clase de Biología, lo recordaba perfectamente; me encontraba rodeado por decenas de compañeros; ¿sobre qué versaba la clase? ¡ah, sí! ¡Fisiología de los insectos! Ahora ingresaba el Profesor Jacobo Cañás al Aula Magistral y comenzaba a desarrollar la clase. Tema: “la abeja común ; clasificada también con el nombre de Apis mellifica por Linneo; Apis doméstica por Reaumur; Apis cerifera por Scopoli; Apis gregaria por Geoffroy; y muchos otros nombres con que los Grandes Naturalistas han designado al mismo insecto”.

       Carecía de fuerzas para salir del recuerdo. Alguien adentro mío, el mismo que intentara hundirme en el Abismo la noche del sismo de Salta, me había traicionado nuevamente. ¡Ah, si hubiese ascendido por auxilio hasta la Virgen de Agartha, como entonces, si me hubiese dejado raptar por Su Gracia Divina! Con seguridad, ese rapto de la Mujer Absoluta era lo que los kâulikas llamaban el Kula. El Kula me habría transformado en Akula, en Shiva viviente, y el Espíritu se habría situado “más allá de Kula y Akula”. Con seguridad, pues, ése era el verdadero camino de salvación para salir fuera del cerco de los Demonios, que Yo no supe encontrar de entrada por manifiesta falta de fe en Mí Mismo, por la desconfianza en el hecho de que mi Espíritu pudiese ser amado realmente por la Diosa de la Liberación Eterna.

       En cambio, permanecía en la clase del Profesor Jacobo Cañás: “el zumbido de los himenópteros es generalmente una combinación de tres tonos distintos, generados en diferentes órganos. El más intenso es el de las alas, aunque es el de menor frecuencia: para un mismo ejemplar de Apis mellifica, varía estadísticamente entre un la de 440 ciclos por segundo y un mi de la misma octava de 330 ciclos por segundo; el primer tono corresponde a la abeja ­descansada, en el momento de salir de la colmena; el último, a la abeja fatigada, al finalizar su jornada de labor”. Percibía precisamente aquellos tonos; oía claramente el sonido de las alas al batirse; los himenópteros volaban hacia mí. “El segundo tono que compone al zumbido característico, es producido por la vibración de los estigmas que conducen el aire a las tráqueas pulmonares: se trata habitualmente de un si de 594 ciclos por segundo, apreciablemente más agudo que el tono de las alas, pero me-nos intenso”. Escuchaba ahora el zumbido de una abeja; el zumbido de un enjambre; el zumbido me saturaba los sentidos, me paralizaba el cuerpo, me invadía la mente. ¡El zumbido se apoderaba de los latidos de mi corazón y los sincronizaba con su frecuencia! ¡El zumbido me estaba matando!

       “El tercer tono, muy débil, procede del movimiento de los anillos abdominales”... No terminaría jamás de recordar la clase del Profesor Jacobo Cañás. En el paroxismo de la crisis cardíaca, sufrí una sensación de calor insoportable, terrible, como si mi cuerpo hubiese sido echado de golpe en un horno incandescente. Pero no; en el instante que duró la convulsión térmica, noté que el Fuego no estaba afuera sino adentro mío; que impregnaba todo mi cuerpo como un líquido inflamado que se descomponía en gases candentes. Y aquel líquido que ardía era mi sangre.

       Un instante duró el impulso calorífico, que me estremeció al ritmo del zumbido apícola, pero Yo, naturalmente, creí morir: como una última visión agónica contemplé el rostro de Mamá, de Katalina, de mis sobrinos, y de muchos otros familiares desconocidos hasta entonces pero cuyo parentesco era patente. Mas todos los rostros se parecían entre sí, no en virtud de su semejanza genética, sino a causa de la expresión común que manifestaban, probablemente idéntica a la mía de ese instante: todos eran rostros agónicos, rostros de seres humanos que morían en medio de un gran dolor; sus expresiones reproducían la Expresión de la Muerte. Y entonces terminó todo.

 

 

 

 

 

Capítulo III

 

 

       Con otras palabras, quiero decir que entonces concluyó el fenómeno; o sea, que cesó el zumbido y se cortó la presión sobre el corazón. Poco a poco se me fue normalizando el pulso y pude moverme a voluntad. Aún aturdido, reaccioné y me incorporé al recordar a tío Kurt: temí lo peor.

       Empero, él también se recuperaba en esos momentos; y comprobé que había caído de rodillas, como también le ocurriera en la cañada tibetana La Brea, más de 40 años antes. Estuve unos minutos inmóvil, ordenando las ideas, hasta que de pronto rememoré el último instante del fenómeno, cuando viví mi propia agonía y la de todos mis familiares. Y entonces comprendí. Entonces supe que aquello era verdad, que algo irreparable le había sucedido a mi familia. Descompuesto de pánico interrogué con la mirada a tío Kurt: en el horror que leí en sus ojos supe que Yo estaba en lo cierto.

       Al fin conseguí articular palabras y grité:

       –¡Mamá, Katalina! ¡Oh, tío Kurt: algo terrible le ha ocurrido a la familia! ¿Qué ha pasado, tío Kurt, qué ha pasado?

       –Creo que una cosa espeluznante, Arturo. No quiero alarmarte, pero me parece que el Demonio Bera no logró realmente averiguar tu paradero, y el mío, pero temo que lo que vio en tu psiquis fue suficiente para que encontrara la Finca de Beatriz en Cerrillos. Si es así, nuestra familia ha corrido grave peligro. ¡Debemos ir de inmediato a Salta, Arturo! ¡Pide una comunicación telefónica mientras Yo preparo el Jeep !

      

       “A Salta, treinta minutos de demora”, fue la lacónica respuesta de la operadora. Solicité igualmente la comunicación con carácter de urgente y rogué que la activara cada diez minutos. Me notificó entonces la hora en que se asentaba mi pedido y casi no lo pude creer: eran nada más que las 0,30 horas. En quince o veinte minutos había ocurrido todo. ¿Podría ser? ¿Podrían los Demonios haber actuado en tan poco tiempo? Esa duda, in-consistente, me esperanzó un poco. Pero fue sólo hasta que volvió tío Kurt del garage y le comuniqué mi inquietud.

       Sacudió la cabeza en un gesto negativo y desalentador, y me dijo:

       –Quisiera confirmar tu esperanza pero no puedo engañarte. No debemos ser optimistas en modo alguno: los Inmortales dominan el Tiempo y el Espacio, son Maestros en el arte de desplazarse en los incontables Mundos de la Ilusión máyica. A nosotros no pueden hallarnos, como no podían hacerlo con Belicena y Noyo Villca, porque Nuestros Espíritus Iniciados están en verdad aislados del Tiempo y del Espacio por las Runas de Wothan; o por las Vrunas de Navután, si prefieres. Ellos no conocen nuestra Realidad, el Mundo que el Espíritu afirma desde el Origen, y eso los desconcierta, les impide localizarnos; pero una vez obtenida la referencia real de un Mundo determinado, a él pueden dirigirse y llegar en cualquier Tiempo y Espacio.

       No sé para qué preguntaba si Yo sabía que era así. Pero me ilusioné por un momento confiando en que mi razonamiento tuviese valor, aguardando vanamente que la razón prevaleciese sobre la irracionalidad que se iba adueñando de mi vida. La campanilla del teléfono me sacó de tan amargas reflexiones.

      

        –“Su llamada con Salta” –anticipó lacónicamente la operadora.

       Durante diez largos minutos oí los tonos de llamada a través del teléfono, sin que nadie respondiese en Cerrillos. ¡Aquello sí que no era normal! ¡Aún siendo la una de la mañana alguien debería atender en mucho menos tiempo: mil veces había hecho llamadas semejantes desde Salta y siempre me contestaron en tres o cuatro minutos!

       “No responden en su número”, interrumpió la operadora. “¿Repetimos la llamada más tarde?” No supe qué decir. Miré de reojo a tío Kurt y observé que me hacía una obvia señal con las llaves del jeep.

       –No, señorita, la cancelo ahora. No debe haber nadie en esa casa –sugerí con amargura.

 

 

 

 

 

Capítulo IV

 

 

       Quince minutos después me hallaba por segunda vez en mi vida rodando por la calle Esquiú: íbamos tío Kurt, Yo y los perros daivas. “Es preciso llevarlos por las dudas que nos tiendan una celada”, me explicó; “pero esos Demonios son orgullosos y suponen que jamás les va a fallar un golpe; es posible que ya estén en Chang Shambalá; o cumpliendo otra de sus macabras misiones”. Se quedó un momento pensativo y luego agregó con tono lúgubre:

       –Cielos, Arturo: ¿adónde supones que irían después, si como tememos han pasado ya por Cerrillos?

       –A Tucumán, a Tafí del Valle, a la Chakra de Belicena Villca –respondí sin vacilar.

       Esa probabilidad, y lo que podría haber pasado en Cerrillos, nos quitaron los de-seos de hablar durante el resto del viaje. Viaje agotador, si se tiene en cuenta el horario nocturno, las malas carreteras, el hecho de que llevábamos un día sin dormir, y el reciente esfuerzo físico causado por el ataque de los Demonios.

 

 

       Las campanas de la iglesia de Cerrillos llamaban a la misa de las ocho cuando pasamos frente a ella. Y cien metros antes de llegar a la tranquera de la Finca ya sabíamos que algo terrible había realmente sucedido: las luces rotativas en el techo de las patrullas policiales confirmaron trágicamente nuestras sospechas y temores. Haciendo caso omiso de los policías que custodiaban la entrada, tío Kurt viró el jeep y tomó el camino hacia el casco a gran velocidad. Evidentemente ahora nada le importaba: ni su cobertura estratégica, ni las posibles persecuciones si era descubierto, ni que de acuerdo a su nueva identidad nada lo vinculaba con los Siegnagel-Von Sübermann. ¡Pobre tío Kurt! ¡En treinta y cinco años jamás se atrevió a cruzar esa tranquera para visitar a su única hermana, y ahora debería hacerlo para su funeral!

       ¡Porque todos habían muerto, incluso mi Madre, es decir, su hermana Beatriz! ¡Y de la manera más horrenda!

       Estacionados junto a la Finca, tras los lapachos donde recibiera de manos de mi madre la fatídica carta de Belicena Villca, se hallaban cuatro coches: dos patrullas policiales y dos ambulancias. Al lado de un lapacho, mi preferido, bajo cuya bendita sombra estudié mis carreras universitarias y medité sobre el misterio del hombre y de su miserable vida terrestre, estaba el cuerpo sin vida de Canuto, tapado por unos diarios ensangrentados. ¡Cómo había cambiado ese lugar en sólo dos meses! La alegría y la felicidad de la familia se habían trocado en muerte y duelo! ¡Maldita Carta de Belicena Villca! ¡Si al menos no la hubiese leído! Me torturaba inútilmente. Como dije al principio: “en la vida de ciertas personas hay como trampas cuidadosamente montadas: basta tocar su resorte para que se desencadenen mecanismos irreversibles”.

       Al sentir el motor del jeep varios hombres salieron de la casa. Uno era el Comisario policial de Cerrillos, quien me conocía de niño.

       –¡Jesús! ¡Arturo Siegnagel! ¡Justo a tiempo! –dijo sin pensar, pues luego se arrepintió, bajó la vista, y poniéndome una mano sobre el hombro me habló cautelosamente, va-le decir, todo lo delicadamente que puede hablar un policía enfrentado a un alucinante múltiple homicidio. Tío Kurt permaneció a mi lado.

       –Discúlpame, Arturo. La verdad es que no has llegado a tiempo. Sólo lo dije pensando en la investigación, pues ignorábamos donde encontrarte. No sé como decirlo, entiende que soy policía, no cura, pero debes saber que toda tu familia ha sido asesinada de modo extraño.

       Amagué dirigirme al interior de la casa, visto que aún no habían subido ningún cuerpo en las ambulancias, pero el Comisario me detuvo. “Aguarda un instante, Arturo, pero es mi deber interrogarte ¿tú sabías que algo había ocurrido aquí? ¿de dónde vienes ahora?

       –¡Oh sí! –afirmé precipitadamente– Sabía que algo malo pasaba porque nadie respondió al teléfono de la Finca esta mañana a la una. Fue por eso que salimos de inmediato hacia aquí.

       –Pero ¿de dónde hiciste la llamada, adónde te encontrabas? –quiso saber sin excusas.

       –Pues, en la Finca de este amigo aquí presente, el Sr. Cerino Sanguedolce, quien es fabricante de dulces en Santa María de Catamarca y con el que estaba ajustando un negocio para venderle nuestro mosto sobrante. Hacía unos días que me encontraba allí.

       –Está bien Arturo, lo verificaré –dijo, mientras guardaba la libreta en la que apuntaba todos los datos.

       –Bueno, pueden pasar. Tú eres Médico y se supone que debes poseer “sangre fría”, pero esto es distinto: el, o los asesinos, son sin dudas psicópatas, tal vez escapados del nosocomio donde tú trabajabas. Han cometido los crímenes con un salvajismo nunca visto por aquí. Mejor entras preparado.

       En el interior el desorden era total, luego del paso de ignotos policías que ejecutaron sus aún más ignotos peritajes. En el comedor, se habían arrimado los bordes de dos mesas, y sobre ellas estaban depositados los cinco cadáveres. Prudentes sábanas cubrían la exposición de los cuerpos. Tío Kurt me apretó un brazo con su mano de acero y descubrió él mismo el primer cadáver.

       –¡Beatriz! –gritó él.

       –¡Mamá, Oh Mamá! ¿Qué te han hecho? –grité Yo desesperado, al comprobar que el dulce rostro de mi madre, crispado ahora por una mueca de horror indescriptible, aparecía degollado de oreja a oreja.

       –¿Lo ven? –comentó inoportunamente el Comisario–. Se trata del acto criminal más aberrante que he visto en mi vida, incomprensible, indudablemente producto de una mente enferma.

       Los siguientes cuerpos correspondían a mi hermana Katalina y a sus dos hijos, Enrique y Federico. Estos no mostraban seña de violencia alguna.

       –Pensamos que fueron envenenados, y los íbamos a trasladar a la morgue local para practicar la autopsia cuando Uds. llegaron. Ahora que los has visto daré la orden de que los carguen en las ambulancias. A los otros no habrá necesidad de llevarlos pues su muerte es obvia y ya ha sido determinada por el médico forense: tu madre fue degollada, según has comprobado tú mismo, y tu padre falleció por aplastamiento de cráneo, seguramente al resistirse al ataque: ¿tienes algo que objetar sobre ese diagnóstico?

       Moví la cabeza negativamente y destapé el cuerpo de Papá: el golpe vino de arriba, descargado con un objeto contundente hábilmente manejado, ya que sólo le hundiera dos centímetros de la bóveda craneana, a la altura del encéfalo.

 

       Tío Kurt permanecía como abstraído frente al cuerpo sin vida de su hermana. Las ambulancias ya se habían llevado a Katalina y sus hijos, y los policías comenzaban a retirarse. Invité al Comisario a una copa, y le señalé varias cajas de nuestro mejor Sauvignón, indicándole que se las repartiera a sus hombres, acto de cortesía prohibido por los reglamentos policíacos pero que sería tomado como un gesto inhospitalario si no fuese ofrecido. No tardó el Comisario en hacer cargar las cajas de vino y reunirse conmigo en la cocina. Chablis helado y jamón crudo fue consumido en cantidad, mientras aflojaba la lengua del policía. Un rato después se nos unió tío Kurt.

       –¿Quién dio la noticia? –pregunté.

       –El personal que entra a las 5 –respondió–. Un criollo llamado “Jorge Luna” parece que fue el primero en llegar. Se sorprendió al notar que todas las luces de la casa estaban encendidas “como en noche de fiesta”, según declaró; se aproximó entonces a la cocina, donde siempre estaba tu padre tomando mate desde las 4,30 horas, pero no vio a nadie. Así que, comenzó a rondar la casa pensando que tu padre estaría afuera. La primera señal de que algo malo había pasado la tuvo al tropezar con el cuerpo del perro, literalmente partido en dos, cerca de los lapachos. Unos metros más allá, yacía el cadáver de Don Siegnagel, con el cráneo destrozado.

       A primera vista y especulando un poco –prosiguió el Comisario– te diría que han intervenido como mínimo dos cómplices, tal vez tres. Dos son imprescindibles para reconstruir el hecho con cierta lógica, pues resulta evidente que tu padre salió de la casa re-querido por tu madre, quizás respondiendo a un grito aterrador de ella, y fue sorprendido por el golpe asesino junto a la puerta. No bien se asomó, recibió el golpe que, según el forense, le produjo la muerte en el acto. Allí lo encontró Jorge Luna y corrió con su bicicleta hasta la Comisaría a buscar ayuda, en tanto le avisaba a los restantes operarios que llegaban que no se acercaran a la Finca. A Doña Beatriz la hallamos nosotros, junto al lagar. Presumiblemente desde allí lo llamó a tu padre, antes de ser asesinada, y creemos que fue hecha salir de la casa con engaños: eran pasadas las 0,00 horas cuando se produjo el crimen, hora impropia para salir voluntariamente al exterior de la casa en gente acostumbrada a levantarse a las 5 de la mañana. Claro que sólo se trata de conjeturas. Hasta que no se reúnan más elementos, y los resultados de los peritajes, no podremos evaluar muy precisamente los hechos –se atajó, como hace todo policía profesional cuando no quiere comprometer su opinión.  

       Alenté al comisario para que continuara con la descripción de lo ocurrido, mientras circulaban las tajadas de jamón y las copas de Chablis.

       –Dios me perdone; tú me lo pides y Yo tendré que responderte crudamente, Arturo. El loco, que se apoderó de tu madre, la arrastró hasta el lagar, quizás amordazada, y desde allí permitió que gritase para atraer a Don Siegnagel a la trampa que le tendiera su cómplice. Una vez muerto tu padre, ambos se reunieron para asesinar a Doña Beatriz. Te preguntarás cómo puedo estar tan seguro? Pues porque, como dedujo el médico forense, para matar de esa forma hacen falta cuatro manos; es decir, dos para sujetar a la víctima y dos para practicar tan perfecto tajo de oreja a oreja. No serían necesarias cuatro manos si la víctima estuviese inconsciente, pero éste no es el caso, pues no se descubrieron golpes en la cabeza ni señales de narcótico –hay que esperar los análisis para estar seguros del todo– y, lo más concreto, existen huellas de los pies, que revelan una resistencia desesperada hasta exhalar el último suspiro.

       Sentí que me mareaba, que todo daba vueltas alrededor mío, que la náusea me ganaba el estómago, la garganta... Vacilé en la silla, a punto de vomitar.

       –¡Bebe una copa, Arturo! ¡Vamos, bebe! ¡La necesitas! –me incitaba el Comisario, extendiéndome la copa rebosante de buen vino blanco.

       La bebí de un trago; y a fe que jamás me cayó tan bien una de nuestras cepas.

       –Era previsible que te descompusieras, era demasiado espantoso y repugnante lo que ha pasado esta noche en tu casa. ¿Estás seguro de que deseas saberlo todo ahora? Podrías descansar unas horas y enterarte más tarde, cuando te encuentres más calmo.

       –¡No, no! ¡Por favor, Comisario! –supliqué–. Ha sido sólo un mareo pasajero. Dígamelo todo ahora, cuanto antes mejor.

       Tío Kurt apoyó con un gesto esta solicitud.

       –Y aquí viene lo peor, Arturo: ¡Doña Beatriz fue sujetada de tal modo, que al ser degollada, los asesinos consiguieron que la sangre cayese integramente en el lagar; hasta la última gota!

       El Comisario nos miraba perplejo. Esperaba sorprendernos con ese macabro dato pero nosotros no nos inmutamos, ya que imaginábamos las maniobras Rituales de Bera y Birsa y descontábamos que su propósito sería aprovechar la preciosa Sangre Pura de los Von Sübermann para intentar exterminar la Estirpe entera, como hicieran en el Siglo XIII con la Casa de Tharsis.

       –Por otra parte –dijo el Comisario– me gustaria que nos expliques algo que nos intrigó a todos.

       –Lo que Ud. quiera saber, Comisario.

       –Es sobre el lagar; ¿que capacidad tiene?

        –Pues.. si mal no recuerdo, unos 20.000 litros –respondí.

       –¿Y se puede saber para qué Demonios lo llenaron con Alquitrán ?

 

 

 

 

 

Capítulo V

 

 

       Me hallaba sentado en el sofá del living, dormitando. Había ingerido 3 mg. de un tranquilizante y tenía el sistema nervioso bastante sedado. Serían las diez de la noche y, entre sueños, oía a tío Kurt hablar en árabe y en alemán. Pero no se trataba de un sueño: al mediodía, tío Kurt solicitó una llamada internacional y recién acababan de comunicarlo. Minutos después llegaba hasta mi y me sacudía sin contemplaciones.

       –¡Todos han muerto, Arturo! ¡Todos! ¡Tú y Yo somos los únicos Von Sübermann con vida que han quedado!

       Lo miré entre brumas. El continuó:

       –¡Mis tíos y mis primos de Egipto, incluso algunos primos lejanos que vivían y estudiaban en Europa, todos murieron esta mañana a las 0,15 horas!

       Tio Kurt no levantaba la voz, pero sus gestos eran elocuentes: estaba fuera de sí. Traté de calmarlo, de transmitirle mi farmacológica tranquilidad, pero sólo conseguí ponerme nuevamente nervioso; ¡la furia de tío Kurt era contagiosa!                

       A pocos pasos de distancia, en el Comedor donde viera a mis padres muertos, yacían dos ataúdes sobre pares de caballetes; coronas, palmas de flores, candelabros con velas encendidas, y cruces, completaban los elementos ceremoniales del funeral católico. Mi padre era conocído en ese pueblo desde la infancia y mamá desde 1938, de modo que el desfile de vecinos y amigos que deseaban darle el último adiós era incesante. Muchos, pertenecientes a las gentes más humildes, pero con quienes siempre contamos para el rudo trabajo del campo, se quedarían la noche. 

       Alguien contrató a unas lloronas profesionales de La Merced, famosas por el sentimiento y fervor que imponían a sus lamentos, las que se dedicaban en ese momento a representar su función.

       Momento terrible aquel, de impotencia, de comprobar la manera en que nuestros enemigos nos atacaban y de no poder responder en la misma medida. Cosa sorprendente, el duro tío Kurt se había sentado, finalmente, en otro sofá y por momentos sollozaba con aflicción. Yo debía recibir el pésame de los visitantes, de acuerdo a la tradicional costumbre, quienes antes de marcharse dejaban su nombre anotado en una tarjeta, que les aseguraba recibir más adelante, en un plazo no mayor de diez días, el agradecimiento postal. Costumbres, hábitos en práctica desde tiempo inmemorial, de las que no podría zafarme sin causar un gran escándalo.

       A la medianoche la casa estaba atestada de gente. Unas vecinas se encargaron gentilmente de preparar café y atender a los conocidos. Diversos grupos de amigos formaron corrillos para comentar los horribles crímenes, y los rumores más insólitos circulaban de boca en boca del supersticioso vecindario indio y mestizo. Tío Kurt y Yo intentamos vanamente que la Policía nos entregara los cuerpos de Katalina y los niños, temiendo que en pocas horas se corrompiesen como sucediera con los miembros de la Casa de Tharsis. Mas nuestra gestión fue inútil. La autopsia no se completaría hasta el día siguiente. Y, aun-que la Policía no lo admitiera, sabíamos el porqué de aquella demora: los Médicos forenses no conseguían establecer la causa de las muertes. Mi hermana y sobrinos fueron encontrados en sus cuartos, en la planta superior de la casa, y presumiblemente fallecieron sin enterarse de los espantosos asesinatos que se estaban cometiendo afuera; habrían muerto, como los miembros no Iniciados de la Casa de Tharsis, en el momento en que el poder del Dordje de Bera transformaba la sangre del lagar en Alquitrán, es decir, a las 0,15 horas. Y obviamente, esto no lo sabían los Médicos forenses.

       Nos resignamos, pues, a velar sólo a mis padres, aunque comisionamos a la empresa de servicios fúnebres para que insistiese periódicamente en la morgue y reclamase los cuerpos pendientes. Un coche se detuvo y descendió una persona conocida, pero a quien no hubiese imaginado ver allí: ¡el oficial Maidana, el policía que interviniera en el caso de Belicena Villca! Al verme, se acercó presuroso y me hizo presente “su más sentido pésame”, como era de rigor. Y luego se explayó sobre los motivos que lo habían decidido a concurrir al funeral, hablando en su particular estilo, simple y franco.

       –Dr. Siegnagel, este caso, como se imaginará, ha conmovido a la Provincia: todos desearíamos aprehender a los dementes asesinos de su familia. Pero este asunto queda esta vez fuera de mi jurisdicción: ahora soy Comisario del Departamento Investigaciones, pero no el Jefe de la División. Con esta aclaración quiero asegurarle que no he venido hasta aquí como policía sino como amigo. ¿Me comprende, Dr.?

       Asentí sin comprender adónde quería llegar. Tío Kurt se hallaba junto a mí y miraba con curiosidad al Comisario Maidana.

       –Entonces iré al grano: ¿está Ud. en un apuro? ¿necesita algún tipo de ayuda? Sea lo que sea, no vacile Ud. en confiar en mí. Tengo gente amiga, valiente y leal, hombres probados en la lucha antisubversiva, que estarían dispuestos a actuar, digamos fuera de los reglamentos, para ajustar cuentas con los judíos o con quien sea que lo esté persiguiendo.

       Tío Kurt frunció el seño y por un momento temí que lanzase una de sus estruendosas carcajadas; mas se hallaba demasiado dolido para ello y en cambio sonrió con clemencia. Yo, por mi parte estaba irritado y estupefacto; ­irritado, no por la oferta de Maidana, que agradecía pues, aunque absurda, era sincera, sino por tener que vivir toda aquella alucinante situación, incluyendo el funeral; y estupefacto, porque no imaginaba cómo el oficial había llegado a la conclusión de que Yo necesitaba esa clase de ayuda.

       –¿No me responde? –dijo consternado– ¿O es que no confía en mí? Pero Yo sé que a Ud. lo persiguen, aunque lo niegue. Es mi profesión descubrir estas cosas. Lo sé desde ayer, cuando recibí en el Departamento de Investigaciones el informe sobre lo sucedido en Cerrillos. Entonces lo recordé a Ud. y al caso de la enferma Belicena Villca. Haciendo un paréntesis, le confesaré ahora que Ud. tenía razón en cuanto afirmaba que en ese crimen había un punto oscuro: ese punto nunca se aclaró; pero también es cierto que a nadie interesaba aclararlo, y que la Policía tiene urgencias más importantes que atender con el dinero de los contribuyentes. ¡Lo sé!: a Ud. eso no le importa; Ud. quiere ver triunfar a la Justicia; le interesa mucho Belicena Villca porque el caso le tocó de cerca. Pero nosotros tenemos que atender cientos de casos y ése era sólo uno más, uno que, le repito, no interesaba a nadie. Le cuento esto porque le doy en cierto modo la razón a Ud. Dr. ¡Tómelo de ese modo! En verdad Yo quería enterrar ese caso porque carecía de importancia. ¡Mas ahora sé que no es así!

       –¿Qué quiere decir? –pregunté a mi pesar.

       –Pues, cerrando el paréntesis que abrí para disculparme con Ud., ocurre que esta mañana intenté localizarlo en el Hospital Neuropsiquiátrico donde trabajaba y allí me informaron que renunció hace dos meses, durante sus vacaciones. Llamé entonces a la Universidad y me enteré que solicitó su baja en las materias que cursaba y abandonó la residencia médica. Todos actos muy extraños para proceder de alguien tan... ¿normal?... como Ud. Fue entonces, a la media mañana, que decidí tomarme el día libre y dedicarme a realizar una pequeña investigación por mi cuenta. Averigüé así, que vendió su departamento del Cerro San Bernardo sin comunicar a nadie su nuevo domicilio; y que sus amigos obtuvieron de sus padres la noticia de que Ud. “investigaba por su cuenta un yacimiento arqueológico en Catamarca”; todo muy vago, Dr. Siegnagel. Cuentas bancarias cerradas, cambio de domicilio, abandono del trabajo, de los estudios, de las amistades: se diría que son los actos de quien desea borrar sus pasos, de alguien que huye. Pero Ud. no es un delincuente, no tenia motivos ni enemigos que lo obligasen a huir hace dos meses. ¿O es que entonces surgieron los misteriosos enemigos?

       Sí, Dr. Siegnagel. Cedí un tanto en mi posición y conecté su extraña conducta con el crimen del Hospital Neuropsiquiátrico. “Podría ser que allí hubo algo más, algo que forzó al Dr. a huir”, me dije, y me entregué a releer el expediente sobre el asesinato de Belicena Villca. ¿Y qué ­descubro? Pues que no prestamos la menor atención a las medallas judías que tenía en sus extremos la cuerda mortal. Quise saber, lo más pronto posible, qué decían las inscripciones y, sin respetar la siesta, me fui a la Universidad e indagué en una laberíntica sección, creo que se llamaba Departamento de Filología, hasta que dí con un increíble personaje llamado “Profesor Ramirez”. ¿Y qué me dice el Dr. Ramirez? Pues, el pobre hombre salió huyendo al saber que Yo era policía y al ver las fotos de las medallas. Tuve que convencerlo durante horas para que hablara. Resultó al fin que él le conocía muy bien a Ud. Que Ud. le había consultado hace tres meses sobre las mismas inscripciones, pero sin mencionarle el crimen (hizo bien, pues al conocerlo se le cerró automática-mente la boca). Y que atrás de todo esto hay una historia asombrosa en la cual están, como Yo decía Dr. Siegnagel, los malditos judíos.

       Sí; sí. Ya sé lo que piensa. Que Yo no sé distinguir a los Druidas de los judíos, ni soy capaz de comprender la estructura universal de la Sinarquía. Ud., como todo alemán, cree que nosotros somos idiotas. (¿Druida se dice? creo que así los nombraba el Profesor Ramirez). Mire, es posible que Yo no sepa lo que es un Druida. Pero le anticipo que recién vengo de estar seis o siete horas con el profesor Ramirez en las que éste se empeñó en demostrarme que un Druida es lo mismo que un judío, si es que no entendí mal su síntesis final. Así que, para el caso es lo mismo, sutilezas intelectuales. Yo tenía razón: a Belicena Villca la liquidaron los judíos, judíos especiales pero judíos al fin. Y Ud. también tenía razón cuando me decía que la forma del asesinato, el modus operandi, era cuasi-masónico. Sí, Ud. tenía razón y Yo no le hice caso.

       Mas ahora no cometeré el mismo error pues he estado pensando. He reflexionado sobre lo que ocurrió hace tres meses, los pasos posteriores suyos, y lo que ha pasado aquí ayer. ¿Y sabe a qué conclusión he llegado?

       –No me atrevo a imaginarlo –le dije con sinceridad.

       –Pues que el asesinato de su familia constituye un crimen Ritual.

       –No puedo negarlo –acepté, pues el policía se merecía la confirmación de sus conclusiones.

       ¿Y de la misma clase del de Belicena Villca, quizás cometido por los mismos asesinos?

       –No podría probarlo, pero estoy seguro de que la respuesta es afirmativa –concedí.

       –¡Eso está mejor Dr. Siegnagel! Ya le dije que no estoy aquí como policía sino como amigo. Entiendo que por alguna razón Ud. no puede denunciar la verdad y por eso vengo a ofrecer mi ayuda, la mía y la de mis Camaradas nacionalistas. ¡Tengo un grupo de tareas preparado para entrar en operación en cualquier momento! –dijo, bajando hasta un nivel inaudible el tono de voz.

       Aunque parezca increíble, Yo seguía sin entender lo que me proponía el oficial Maidana.

       –¿Y qué es lo que quiere hacer? –le pregunté sin disimulo.

       –¿Y me lo pregunta Dr.? ¡Ayudarlo contra sus enemigos, que sin dudas son enemigos nuestros, y son enemigos del país! ¡Le ofrecemos ayuda concreta, hombres, armas, equipos! Sólo debe darnos los nombres de los asesinos, facilitarnos una pista, revelarnos cuál es su organización . ¿No desea vengar a su familia? Nosotros lo haremos por Ud., o junto a Ud.

       Contemplé a Maidana desalentado. ¿Cómo podría explicarle la realidad de Bera y Birsa? Indudablemente en la cabeza del policía ni cabía la posibilidad de que atrás de los asesinos hubiese una causa sobrenatural. No reconocía existencia real a lo mágico; y a su juicio, lo esotérico sería solamente un método de inteligencia, destinado a conseguir la “acción psicológica” y la “penetración cultural”. En resumen, el oficial Maidana, como buen veterano del fragote nacionalista, sólo concebía enemigos de carne y hueso, blanos sólidos, judíos, marxistas, masones, sionistas, o lo que fuere, pero enemigos permeables a la artillería de variado calibre y al trotyl.

       –Le agradezco su oferta Maidana. Se la agradezco profundamente porque sé que es honesta y desinteresada. Pero Uds. no pueden ayudarnos y Yo no puedo darle ninguna información. Créame que es mejor dejar las cosas así. Ahora no es una mera interna del loquero: se trata de mi familia, Maidana; de toda mi familia . Si Ud. pudiera ayudarme ¿cómo no aceptaría? Sin embargo ahora soy Yo quien desea dejar las cosas como están. Sé lo que estoy diciendo.

       –¿Cómo que no podemos ayudarlo? –protestó Maidana–. ¿Sabe lo que pienso?: ¡que Ud. tiene miedo! No se quién ha cometido los crímenes. Pero es evidente que Ud. sa-be y no quiere compartir el secreto. ¿Y por qué haría tal cosa? Pues, porque supone que el enemigo es demasiado “poderoso” para nosotros, los torpes sudamericanos. Lo compren-do; Ud. es un alemán y tiene un prejuicio contra el nacionalismo argentino; y quizás tenga razón, porque toda una fauna de imbéciles y traidores nos han desprestigiado; Yo no puedo responder por esos cargos. ¡Mas se equivoca si supone que siempre será igual! Estamos en otra época, y hay otros hombres: a nuestra generación, Dr. Siegnagel, no la podrán detener materialmente –afirmó con firmeza–. Somos muchos, tenemos ideales, y estamos hartos de corrupción y materialismo; se acerca el día en que pro-pinaremos a las fuerzas sinárquicas un gran escarmiento nacional. ¡Confíe en nosotros y no se arrepentirá! Ningún enemigo es demasiado fuerte en nuestra patria como para que no le asestemos un golpe inolvidable. ¡Tal vez no le ganemos la guerra, pero podemos castigarlo parcialmente, herir su orgullo, quebrar su soberbia, evitar que saboree el triunfo de sus crímenes! ¿Qué me dice, Dr.? ¿Es el Mossad? ¿El MI5 inglés? ¿La C.I.A.?

       ¿Qué responderle al Comisario Maidana?

       –Sólo le diré esto, y es lo único: –dije– si el Enemigo fuese humano, estoy seguro que su ayuda sería efectiva . Sí, Maidana: si el enemigo fuese humano le aseguro que contaría con su apoyo. Esto le debe bastar.

       –Pero ¿qué dice?– preguntó con tono de burla–. Me sorprende que Ud., una persona a quien respeto por su sinceridad, me demuestre que recurre a un simple escapismo para evadir la amenaza de los asesinos. ¡Ud. tiene miedo y no quiere afrontar el hecho de que tarde o temprano será atacado también por los asesinos! Porque sino, si estuviese en sus cabales, comprendería que los asesinos son bien humanos.

       –¿Cómo? –exclamé involuntariamente.

       –Sí, Dr.; reaccione –solicitó Maidana–. Los asesinos son seres humanos: si no lo fueran ¿Por qué emplearían cuchillos y porras? –preguntó con irrefutable lógica policíaca.

       Era una conclusión simple, absurda y elementalmente simple. Por eso no podía aceptarla, le negaba entrada en mi razón; por eso, y por provenir de Maidana, un mero policía salteño.

       –¡No! ¡No! –negué tercamente– Ud. no comprende la naturaleza del Enemigo. Ud. no puede ayudarnos.

       Me había encerrado en una lamentable actitud infantil, cuando la intervención de tío Kurt nos sorprendió a ambos.

       –¡Sí puede ayudarnos! –aseguró.

       Lo miramos boquiabiertos.

       –Quizás pueda conseguir que nos devuelvan los cuerpos de Katalina y los niños –sugirió.

       –¡Ah! –suspiró Maidana–. Se trata de un trámite burocrático. Es otra la clase de ayuda que vine a ofrecerle, pero no crean que los voy a defraudar si me piden un favor.

       Observó su reloj pulsera y agregó:

       –Son las 2,15. Mala hora para hacer gestiones. No obstante me llegaré hasta la Comisaría local para indagar qué sucede con esos cuerpos, y luego regresaré. ¡No olvide lo que le dije, Dr.! Mientras tanto, considere mi ofrecimiento.

 

 

 

 

Capítulo VI

 

 

       El coche del Comisario Maidana trepó la cuesta del camino de salida, y doscientos metros después se introdujo en la ruta provincial. Dos mujeres gordas que aguardaban pacientemente, se aproximaron y abrazaron, ambas a la vez: eran las “madres de leche” de Katalina y mía. Allí era muy importante eso de ser “mamá de leche”, “hijo de leche”, o “hermano de leche”; todo comenzaba cuando a una buena madre “se le cortaba la leche” para su bebé, o no la producía en la cantidad suficiente: entonces se recurría al concurso de otra madre, una madre más fuerte, que hubiese parido a su hijo en fecha aproximada, y se requería su concurso para amamantar ambos bebés. La madre de leche si bien era la más fuerte, con frecuencia era también la más pobre, ya que solía tratarse de una criolla o india, tal vez ya madre de muchos niños, quien prestaba de buen grado su colaboración. Y, desde luego, era retribuida por tales servicios. Pero la retribución era una cosa, generalmente regalos para sus propios niños, ropas y alimentos, y otra muy diferente el amor de la madre: eso no podía pagarse con nada y por eso se creaban lazos superiores a la simple transacción comercial: “el comadrazgo de leche”. En efecto, la mamá de leche se convertía habitualmente en “comadre” de la madre verdadera y gozaba de cierta amistad o preferencia con respecto a otras mujeres del valle calchaquí. Costumbres, costumbres centenarias, que venían de la época de los españoles, o quizás de los indios.

       De esas dos mujeres que me abrazaban, una fue “mi mamá de leche” y la otra lo había sido de Katalina. “Nada tengo, me dijo la primera, ni me parezco a Doña Beatriz, pero todo lo mío es tuyo, Arturito, todo mi amor”. Apreté con fuerza a aquella criolla que me había visto nacer, y la besé en ambas mejillas. “Gracias, Nã Isabel, muchas gracias”, le dije conmovido, mientras las lloronas de La Merced me hacían coro con sus dolorosos lamen-tos.

       Dejé a las comadres persignándose junto a los ataúdes y me retiré a un rincón apartado, en compañía de tío Kurt. Desde que partiera el Comisario Maidana, una sobreexcitación creciente se fue apoderando de mí. Tenía una idea, una idea surgida de la racional conclusión del policía, que deseaba comunicar sin dilación a tío Kurt. Naturalmente, si Yo no quería aceptar las propuestas de Maidana, tío Kurt ni siquiera las había escuchado. Así que, se lo repetí:

       –¡Tío Kurt! ¡Tío Kurt! –lo sobresalté–. Reflexiona sobre las palabras del policía: son como un silogismo. El afirmó “los asesinos son humanos”; ¿por qué?: “porque utilizan cu-chillos y porras, es decir, armas materiales”, dedujo. En ese momento negué de plano tal posibilidad, pero ahora considero poco menos que genial la deducción del Comisario Maidana.

       –¡Estás loco, neffe, loco de remate! –me descalificó para opinar tío Kurt– ¡Son In-mortales! ¡Bera y Birsa son Inmortales! Nada significa que hayan empleado un puñal: era necesario para el Ritual del Sacrificio.

       –¡Por los Dioses, tío Kurt, no me trates como si fuera un imbécil! –me defendí–. Sé que son Inmortales: pero, como dijera Belicena Villca en la historia de Nimrod, sólo lo son mientras no los maten, “mientras no se ejerza violencia física sobre Ellos”. “Estos Inmortales, también, pueden morir”.

       –¡Estás loco! –repitió, más cerrado aún–. ¿No comprobaste anoche el poder del Demonio Bera? Nada podemos hacer contra ellos. ¡Has hecho muy bien en desalentar al policía!

       –¡Oh, mein Gott ! –juré– ¡No tío Kurt! ¡No estoy loco! ¡Eres tú el que peca de obstinado! Pero a mí me vas a escuchar. Y me vas a permitir exponer mi idea; ¿die prüfen?

       –Ia, Ia –prometió sin convicción.

       –Entonces atiende. Mi concepto es que existen dos planos irreductibles, que ahora, por una apreciación errónea y subjetiva de la realidad, se han interferido o mezclado. Tales planos son: el Plano de la Realidad del Espíritu ; y el Plano de la Realidad Humana . Entre ambos planos no pueden haber relaciones o conexiones, sino sin-razones : todo nexo o razón es ilusorio, no real. Pero existe, asimismo, una ley, que es la razón de la sinrazón, que protege y afirma la absoluta realidad de los planos. Y esta ley, que sostiene la razón de la sinrazón entre tales planos, es la única referencia para no perder la razón y enloquecer. Esta ley de la cordura exige: no transgredir los planos. No trasladar al plano de la Realidad del Espíritu entes propios del plano de la Realidad Humana ; y recíprocamente: no proyectar al plano de la Realidad Humana ideas propias del plano de la Realidad del Espíritu.

       En este endemoniado asunto de Bera y Birsa, mi querido tío Kurt, me parece que se han confundido los planos, que ya no sabemos cuál es el plano amenazado por los In-mortales. Pero Yo te lo diré tío Kurt. Te lo diré tan claramente que ya no podrás repetir que estoy loco sino que deberás aceptar que estoy demasiado cuerdo. Esto es: observemos primero el plano de la Realidad del Espíritu: allí la verdad es el Origen, el Símbolo del Origen; por esa verdad, por no poder resistir el peso de esa verdad, por negar o no soportar la presencia de esa verdad, los Inmortales se ven obligados a manifestar una forma monádica arquetípica, como la que tú viste en La Brea. La forma de mónada, la unidad de Luz, les permite existir poderosamente fuera del plano de la Realidad Humana y evitar el enfrentamiento con la verdad del Origen, con el Símbolo del Origen; y esa forma poderosa es, con seguridad, la más peligrosa que uno pueda imaginarse; estoy de acuerdo en que tal peligro es también real.

       Empero, vayamos ahora al plano de la Realidad Humana: allí la verdad es el Yo, es decir, la manifestación psíquica y volitiva del Espíritu encadenado a la Materia. Y la mentira, la Ilusión del Hombre, pero también su motor anímico, es el Dolor. El Dios Creador se nutre de una fuerza que se llama dolor humano ; y el hombre produce dolor y sufrimiento para alimentar al Creador del Gran Engaño. El hombre común produce poco dolor porque para padecer la ilusión del dolor se requiere la nobleza herida del Espíritu. De aquí que Grandes Hombres, Grandes Espíritus encarnados, sean capaces de generar Grandes dolores, Grandes sufrimientos, Grandes aflicciones, Grandes angustias: el hambre de Dios, de Jehová-Dios, exige el aporte de dolor de Grandes Hombres. Y esos hombres capaces del mayor sufrimiento tienen que ser capaces también de ofrecer el mayor sacrificio: su dolor debe ser sagrado para Dios, para Jehová-Dios. Para esto se requieren los representantes de Jehová-Dios, los Sacerdotes de Jehová-Dios, Aquellos con el poder de consagrar el Gran dolor, por ejemplo, Bera y Birsa. Porque será, siempre, necesario que en el plano de la Realidad Humana existan Sacerdotes de Dios que consagren el Gran Dolor del Gran Hombre, a la unidad de Dios, de Jehová-Dios. Sólo así será posible sacrificar al Gran Hombre para que su Gran dolor consagrado nutra la unidad de El Uno, del Dios Creador Jehová-Dios.

       En síntesis, tío Kurt, una cosa son los Inmortales enfrentados al plano de la Realidad del Espíritu, donde no tienen más alternativa que manifestarse monádicamente, como unidad de Luz, para evitar la verdad del Origen: tal como le ocurrió a Bera contigo, no tuvo otra alternativa que vestirse con las Ropas de El Uno, es decir, con su Mónada de Luz. Me objetarás diciendo que tal manifestación también ocurrió en el plano de la Realidad Humana, pero te replicaré que tú eres un caso atípico, y lo sabes. Tú eres como un hombre accidentado, al que una inusual herida deja expuesto u-no de sus más íntimos huesos; quienes lo contemplan quedan profunda-mente impresionados por percibir una realidad íntima, que habitual-mente escapa a toda consideración: de modo análogo, quienes han contemplado el Signo del Origen que exhibes involuntariamente, han que-dado profundamente impresionados porque han presentido en el descubrimiento la revelación de la otra Realidad, íntima y ajena. En suma, tío Kurt, tu experiencia no tiene valor general, es propia de alguien capaz de exhibir en el plano de la Realidad del Hombre signos de ideas originadas en el Mundo del Espíritu, propia de un Shivatulku, quizás.

       Pero en el campo de los seres humanos corrientes, como los miembros no Inicia-dos de la Casa de Tharsis, como Mamá y Katalina y Yo, las cosas ocurren de acuerdo a la ley antes citada: el dolor debe ser consagrado y sacrificado a Jehová-Dios; y para eso hacen falta Sacerdotes de carne y hueso. De allí que en toda su carta, Belicena Villca siempre describa a los Inmortales como Diabólicos Sacerdotes ¿Me has comprendido tío Kurt?: ¡para el Sacrificio del Dolor hay que oficiar el Ritual de la Muerte; y, para oficiar el Ritual de la Muerte, hacen falta Sacerdotes sacrificadores!

       –¿A dónde quieres llegar? O, mejor dicho ¿a dónde crees que tus argumentos me harán llegar? –preguntó tío Kurt, sospechando que mi intención era hacerlo caer en una trampa dialéctica.

       –Muy sencillo: mi conclusión es, y creo haberla demostrado, que para efectuar asesinatos Rituales como los que ejecutaron ayer, los Inmortales deben presentarse con forma sacerdotal humana . En una palabra, opino que el Comisario Maidana está en lo cierto: los asesinos de mis padres eran seres humanos, Sacerdotes del Crimen que deben utilizar puñal y fuerza física para reducir a sus víctimas.

       –... Aunque parece una locura, debo admitir que no carece de sentido. Bien neffe; supongamos que sea así: ¿y qué ganaríamos con ello? ¿dónde estaría la diferencia de la situación?

       –Ahhh... –suspiré triunfante–. Tu pregunta obedece al hecho de que ni remotamente consideras la posibilidad de atacar ¿no?

       ¿Atacar? Creo que sí te has vuelto loco –prejuzgó.

       –¡Sí! ¡Atacar, atacar a los Demonios! ¿Qué te pasa, tiito? ¿los treinta y cinco años de vacaciones forzadas te ablandaron? –me burlé–. Me acabas de aceptar que los Demonios, al obrar como Sacerdotes, se transforman en seres humanos ¿entonces qué nos impide ejecutarlos, cobrarnos con sus asquerosas vidas todo el daño que nos han causado?

       –Pero cómo, Arturo, cómo haríamos eso. Dónde los hallaríamos –había dejado a tío Kurt, virtualmente desconcertado, sin saber qué argumento oponer contra mi descabellada idea–. Y, aún suponiendo que pudiésemos hacerlo ¿de qué nos serviría, de qué serviría a la Estrategia de los Siddhas? ¿No acordamos, ya, que lo mejor sería seguir la pista de Noyo Villca, cumplir el pedido de Belicena Villca?

       Shhhh –soplé, poniendo el dedo índice sobre mi boca en señal de silencio–. ¡Still! Todas esas respuestas las obtendrás tú mismo, cuando conozcas el plan.

       ¿Q...ué plan? –interrogó con temor tío Kurt.

       –¡Mi plan! ¡El plan que tengo para atacar a los Demonios! Mas no hablaré por ahora de ello hasta que no concluya el funeral. Luego te lo explicaré y lo discutiremos.

       Para nada convencido, tío Kurt movía la cabeza con cómica preocupación. De no encontrarnos en circunstancias tan trágicas, me habría reído de buena gana de sus gestos, con los que pretendía expresar que él era una persona seria que había caído en manos de un demente.

 

 

 

 

Capítulo VII

 

 

       A las 5,30 horas llegaron dos coches fúnebres que transportaban a Katalina y sus niños. Los tres ataúdes fueron inmediatamente dispuestos junto a los de mis padres, hecho que inspiró a las lloronas para renovar con singular patetismo sus letanías. Quince minutos después aparecía el Comisario Maidana, el autor de aquella increíble hazaña burocrática.

       –¿Cómo lo logró, Comisario? –indagué.

        –Pues, no fue tan difícil, considerando que los informes forenses ya estaban listos, aunque carentes de firma: a nadie le gusta rubricar un informe desprovisto de diagnóstico. Porque eso es lo que ellos tenían: nada . Es decir, que ignoraban de qué murieron su hermana y sobrinos. Mi único mérito fue convencer a los médicos, que recién llegaron a las 5,00, de que tenía información confidencial que el caso sería enterrado por orden superior. Aún así, tuve que despertar a un respetable Juez para obtener el visto bueno verbal que le permitiera al Comisario entregar los cuerpos; empero, estando listos los informes forenses, no había ningún impedimento para terminar el trámite y el Juez accedió a recibirlos por la mañana y firmar la autorización. Y aquí están sus desgraciados familiares, Dr.; y ¿sabe con qué diagnóstico? paro cardíaco. Es tonto, pues todos estamos de acuerdo en que se trata de un múltiple homicidio, pero estos médicos no consiguieron determinar la causa de la muerte: Yo en su lugar hubiese solicitado un profundo estudio en la Universidad de Salta, pero ya que está tan apurado por dar término al funeral, las cosas deberán quedar así.

       –En efecto, Comisario Maidana. Así quedarán; para bien de todos –aseguré–. De cualquier manera, los asesinos pagarán por lo que han hecho a mis padres.

       –¡De eso quería hablarle, Siegnagel! –dijo Maidana eufóricamente, cambiando totalmente de actitud.

       Discúlpeme si peco de optimista –se excusó– pero me encanta ganar discusiones o apuestas, especialmente cuando el rival es una persona respetable como Ud: eso me llena de orgullo– confesó ingenuamente.

       –¿Y en qué ha ganado? –pregunté perplejo.

       –Quizás para Ud. no sea importante, pero Yo antes de irme le hice un ofrecimiento –recordó–. Y tengo presente todavía sus insólitas palabras, sugiriendo absurdamente que “los asesinos no serían humanos”. “Si fuesen humanos, dijo, aceptaría mi ayuda”. ¡Ud. lo dijo!

       –¡Cálmese, Maidana, que no me voy a desdecir! En efecto, Yo lo creí así, aunque luego he modificado mi opinión y ahora estoy prácticamente de acuerdo con Ud. en que los asesinos serían seres humanos, perversos e infames seres humanos.

       –¡Bravo, Dr. Siegnagel! Me alegra que haya cambiado de opinión; ahora le resultará más fácil admitir que Yo estaba en lo cierto. ¡Han surgido elementos nuevos en este caso, Dr.!

       –¿Qué elementos?

       Testigos, Dr. Siegnagel. Se presentaron dos testigos que vieron perfectamente a los asesinos –informó con tono profesional–. En este momento están prestando declaración y suministrando la descripción que permitirá reconstruir los rostros de los criminales: una vez confeccionado el identikit, se repartirán miles de ellos en toda la Provincia, y el resto del país, y se iniciará un operativo rastrillo para detectar sus movimientos.

       Tío Kurt se había puesto lívido. Yo, por el contrario, evaluaba que aquellas noticias beneficiaban a mis planes.

       –¿Quiénes son los testigos? –quise saber.

       –Se lo diré con total reserva, pues el caso se halla bajo el secreto del sumario judicial. Fueron dos porteros de la Empresa Tabacalera, que debían ingresar a las 0,00 hs., a 300 metros de aquí, y pasaron por adelante de la tranquera de entrada casi a esa hora. Como son vecinos, siempre cubren el trayecto en compañía, cada uno con su bicicleta. Y como todas las madrugadas, la de ayer también parecía tranquila: hasta que al llegar aquí vieron el automóvil.

       –¡El automóvil! –gritamos a dúo, tío Kurt y Yo– ¿Qué automóvil?

       –Ajajá –ironizó Maidana– ¿Va viendo cómo sus asesinos son bien humanos?: tanto que hasta circulan en un enorme coche importado.

       –¿Podría darnos más detalles? –reclamé frenéticamente.

       –Tenga paciencia, Dr. y le diré todo lo que sé, que no es mucho. A las 11,59, ó 0,00, aproximadamente, los dos hombres comenzaron a rodar sus bicicletas frente a esta Finca. Muy pronto notaron que más adelante circulaba lentamente un enorme coche negro; iba despacio, como si estuviese buscando una casa determinada, y los ciclistas no se adelantaron por pura curiosidad. Así, pues, siguieron en caravana hasta que, al llegar a la tranquera, el automóvil viró y salió de la ruta, estacionándose en la entrada. Entonces pudieron ver bien a sus ocupantes: eran dos hombres de “aspecto oriental”, vestidos impecablemente de traje negro; incluso uno de ellos descendió para abrir la tranquera y fue claramente observado por ambos.

       Los testigos están retenidos desde ayer al mediodía, sólo que a Uds. nada les informaron sobre la marcha de la pesquisa. Lo importante es que se les pasó por el monitor de la computadora un programa etnográfico, y que los porteros identificaron al segundo personaje como una especie de “turco” o persona oriunda de Medio Oriente. ¿Qué le dije Dr.? No estuve muy desacertado cuando le sugerí que podrían ser miembros del Mossad.

       No, Bera y Birsa no eran miembros del Mossad israelí, pero sin dudas podrían ser los Jefes de ese siniestro “Servicio de Inteligencia”, o “Escuadrón de la Muerte” judío: estaban sobradamente capacitados para ello. Eran, eso sí, oriundos de Medio Oriente, donde según Belicena Villca fueron Reyes en tiempos remotos. No cabían, pues, dudas sobre la forma en que los Sacerdotes Supremos de Melquisedec habían venido a Cerrillos: como “seres humanos”, vistiendo indumentaria moderna, y conduciendo un lujoso automóvil. Al recibir estas noticias, tío Kurt enmudeció completamente.

       –¿Qué marca era el coche? –pregunté.

       –Ni modelo ni marca. Curiosamente, los testigos estuvieron de acuerdo al dar una descripción detallada del automóvil, pero no consiguieron reconocer la marca; tampoco notaron si tenía chapa patente. De sus declaraciones se deduce que se trataría de un coche muy grande, un Cadillac o Lincoln, el que por no ser de tipo frecuente en nuestro país habría dificultado la identificación.

 

       Cuando Maidana acabó de comunicarme las informaciones policiales que obtuvo en tan poco tiempo, volvió a la carga con lo suyo: pretendía que Yo le retribuyese con igual lealtad y le revelase cuanto sabía sobre los asesinatos y los misteriosos asesinos. Por supuesto, Yo no podía decirle la verdad, verdad increíble por otra parte, y me hallaba así aprisionado en un brete moral.

       A las 7,05 horas llegó el Comisario de Cerrillos. Venía a saludarme y a cumplir con una solicitud de Maidana, quien lo había despertado también a él, a las 3,00 de la mañana.

       –Hola Arturo. Buen día Señor Sanguedolce. ¿Cómo está, Maidana? –saludó–. Ignoraba que fuese amigo de Arturo. He traído lo que me pidió, pero ya que son amigos, recuerden que aún se mantiene todo en reserva. El Juez está tratando de echar luz en un asunto que se ha vuelto por demás extraño, y recién por la mañana emitirá las órdenes que nos permitirán actuar. Hasta entonces el sumario es secreto.

       Le entregó un sobre a Maidana, que éste se apresuró a abrir. Contenía los identikits de los asesinos y varios dibujos que representaban las escenas vistas por los testigos.

       Los retratos mostraban dos rostros de indudable aspecto oriental: redondos, pómulos marcados, cejas ralas, ojos ligeramente rasgados, labios gruesos. Estaban pulcramente afeitados y carecían, al parecer, de cabello. Esto último no se podía asegurar con certeza porque, insólitamente, los criminales lucían sombreros tipo “hongo”, muy encasquetados.

       –¡Hay cosas que no van, que no están de acuerdo con los patrones generales de la Criminología –comentó el Comisario de Cerrillos con contrariedad–. Buscamos dos asesinos feroces, autores de la masacre de una inofensiva familia. Dos testigos, los ven, a la hora del crimen, penetrar en la casa. Hasta allí todo correcto, todo “normal”. Les solicitamos entonces a los testigos que nos describan a los presuntos malhechores. Acceden; y allí se termina la normalidad tipológica: el caso escapa a todo encuadre general; ni la casuística criminológica, ni los antecedentes, ni la experiencia acumulada, sirven para comprender el hecho. En un principio se sospechó de los testigos, pero luego se verificó su capacidad para testificar: son personas intachables, que jamás beben una gota de alcohol, dado que deben ejercer un puesto de vigilancia, y para colmo son expolicías, es decir, policías jubilados, entrenados para observar hechos y acostumbrados a brindar detalles. Pero su historia era demasiado increíble. –Miren esa imagen, donde el acompañante ha descendido para abrir la tranquera y el conductor está sentado al volante del cochazo negro– ¿Qué han visto los testigos? No dos criminales “normales”, que van a asesinar furtivamente a una familia, sino a dos caballeros elegantemente vestidos, que entran como si estuvieran de visita en la Finca de los Siegnagel. De hecho, el Juez los hizo examinar por psiquiatras, ayer por la tarde, pero el informe es positivo: están en perfectas condiciones mentales. Incluso se prestaron a un interrogatorio bajo hipnosis, que también arrojó resultados positivos: concretamente, dicen la verdad ; sea lo que sea que hayan visto, ellos creen en lo que dicen.

       Eché una mirada de reojo al Comisario Maidana, pues de todo aquello se desprendía el tufillo conocido durante el asesinato de Belicena Villca. Pero éste no se inmutó; evidentemente tenía también una explicación racional para el curioso atuendo de los “agentes del Mossad”.

       –¡Miren esto, Señores! –insistía el Comisario de Cerrillos– ¿Puede haber algo más ridículo que unos asesinos vestidos con traje negro de tres piezas, zapatos negros, sombrero negro, ¡sombrero hongo negro!, corbata negra y camisa blanca? Sí, sé que pueden existir asesinos así: en Hong Kong, en Estambul, en Londres, en Nueva York, y mil lugares más del mundo. ¿Pero aquí, en Cerrillos? Tratándose de otra clase de gente hasta se-ría posible aceptar su presencia en la zona: por ejemplo, si fuesen ejecutivos de una empresa trasnacional que vienen por negocios, a saquear alguna de nuestras materias primas. A esa clase de criminales es posible imaginarlos sin esfuerzo. Mas, en el caso que nos ocupa, escapan fácilmente al patrón general de los asesinos de agricultores.

       El Comisario consultó el reloj y se despidió: –Ya debo irme. Hasta luego, Arturo; siento mucho todo esto. Te veré esta tarde en el cementerio. Disculpa la charla pero ha sido Maidana quien vino a revolver el avispero; Yo no te hubiese molestado hasta después del funeral. Naturalmente, el Juez también desea hablar contigo y no tardará en citarte; cuando pase este trágico momento, naturalmente.

       Las últimas palabras del Comisario de Cerrillos me causaron honda inquietud. ¿Qué pretendería la policía? ¿Asesinaban a mi familia y el interrogado sería Yo?                     

       –Calma, Dr., que no es nada –aseguró Maidana–. Simple rutina. La policía está despistada y querrá conocer su opinión. Lo mismo le ocurre al Juez; es por eso que se resistía a entregar los cuerpos. Yo le podría dar muchas hipótesis sobre lo que el Comisario no dijo y que probablemente ha sucedido: por ejemplo, es casi seguro que han radiado la descripción del coche negro y no consiguieron averiguar su paradero; ni siquiera sabrán si abandonó la Provincia. Eso los desconcierta; es un auto raro y suponen que alguien debería haberlo visto. Pero ellos no avanzan porque investigan profesionalmente. Ud. y Yo sabemos que, contrariamente a lo que afirman el Comisario y el Juez, éste es en efecto un caso clásico: un caso clásico dentro de la Inteligencia y la Contrainteligencia Internacional .

       Maidana estaba convencido de su teoría y Yo tendría que darle una respuesta sin dilaciones.

 

 

 

 

Capítulo VIII

 

 

       Ocho y media de la mañana. Me encontraba en la cocina de la Finca de Cerrillos, desayunando con tío Kurt y el Comisario Maidana. Recordaba con tristeza que en aquel ambiente había visto juntos por última vez a mis padres: imagen postrera de una realidad que ya no se repetiría; como producto del viaje que emprendiera esa mañana, mis padres yacían ahora en la pieza de al lado, dentro de sendos ataúdes. El recuerdo me dolía, pero según tío Kurt eso era la debilidad : los Iniciados Hiperbóreos, los Caballeros SS., me dijo en Santa María, no podían tener familia ; y mucho menos amarla: eso sería convertirla en blanco del Enemigo, exponerla a una segura destrucción, y, lo que era peor, sería nuestro punto débil. En aquel entonces subestimé sus advertencias, pero ahora comprendía fatalmente cuánta verdad había en sus palabras; por eso insistió tanto: él que conocía al Enemigo sabía, como ahora lo sabía Yo, que ningún consejo era suficiente para prevenirse contra Ellos. El se había privado durante 35 años de ver asiduamente a su hermana para protegerla, y sería Yo, el hijo, quien la enviaría imprudentemente al verdugo. Era como para enloquecer. Pero Yo no podía enloquecer. Sobre la muerte de mi familia Yo tenía cierta responsabilidad por la negligencia cometida. Mas no debía olvidar que los asesina-tos objetivos los había ejecutado el Enemigo. Estábamos, pues, en una guerra: ¡y en la Estrategia de esa Guerra, Yo tenía que cumplir una misión!

       Después del desayuno, Maidana pasaría un momento por la Jefatura de Policía en Salta y luego se iría a descansar. Había prometido regresar a las 18 hs. para la inhumación. Sin embargo apuraba una definición en el acto sobre su oferta de ayuda. Para él no se podía perder el tiempo, pues cada minuto que transcurría era ventaja que sacaban los asesinos en su táctica de escape. Ahora, sugirió, si Yo no deseaba atrapar a los asesinos mate-riales pero deseaba golpear a los instigadores, entonces podríamos hablar en otra ocasión menos dramática, pues garantizaba que su grupo nacionalista también me apoyaría.

       No sería necesario esperar: Yo ya había tomado una decisión:

       –Comisario Maidana ¿Sería tan amable de aguardar sólo media hora más, y no tomar a mal que converse a solas con el Sr. Sanguedolce? –le pedí.

       –No tengo inconvenientes –dijo con confianza. Luego, mientras tío Kurt se dirigía hacia la escalera, se acercó a mi oído y agregó–. Delibere tranquilo, pero no crea que soy estúpido. Lo he observado atentamente y juraría que él no es italiano. Tal vez sea alemán o de algún país nórdico. Y quizás sea pariente suyo o uno de esos héroes nazis que buscan los judíos para liquidar. A lo mejor él es el objetivo oculto de los asesinos orientales: un “contrato” del Mossad, ¿por qué no? ...

       Me alejé sin escuchar más. Resultaba muy difícil tratar con Maidana: era inteligente, instruido, tenía intuición, pero persistía en la errónea actitud de abarcar todos los hechos con un concepto político superficial. No debía pensar más en él, sino en el discurso que le diría a tío Kurt.

       Nos reunimos en mi cuarto, lugar saturado de recuerdos dolorosos. Tío Kurt se re-costó en la cama, y Yo ocupé una silla. Antes que lograse emitir la primer palabra me hizo conocer su oposición. Mas Yo estaba preparado para su ­reacción, pues hacía días que había comprendido por qué Tarstein lo calificaba de obstinado.

       –Me imagino lo que me vas a decir, neffe. Desde que apareció el policía Maidana, y diste crédito a la increíble idea sobre la “humanidad” de Bera y Birsa, vengo temiendo oír “tu plan”. ¿Y sabes por qué? Porque lo imagino. Pero no te preocupes; escucharé tu plan y lo consideraré con mi mejor buena voluntad. Sólo quiero dejar algo asentado de antemano, un principio del cual no me moveré pase lo que pase: los Inmortales no pueden morir.

       Es obvio, “los Inmortales no pueden morir”, y tío Kurt parado obstinadamente sobre ese principio no coincidiría jamás con mi plan. Ni con su mejor “buena voluntad”. Pero, como anticipé, Yo estaba preparado para su reacción y ya había encontrado el modo de que el futuro no quedase librado a su “buena voluntad”: admiraba a tío Kurt pero lo creía muy capaz de aguardar otros 35 años antes de emprender una acción. Solté mi discurso:

       –Mi querido tío Kurt: nos encontramos frente a dos puntos de vista; y para poder-nos mover, uno de ellos debe prevalecer sobre el otro. Empero, ninguno de nosotros cederá en su posición; y no es conveniente que lo hagamos . Tú porque, si bien eres obstinado por demás, posees poderes que nadie tiene y un conocimiento Iniciático que hay que respetar. Yo porque, oh tautología, puedo estar acertado o puedo estar equivoca-do; nadie lo sabe, ni tú. Por algo fui convocado ahora por los Dioses, por algo recibí la Carta de Belicena Villca, por algo soy un Von Sübermann, por algo sufro este dolor, el ataque de los Demonios contra mi familia; por algo serán todas estas cosas, pero no son suficientes por sí mismas para decidir si estoy acertado o errado. Tú tiendes a creer que todo lo que me ocurre es por ti, mas Yo tengo una idea diferente de mí mismo y pienso que también existo; y que si existo es por algo: por ese algo que no sabemos qué es pero que quizás sea el estar acertado en mi plan, lo que supondría que además acertaré al cumplir el pedido de Belicena Villca, que encontraré a su hijo, al Noyo de la Espada Sabia.

       ¿Cómo saber cuál es la verdad? ¿Cómo saberlo si, después de lo que ha pasado con mi familia y de comprobar que Bera y Birsa se han reencarnado para atacar, Yo nunca aceptaré que los pasos futuros sean decididos por tu “buena voluntad” ni tampoco decidiré por mí mismo? Te explicaré cómo lo sabremos . Y perdóname si tengo que ser duro contigo, tío Kurt. Tú has dejado asentado tu principio del cual no te apartarás. ¡Pues Yo te expondré el mío, del cual igualmente no me moveré: sólo aceptaré, y única-mente aceptaré, la Voluntad de los Dioses ! ¡Que Ellos decidan!

       Lógicamente, no propongo una “Prueba de Dios”, una Ordalía, para averiguar la Voluntad de los Dioses. Porque sí hay algo en lo que estoy dispuesto a confiar; y es en tu Honor, en el Honor de tu Espíritu Eterno. Y tú puedes hablar con los Dioses por medio de la facultad Scrotra Krâm, aunque estoy seguro que por empecinado nunca la habrás empleado desde que cayó el Tercer Reich. Pues bien ¡habla con los Dioses, con el Capitán Kiev, y consulta sobre nuestro futuro, pregunta concretamente cuáles son los pasos que debemos dar! Sea cual fuere la respuesta que Ellos te ofrezcan Yo la aceptaré. Y la aceptaré de ti: creeré en lo que tú me digas.

       En realidad en lo que Yo confiaba era en que el Honor de tío Kurt le impidiera engañarme. Y si, pese a todo, me engañaba, allá él: el Führer, que fue quien le comunicó el Scrotra Krâm, se encargaría de él. Más que persuadirlo mediante la elocuencia, con mi discurso esperaba meter a tío Kurt en una trampa dialéctica que lo obligara a optar entre llevar a cabo el ataque a los Demonios o traicionar la Estrategia del Führer. Eso si mi plan era correcto. Pero si no lo era, y si tío Kurt afirmaba que para el Capitán Kiev no lo era, nunca lo sabría. Lógicamente, Yo estaba tan seguro de que mi plan era bueno como él de que la conversación con el Comisario Maidana me había trastornado la razón.

       Por el momento, tío Kurt enmudeció. Lo saqué del ensimismamiento pues necesitaba contar con su aprobación antes de explicarle el plan. A fin de no fallar, acudí a un golpe de efecto dramático.

       –¿Qué dices, tío Kurt? ¿Hablarás con el Capitán Kiev y recibirás su mensaje? ¿Deseas que te lo ruegue? No me avergüenza rogarte: hazlo por mí. Recuerda que cuando fui a Santa María, y por poco no me haces matar por los perros daivas, aseguraste que si Yo hubiera muerto tú te habrías suicidado: ¿qué puede ser peor que aquello? ¿o que lo que nos ocurrió después, cuando los Demonios exterminaron a nuestra Estirpe? Sí tío Kurt, te lo ruego: ¡por una vez en la vida afloja un poco tu tozudez!

       –Aguarda un momento –me interrumpió– que no es para tanto. No debes exagerar. Me parece justa tu proposición y la acepto de buen grado. Me valdré nuevamente del Scrotra Krâm, que ciertamente nunca usé desde la Segunda Guerra, y procuraré indagar la Voluntad de los Dioses. Es sólo que me cuesta siquiera concebir la utilidad de tu plan: los Inmortales no pueden morir. Pero quizás tengas razón, por sobre todo, y haya en verdad que realizar tu demencial idea. Ahora ¿me podrías confirmar con detalles lo que mi intuición ya me ha hecho ver, para que no surjan dudas sobre lo que he de consultar?

       ¡Lo había convencido! ¡el pájaro estaba en la bolsa! ¡el chivo había caído en el lazo! Me estremecí de alegría, pero no hice ni un gesto que delatara mi estado de ánimo, que era comparable al de Cicerón cuando convenció al Senado de que Roma debía guerrear con Cartago: si él captaba mis pensamientos era algo, que no podía evitar, mas trata-ría de no hacer nada que pudiera ofenderlo. Aunque él no perdía oportunidad de señalarme que mi plan sólo podía proceder de un demente.

       –Estratégicamente –expliqué– mi plan se basa en el principio de las dos Realidades que te mencioné antes. Más claramente, afirmo que los Demonios, para atacarnos, han debido descender al plano de la Realidad Humana y eso los ha tornado vulnerables en dicho plano. No es mucho ¿pero, qué más podemos pedir? La Sabiduría Hiperbórea enseña que la naturaleza del miedo es esencialmente animal, vale decir, anímica, humana, propia del Alma Inmortal; contrariamente, el Espíritu Eterno es puro valor, no conoce el miedo, que le es esencialmente ajeno. Ahora bien: Bera y Birsa son dos Almas Inmortales altamente evolucionadas, pero la naturaleza del miedo no les es ajena ; por el contrario, deben ser capaces de sentir miedo, y mucho; ¿cuándo? cuando sean superados por la fuerza . Eso es porque, como toda esencia anímica, sólo entienden un lenguaje: el de la fuerza . Claro, Ellos son conscientes de su propia fuerza, y por eso no temen a un enemigo que saben inferior en fuerza, como están los Espíritus encadena-dos a la Materia, como son los hombres espirituales. Por eso tienen razón en no temer a los hombres si Ellos mismos son superhombres ; y es cierto que representa una locura intentar atacar a Bera y Birsa fuera del plano de la Realidad Humana . Pero ahora el caso es diferente porque Ellos se han situado en el plano de la Realidad Humana convirtiéndose momentáneamente en seres humanos, ofreciendo un punto débil en su Estrategia: ahora podemos atacarlos en su debilidad humana como Ellos nos atacaron a nosotros.

       ¿Qué ganaríamos si, como tú dices, finalmente “los Inmortales no pueden morir” ? Vista la cuestión así, como tú la solucionas, es decir desde los principios, en caso de quitarles la vida humana sólo conseguiríamos desencarnar sus Almas Inmortales. Esto es: conseguiríamos nada. Pero creo que no es así como debe responderse a la cuestión pues al aferrarse a un único principio se están dejando de lado otros principios, tan importantes como ése de la Inmortalidad del Alma, que si se consideran pueden brindarnos ventaja estratégica relativa . Concretamente, me refiero al principio del miedo, ya expuesto, y al “efecto avalancha” que tiene lugar en el fenómeno terrorífico, es decir, al pánico : como profesional de los fenómenos psíquicos, sé muy bien que la sensación de miedo crece siguiendo una curva exponencial, que es inversa a la curva volitiva; en un punto determinado, ambas curvas se cruzan y entonces el miedo domina a la voluntad, o lo que es igual, la voluntad se debilita frente a la fuerza instintiva, y sobreviene el pánico, durante el cual lo anímico queda fuera del control racional, se vuelve irracional.

       Mi teoría es la siguiente: Normalmente no tendríamos fuerza suficiente para atacar a las Almas Inmortales Bera y Birsa y causarles el miedo que las ponga en fuga. Anormalmente, Ellos se han situado en el plano de la Realidad Humana, han encarnado en seres humanos, se han convertido en Sacerdotes: Sacerdotes diabólicos pero seres humanos al fin, con su visión limitada por la razón y por el instinto del miedo. Contra seres humanos, por más diabólicos que sean, tenemos armas con qué luchar; y fuerza suficiente para causarles un gran miedo; un miedo tal que se transforme en terror; un terror tal que quiebre su orgullo satánico, su seguridad mágica de que no pueden ser derrotados por seres humanos, y les infunda el pánico; un pánico tal que deje a las Almas Inmortales Bera y Birsa instantáneamente fuera de control: como en una avalancha, una pequeña fuerza inicial será amplificada en una gran fuerza final; como en un pánico cósmico, un pequeño miedo inicial, humano, será amplificado en un gran terror final, a nivel de las Almas Inmortales.

       Sabes lo que es el Tiempo, tío Kurt: pura ilusión. La única realidad del Tiempo, en el plano del Creador del Tiempo, es el Principio y el Final del Tiempo, que son idénticos. Y sabes lo que es la seguridad para el Mago: la fuente del poder; el Mago no puede dudar ni una vez porque se corta su poder mágico; el mago debe creer siempre que él es poderoso, a cada instante más poderoso: ése es el “orgullo satánico”; un solo instante de duda y quedará rota tal creencia, “quebrado el orgullo satánico”, perdida la evolución alcanzada por causa de la consecuente caída metafísica. Y según mi teoría, si conseguimos infundir ese instante de pánico a Bera y Birsa, ello equivaldrá a su propia destrucción mágica y a su automática remisión al Principío del Tiempo por causa de la pérdida de evolución instantánea . No sé si dos Almas Inmortales evolucionadas como Bera y Birsa logren regresar de esa situación de total involución. Mas, si hemos de aceptar la Sabiduría Hiperbórea, hay que recordar que ella enseña que tanto al Principio del Tiempo, como al Final, se encuentra el Mahapralaya, la No Manifestación o la Muerte Final de todo lo anímico. En el Principio del Tiempo, Bera y Birsa tendrían así dos caminos: uno, no entrar en el Tiempo y hundirse en el Mahapralaya ; y dos, entrar en el Tiempo, obligados a recuperar su evolu-ciónperdida “en” el Tiempo, o sea, manifestándose monádicamente en los Mundos elementales y luego evolucionando hacia la Perfección Final arquetípica durante eones, alcanzando sucesivamente los Reinos Mineral, animal, y humano, en rondas y cadenas planetarias, en manvantaras y kalpas.

       Conclusión de mi teoría: jamás podrán atacarnos nuevamente.

       Llevar a la práctica esta teoría es posible mediante mi plan, que te explicaré a continuación. Es muy simple, y comenzaré por definir su objetivo: matar a los “asesinos orientales”, es decir, a los Sacerdotes Bera y Birsa, en el curso de una operación comando. Para alcanzar este objetivo es necesario cumplir con cuatro condiciones; las nombraré y luego diré cómo se pueden lograr: primera, disponer de armas contundentes de corto alcance; segunda, localizar a los asesinos; tercera, aproximarnos a Ellos lo suficiente como para asegurarnos los disparos; y cuarta, contar con el factor sor-presa.

       La primera condición creo poder cumplirla con ayuda del Comisario Maidana, a quien considero desde ya, y aunque tú disientas con mi criterio, como un enviado de los Dioses ; desde luego, un enviado inconsciente de su misión.

       La segunda no requiere investigación alguna porque ambos estamos seguros que de aquí salieron en dirección a la Chacra de Belicena Villca: será allí donde los atraparemos; y donde, de todos modos, debemos ir. Sólo te pido confirmar nuestra presunción en tu consulta al Capitán Kiev.

       La tercera depende de ti, de tu habilidad para controlar y dirigir a los perros daivas. Cuento con ellos, con que el salto svadi-lung nos permita aproximarnos a la distancia adecuada para no errar los disparos sobre los asesinos.

       La cuarta, naturalmente, depende de la tercera y también de ti, de como tú construyas las órdenes mentales con el Kilkor svadi que obedecerán los perros daivas. Es lógico que si en dichas órdenes mencionas, sólo mencionas, a Bera y Birsa, estos te detectarán como a mí y se pondrán sobre aviso. El factor sorpresa exige, pues, no referir los dogos a Bera y Birsa. ¿Cómo aproximarnos, entonces? Hay que descartar la posibilidad de dirigir los perros daivas directamente a la Chacra de Belicena Villca, porque corremos el riesgo de no coincidir en el momento justo, es decir, cuando ambos estén dentro de la casa. No debemos olvidar que tal momento ya pasó, que los asesinos ya han estado en la Chacra, y que los canes habrán de saltar no sólo en el Espacio sino en el Tiempo, retrocediendo en el Tiempo el período justo. ¿Cómo haremos, entonces, para aproximar-nos sorpresivamente? Refiriendo los perros daivas al automóvil de los asesinos, al coche negro vacío y situado en la Chacra . Esto se puede lograr en varios pasos, el primero de los cuales consiste en hacer que los perros daivas identifiquen aquí mismo, en Cerrillos, el rastro del coche negro. De ese modo poseerán in abstratus la “idea” o “nombre” del coche negro a priori de la orden final. Y la orden final será una construcción matemática precisa que implante la idea, o nombre codificado, del coche negro en el contexto de la Chacra. ¡Hay que pensar en solucionar el problema tío Kurt! Pero estoy seguro que no habrá dificultades insalvables pues el Yantra es sumamente versátil para construir todo tipo de órdenes, aún las más complejas.

 

 

 

 

Capítulo IX

 

 

       Tío Kurt demandó quedarse a solas en mi cuarto. Consultaría al Capitán Kiev de inmediato con su Scrotra Krâm sobre la conveniencia de realizar o no mi demencial plan. Yo tenía el convencimiento de que si mi teoría era correcta mi plan sería aprobado por los Dioses, mal que le pesase a tío Kurt. Por otra parte, el mismo tío Kurt parecía haber depuesto en alguna medida su actitud negativa: cuando concluí el discurso, sólo sonrió, por primera vez en dos días, y dijo:

       –Estaba equivocado, neffe. No sólo te pareces a mí, como estimé en Santa María. Te asemejas asimismo a Konrad Tarstein. Y me lo has recordado ahora, proporcionándome, como tú lo has hecho, una de sus demenciales misiones. Entonces, al escucharlo, como hoy a ti, me asaltaba la convicción de que había caído en manos de un loco. Pero después todo salía de acuerdo a los planes y debía rendirme ante quién tenía “mejor visión estratégica que Yo”. Realmente, porque te lo mereces, desearía que hoy ocurriese lo mismo y que tú estés en lo cierto. Por mí, Yo siempre percibiré que a esos planes les falta algo, que están incompletos, que no pueden dar buenos resultados. Y si se llevan a feliz término, siempre me asaltará la impresión de que el éxito no dependía del plan, de su mayor o menor perfección, tanto como de la intervención Divina, del milagro que nos salvará a último momento.

       En fin, ése era mi tío Kurt, y nadie podría ya cambiarlo. Me retiré al cuarto contiguo, el de la difunta Katalina, mientras él se comunicaba con los Dioses Leales al Espíritu del Hombre.

 

 

       Habían transcurrido no más de siete u ocho minutos pero Yo estaba dormido pro-fundamente cuando entró tío Kurt. Quizás porque acumulaba mucho cansancio, quizás para no pensar en Katalina, que horas antes ocupaba aquella habitación con sus niños hasta que sintió que su sangre se transformaba en fuego, lo cierto fue que apenas apoyé la cabeza en la almohada comencé a soñar. Era un sueño simbólico, extraño, pero muy sugestivo: me encontraba sin saber cómo, en un edificio de muchas plantas, comunicadas entre sí por innumerables escaleras; Yo andaba tras la búsqueda de algo y subía y bajaba las escaleras sin dar con su paradero; de pronto, al ascender por unas gradas de piedra verde, accedí a una plataforma cuadrada sin salida; iba a emprender el regreso cuando advertí un sutil movimiento en una de las paredes que rodeaba la plataforma; me volví, y al observar con detenimiento, comprendí que aquella pared era en verdad un espejo; al principio el espejo me reflejó a mí, a mi aspecto exterior, y por eso lo que ocurrió a continuación me tomó completamente desprevenido: paralizado de terror descubrí que una enorme y espantosa araña negra me observaba con igual detenimiento; enseguida adiviné que esa araña era Yo mismo, o algo de Mi Mismo que se reflejaba afuera  ; venciendo la aprensión que me embargaba, estiré timidamente una mano hacia el espejo, al tiempo que la araña adelantaba su pata delantera izquierda hacia esa dirección; sobre la superficie especular, nos rozamos; entonces la araña se erizó, como decidida a picar, y en medio de mi horror, saltó hacia adelante, salió del espejo y cayó sobre mí, dentro de mí, hundiéndose en el Fondo de Mi Mismo; la terrible experiencia me obligó a cerrar los ojos, pero luego los abrí de nuevo, aún paralizado, y vi nuevamente al espejo: pero ya no reflejaba a la araña sino a una maravillosa y bella Espada; la reconocí al instante, se trataba de la Espada Sabia de la Casa de Tharsis, inconfundible con sus dos gavilanes en el arriaz, su Piedra de Venus, su empuñadura de marfil espiralado de cuerno del Barbo unicornio y la leyenda “Honor et Mortis”; estaba como animada, como provista de una vida que se asomaba furtivamente detrás de la forma simbólica; una vez más llevé mi mano hacia el espejo, notando asombrado que ahora podía atravesar la superficie; llegué pues hasta la Espada con intención de tomarla, pero al rozarla, ésta se transformó sorpresivamente y también saltó hacia mí, entró en mí, se trasladó a lo profundo de Mi Mismo; mas esta vez no fue una araña sino una Dama, la más bella que jamás haya concebido, sólo comparable con la Belleza Increada de la Virgen de Agartha, la que reingresó en Mí Mismo, y a la que sólo ví furtivamente, tal como Ella permitía que se percibiera Su Vida Eterna bajo la Vestimenta simbólica, Vrúnica, de la Espada Sabia; en ese instante nupcial, al verla por primera y última vez en la vida, grité sin saber por qué: “¡te he re-encontrado!”; y Ella me besó al pasar, perdiéndose en la Negrura Infinita de Mí Mismo, y dejándome sumido en un éxtasis indescriptible, más helado que nunca, más duro que nunca, más completo que nunca: Piedra de Hielo, Hombre de Piedra, Mujer Kâlibur, Espada Sabia, Kâli; ¡OH Kâli!. “¡OH, Kâli!”, murmuraba, al entrar tío Kurt y transportarme a la amarga realidad del funeral de Cerrillos. Me costó recobrar la lucidez, luego de ese sueño tan vívido, y como entre sueños escuché a tío Kurt reseñar el mensaje del Capitán Kiev. Desde luego, no lo hizo sin hacer oír su protesta personal.

       –¡Hablé con el Capitán Kiev, neffe! ¡como lo hacía hace 35 ó 40 años! ¡Y tú tenías razón: es conveniente ejecutar tu plan, estratégicamente conveniente ! Lo que no necesariamente significa que el plan sea bueno. Asi que, no te alegres demasiado, porque el Señor de Venus me hizo una advertencia, ambigua, como todas las advertencias de los Dioses. Pero antes de referirme a ella, te diré que nada ha cambiado después de tantos años, que para mi todo permanece igual, es decir, en la nebulosa más opaca ; y que estoy harto de esta vida en la cual Yo tengo el poder pero, al no comprender mi poder, al no abarcar el Símbolo del Origen que Soy, no con-sigo insertarme racionalmente en la Estrategia, en la Gran Estrategia de los Siddhas Leales y del Führer. Otra vez se ha repetido la historia; al comentarle al Capitán Kiev que Yo no tenía fe en la efectividad de ese plan, y menos aún luego de la advertencia que me había transmitido, me dijo textualmente “que Yo no comprendía la situación”. ¿Te das cuenta neffe? –preguntó con una aflicción que a mí me resultó cómica– ¡Los Dioses confirman el diagnóstico de Tarstein, Von Grossen, los kâulikas, y tan-tos otros! ¡Yo no comprendo la situación, ninguna situación, al parecer! Eso lo sé y me llena de pesar, pero a ellos parece importarles maldita cosa mi pesar: les basta y sobra con que les brinde mi poder para realizar sus demenciales planes, aunque Yo no los comprenda. Y el Capitán Kiev participa de esa actitud: mi función no es comprender sino actuar, cumplir las órdenes al pie de la letra. Para comprender la Estrategia están los hombres como Tarstein y tú, los émulos de Nimrod, el Rey Kassita, los locos que planean y consiguen proseguir la guerra en el Cielo, y tomar el Cielo por asalto. Claro que con la colaboración indispensable de nosotros, los poderosos que ignoramos cómo aplicar el poder, que no “comprendemos la situación”, pero debemos emplear todo nuestro poder para salvar el pellejo de los Sabios.

       Y así continuó protestando un buen rato, mientras Yo lo atendía con paciencia. Finalmente, se refirió a lo que nos interesaba con urgencia.

       –En resumen, neffe, que a falta de mayor comprensión, me atendré al principio que para mí es más claro: los Inmortales no pueden morir. Y aquí va la advertencia del Capitán Kiev. En general, aprobó lo que propones hacer, pero me dijo estas enigmáticas palabras: “al finalizar la operación recién verán lo que no contemplaron al principio, pero que si lo hubieran visto al principio les impediría finalizar la operación”. Dime tú, en quien los Dioses confían, qué quiso decir con tan ambigua advertencia.

       –Querido tío Kurt, he de ser tan sincero como tú: no lo sé con seguridad, pero presumo que nos está avisando sobre una falla en el plan; sobre algo, un detalle importan-te, que he pasado por alto y que, de considerarlo, quizás me haría desistir de seguir adelante. Pero aún así, nos aconseja actuar y eso haremos. Mas no dejaré de darle vueltas al asunto; meditaré una y mil veces en el plan para tratar de descubrir lo que está oculto a mi visión estratégica: no me gustaría recibir una sorpresa al final; y no me arriesgaría por nada del mundo si no estuviese convencido de que vamos a ganar. ¡La sorpresa, tío Kurt, la deben recibir los asesinos! ¡Nosotros tenemos que dominar todas las variables del ataque para evitar ser a la vez sorprendidos! ¡Y juro que no dejaré elemento sin considerar hasta que haya adquirido la máxima seguridad en la operación!

 

 

       Cuarenta y cinco minutos después de haber subido, regresamos junto al Comisario Maidana: se hallaba plácidamente dormido en el sofá donde lo dejamos sentado. Tío Kurt me preguntó, al bajar las escaleras, sobre la táctica que adoptaría para obtener la particular ayuda que necesitábamos de él.

       –¿Has pensado en lo que le dirás? No irás a darle detalles de la operación ¿no? –me saturó con sus dudas–. Mira, neffe: Yo no me fío de él, ni de ninguna persona como él. Padecen de gran confusión ideológica y no pueden ser verdaderos Camaradas: hoy están contigo y mañana no sabes a quien responderán.

       –¡Despacio tío Kurt, despacio! –traté de serenarlo–. No desprecies así a quien representa nuestro único apoyo. Aquí, en la Argentina, él es de lo mejor que hay: ¡ya no estamos en el Tercer Reich! ¡Eso pasó! El Führer ya no está a la vista para despertar la lealtad sin límites que tú sientes. ¡Al Führer sólo lo vemos nosotros, los Inicia-dos! Y no podemos exigirles a ellos que se comporten como Caballeros SS. si están obligados a vivir en el mundo de la pre-Sinarquía Universal: ¡recuerda que tú mismo preferías morir que sobrevivir en este mundo! Sé, pues, un poco tolerante; y no te preocupes, que sólo le diré lo que él desea oir. Comprende, tío Kurt, que no debo mentir; pero tampoco puedo decirle toda la verdad . Le revelaré, entonces, parte de la verdad, aquella parte que él ansía conocer y que a nosotros no nos afecta que él conozca .

       Desperté a Maidana, con una taza de café en la mano. Se disculpó por su “falta de control” y se recompuso al ins­tante. Bebía el café como agua y en cuestión de minutos consumió tres tazas, mientras escuchaba mi propuesta.

       –Le hablaré como Camarada Nacionalista, Comisario Maidana –aclaré–. Hemos coincidido, con mi amigo, en que efectivamente Ud. puede facilitarnos el tipo de ayuda que nosotros necesitamos. Lógicamente, para llegar a un acuerdo, tendré que poner algunas cartas sobre la mesa, así pues comenzaré por el asesinato de Belicena Villca. Ante todo, le señalaré el móvil del crimen: su hijo Noyo Villca . Los asesinos procuraban establecer el paradero de Noyo Villca ¿por qué? Porque el joven era un agente de Inteligencia infiltrado en las organizaciones subversivas.

       –¡Sabía que había algo concreto en todo esto! –exclamó triunfalmente Maidana–. Tras tanta locura, y profusión de pistas falsas, tenía que haber un móvil específico al que se buscaba ocultar.

       –En efecto –confirmé–. ¿Y sabe Ud. para quién trabajaba Noyo Villca? Pues nada menos que para el Ejército argentino. Más aún: él era un oficial del Ejército, un capitán G2.

       –¡Madre de Dios! –invocó– ¿Y por qué esos datos no figuraban en el expediente policial de Belicena Villca?

       –Porque una poderosa organización sinárquica, que funciona en todos los niveles del Ejército, se ocupó de ocultar la información. No olvide que fue el Ejército quien la en-cerró en el manicomio. A dicha organización, integrada no sólo por judíos, pertenecen los asesinos de Belicena Villca y de mi familia. Lo que Ud. debe conocer, ya que le permitirá descubrir el nexo entre ambos crímenes, es que Noyo Villca se encuentra fugitivo debido a que la Sinarquía intenta suprimirlo para evitar que ponga en práctica su saber ultraconfidencial. Y que a mí, su madre antes de morir me suministró las claves para hallarlo.

       –¡Ahora se aclara todo! –creyó Maidana–. ¡Lo felicito Dr. Siegnagel! ¡Es Ud. todo un hombre: se jugó sólo por la causa nacional y los asesinos internacionales se lo hicieron pagar caro! Ha hecho bien en confiar en mí. Desde este momento podemos trabajar juntos contra esa organización y ayudar también a Noyo Villca.

       –No se adelante, Maidana, que no es así como Yo veo las cosas –lo frené–. El favor que le vamos a pedir no consiste en el apoyo de Ud. y de su grupo sino en otra cosa. En ese sentido, y por el momento, Ud. quedará afuera de nuestra acción: esa será la base del trato; sin discusión: la toma o la deja . Mi propuesta es la siguiente: Noyo Villca pertenecía a un grupo nacionalista ultrasecreto del Ejército: Yo conozco su contacto y estoy dispuesto a revelárselo, con lo cual su grupo y el de ellos podrán arreglarse para trabajar juntos. De ese modo Ud. no quedará fuera del caso: pero sí, y por el momento, le re-pito, deberá dejarnos a nosotros operar contra los asesinos.

       –¿Qué quiere decir con “por el momento” ? –quiso saber Maidana, que no se chupaba el dedo.

       –Quiero decir que la restricción que le impongo es provisoria, motivada en la pre-sunción de que nosotros tendremos más posibilidades de éxito si operamos solos. Pero, que confiamos en Ud., lo demuestra el contacto que le voy a dar. Y además le daré mi palabra de Honor de que si nuestra acción fracasa, y queda otra oportunidad, recurriremos sin vacilar a Ud.

       –En principio acepto –accedió Maidana–. ¿Quién es el contacto?

       –Antes debe asegurarme que cumplirá con el favor que le solicitaremos –me previne.

       –Bueno ¡pues dígame de una vez de qué se trata! –exigió irritado.

       –Armas, Comisario Maidana. Necesitamos al menos dos armas lo más pronto posible.

       –¿Qué clase de armas? –preguntó vacilando; y agregó– No sé porque no deja esto en manos de profesionales, Dr. Está Ud. actuando fuera de su especialidad; es como si Yo me dedicara ahora a realizar curaciones psiquiátricas.

       –Ya le dije, Maidana, cuáles eran los términos del trato: lo toma o lo deja .

       –¡No tengo alternativa, Siegnagel! Claro que le puedo prestar armas. ¡Tenemos toda clase de armas! Dígame, solamente, qué maldito tipo de armas quiere.

       –Necesitamos un tipo de arma que sea muy eficaz de cerca, que destroce el cuerpo. Dos escopetas de repetición serían lo ideal –sugerí.

       –Puedo entregarles dos Itakas esta misma tarde. ¿Qué más?

       –Pues... municiones para las escopetas y... ¿es posible conseguir también armas de puño? –me daba cuenta que carecía de entrenamiento militar como para solicitar las cosas con claridad. Tío Kurt, que era especialista en el tema, permanecía callado para no llamar la atención sobre sus conocimientos.

       –¿Armas de puño? Hay cientos de armas de puño a su disposición; pero, si me permite intervenir con mi experiencia en este asunto, me parece que lo mejor será que me explique qué piensan hacer y me deja a mí ocuparme del equipo.

       No podía, por supuesto, explicarle el plan. Pero si mostrarle algunos detalles generales.

       –Se trata de un operativo comando contra los asesinos.

       –¿Qué clase de operativo?

       –Una emboscada –definí.

       –Pues entonces no necesitan cualquier arma de puño sino pistolas ametralladoras. Y también deben llevar granadas de fragmentación. Mire, Siegnagel: le prepararé dos equipos SWAT, adecuados para una operación de ese tipo. Donde van a operar, ¿pueden llevar puesto un saco de combate?

       –Sí... creo que sí –respondí. Miré con el rabillo del ojo a tío Kurt y ví que asentía–. ¿Qué importancia tiene?

       –Es que los sacos que le voy a prestar tienen todos los bolsillos, argollas y ganchos necesarios –explicó–. Llevarán las pistolas ametralladoras, que son muy pequeñas a pesar de disparar mil balas por minuto, en una cartuchera sobaquera, y recurrirán a ellas sólo en caso de necesidad, puesto que portarán las Itakas en las manos. Las Itakas pueden usarse con correa para el hombro o con cartuchera de pierna, mas para el caso le sugiero la correa. Tienen capacidad de 8 cartuchos, lo que les confiere un poder de fuego infernal; con una sola carga les debería alcanzar para una emboscada, pero, si deben sostener un tiroteo, encontrarán más cartuchos en la chaqueta. Igualmente, en otros bolsillos estarán los cargadores de repuesto para las pistolas ametralladoras y en el cinturón las diez granadas de fragmentación. Por las dudas que se vean obligados a demoler algo, les proveeré también de dos panes de trotyl con detonador electrónico a cada uno, los que irán igual-mente sujetos en la chaqueta. El equipo se los completaré con dos cuchillos de monte, cuya vaina está cosida en la parte interior de la chaqueta. ¿Conforme, Dr. Siegnagel?

       –¿Cuándo me podrá entregar semejante equipo? –pregunté admirado.

       –Esta misma tarde. Ahora deme el nombre del contacto.

       –Capitán Diego Fernández. En 1978 estaba destinado en Tucumán. El no me conoce y seguramente no sabe lo que le ocurrió a Belicena Villca hace tres meses. No se negará a hablar con Ud. cuando sepa que estamos tratando de proteger a su Camarada.

 

 

 

 

Capítulo X

 

 

       |A las 18 horas se realizó la penosa inhumación. Los Siegnagel poseían un amplio mausoleo en el cementerio local y allí serían depositados los cinco ataúdes: la cremación no sería bien vista por los curas del pueblo. Primero, la caravana fúnebre pasó por la iglesia, según la costumbre, y allí se ofició una misa por “el eterno descanso de sus Almas”, fórmula Golen, aún de rigor. El viejo cura, amigo de mis padres, intentó consolarme por la inmensa pérdida sufrida e insinuó veladamente que mi alejamiento de la Iglesia podría estar conectado con la desgracia actual. Prometí regresar a las misas dominicales, como cuando era niño, y confesarme y tomar la comunión, hasta que el buen hombre quedó satisfecho.

       Una nutrida muchedumbre, entre curiosa y triste, se ­reunió en la necrópolis para despedir los restos mortales. Allí estuvieron, puntualmente, Maidana y el Comisario de Cerrillos. Este último me entregó la previsible citación.

       –Lamento molestarte en estos momentos, Arturo, pero sabrás comprender que tenemos un deber que cumplir. Mañana puedes venir a prestar declaración a la Comisaría. Es a las 11 horas: te estará esperando el Juez, que también desea interrogarte.

       Prometí concurrir con exactitud y el Comisario se retiró satisfecho. Luego del responso, el cura también se alejó, y tras de él se dispersó la gente, no sin antes repetir su pésame. Cuando eché llave al mausoleo, sólo quedábamos tío Kurt, Maidana y Yo.

       Nos reencontramos en la Finca. Con extrema cautela, Maidana bajó cuatro bolsas de tela de avión que contenían el equipo SWAT. Nos hizo mil recomendaciones sobre la prudencia con la que teníamos que manejar aquel material, y algunas aclaraciones de orden práctico. Estaba todo lo prometido y más aún: agregó borceguíes, pantalones, camisas y boinas, en fin, toda la indumentaria del comando, manchada con tonos aptos para el camouflage de monte.

       –He cumplido mi parte del trato –afirmó–. Y les deseo suerte en la operación. Por dedicarme a conseguir esto en tan corto tiempo no he podido descansar, así que ya me voy pues no me tengo en pie. ¡Ah; investigué sobre el oficial Diego Fernández! Está en actividad. Ahora es Mayor G2, y se encuentra destinado en el Batallón de Inteligencia 702, en Buenos Aires. Mañana o pasado iré personalmente a hablar con él.

       –Bien, ¡Adiós, Camaradas! –se despidió solemnemente– ¡Ah; otra cosa, de la cual ya me olvidaba! Cuando vuelva, Dr. Siegnagel ¿me aclarará aquellos dos puntos oscuros del caso de Belicena Villca, esos hechos irracionales que trabaron toda la investigación? Me refiero a ese cuento del asesinato dentro de la celda herméticamente cerrada, y a la cuerda enjoyada usada en el estrangulamiento. Sé que existen los crímenes Rituales, y que, quienes los practican, son justamente miembros de organizaciones sinárquicas. Pero ¿qué importancia tenía darle forma Ritual a la muerte de una pobre alienada, o al múltiple asesinato de su familia? Es lo que no acabo de entender.

       Lo miré desalentado. ¿Cómo explicarle que los Rituales serían efectivos si quienes los realizaban son Magos de la calidad de Bera y Birsa? Debió leer la decepción en mi semblante porque levantó los brazos en expresión de stop y retrocedió sonriente hacia su coche.

       –Ahora no, ahora no, Dr. Ud. está tan cansado como Yo y no conviene continuar con las hipótesis sino ir a dormir cuanto antes. Cuando vuelva, le dije. ¡Verá que entonces hallará la manera de explicármelo!

       Se fue de inmediato, y nunca más lo volví a ver.

 

 

       Esa noche, un silencio sepulcral descendió sobre la Finca. Tío Kurt se entretuvo una hora en examinar las armas, en tanto Yo utilizaba ese tiempo para enterrar a Canuto. Mi fiel perro había recibido una especie de rayo en medio del cuerpo, tal vez un golpe del Dordje, y estaba convertido en un guiñapo: ya nunca jamás me esperaría en la tranquera para brindarme su afecto, durante esos doscientos metros hasta la casa que le correspondían sólo a él. Y ya nunca jamás volvería a ver a mis padres, y a mi hermana con sus niños, al final del camino. ¡Malditos Demonios Bera y Birsa! ¡Malditos Sacerdotes de El Uno Jehová Satanás! ¡Malditos Sacrificadores Sagrados! Pronto, muy pronto nos veríamos las caras nuevamente y serían ajusticiados. No “Bera y Birsa” pues, como repetía tío Kurt, “los Inmortales no pueden morir”, pero sí los “asesinos orientales” de mi familia, la manifestación humana de Bera y Birsa. Ellos conocerían mi furia; la de tío Kurt; y la de todos los integrantes de la Casa de Tharsis que Ellos asesinaron, atormentaron, y persiguieron, y que ahora parecían venir en mi ayuda y alentarme. Porque si había tenido fuerza de voluntad para imponerme a tío Kurt y forzarlo a aceptar mi plan era ciertamente por eso: porque tenía la certeza de que eliminar a los asesinos orientales era una cuestión de Honor; por sobre todas las cosas; y sentía patentemente que en ese anhelo me acompañaba espiritualmente la Casa de Tharsis. Veía claramente a Belicena Villca; y escuchaba que me hablaba, que se refería a las últimas palabras de su carta y me decía: “Sí, Dr. Siegnagel; ¡es una cuestión de Honor acabar con Bera y Birsa! ¡Ellos han cometido un error y Ud. lo debe aprovechar; la Casa de Tharsis lo acompaña en su decisión! ¡ahora demostrará que es un Kshatriya! ¡Y después, muy pronto, nos volveremos a ver durante la Batalla Final, o en el Valhala!”.

       El Espíritu de Belicena Villca me guiaba; estaba seguro de ello; quizás fuese Ella quien trajera tan oportunamente al Comisario Maidana a Cerrillos. Terminé de sepultar a Canuto al pie de mi lapacho favorito, y regresé a la casa.

       Tío Kurt se había retirado al cuarto superior llevando consigo la totalidad del equipo. Yo bebí el enésimo café del día y fui apagando las luces hasta llegar a mi cuarto, es decir, al cuarto que perteneciera a Katalina, y me sumergí rápidamente en la reparadora indiferencia del sueño.

 

 

 

 

Capítulo XI

 

 

       El 6 de Enero de 1980 fue asesinada Belicena Villca.

    El 21 de Enero de 1980 experimenté el rapto espiritual de la Virgen de Agartha.

    El 28 de Enero de 1980 conocí que tenía un tío Kurt Von Sübermann y partí hacia Santa María.

       El 21 de Marzo de 1980 concluyó tío Kurt el relato de su vida y, esa noche, fui detectado por el Demonio Bera.

       El 22 de Marzo de 1980, a las 0,15 horas, los Demonios intentan exterminar la Estirpe de los Von Sübermann. De resultas de ello, mueren todos los miembros de la familia, salvo tío Kurt y Yo.

       El 22 de Marzo, a las 8,00 horas llegamos a Cerrillos y comprobamos un quíntuple asesinato, según la versión policial.

       El 23 de Marzo, a las 0,30 horas, viene a traerme su pésame, y a traer protección armada, el Comisario Maidana.

       El 23 de Marzo, a las 5,45 horas, el Comisario Maidana nos informa sobre la existencia de los “asesinos orientales” y su extraño vehículo.

       El 23 de Marzo, a las 7,05 horas, el Comisario de Cerrillos nos mostró los identikits de los asesinos orientales. A esa hora ya había concebido mi plan hasta el último detalle.

       El 23 de Marzo, a las 8,45 horas, convenzo a tío Kurt para que consulte mi plan al Capitán Kiev.

       El 23 de Marzo, a las 10,30 horas, cerramos trato con el Comisario Maidana: nos prestará ayuda material a cambio de permanecer en el caso.

       El 23 de Marzo, a las 20,00 horas, el Comisario Maidana se retira de Cerrillos, luego de entregarnos los equipos de comando; no volvería a verlo.

       El 23 de Marzo, a las 23,00 horas, me acosté a dormir, por primera vez desde la nefasta noche del 21.

       El 24 de Marzo, a las 11 horas, me presenté en la Comisaría de Cerrillos y efectué mi declaración. No era mucho lo que Yo sabía sobre los asesinatos, y de esto ellos no du-daban, pues habían verificado mi coartada: para ello enviaron dos policías que realizaron el camino inverso hasta Santa María, recogieron testimonios sobre nuestro viaje de 0,30 a 8,00 horas, indagaron a la operadora telefónica, que conocía mi voz por llamar frecuente-mente a Cerrillos, e interrogaron a José Tolaba y a su esposa, los mayordomos de tío Kurt. No, sobre mi ausencia en el escenario del crimen ellos no dudaban, ni tampoco sospechaban de tío Kurt; lo que ellos presumían, tanto la policía como el Juez, era que Yo conocía el móvil del crimen, al que habían descartado como delito común. ¿Podría tratarse de un error? ¿Habría un fin político desconocido? ¿En qué estaba Yo? ¿Cuáles eran mis ideas y actividades? ¿Por qué me había apartado de la Iglesia? ¿Mis padres habrían recibido amenazas anteriormente? ¿Hubo extorsión?

       Así, acribillándome con preguntas semejantes, me tuvieron hasta las 5,00 de la tarde y prometieron volverme a citar.

       El 24 de Marzo, a las 10,00 horas, mientras Yo me preparaba para ir a la Comisaría, tío Kurt comenzó a trabajar con Ying y Yang. Al regresar, por la tarde, los perros daivas ya habían conseguido aislar el rastro del coche negro: tío Kurt lo designó con una palabra clave y, afirmándola mentalmente, me demostró de eficaz manera cómo los perros daivas se dirigían directamente al sitio donde estuviera estacionado.

       El 25 de Marzo lo dedicó tío Kurt íntegramente a construir la orden con el Kilkor svadi: toda la operación dependía de la precisión de esa orden y resultaba comprensible su meticulosidad. Sólo empleó unas horas para coordinar conmigo los movimientos que haríamos frente a nuestros enemigos. Por ejemplo, acordamos que él dispararía primero, y siempre hacia la izquierda, en tanto Yo debería cubrir la derecha.

       El 25 de Marzo lo dediqué integramente a dejar arreglado el funcionamiento de la Finca.

       Unos vecinos, mediante la participación en el producto de la cosecha, accedieron gustosos a ocuparse de las viñas y de la futura vendimia; no sería tarea difícil pues Papá tenía los mecanismos productivos debidamente aceitados y todo el trabajo se reduciría a administrar el campo y supervisar a los operarios. Firmamos un contrato improvisado, en el que incluí una cláusula completamente fuera de lo común: se comprometían a hacer limpiar el lagar y a inyectar los 20.000 litros de Alquitrán en uno de los pozos de agua de la Finca, cuya napase secó hace años y cuya boca es-taba aún abierta con un aljibe. Hice esto porque no podía correr riesgos de que la Brea fuese a ser vendida o aprovechada energéticamente: no olvidaba ni por un instante que aquel lago de asfalto constituía una síntesis orgánica de nuestra sangre, que representaba la sangre de la Estirpe Von Sübermann.

       El 25 de Marzo, a las 18,00 horas, finalmente, adquirí el único elemento que tío Kurt solicitó para completar el equipo táctico: una garrafa de teflón, con rosca hermética, rellenada con cinco litros de ácido sulfúrico.

 

       El 26 de Marzo de 1980, estábamos preparados para iniciar la operación.

 

 

 

 

 

Capítulo XII

 

 

       Podríamos haber actuado esa misma mañana, pero tío Kurt prefirió aguardar el anochecer y emplear el día en repasar hasta el último detalle de la “Operación Bumerang”. La habíamos bautizado de este modo, un poco en broma y un poco en serio, considerando que, análogamente a aquellas armas australianas, los golpes de Bera y Birsa retornarían contra quienes los lanzaron.

       A las 19,00 horas ya cargábamos el equipo y nos aprontábamos para partir. A las 19,30 horas salimos de la casa, pues el crepúsculo muriente impediría que nadie se asombrara al vernos vestir atuendos militares. Echados junto a los lapachos, los dogos eran la imagen de la tranquilidad canina. Nosotros también conservábamos la calma. Y ya no pensábamos en nada. Conocíamos todos los detalles de lo que debíamos hacer y nuestra única preocupación era actuar cuanto antes.

       Tío Kurt tomó las riendas de los perros daivas y los puso en alerta. Ambos se para-ron bruscamente y, moviéndose con prodigiosa sincronicidad, tensaron sus músculos y movieron las cabezas hacia arriba, como husmeando en el aire un rastro inconcebible. Yo permanecía atrás de tío Kurt; llevaba sobre la espalda, sujeta con cuerdas, la garrafa de ácido, y colgando del hombro, lista para disparar, la implacable Itaka. Al fin, habíamos decidido vestirnos con el uniforme de comando por ser invalorablemente más práctico para la acción, aunque luego representaría un problema si fuésemos vistos por otras personas. Mas ¿qué importaba ese riesgo frente a la posibilidad de suprimir a los asesinos orientales? Si la suerte de las armas nos resultaba adversa, no habría retorno; y si triunfábamos, ya hallaríamos el modo de obtener otras ropas. ¿O acaso los asesinos no iban también disfrazados, sin importarles un comino lo que opinasen los testigos?

       Tenía, pues, las dos manos libres, con el propósito de cumplir las instrucciones de tío Kurt: “Debes tomarte de mi cintura apenas comience a elevarme”. “Y cuando estemos en el espacio, recuerda que habrás de concentrar tu atención todo el tiempo en mí: ni un segundo te puedes distraer pues correrías el riesgo de separarte de mí y perderte en alguno de los innumerables Mundos de Ilusión que atravesaremos”. “Una vez salidos del con-texto habitual de nuestra vida, el único modo de que ambos continuemos juntos, coincidiendo en Tiempo y Espacio, es mantener entre nosotros un nexo volitivo: y eso es lo que harás al mantenerme bajo contacto visual y táctil”.

       Pareció que ya partiríamos, y me dispuse a tomarlo por la cintura no bien se moviera, pero se volvió nuevamente hacia mí para hacerme recomendaciones. ¿Llevas la es-copeta a mano? ¡Apenas hagas pie en la Chacra debes soltarte y tomar el arma!

       –Sí, tío, sí.

       –¿Neffe Arturo? –me llamó en otro tono, extrañamente afectivo.

       –Sí, tío Kurt.

       –Quizás sea ésta la última vez que nos veamos. No quiero ser pesimista, pero por la dudas, despidámonos aquí.

       –Nooo, no –exclamé horrorizado, tratando de espantar los pensamientos agoreros. Después de lo sucedido a mi familia, no podía pensar sin echarme a temblar en la posibilidad de perder también a tío Kurt–. Nada malo nos pasará, querido tío Kurt: ¡el triunfo es seguro! ¡seremos como el bumerang que vuelve a manos de quien lo arrojó, devuelve su golpe, y se detiene!

       Pero de nada valieron mis argumentos. Tío Kurt ya se había vuelto del todo y me abrazaba efusivamente.

       –Adiós neffe –me dijo con nostalgia–. La vida no nos dio oportunidad de conocer-nos mejor. No obstante, fue muy bueno tenerte en Santa María esos meses. Me devolviste la fe en la Sabiduría Hiperbórea al traer las respuestas que aguardé durante 35 años. Ahora arriesgaré mis últimas fuerzas en la más demencial de todas las misiones que me han en-cargado nunca. Y esto también es necesario para la Estrategia del Führer; como siempre, no comprendo por qué, pero sé que es así. Adiós neffe Arturo: nos veremos al final; al final de la Operación Bumerang o cuando se libre la Batalla Final .

       Se me hizo un nudo en la garganta; no tuve coraje para decirle adiós. Sólo lo abracé con fuerza.

       Empero, tío Kurt seguía siendo el mismo cabezadura de siempre.

       –Partamos, pues –propuso–. Recuerda solamente que, pase lo que pase, Yo no me apartaré del único principio que comprendo.

       –Sí; ya sé, tío Kurt; ¡por Wothan, no me lo repitas más! ¡”los Inmortales no pueden morir”!

 

 

       Serían las 19,45 del día 26 de Marzo de 1980, y ya había oscurecido bastante en Cerrillos. Tío Kurt dio la primer orden a Ying y Yang e instantáneamente comenzó a producirse el fenómeno: se levitaron lentamente hacia arriba los perros daivas y tío Kurt, que parecía disponer de un efectivo punto de apoyo bajo sus pies. Tal punto de apoyo a mí no me alcanzaba, y por eso me apresuré a tomarme de su cintura, quedando literalmente col-gado en el espacio, sin base alguna, y comprobando que tío Kurt se encogía acusando mi peso muerto.

       El ascenso se prolongó unos segundos, hasta que perdí la noción de la altura. En el interín, logré divisar con el rabillo del ojo las copas de los lapachos, los techos de la Finca, y, en un pantallazo, el pueblo de Cerrillos, iluminado artificialmente por las lámparas callejeras. No nos movíamos uniformemente, sino que la subida se aceleraba a medida que ganábamos altura. En un momento dado, tío Kurt, más allá de Kula y Akula, plasmó las complejas órdenes mentales y los perros daivas, sin detener su movimiento, realizaron el vuelo svipa-Lung. La orden procedente del Espíritu Eterno tuvo el efecto de un latigazo y, no sólo los perros daivas: Yo también lo sentí; y comprobé el poder, el terrible poder que es capaz de demostrar un Iniciado Hiperbóreo, un Hombre Dios.

       Si tuviese que referirme al tiempo, diría que el vuelo a través del Tiempo y del Espacio no duró más de un segundo. Sin embargo, aquel hundirse en la negrura más impenetrable no transmitió sensación de temporalidad sino de eternidad, de estar fuera de la vi-da y de la muerte, y de todo transcurrir.

       Luego de ese instante sin tiempo, en el que sin ninguna duda experimenté la impresión de un salto, comenzó un descenso desacelerado, durante el cual distinguí nuevamente los objetos habituales, cielos, montañas, casas, árboles, luces. El viaje se componía, pues, de tres fases: una, de ascenso acelerado, con percepción permanente del cielo y las estrellas; la segunda, del salto svadi-Lung propiamente dicho, en la que carecí de toda visión contextual, salvo a tío Kurt; y la tercera, de descenso desacelerado, en la que tranquilizadoramente reencontré sobre mí el útero cósmico del cielo estrellado.

 

       Serían las 22 ó 23 horas del día 22 de marzo de 1980, cuando mis pies tocaron el suelo de la Chacra de Belicena Villca, en Tafí del Valle. Pisé en tierra firme y, no obstante, mis rodillas se aflojaron un poco, hasta que aterrizó tío Kurt, cuyos pies estuvieron en todo momento un metro más arriba que los míos: repito que Yo viajé “colgando” de su cintura.

       Pero no bien recobré la estabilidad, me solté de tío Kurt y empuñé la Itaka. Aún no acababa de orientarme y obedecí a un gesto suyo que me indicaba agacharme. Rápida-mente, todo fue cobrando sentido para mí: nos encontrábamos parapetados detrás de un enorme automóvil negro. ¡El automóvil de los asesinos orientales!

       Tío Kurt me comunicó con un dedo sobre la boca que hiciera silencio, y luego señaló en dirección al frente, más allá del coche. Atisbé por sobre el capot, y avisté una casa a no más de treinta pasos, derramando profusa luz hacia la negrura exterior a través de una hilera de tres ventanas laterales. Al parecer, el coche estaba estacionado paralela-mente al vértice del ángulo de la casa, lo que nos permitía dominar, además de las ventanas de un lado, la puerta de entrada situada en el otro. La puerta, cerrada, se enmarcaba sobre un plano de cuarenta y cinco grados a la izquierda; y hacia allí tendríamos que llegar.

       Indudablemente, contábamos con el factor sorpresa. Los canes se habían apretado contra el suelo como serpientes, comandados mentalmente por tío Kurt, y allí se quedarían. Ibamos a avanzar hacia la puerta, para comenzar el ataque, cuando un grito humano, un estridente alarido de dolor, nos clavó en el sitio: ¡adentro estaban atormentando a alguien! Entonces corrimos hacia la puerta lo más silenciosamente posible.

       Y a medida que nos acercábamos, un olor penetrante y dulzón fue lo primero que nos llamó la atención. Era una fragancia como a sahumerio de sándalo o incienso y resultaba tan fuera de lugar allí que nos miramos perplejos. Ambos reconocimos en el acto aquel perfume por haberlo percibido anteriormente, en distintas y dramáticas circunstancias: tío Kurt, en el valle tibetano de La Brea; y Yo en la celda de Belicena Villca, la noche de su muerte. Pero esto sólo duró un instante pues lo que vino después concentró toda nuestra atención.

 

 

 

 

Capítulo XIII

 

 

       Pero estaba visto que aquéllos no serían seres humanos corrientes. A mitad de camino, cuando aún no nos habíamos separado del plano de la puerta y no éramos completamente visibles desde ella, ésta se abrió de golpe para dejar paso a dos hombres de enorme contextura física. Uno saltó hacia afuera y el otro permaneció en el umbral: contrastados por la luz interior, teníamos frente a nosotros a los dos Caballeros Orientales, impecablemente vestidos con sus trajes ingleses de fina confección.

       El primero que salió fue Bera, empuñando un mango con dos globos, el Dordje fa-tal. Instantáneamente alzó el arma hacia tío Kurt, al tiempo que su rostro se descomponía de terror. Comprendí que el Demonio humano no veía a tío Kurt sino al Signo del Origen, la Verdad Absoluta del Espíritu que disolvía la Mentira Esencial de su propia existencia ilusoria.

       Pese a todo iba a disparar el rayo mortal, pero tío Kurt fue más rápido. A la carrera, casi sin apuntar, tiró una vez del gatillo; y fue suficiente. La perdigonada tomó a Bera en medio del pecho, lo levantó a un metro de altura, y lo arrojó varios metros más allá. Simultáneamente, Yo que no era precisamente un comando profesional, me detuve, apunté, y gatillé dos veces, impactando en el estómago y en el pecho del Demonio Birsa. Las dieciocho municiones, sabiamente repartidas por aquella arma magnífica, aplastaron a Birsa contra el marco de la puerta sin darle tiempo a nada.

       –¡Pronto! –gritó tío Kurt, al ver que me había quedado inmóvil, resistiéndome a creer que todo hubiese terminado–. ¡Pronto, prepara el ácido, Arturo! ¡Apresúrate, antes de que se manifieste Avalokiteshvara !

       ¿Avalokitesh...? –pregunté sorprendido–. ¡Dioses! ¡Avalokiteshvara, la Misericordiosa! ¡Esa era la falla de mi plan, sobre la que nos advirtiera velada-mente el Capitán Kiev! ¡Había olvidado a Avalokiteshvara, ahora lo veía claro, y ese olvido podría hacer fracasar mi plan, incluso costar-nos la vida! ¡La Gran Madre jamás permitiría que dos de sus mejores hijos fuesen destruidos; no si Ella podía impedirlo; esa era justamente una de sus funciones cósmicas: proteger a sus hijos animales-hombres, cal-mar el miedo de sus Almas! ¡Y si Ella conseguía quitar el miedo de Bera y Birsa, tan siquiera atenuarlo, todo mi plan se derrumbaría como un castillo de naipes! ¡Incluso podríamos sufrir un contraataque de los Demonios, ya recuperados, que entonces sí sabrían en qué Mundo encontrarnos!

       Evaluar estas posibilidades me paralizaba. Trabajosamente desaté las cuerdas y bajé la garrafa de ácido de mi espalda. Tío Kurt haciendo gala de extraordinaria habilidad, ya había extraído el corazón de Bera, dejando en su lugar un horrible boquete por el que manaba abundante sangre, la que formaba un charco en torno de su cadáver. Puso el corazón humeante dentro del sombrero hongo, que flotaba sobre la sangre como una grotesca réplica de la barca de Caronte, y rápidamente se hincó sobre el cuerpo exánime de Birsa. Con certeros tajos del cuchillo de monte, filoso como navaja, fue cortando el chaleco de fino casimir inglés y la no menos valiosa camisa de seda china; al llegar a la carne, practicó una profunda incisión central, que luego agrandaría hasta exponer el extremo de las costillas y la cavidad toráxica: desde allí seccionaría las arterias del corazón, que en aquellos Demonios estaba localizado en el lado derecho del cuerpo.

       “¡Tío Kurt lo sabía!” –descubrí consternado–. Y pensar que me atreví a poner a prueba su Honor; el no sólo sabía que podíamos fracasar: también sabía por qué podíamos fracasar. Y no obstante haberlo sabido, calló para cumplir con las órdenes del Señor de Venus. Recordé la advertencia del Capitán Kiev: “al finalizar la operación recién verán lo que no contemplaron al principio, pero que si lo hubieran visto al principio les impediría finalizar la operación”. ¡Avalokiteshvara, Ella era lo que Yo no había contemplado al principio, ya que si hubiese supuesto que Su Pie-dad auxiliaría a los Demonios a superar el pánico no habría emprendido la Operación Bumerang! Y tío Kurt lo había comprendido entonces, él que se quejaba de no comprender nada, pero había callado porque sabía cuánto quería Yo atacar a los Demonios. Por eso me hizo comprar el ácido sulfúrico sin darme mayores explicaciones: él también tenía una teoría; conocía un modo alquimístico de neutralizar la protección de la Gran Madre Binah; o sabía como mantener el pánico de los Demonios. Enseguida sabría cuál era la respuesta.

       Sobre el ácido sulfúrico, sólo me había dicho que “fija la materia orgánica en Saturno”: “al introducir el corazón, asiento del Alma, en el ácido sulfúrico, estamos constelando el Alma en  Saturno, situándola en el principio del Universo y contribuyendo a su regresión involutiva”. De acuerdo al plan, a mí me correspondía introducir los corazones en la garrafa de ácido. Mas ahora presumía que aquella recomendación apuntaba a otro objetivo, además del declarado por tío Kurt.

       Asenté la garrafa en el umbral de la puerta y la destapé; tomé el sombrero hongo, que acababa de recibir el segundo corazón, y lo coloqué a su lado; y, no sin cierta repugnancia, me dispuse a tomar los órganos diabólicos. Fue entonces cuando me detuve fascinado, y luego quedé paralizado de espanto.

       Está escrito: “los corazones pertenecen a Avalokiteshvara”. El corazón del animal-hombre, del Hombre de Barro, recibe la protección de la Gran Madre Binah por medio de la Intellegentia de YHVH ; y su conciencia crepuscular, recibe más luz por medio de la Sapientia del Gran Padre Hokhmah.

 

 

 

 

Capítulo XIV

 

 

       Como dije, iba a tomar los corazones humanos de Bera y Birsa, cuando me detuve fascinado: la causa fueron las scintilla luminis, o chispas de luz, que comenzaron a brotar de ellos. Miles de chispas que saltaban en todas direcciones, ora girando en círculo, ora en espiral, o trazando curvas brillantes de caprichosa forma, me impedían distinguir el fondo del sombrero, y aún el sombrero mismo. Fascinado por el espectáculo, encantado, quizás hechizado, recordé sin quererlo la definición del Alquimista Khunrath; son, dijo, “Scintillae Animae Mundi igneae, Luminis nimirum Naturae”, es decir, “son Chispas ígneas del Alma del Mundo, Luces que se evidencian en la Naturaleza”. Tales scintillae acompañan siempre las fases de la Alquimia; y en ese momento estaban presentes todos los elementos del opus: en el Gabinete de la Naturaleza, se hallaba la prima materia de los corazones; el aqua permanens del Sulphur Philosophorum ; y se encontraba presente Mercurio, el gran Artifex trasmutador, es decir, tío Kurt Shivatulku, representante de Wothan, que es Hermes, y que es Mercurio.

       Girando en hipnótico torbellino, las scintillae luminis fueron cubriendo mi campo de visión. Chispas doradas, brotaban ahora de todas partes y surcaban el espacio hasta apagarse, un espacio extrañamente carente de viento y de sonidos, como si la Naturaleza entera estuviese entretenida en manifestar su lumen naturae. Quité la vista del sombrero hongo y de la garrafa de ácido, invisibles bajo la vertiente luminosa y, semianestesiado, paseé la vista en derredor: del Mundo entero parecían surgir scintillae. De la casa, del suelo, de los árboles que antes no vi, pero que se erguían a diez pasos, de todas las cosas emergía una aura dorada y titilante, compuesta por miríadas de scintillae luminis . ¿O aquella visión significaba la súbita actividad de un sentido nuevo, que hacia posible percibir el Anima Mundi, una luminositas sensus naturae  ?

       Pero una luminositas mayor atrajo mi atención. Sobre los cadáveres de los asesinos orientales, en efecto, comenzaban a elevarse dos nubes de vapor ectoplasmático, también rutilantes debido a la emisión y absorción de miles de scintillae ; a un metro de altura, aquellas nubes se mantenían girando en espiral, y nutriéndose constantemente del vapor lechoso que emanaba de los charcos de sangre. Como en un cuadro de la escuela impresionista, como en una obra de Enrique Matisse, Yo veía la Realidad descompuesta en millones de puntos de colores, chispas de luz que giraban con la forma del elementum primordiale y de la massa confusa, del chaos naturae. Con la visión saturada por el hervidero de scintillae, sentí que interiormente, e irracionalmente, una voz me hablaba; decía: “Yod, Yod, cada scintillae es yod, un ojo de Avalokiteshvara”; “y entre todas las scintillae hay dos que son El Uno, son las scintillae unas, las Mónadas de Bera y Birsa que no pueden morir”.

       Ya escarmentado por lo sucedido en Santa María, fue sólo escuchar estas voces pro-cedentes del Alma, de mi propia Alma influenciada emocionalmente por la Gran Madre, y remitirme a la Virgen de Agartha. Sí: cerré como pude mis oídos, ya que no podía prescindir de la grandiosa luminositas, y me entregué al rapto de la Virgen del Niño de Piedra, cuyo auxilio espiritual me permitió sostenerme en aquel terrible momento. De acuerdo a lo que ocurrió a continuación, hubiese sin dudas perdido la razón si Ella no apoyaba a mi Espíritu desde el Origen. Porque en ese momento, cuando la cantidad y multiplicidad de las scintillae habían alcanzado su máxima exaltación, todas se abrieron al unísono y mostraron un ojo inexpresivo, un ojo que era el mismo ojo repetido demencialmente en todos los puntos del espacio. Toda la Naturaleza, todas las cosas diferenciadas, todo lo que alcanzaba a ver y percibir hervía ahora de ojos inexpresivos, de ojos ícticos que indudablemente nos miraban a nosotros: y aquellos millones de ojos de pez, de oculi piscium, eran los Ojos de la Misericordiosa que se abrían para contemplar las Almas de sus Hijos Amados, las Almas de Bera y Birsa que estaban desencarnando en medio de un gran terror.

       Pensad en la escena: en la forma general de los entes nada ha cambiado, todos son distinguibles y reconocibles, todos son nombrables como siempre; el árbol, el piso, la casa, el Cielo, la nube, los cuerpos, todos los objetos siguen siendo los mismos; pero ahora, además rebosan de una vida bullente de ojos Divinos, de ojos que miran con Amor natural. Pensad en el árbol, todo compuesto de ojos, y en la casa, o en el Cielo, también compuestos de ojos, y pensad que las miles de miradas del árbol a la casa y las de la casa al árbol, y las de ambos al Cielo, son los lazos que ligan y religan a los entes y constituyen la superestructura de la realidad : una estructura de objetos ligados entre sí por la Voluntad del Creador y el Amor natural de la Gran Madre.

       Si se la ha imaginado, hay que pensar ahora que en esa escena me encontraba Yo, espantado por los omnipresentes ojos de Avalokiteshvara, “la que todo lo ve”, y estremecido hasta la raíz de mis sentimientos, agitado en mi naturaleza emocional por el intenso Amor de la Gran Madre, por su Piedad ilimitada. Así, pues, primero fue la fascinación por las scintillae y luego el espanto de la ebullición panóptica ; y el espanto mayor fue comprobar que mi propio cuerpo estaba constituido por millones de ojos compasivos. Y este fenómeno, terrible, demencial, explica por qué mi mano se detuvo antes de tomar los corazones del interior del sombrero hongo.

       –¡Neffe! ¡Arturo! –la voz de tío Kurt se dejó oír desde varios metros de distancia–. Sabía que esto ocurriría y sé lo que estás viendo. No temas que todo es ilusión: aún podemos cumplir nuestro objetivo ¿Puedes oírme?

       –Sí, tío Kurt –respondí aturdido–. Te escucho como si tu voz procediese de mucha distancia, y me encuentro muy sugestionado por esta profusión de ojos que manifiesta la naturaleza, por este monstruo en que se ha convertido el Mundo.

       –Escúchame bien, Arturo: harás exactamente lo que Yo te solicite y responderás a mis preguntas. Me comunicarás lo que irás viendo, pues aquí no hay más ojos que los tuyos: todos los ojos de Avalokiteshvara son ilusorios, son proyecciones de tu propia debilidad emocional.

       Hice un esfuerzo y me volví hacia la dirección en que provenía su voz. Vi millones de ojos brillantes, vi que toda la Realidad continuaba integrada por ojos de pez, pero don-de estaba tío Kurt, donde debían estar sus ojos, sólo vi dos cuencas vacías, dos cráteres de negrura impenetrable, dos ventanas abiertas a Otro Mundo: solté un grito de horror y re-torné la mirada hacia adelante.

       –¿Estás conmigo, Arturo? –preguntó insólitamente tío Kurt.

       –Sí tío Kurt, respondí una vez más.

       –¡Tú realizarás la Obra: Yo sólo pondré, al Principio, el Signo del Origen sobre la Piedra de Fuego!

       Recordé las palabras de Birsa en la Carta de Belicena Villca: “los hombres mortales, Hombres de Barro, que evolucionaban desde el barro, desde la Piedra de Fuego del Principio que reflejaba una mónada semejante a El Uno, llegarían a ser al Final individuos idénticos a la Piedra de Fuego, como Metatrón, el Hombre Celeste, el Arquetipo realizado, el Cordero Hijo de Binah; serían así cuando el Templo estuviese listo, y cada uno ocupase su lugar en la construcción, de acuerdo al símbolo del Messiah; serían así en los días en que el Reino de YHVH se concretase en la Tierra; y reinase el Rey Messiah; y la Shekhinah se manifestase ”... ¡Tantos ojos! ¡Sí: aquella manifestación de Avalokiteshvara, de la Gran Madre Binah, era también la Shekhinah, como la calificara Zacarías: “estas raíces ópticas del Arbol de YHVH representan a Israel Shekhinah” ! Al Principio del Tiempo, el hombre creado era como estructura de barro; al Final, sería como Piedra de Fuego. A tales piedras, las plasmó irreversiblemente el Signo del Origen transformándolas en Piedra Fría, en Piedra Increada, según se escandalizaban los Demonios, marcándolas con la Abominable Señal: “Ellos, grabaron el Signo Abominable en la Piedra de Fuego sobre la que cada Alma de los Hombres de Barro se a-sentaba. Y el Signo Abominable enfrió la Piedra de Fuego, Aben Esch, y la quitó del Final. Entonces, Cohens, la Piedra que debe ser lavada con lejía al Final, es la Piedra Fría que no tendría que estar donde está, porque no fue puesta al Principio por el Creador Uno”. “Piedra maldita, Piedra de Escándalo, Semilla de Piedra: Ellos la plantaron después del Principio en el Alma del hombre de barro y ahora se halla en el Principio”.

       ¡Transmutemini de lapidibus in vivos lapides philosophicos! [1] –escuché a tío Kurt repetir las palabras del Magister Dorn–. ¡Mira en la matrix  !

       –Veo un agua dorada, un aqua aurens, agitada por incontables chispas de luz: ¡es el ánima panoptes !

       –¡Pon los corazones en la matrix  !

       Sin reflexionar, busqué al tanteo el sombrero, extraje los órganos viscosos, y los introduje por la boca de la garrafa. No bien se hundieron en el ácido sulfúrico, una emanación de vapor tóxico me obligó a retirar la cabeza: por la abertura del uterus philosophorum surgió durante un momento el vapor rubeo, dando la impresión de que el líquido había entrado en combustión; sin embargo, pronto se calmó, y un nuevo resplandor comenzó a brillar desde el interior de la garrafa, esta vez negro. En ese momento apenas pude advertirlo porque tío Kurt quería que Yo no levantase la vista del ácido y su macabro contenido, pero fue evidente que disminuyó substancialmente la manifestación morfoóptica general.

       –¿Qué ves ahora? –preguntó desde su puesto.

       –¡El firmamento estrellado!

       En efecto, el ácido había virado de color y ahora la garrafa contenía un líquido negro, nigredo, que presentaba una superficie brillante e iluminada por infinitud de scintillae fijas, chispas de luz que eran las estrellas de un particular microcosmos.

       –¿Qué ves ahora? –repitió.

       –¡El Zodíaco! –¡Cientos, miles de constelaciones, todos los Arquetipos del Universo estaban en ese Cielo!

       –¿Qué ves ahora? –insistió.

       –¡Dos estrellas que se destacan! ¡Dos estrellas, más brillantes que todas las otras, avanzan y se sitúan en lugar central, bajo el pie de la Virgen de la Espiga, cerca del Cuervo!

       –¿Qué ves ahora? –inquirió.

       –¡Las constelaciones parecen más vivas que nunca, los Arquetipos vibran en el Cielo, animales de todas clases se aprestan a descender ! ¡Los veo y escucho sus sonidos!

       En verdad, el sonido de los animales celestes se había tornado tan real, que sólo al quitar por un instante la vista de la matrix comprendí que ciertamente, algunos de ellos estaban presentes a mi alrededor: distinguí con sobresalto tres rugidos, y por eso dirigí esa fugaz mirada hacia el entorno; eran el gruñido del cerdo, el ladrido del perro, y el rugido del oso. Con creciente espanto, comprobé entonces que las nubes ectoplasmáticas que flotaban sobre los cadáveres de Bera y Birsa, habían adquirido la inconfundible forma del jabalí : sobre los cadáveres de los asesinos orientales, se materializaban dos enormes jabalíes blancos, que gruñían amenazadoramente y mostraban en sus cuerpos los mil ojos de Avalokiteshvara, los mil ojos del Anima Mundi, los mil ojos de El Uno, los mil ojos de Purusha. Los perros daivas se habían aproximado, sin dudas llamados por tío Kurt, y parecían verlos sin problemas porque les ladraban con ímpetu incontenible.

       Pero la impresión más grande la llevé al observar a tío Kurt ¿Cómo explicar lo que vi? Sólo quizás diciendo que su forma cambiaba ; que por momentos era tío Kurt y por momentos un enorme oso iracundo, un ursus terrificus. Mas tal explicación no sería del todo correcta porque, ciertamente, tío Kurt se había convertido en un Hombre-oso : era el furor de tío Kurt, el Furor del Guerrero Oso, el berserkr gangr, la fuerza que lo transformaba. Busqué a tío Kurt con la mirada y descubrí a un Berserkr, a un Guerrero de la Orden Einherjar de Wothan, a un Iniciado Hiperbóreo en las Vrunas de Navután. Y la mirada regresó espantada a los ojos, acompañada por un vio-lentísimo rugido y el movimiento acompasado, casi Ritual, de sus zarpas poderosas. Pero cuando habló; era nuevamente tío Kurt.

       –¿Qué ves ahora? –exigió.

       –¡Las dos estrellas más brillantes se han transformado en dos Jabalíes gemelos!

       –¿Qué ves ahora?

       –¡Los Jabalíes huyen despavoridos y buscan la protección de su Madre, el Dragón del Universo!

       –¿Qué ves ahora?

       –¡Veo a los Jabalíes guarecerse en el regazo del Dragón! Y veo al Dragón: tiene mil cabezas y mil ojos; y en cada cabeza una Estrella de David; y en cada cabeza aparece el Rostro de Binah; y sus mil bocas cantan la Canción del Cordero. El Dragón acuna en sus brazos al Cordero y los Jabalíes, a diestra y siniestra, gruñen sin cesar. Y haciendo coro al Dragón, y a los Jabalíes, las tres cuartas partes de las estrellas del Cielo cantan así:

                  ¡Avalokiteshvara.

                  Gran Madre Binah!

                  ¡Ya llega, ya llega.

                  ¡El Holocausto Final!

       –¿Qué ves ahora?

       –El Dragón Binah sostiene con su mano derecha al Cordero, mientras con la izquierda toma una copa rebosante de lejía humana. ¡Ahora derrama el contenido de la copa sobre la Tierra!

       –¿Qué ves ahora?

       –Las mismas estrellas, cantan:

                  ¡Avalokiteshvara,

                  Gran Madre Binah!

                  ¡Tu Piedad, tu Piedad!

                  ¡lava la Tierra con lejía de Jehová!

       –¿Qué ves ahora?

       –La lejía cae a la Tierra. Dos Jabalíes Blancos surcan el Cielo de Este a Oeste anunciando a viva voz: “¡La Peste, la Peste!” Todo cuanto toca la lejía perece: ¡la Tierra se convierte en Desierto de Piedras! Sólo sobreviven ciento cuarenta y cuatro mil que pertenecen a la Casa de Israel: pero estos huyen del Desierto y se refugian en un valle, que luego será inundado por la lejía. ¡Y el Dragón, y los Jabalíes, se enfurecen porque aún quedan las Piedras del Desierto, porque la lejía no las ha calcinado y disuelto como al resto de los seres vivientes!

       –¿Qué ves ahora?

       –¡El Dragón envía entonces al Cordero custodiado por sus hermanos, los Jabalíes gemelos, a pacer a la Tierra! ¡Pero la Tierra está estéril y el Cordero desfallece entre las Piedras, sin poder alimentarse!

       –¿Qué ves ahora?

       –¡El Dragón, dueño de terrible ira, maldice a las Piedras y al Desierto de Piedras! ¡Y grita que buscará al Cordero antes que el Desierto le cause la muerte!

       –¿Qué ves ahora?

       –¡La inmunda lejía caída del Cielo, y la mugre que consiguió arrancar de la Tierra, se escurrieron hacia un valle, al Este del Desierto de Piedras, y formaron un gran mar! ¡Edén y Paraíso, son los nombres de ese mar; y Tártaro y Tharsis, son los nombres del Desierto de Piedras!

       –¿Qué ves ahora?

       –¡El Desierto ha empujado al Cordero hacia su orilla, que es asimismo la orilla del mar de lejía! ¡El Dragón, en el Cielo, vuelve a gritar que auxiliará a su hijo, quien se halla entre el Edén y el Tártaro!

       –¿Qué ves ahora?

       –Los mil ojos del Dragón, brillantes como Soles, se concentran sobre el Desierto de Piedras y las Piedras padecen mortal sofocación. ¡La mayoría de las Piedras se ablandan y derriten, y el Desierto se torna un enorme lago de lava hirviente: sólo las Piedras más du-ras permanecen en su sitio, manteniendo con tenacidad su forma separada!

       –¿Qué ves ahora?

       –¡Un terrible clamor se eleva desde el Desierto y sube más allá del Dragón: las Piedras reclaman al Incognoscible ayuda contra el Cordero, y contra la Madre del Cordero, el Dragón Binah, que les ha volcado lejía de Jehová y les ha quitado la Tierra, y pretende calcinarlos en el Desierto por no servir para alimento del Cordero !

       –¿Qué ves ahora?

       –¡Apareció una Señal en el Cielo: una Virgen, más Negra que la Noche, y con la luna bajo sus pies, y luciendo una Corona de Trece Estrellas Increadas! ¡Es la Virgen de Agartha que vino a socorrer a las Piedras, en Nombre del Incognoscible!

       –¿Qué ves ahora?

       –El descenso de la Virgen produce como un manto de negrura refrescante sobre el Desierto, que se había transformado en lago de lava ardiente, y trae inmediato alivio a las Piedras. ¡La Presencia de la Virgen refresca y endurece nuevamente a las Piedras, porque se interpone con su oscuridad ante los mil ojos candentes del Dragón! Y la Virgen porta una espiga en la mano; y va dejando caer los granos sobre el Desierto de Piedras; y las Piedras que reciben el grano se vuelven inmunes al Fuego del Cielo, ya no pueden ser ablandadas, y quedan señaladas con una Marca, un Signo único que significa lo negro, lo duro y lo frío. Y la Marca de la Virgen se llama “Signo del Vril”.

       –¿Qué ves ahora?

       –Ahora el Cordero está perdido entre las Tinieblas y la Dureza, y la Frialdad de las Piedras. Y llama con desesperación a su Madre, el Dragón Binah, porque las Piedras amenazan con estrangular su garganta o sumergirlo en el mar de lejía.

       –¿Qué ves ahora?

       –La Virgen está encinta, y grita por los dolores del parto y por las angustias del alumbramiento. Y apareció otra Señal en el Cielo: el Dragón de un rojo encendido, que tiene mil cabezas y mil ojos, y mil estrellas de David en sus cabezas. Su cola barre las tres cuartas partes de las estrellas del Cielo y las arroja a la Tierra; y descienden sobre el mar de lejía comandadas por la estrella Thuban. Y el Dragón también desciende para cuidar del Cordero y atacar a la Virgen.

       –¿Qué ves ahora?

       –El Dragón se detuvo ante la Virgen que estaba a punto de alumbrar, para devorar a su hijo cuando diese a luz. Y Ella dio a luz un Niño de Piedra, el que ha de regir a todas las Naciones con un Tridente de Vraja: Führer es el nombre del Niño de Piedra . Pero su hijo fue protegido del Dragón al ser confundido entre las Piedras del Desierto. Y la Virgen se refugió en el Desierto, donde tiene un lugar dispuesto por el Incognoscible para residir durante dos mil ciento ochenta y ocho días.

       –¿Qué ves ahora?

       –Hay una batalla en el Cielo. Kristos-Lúcifer, y el Capitán Kiev, y los Siddhas Leales, se levantaron a luchar contra el Dragón. El Dragón presentó batalla y también sus Angeles Inmortales, sus Jabalíes y estrellas. Pero no prevaleció ni hubo lugar para ellos en el Cielo. Fue precipitado el Gran Dragón, el que se llama Jehová y Satanás, el que organiza el Universo entero; fue precipitado a la Tierra, y sus Angeles fueron precipitados con él.

       –¿Qué ves ahora?

       –Oigo una gran Voz en el Cielo que dice:       

                  “Ahora ya llegó la Liberación

                  y el Poder y el Reino del Incognoscible,

                  y el Imperio de su Kristos.

                  Porque ha sido precipitado el encadenador

                  de nuestros Camaradas,

                  el que día y noche los señalaba ante la

                  vista del Incognoscible.

                  Pero los Siddhas Leales lo han vencido

                  con la Sangre Pura,

                  y por el testimonio de Valor que dieron;

                  pues no amaron la Vida Cálida tanto

                  que rehuyeran la Muerte.

                  Por esto temed, Cielos, y los que moráis

                  en ellos.

                  ¡Ay de la Tierra y del Mar!

                  Porque ha bajado a vosotros el Diablo,

                  poseído de grande furor,

                  sabiendo que le queda poco tiempo”.

       –¿Qué ves ahora?

       –Cuando el Dragón se vio precipitado a la Tierra, persiguió a la Virgen que había dado a luz el Niño de Piedra. Pero la Virgen disponía de las dos alas del Gran Kóndor, y podía volar al Desierto, a su hogar, donde resistiría por un ciclo, y por dos ciclos, y por medio ciclo, lejos de la presencia del Dragón. El Dragón vomitó por sus bocas, detrás de la Virgen, lejía como un Río, para hacer que el Río la arrastrara. Pero el Desierto ayudó a la Virgen. Y el Desierto abrió su boca y se tragó el nuevo Río de lejía que el Dragón había vomitado; y lo escurrió hacia el mar de lejía, donde estaba el Cordero y los ciento cuarenta y cuatro mil. Y el Dragón se enfureció contra la Virgen y se fue a hacer la guerra contra los demás de la descendencia de Ella, los que exhiben su Marca y tienen el Testimonio de Kristos Lúcifer. Y se situó en la orilla del mar de lejía.

       –¿Qué ves ahora?

       –Veo subir del Desierto un hombre con el Poder de una Bestia! ¡Es un ser mitad hombre-mitad oso, o mitad hombre-mitad lobo; por momentos es como oso y por momentos es como lobo; cuando debe enfrentar a las Abejas de Israel es como oso y cuando ha de luchar contra el Cordero es semejante al lobo! ¡Es el Hijo de la Virgen de Agartha que ha crecido como Piedra en el Desierto; es el Führer que ha regresado para librar la guerra contra el Cordero y los ciento cuarenta y cuatro mil! ¡Su rugido atruena la Tierra, y a su paso se levantan las Piedras del Desierto, las que llevan el Signo del Vril! ¡Y las Piedras Heladas por la Virgen de Agartha son también hombres-lobo que aúllan con furia incontenible!

       No exagero para nada si aseguro que el rugido que surgió en ese momento del lugar donde estaba tío Kurt, preguntando monótonamente “¿qué ves ahora?”, hizo temblar la tierra . Yo describía cuanto veía sobre la superficie del aqua vitae de la garrafa, pero mis palabras habían adquirido una formalidad profética que se conformaba directa-mente en el inconsciente. Hacía tiempo que ya no razonaba lo que decía: simplemente expresaba lo que llenaba mi mente, que a esa altura no podía explicar si realmente lo veía o lo imaginaba. Lo que, claro está, no era producto de mi imaginación, era la trasmutación de tío Kurt y sus bestiales rugidos y aullidos; ni los dos Jabalíes ectoplasmáticos que, cada vez más nítidos y patentes, se materializaban sobre los cadáveres de los dos asesinos orientales.

       A los rugidos del hombre-oso, los Jabalíes respondían con el maldito zumbido apícola que tambien conocía ahora; mas cuando el hombre-lobo aullaba, los Jabalíes se echaban a temblar presa del pánico, el pelo erizado de terror y gruñendo con desesperación. Y Yo, al percibir lo que ocurría a mi alrededor, trataba de mantener la vista hipnóticamente fijada en la matrix con el ácido y los corazones, contemplando unas visiones que, con todo lo fantásticas que pudieran ser, eran menos terribles que la Realidad de la Chacra de Belicena Villca.

       –¿Qué ves ahora? –preguntó claramente la voz de tío Kurt.

       –Veo avanzar un Ejército enorme formado por los que llevan la Marca de la Virgen y son como la Bestia, los Enemigos del Cordero. Y veo que van  conducidos por el Führer, que es como lobo furioso, y acompañados por la Virgen, que vuela sobre ellos llevan-do el estandarte del Signo del Vril y de la Espiga. ¡Y el Ejército de lobos se aproxima al mar de lejía! ¡Y el Cordero, y los ciento cuarenta y cuatro mil miembros del Pueblo Elegido, se establecen en una Isla Blanca situada hacia el centro del mar de lejía, que se había formado con la cima del monte Sión! Jerusalén Celeste y Chang Shambalá son los nombres de esa isla.

       –¿Qué ves ahora?

       –Al Cordero, de pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil que tienen su nombre y el nombre de su Padre escrito en la frente. Y oigo voces del Cielo que suenan con la armonía de la Naturaleza múltiple. Y cantan una canción nueva ante el Trono de Jehová, ante los diez Sephiroth, ante los Ancianos de Israel, y ante la Shekhinah. Nadie puede aprender el Cántico de la Creación, sino aquellos ciento cuarenta y cuatro mil que fueron rescatados de la Tierra. Estos son los que no conocen el amor de la mujer porque son Sacerdotes sodomitas. Estos son los que siguen al Cordero adondequiera que va. Estos constituyen la Jerarquía de las Almas, que va desde el hombre, hasta Jehová y el Cordero. No conocen la Verdad de la Creación. Son animales-hombres perfectos.

       –¿Qué ves ahora?

       –Observo ahora una Epoca anterior a la caída del Dragón: se ven sobre la Tierra a los hombres que ya tenían la Señal del Vril y a unos Angeles del Dragón que los amenazan desde el Cielo. Uno de ellos, el que vuela más alto en el Cielo, lleva el Evangelio del Cordero y anuncia el Holocausto de Fuego a los moradores de la Tierra, a toda Nación y Tribu, y lengua y Pueblo, y dice con gran voz:

                  “Temed a Jehová y dadle gloria,

                  porque ha llegado la hora de su juicio.

                  Adorad al que creó el Cielo y la Tierra

                  y el Mar y los manantiales de aguas”.

       Y otro Angel, el segundo, lo siguió diciendo:                                

                  “Cayó, cayó, Babilonia, la grande,

                  la que dio a beber del vino del

                  Imperio Universal a todas las Naciones”.

       Y otro Angel, el Tercero, lo siguió, diciendo con gran voz:

                  “Si alguno adora a la Bestia y su imagen

                  y recibe su Marca en la frente o en la mano,

                  beberá él también del vino del furor

                  de Jehová,

                  vino puro, concentrado, lejía humana,

                  en la copa de su ira.

                  Y será atormentado con Fuego y Azufre

                  en presencia de los Angeles Santos

                  y en presencia del Cordero.

                  El humo de su tormento sube

                  por los siglos de los siglos ;

                  y no tienen reposo ni de día ni de noche

                  los que adoran a la Bestia y su imagen,

                  y los que reciben la Marca de su nombre”.

       “¡Aquí está la constancia del Pueblo Elegido, los que guardan los mandamientos de Jehová y la fe en el Messiah!”

       –¿Qué ves ahora?

       –Otro Angel Inmortal. ¡Señala la ciudad que está en el monte Sión, en medio del mar de lejía, y dice: “he allí a la desposada, la esposa del Cordero”!

       Este Angel habla para los que adoran al Cordero, y les promete la salvación de los hombres-lobo escondiéndose en la Ciudad de Jehová. Así les habla:

                  “Bajará una ciudad del Cielo,

                  sobre el monte Sión,

                  de parte de Jehová.

                  Su resplandor será semejante a piedra preciosísima,

                  como a piedra de jaspe que emite destellos cristali­nos.

                  Tendrá una muralla grande y elevada,

                  en la que habrá doce puertas;

                  y sobre las puertas, doce Angeles;

                  y nombres escritos encima, que son

                  los de las doce Tribus de los Hijos de Israel.

                  Al Oriente, tres puertas; al Sur, tres puertas;

                  y al Occidente, tres puertas.

                  La muralla de la ciudad tendrá doce bases;

                  y sobre ellas, doce nombres, los de los doce

                  Apóstoles del Cordero”.

       Y el Angel utiliza una caña de oro para medir la ciudad, sus puertas y su muralla.

        “La ciudad estará asentada en forma cuadrangular; y su longitud será tanta como su anchura”.

       Y mide la ciudad con la caña y tiene doce mil estadios. Su longitud, su anchura, y su altura, son iguales. Y mide la muralla y tiene ciento cuarenta y cuatro codos, según la medida humana, que es la del Angel. Y el Angel dice:

        “El material de la muralla será jaspe, y la ciudad de oro puro semejante al cristal puro. Las bases de las murallas de la ciudad estarán adornadas con toda clase de piedras preciosas. La primera base será jaspe; la segunda zafiro; la tercera, calcedonia; la cuarta, esmeralda; la quinta, sardónice; la sexta, cornalina; la séptima, crisólito; la octava, berilo; la novena, topacio; la décima, ágata; la undécima, jacinto; y la duodécima, amatista. Las doce puertas serán doce perlas; cada una de las puertas será de una sola perla, como cristal brillante. No habrá san­tuario en ella; porque su Santuario será Elohim, Je­hová Sebaoth, y el Cordero. Y la ciudad no necesitará del Sol ni de la Luna para que la iluminen ; porque la Gloria Sephirot de Jehová la iluminará y su lámpara será el Cordero. Y caminarán las Naciones a su luz, y los Reyes de la Tierra llevarán a ella su Gloria. Sus puertas jamás se cerrarán de día, y nunca habrá allí noche. Y llevarán a ella la Gloria y la honra de las Naciones. No entrará en ella cosa impura, no consagrada por los Sacerdotes de Is­rael, ni los que llevan la Señal Abominable, si­no los inscriptos en el libro de la vida del Cordero”.

       –¿Qué ves ahora?

       –Un Río de agua viviente, del que salen todas las cosas creadas, que surge del Tronco Kether de Jehová y del Cordero. El Angel pronuncia las últimas palabras:

        “En medio de la plaza, y a un lado y a otro de este Río, habrá un Arbol de la Vida que dará doce frutos, uno cada mes. Y las hojas del Arbol Gra­nado servirán para curar a las Naciones del peca­do contra Jehová. Y ya no habrá condenación para ­nadie, y estará en ella el Tronco de Jehová y del Cor­dero, y sus siervos le oficiarán Culto. Verán su ros­tro, y llevarán el Nombre de El en la frente. Ya no habrá noche, ni negrura infinita, pero no necesita­rán luz de lámpara ni luz de Sol ; porque Jehová Elo­him los alumbrará, y reinarán por los siglos de los siglos”.

       –¿Qué ves ahora?

       –Veo la Batalla Final. Veo al Führer y a su Ejército de hombres-lobo tomar por asalto la Isla de Sión, y sorprender a Jerusalén Celeste, que es Chang Shambalá, y causar gran mortandad entre sus moradores. ¡Ni Thuban y las tres cuartas partes del Cielo, puestos de guarnición, logran detener la manada furiosa! ¡El Cordero y los ciento cuarenta y cuatro mil Sacerdotes resultan acorralados en la Ciudad Maldita, construida con el cuerpo del Dragón ! ¡Y mueren por millares: prefieren morir antes que ver la Señal del Vril de los hombres-lobo! Y la Ciudad-Dragón palpita y se retuerce, sin conseguir quitarse de en-cima a los hombres-lobo. Y los inmortales ojos del Dragón derraman innumerables lágrimas; lágrimas que ruedan hacia el cuádruple Muro de las Lamentaciones; lágrimas de Pie-dad por los Hijos de Israel. Pero los hombres-lobo no ceden y hunden sus colmillos en los Hijos de Israel, en el Cordero, y en el Dragón. Y la Virgen de Agartha clava su estandarte en el Muro de las Lamentaciones, el cual es como el Corazón de Binah, la dueña de todos los corazones: sí; en el Corazón de Avalokiteshvara ha sido plantado el Signo del Vril, la Marca que causa lo Negro, lo Duro y lo Frío de las Piedras, y por el Muro de las Lamentaciones corren Sus lágrimas como surgidas de una cascada milagrosa. Y unas tinieblas duras y heladas se abaten sobre Sión: es la Muerte Fría de la Virgen; la Muerte que arrebata el calor de los corazones del Cordero y de los ciento cuarenta y cuatro mil Santos de Israel; la Muerte que desatan quienes ven en las tinieblas, los hombres-lobo de Piedra que forman el Ejército del Führer.

       –¿Qué ves ahora?

       –La Batalla Final continúa en la Tierra, pero ya no puedo ver lo que allí ocurre, pues veo a los Jabalíes Blancos que huyen presa del pánico a ocultarse en el Cielo: ¡van perseguidos por parte del Ejército-manada de hombres-lobo-de-Piedra! ¡Pero en el Cielo sólo quedan la cuarta parte de las estrellas!

       –¡El momento ha llegado! ¡El Final es igual al Principio! –exclamó sorpresivamente tío Kurt.

 

 

 

 

Capítulo XV

 

 

       Fui sobresaltado por aquellas inesperadas palabras de tío Kurt. Sin embargo, preguntó a continuación:

    –¿Qué ves ahora?

    –Los Jabalíes gemelos han subido al Cielo estrellado buscando al Dragón. Pero el Dragón no está en el Cielo sino en la Batalla Final. Y los Jabalíes se han convertido nuevamente en estrellas, y se han situado bajo los pies de la Virgen, cerca del cuervo. Y en el cielo faltan muchas constelaciones, como un libro de imágenes al que le hubiesen arrancado muchas páginas.

       –¿Qué ves ahora?

       –Las estrellas del Cielo, todas las que quedaban, abandonan sus puestos y giran en torno de las dos estrellas-Jabalí. ¡Es el chaos primordialis, la massa confusa !

       ¡Proyectaré el Signo del Origen sobre la massa confusa! –gritó tío Kurt. Al parecer ubicado ahora muy cerca mio, a mis espaldas. Imaginaba sus cuencas va-cías y negras, profundas e infinitas, asomándose al recipiente alquimista, cuya superficie brillante alojaría sin remedio lo que él era: el Signo del Origen, el Signo del Vril, la Marca de la Virgen, el Signo de Lúcifer, el Signo de Shiva . Lo imaginaba, pues no deseaba mirarlo y ver, como antes, a la Muerte Frya, al Hombre Oso y al Hombre Lobo.

       En la matrix, la superficie del Sulphur Philosophorum mostraba la imagen de un remolino de lumen naturae que giraban alrededor de las dos estrellas gemelas, las mónadas de Bera y Birsa . Cuando la primera Runa se reflejó sobre ellas, perdieron gran parte de su brillo y comenzaron a solidificarse. Y así continuaron, opacándose y solidificándose, a medida que se sucedían las siguientes Runas. Y cuando, al fin, se hubieron plasmado las trece Runas, las dos estrellas experimentaron una metamorfosis y se transformaron en flores de Piedra . Entonces, como si tío Kurt me hubiese hecho la pregunta, describí en voz alta lo que veía:

       –Las estrellas son ahora dos flores de piedra; son dos padmas o lotos: Esther es el nombre de esas Piedras. Y las trece Runas se mueven y se asocian entre sí de incomprensible manera. Y las trece Runas forman un Signo que desintegra al remolino, al chaos confusum, y lo reemplaza por las tinieblas más impenetrables; sólo las flores de piedra han quedado en el Sulphur Philosophorum : y ahora se precipitan al fondo de la matrix. ¡Opus consumatum est! [2]

       –¡Posees ahora dos lapis philosophorum ! –dijo tío Kurt– ¡Tú has completado la Obra, por intermedio de la Virgen, porque tu has visto la Obra ! ¡Y tú has recibido el descensus spiritus sancti creator ! ¡Eres igual que Yo, y Yo soy igual que tú! ¡Naturalissimun et perfectissimun opus est generare tale quale ipsum est! [3]. De improviso caí en la cuenta que se habían acallado los rugidos, gruñidos y ladridos. Me volví bruscamente y busqué a tío Kurt con la mirada: no lo vi por ninguna parte. En cambio observé dos manchas blancas que se alejaban hacia el cielo. Agucé la vista y creí distinguir dos Jabalíes que huían presa del pánico, con el pelo erizado y gruñendo de terror. La Naturaleza se había aquietado y las nubes ectoplasmáticas ya no estaban sobre los cadáveres de los asesinos orientales. ¡Los Jabalíes eran las Almas de Bera y Birsa que huían hacia el Principio del Tiempo! ¿Había dado resultado el plan, al fin y al cabo, pese a la intervención de Avalokiteshvara? ¿Cómo lo había logrado tío Kurt, cómo consiguió que la Piedad de la Dea Mater no calmase el pánico de los Inmortales Bera y Birsa? Sí, ahora lo recordaba: con sus corazones en el Sulphur Philosophorum, con sus Almas en el vaso de las proyecciones alquimistas, había llevado a Bera y Birsa hacia el futuro, hacia la Batalla Final, cuando el Dragón perdería su Poder; Y allí habían padecido más terror que el de la muerte de sus cuerpos físicos por nuestros escopetazos.

       De todos los Futuros posibles, es dable esperar uno que corresponda al Mundo “que afirma Wothan desde el Origen”, el Mundo que ­constituye “la Realidad de la Sangre de Tharsis”. A ese Futuro, en el que el Espíritu triunfará sobre las Potencias de la Materia, habían sido llevadas alquimísticamente las Almas de Bera y Birsa: a la Batalla de Chang Shambalá, a la Batalla Final; a la Derrota de Chang Shambalá, a la Derrota de Sión; y el Terror del Final de Chang Shambalá, del Final de Sión, causaron el retorno de Bera y Birsa al Principio del Tiempo, al punto donde se asientan todos los Futuros posibles y donde Chang Shambalá o Sión no tiene determinado su Final antes del Final del Tiempo. Porque el que ví en la matrix es un Futuro Increado, no previsto por el Creador, sólo posible en el Mundo de la Sangre de Tharsis, en el Mundo de la Realidad del Führer: y tío Kurt había demostrado tener fe ciega en ese Futuro In-creado, en el que los hombres espirituales se levantarían como Fieras contra el Cordero y los “ciento cuarenta y cuatro mil” Sacerdotes de Israel. Creo que el éxito de la trasmutación alquimista, y el terror infundido a los Inmortales Bera y Birsa, se debieron fundamentalmente a esa fe inquebrantable que tío Kurt profesaba por el Führer y su Futuro.

       Aunque él afirmaba extrañamente que la Obra era mía. Mas Yo abrigaba la certeza de que fue él quien marcó las Piedras Calientes, las Almas de Bera y Birsa, mónadas sobre el Caos Primordial, con el Signo del Origen, con la “Abominable Señal” que temían los Demonios. Y sus Almas habían precipitado la Piedra del Principio, el lapis ignis, y ahora debían estar en el Principio. Con pánico, en el Principio : la meta del plan. Yo olvidé la Piedad de Avalokiteshvara, pero gracias a tío Kurt el objetivo se había alcanzado.

       A todo esto ¿adónde estaba tío Kurt? Comenzaba a preocuparme, cuando escuché su voz: venía de arriba, y sonaba irónica y tranquila.

       –Yo tenía razón, neffe: Los Inmortales no pueden morir. Y tu tenías razón: su miedo los haría huir hacia el Principio. Se trata de un empate ¿no crees? ahora debo partir tras ellos, Oso contra Abejas, Lobo contra Cerdos, he de perseguirlos hasta el Principio: solo así el Final será igual al Principio, la Potencia se hará Acto, lo Posible se tornará Real, la Obra estará Presente entre el Final y el Principio; y podrás cumplir tu misión.

       Supe lo que ocurría: tío Kurt se había elevado con los perros daivas hasta ponerse fuera de mi alcance. Su decisión era, pues, irrevocable. Me sentí morir de tristeza y desolación. Las piernas se me aflojaron. Un nudo me trabó la garganta. No obstante grité con impotencia:

       –¡Tío Kurt, no te vayas! ¡No me dejes solo aquí!

       Escuché entonces aquella carcajada atronadora que mi tío emitía con inevitable espontaneidad: no constituía una burla, sino la expresión de su estado de ánimo.

       –¿Y tú eres quien cuestionaba mi obstinación, cuando me resistía a quedarme solo en este Infierno, después de la Segunda Guerra? –preguntó riendo–. Pues recuerda que Yo soporté 35 años: tú tendrás que aguantar mucho menos. ¡Anda, sé valiente neffe Arturo! ¿O tendré que preguntarte como Belicena Villca si eres capaz de ser un Kshatriya? Pero sé que comprendes por qué lo hago: es parte de la Estrategia del Führer. La cacería que ahora inicio pronto será imitada por miles de hombres-lobo-de-Piedra. Tendré el Honor de determinar el Fin de la Era del Jabalí y de la Abeja, así como la Espiga de la Virgen destruirá la Era de la Paloma . Tú eres como Yo y Yo soy como tú. Y si Yo soy, tú eres: esa era la gran Estrategia de la Estirpe Von Sübermann, que no pudimos conocer hasta ahora; el secreto de los Tulkus . Hoy, el signo del Origen está en ti, en el lóbulo de tus orejas; y los que tengan la Sangre Pura lo verán . Por eso los lapis philosophorum adoptaron la forma de las flores de piedra : porque tales lotos son el adorno de los aretes de Avalokiteshvara, los pendientes que la Misericordiosa coloca en las orejas de los señalados con el Signo del Origen, para tapar el Signo del Origen . Tú los has obtenido en la matrix de las proyecciones porque tu propio Signo del Origen ha quedado descubierto: ¡Sus tapas han caído! ¡Y esa es la Gran Obra! ¡Tú eres ahora el Signo del Origen, y eres, en el Origen del Espíritu Eterno e Increado, igual que Yo! Yo nunca pude ver el Signo del Origen ¿recuerdas?; pero ambos lo vimos hoy: tú en mí, y Yo en ti, en la proyección sobre la Piedra Caliente. Separados jamás lo habríamos visto. Por eso fue bueno estar contigo, neffe; porque juntos cumpliremos la misión de nuestra Estirpe: lo haremos por Honor, puesto que vimos el Origen, y tenemos el Origen, y podemos regresar cuando querramos al Origen . Ya no me necesitas; ni necesitas de nada ni de nadie. Adiós neffe; nos volveremos a ver du-rante la Batalla Final. ¡Heil Hitler!

       –¡Heil Hitler! –respondí mecánicamente, mientras el rugido de una Fiera indescriptible atronaba el espacio y una ráfaga de viento sobrenatural, helado, me golpeaba como un latigazo y agitaba los árboles y levantaba nubes de polvo.

       Dirigí la vista en la dirección que habían huido los Jabalíes, esto es, hacia el Sur, y juro que observé por última vez a tío Kurt. O por lo menos esa impresión recibí. Porque vi, o creí ver, contrastada por el firmamento estrellado, una Fiera que corría tras dos as-tros brillantes que se alejaban con pavor: ora parecía un Oso, ora un Lobo; y sus rugidos y aullidos se fueron haciendo menos fuertes hasta que se apagaron por completo. Me sentí sano: era La Peste que se alejaba.

      

       Pensativo, mirando aún hacia la Cruz del Sur, rememoré la Carta de Belicena Villca, la parte donde el Rabino Benjamín refería a Bera el Misterio de la debilidad del Pueblo Elegido: “Advirtió Jehová al Pueblo de Israel sobre cuatro clases de males, frente a los cuales serían débiles : Cuidaos de la Espada, porque Ella os puede matar; Cuidaos de los Perros, porque Ellos os pueden despedazar; Cuidaos de las Aves del Cielo, porque Ellas os pueden devorar; Cuidaos de las Fieras de la Tierra, porque Ellas os aniquilarán (Jer. 15)”. Allí, en el suelo de la Chacra, yacían los cuerpos humanos sin vida de Bera y Birsa: habían sido débiles, estratégicamente débiles. Y en su caso, los símbolos advertidos por Jehová habían intervenido, los cuatro, a la vez:

 

Espada : la Espada Sabia de la Casa de Tharsis.

Perros : los perros daivas.

Aves : la Virgen de Agartha, y toda Dama Kâlibur, cuya Negrura Infinta devore la luz de las Almas.

Fieras : los Berserkr y los Ulfhednar, es decir, los Hombres-Oso y los Hombres-Lobo, de Piedra Frya.

      

       Y de nada les valieron en esta ocasión, los “remedios” propuestos por Bera: la Paz del Oro; la Ilusión de la Rabia; la Ilusión de la Tierra; y la Ilusión del Cielo.

       Habíamos ganado la partida contra los Demonios, pero nunca jamás, hasta hoy, volví a ver a tío Kurt.

 

 

 

 

Capítulo XVI

 

 

       Acontinuación ocurrió un fenómeno que he decidido exponer por separado, debido a que todavía no encontré una explicación convincente para el mismo. Como dije, me hallaba aún mirando el Cielo, hacia la Cruz del Sur y pensando en las cosas que mencioné, tratando de dominar la nostalgia por la partida de tío Kurt, intentando superar la depresión nerviosa.

       El golpe fue violento, contundente, en el centro del cráneo, unos centímetros más arriba del lugar donde tío Kurt me aplicara su certero culatazo. Caí fulminado al suelo, viendo estrellas que no eran precisamente producto de un proceso alquimista, pero consciente de que algo había caído del Cielo sobre mi cabeza, algo de pequeño tamaño y considerable peso. Me incorporé, todavía aturdido, y comencé a buscar en derredor con ayuda de la linterna lapicera. No tardé en hallar el proyectil, causante del chichón cuyos efectos dolorosos duraron varios días y cuya cicatriz conservo: como es fácil imaginar, se trataba de una piedra.

       Pero aquella era una piedra artísticamente tallada, y resultaba evidente que pertenecía a un conjunto mayor, del que fuera fracturada. Era la mano de un niño de Piedra, mutilada a la altura de la muñeca, que expresaba el Bala [4] Mudra [5], el Saludo Interno de la Casa de Tharsis: los dedos índice y pulgar, estaban estirados formando el ángulo recto; y los dedos mayor, anular, y meñique, se hallaban flexionados sobre la palma de la mano.

       Al encontrar la mano de piedra, recordé instantáneamente el Día Trigesimotercero de la Carta de Belicena Villca, y luego lo comprobé releyendo aquel párrafo una y otra vez: en ese día Belicena narraba el exterminio de su Estirpe realizado por Bera y Birsa, al trasmutar a los miembros no Iniciados de la Casa de Tharsis, como a los de mi familia, en betún de Judea . Fue entonces cuando el Noyo, Noso de Tharsis, llegó hasta la iglesia de la Virgen de la Gruta, en Turdes, para rescatar la imagen al saqueo generalizado de Lugo de Braga. Y fue al cumplir este cometido cuando comprobó que al Niño de Piedra le había sido amputada la mano que expresaba la Vruna Bala. Pero tal desaparición sucedió en el siglo XIII, setecientos años atrás: cuando menos parecía aventurado, por no decir absurdo, relacionar este hecho con aquel. Y sin embargo, contra todos los argumentos lógicos, a mí el accidente me parecía sugestivo. Y no he cambiado de idea: hice engastar la manecilla en una manilla de plata, le agregué cadena, y me la colgué al cuello. ¿Cómo cayó sobre mi cabeza, o de dónde? no lo sé; si es la misma mano del siglo XIII, tampoco lo sé; y qué significa que cayera contra mi cabeza en ese momento, es algo que pertenece al campo de los más oscuros enigmas. Pero la pieza me agrada y la llevaré conmigo hasta el Final.

 

 

 

 

Capítulo XVII

 

 

       Es muy poco lo que me resta por agregar a este Epílogo, o Prólogo.

    Pasado el shock que indudablemente me produjo la partida de tío Kurt, evidenciado en la anormal serenidad con la cual me puse a reflexionar sobre los símbolos de la Espada, Perros, Aves y Fieras, y superado el efecto doloroso del gol-pe en la cabeza, comecé a tomar conciencia de la realidad y mi sistema nervioso entró en violenta crisis. Por dentro sentía que me desmoronaba, y traté de mantenerme armado por fuera, gritando mil insultos y juramentos contra todos nuestros enemigos, y del que al final no quedaron excluidos nuestros Camaradas y aliados: Belicena Villca, su hijo Noyo, el Capitán Kiev, los Siddhas Leales, el Führer, y hasta el Incognoscible, resultaron abarca-dos por mis irreproducibles blasfemias. No me justificaré, pues los sucesos conocidos explican esta reacción irracional. ¿Cómo no se iba a quebrar mi voluntad, si en el plazo de cuatro días mi familia fue atrozmente asesinada, toda mi familia, los parientes cercanos y lejanos, y el único sobreviviente fuera de mí, el tío Kurt, se acababa de marchar para no regresar jamás?

       Me puse como loco. Profería insultos y pateaba con impotencia los cadáveres de los asesinos orientales. Con irracional agresividad, estaba a punto de vaciar en esos cuerpos diabólicos las cargas de la inútil pistola ametralladora, cuando unos quejidos procedentes del interior me trajeron providencialmente a la realidad. ¡No estaba solo! Recordé de golpe que durante el ataque habíamos escuchado unos gritos de dolor.

       Con el rostro aún descompuesto por la furia, algún brillo demencial en los ojos, y pistola en mano, entré decididamente en la casa, causando la consiguiente alarma de la persona que se encontraba maniatada sobre la mesa del comedor. Era Segundo, el indio descendiente del Pueblo de la Luna, que Belicena Villca mencionaba en su Carta, y a quien viera un par de veces como visitante en el Hospital Neuropsiquiátrico de Salta.

       Lucía terrible, porque Bera y Birsa le habían arrancado las uñas de las manos y de los pies; sin embargo, debía estar agradecido a los Dioses, y a la Operación Bumerang, porque los Demonios carecieron de tiempo para cortarle la lengua y las orejas, y vaciarle los ojos, y finalmente despellejarlo o degollarlo. Cuando lo desaté y le pregunté si había un botiquín de primeros auxilios, el indio recuperó el habla.

       –¿Y los dos hombres? –preguntó con cautela.

       –No eran hombres –respondí de mala manera– sino los Demonios Bera y Birsa. Ambos están muertos, allí afuera: nosotros los matamos con los disparos que Ud. escuchó. Y ahora mi tío los está persiguiendo hasta el Fondo del Abismo Central del Universo, hasta un lugar infernal del que quizás no logren regresar jamás.

       Ahora comprendo que tal respuesta era impropia y absurda para ofrecerla a un in-dio desconocido que posiblemente no tendría ni la menor idea de lo que le estaba ha-blando. Pero Yo padecía los efectos del shock y de la crisis y no me detenía a pensar en lo que decía. Antes bien me maldecía permanentemente por todos mis errores: por ser la causa de que los Demonios descubrieran el Mundo y el domicilio donde vivía mi familia; porque en el plan de ataque olvidé considerar la acción compasiva de Avalokiteshvara; y por no hacer caso del mal presentimiento que me produjo la despedida de tío Kurt en Cerrillos, antes de levitarse con los perros daivas: tío Kurt sabía lo que iba a pasar, que íbamos a ser probados por la Pasión Maternal de Avalokitesh-vara, quien defendería piadosamente a los Inmortales, y que con toda probabilidad debería partir en persecución de los Demonios, para mantener despierto su miedo; ¡y por eso se quiso despedir antes de entrar en operaciones! ¡Y Yo fui el imbécil que seguí hasta el final con el plan, sin reparar en nada, subestimando la capacidad de tío Kurt! ¡Ahora me encontraba solo, más solo de lo que estuvo tío Kurt en su exilio, aunque él afirmara lo contrario para consolarme y darme coraje!

       Tales eran los pensamientos que ocupaban mi mente cuando respondí al indio de la forma referida. Afortunadamente no estaba del todo solo: el indio repitió, con cautela aún mayor:

       –¿Beraj y Birchaj?

       Es posible que recién en este momento cayera en la cuenta que el indio era real.

       –¿Beraj...? –repetí, tratando de recordar dónde había escuchado antes esa pronunciación. Entonces recordé la Carta de Belicena Villca y la historia del Pueblo de la Luna–. ¡Cierto que Ud. también los conoce! ¡Esos Hijos de Puta exterminaron a su familia, igual que a la Casa de Tharsis y a mi propia Estirpe! –exclamé con exagerada euforia.

       –¿Y Ud. cómo lo sabe? –interrogó el indio en el colmo del asombro–. ¿No es del Ejército?

       –Ja, Ja, Ja –me reí con ganas, al descubrir la impresión que causaba el uniforme de comando–. No, hombre, no. No pertenezco a la Fuerzas Armadas. El que fue miembro del Ejército era Noyo Villca, como Ud. bien sabe. ¿Es que no me recuerda? Yo soy Arturo Siegnagel, el Médico psiquiatra que atendía a Belicena Villca en Salta. Ella me lo contó todo en una extensa carta: por ejemplo, sé que Ud. desciende del Pueblo de la Luna, que habitaba en la Isla Koaty en el lago Titicaca, y que sus remotos antepasados residían en escandinavia, en el país del Rey Kollman, del linaje de Skiold.

       –Ah, el Médico. Si, lo recuerdo. Estaba al tanto que Doña Belicena escribía una carta con datos sobre la Casa de Tharsis, pero ignoraba quién sería su destinatario.

       ¿Y dice Ud. –agregó– que estos torturadores son los mismos Beraj y Birchaj que guiaron hace más de seiscientos años a los malones de indios diaguitas-hebreos, al mando del Cacique Cari, en la invasión a la Isla del Sol?

       –Eran –le corregí–. En efecto, eran los mismos, aunque tal vez emplearon otros cuerpos; eso no lo sé con exactitud. Pero lo que es cierto es que hace tres meses asesinaron a Belicena Villca en el Hospital, y sólo cuatro días que terminaron con toda mi familia; por estos malditos Demonios, sólo quedamos tres sobrevivientes de tres Estirpes espirituales: Noyo Villca, de la Casa de Tharsis; Segundo, de la Casa de Skiold; y Arturo Siegnagel, de la Casa Von Sübermann. Belicena Villca me solicita en su Carta que busque a Noyo Villca en Córdoba, y me asegura que Ud. me ayudará. Además me recomienda tener mucho cuida-do con Bera y Birsa, que eran Demonios poderosos; pero ya ve: a pesar de los golpes que nos dieron, y gracias a la ayuda de los Dioses, pudimos acabar por el momento con Ellos. Habrá otros Demonios que sin duda nos perseguirán, y mil peligros desconocidos, pero es poco probable que regresen Bera y Birsa al Mundo de la Sangre de Tharsis; en los otros Mundos de Ilusion empero seguiran existiendo; ¡y ay de aquellos hombres espirituales que no encuentren pronto el Mundo de la Casa de Tharsis! ¿Qué le parece, Segundo? ¿Me ayudará?

       –¡Por supuesto que sí! Sepa, Dr. Siegnagel, que Ella era para los de mi Raza una Reina: sus deseos son órdenes para mí. Ella me pidió que no fuera más al Hospital de Salta porque era vigilada y sospechaba que la iban a matar: y Yo cumplí al pie de la letra sus órdenes; no fui más a Salta y no respondí a la correspondencia del Hospital, del Juez, de la Policía, etc. Y nadie vino aquí porque esta casa es muy difícil de encontrar. Muy grandes deben ser sus poderes para haber llegado así, por sorpresa, y conseguir boletear a los Demonios. ¡Me ha salvado la vida, y seguramente me ha evitado un terrible sufrimiento previo! Mas no sé hasta qué punto agradecerle, puesto que, como comprenderá, ya estoy harto de vivir.

       Lo comprendía perfectamente puesto que Yo también estaba harto de vivir; y si se-guía adelante, como aquel indio germánico, sería exclusivamente por Honor, porque era un Honor quedarse a cumplir la misión que a uno le habían asignado los Dioses que dirigian la Guerra Esencial, y porque después de la Batalla Final, una vez ajustadas las cuentas con las Potencias de las Materia, regresaríamos definitivamente al Origen del Espíritu In-creado. Vi la cara de Segundo descompuesta de dolor y corrí a un galpón contiguo a buscar el botiquín que estaba en la guantera de una pick-up. Con paciencia, desinfecté los veinte dedos y los fui vendando uno por uno. Traía conmigo las grageas sedantes, y le hi-ce tragar dos: cuatro miligramos que lo harían dormir hasta el mediodía.

       Antes de concluir la cura ya cabeceaba de sueño, así que lo llevé hasta su habitación, haciéndolo pisar con los talones, y lo dejé acostado en su humilde cama de algarrobo.

 

 

       Calenté café, y lo bebí ya más tranquilo sentado en una silla de la cocina. El encuentro con Segundo me había calmado bastante y ahora meditaba sobre los próximos pasos a seguir. Sobre la mesa deposité la garrafa de ácido, trasmutado como un líquido muy negro pero de liviana densidad. Para recuperar las rosas de piedra, los pendientes de Avalokiteshvara, derramaría aquella substancia inservible en la pileta, y neutralizaría la acidez residual con un poderoso detergente concentrado que descubrí en un armario. Un minuto después, los aretes Esther se hallaban en mi bolsillo, ya vacío de armas. Cierta-mente, exageramos la artillería, y ahora descansaban sobre la mesa, la Itaka, cincuenta cartuchos, la pistola ametralladora con su incómoda cartuchera sobaquera, sus cargadores, las diez granadas de fragmentación, las bombas de trotyl, y el cuchillo de monte. Más suelto de cuerpo, me cercioré con discreción del Sueño profundo de Segundo, y decidí ocuparme de eliminar los restos de los asesinos orientales. Provisto de una poderosa linterna de doce unidades, exploré los alrededores de la Chacra.

       Comprobé entonces que, en efecto, la edificación de la casa seguía el trazado del antiguo pucará de Tharsy, y que la fortaleza perimetral fue reducida a un tapial bajo, de no más de un metro, para disimular su función de guarnecer una plaza liberada. En su interior aún existía el antiquísimo cromlech, cuyas piedras formaban un círculo enorme, en cuya área cabía sobradamente la planta de la Chacra. Pero a mi me intrigaba la suerte del Meñir de Tharsy, el que plantaron los Atlantes blancos para establecer el pacto de Sangre con la Estirpe de Tharsis y determinar su misión familiar. Tomando los diámetros del Cromlech, busqué en su intersección el centro, y comprobé con intriga que aquel lugar central caía en el interior de la Chacra. Al fin, no me cabían dudas que el sitio central se encontraba adentro de un enorme tinglado herméticamente cerrado. Corté las cadenas y candados con una pinza adecuada, y abrí las puertas del tinglado: increíblemente, luego de siglos y milenios, aún se encontraba en su lugar de origen el meñir de Tharsy. Era de piedra verde y mostraba en su base la milenaria apacheta de Vultan: purihuaca voltan guanancha unanchan huañuy. Sobre la apacheta estuvo durante cuatrocientos cuarenta y tres años la Espada Sabia de la Casa de Tharsis, custodiada como en Huelva por incansables Noyos Y Vrayas descendientes de Lito de Tharsis. Frente a esa actitud de res-peto y confianza en los Dioses Leales, asumida en milenios de paciente guardia, ¿qué significaban mis ansiedades actua­les, mis egoístas angustias? El imponente meñir, y su rústico altar de piedra, tuvieron la virtud de avergonzarme de mí mismo, de mis debilidades humanas, y de fortalecer mi voluntad de seguir hasta el Final.

       Contando con todos los vanos y crueles esfuerzos realizados en el pasado por los Demonios Bera y Birsa, no es de extrañar el odio que les despertaría aquella Chacra en la que vivieran fuera de su alcance los miembros de la Casa de Tharsis conservando la Piedra de Venus de la Espada Sabia. Pero Ellos llegaron tarde, siempre llegaron tarde a Amé-rica: no consiguieron exterminar al linaje de Skiold con los diaguitas-hebreos, ni con los españoles de Diego de Almagro, de Diego de Rojas, y de tantos otros; ni el asesinato de Belicena Villca les sirvió para nada pues Ella los despistó sabiamente; ni el exterminio de los Von Sübermann les permitió acabar con tío Kurt. ¡América les había resultado fatal! No sabían adónde estaba Noyo Villca con la Espada Sabia y quisieron tomar venganza en el indio Segundo, sacrificarlo por medio de horrible suplicio antes de partir del impredecible Mundo de la Casa de Tharsis. Y habían sido atacados y muertos cuando menos lo esperaban. Como un Bumerang, sus propios golpes regresaron contra ellos; como en un golpe de Jiu-Jitsu, sus enemigos aprovecharon los movimientos propios y volvieron sus fuerzas contra ellos.

 

       En el galpón que guardaba la pick-up había toda clase de herramientas. Fui hasta allí, tomé una pala ancha, y comencé a buscar un lugar adecuado para excavar las sepulturas. A cincuenta metros de la Casa crecía un tupido cañaveral de tacuaras que me pare-ció sería el sitio ideal: costaría penetrar la capa de raíces, pero luego de unos días nadie podría descubrir el menor rastro de la remoción. Regresé dos veces hasta la casa y cargué los malditos cadáveres en una carretilla para facilitar el transporte; en el último viaje llevé también un machete para abrir la picada. Miré el reloj de la casa y comprobé que señalaba las 3 horas del día 23 de Abril. El mío, en cambio, exhibía la 1,30 horas del 26 de Abril. Lógicamente, sincronicé mi reloj con el cuadrante local.

       Así, pues, a las 6 horas, tres horas después, terminé la macabra tarea de sepultar los cadáveres destrozados de los asesinos orientales. Ya amanecía y me sentía exhausto, psíquica y físicamente agotado. Y todavía faltaban varias cosas por hacer, asuntos ineludibles que no admitían dilación. Uno de ellos era consumar la destrucción del coche negro de los asesinos, a fin de evitar el rastreo policial: mas, para eso, necesitaba contar con la ayuda de Segundo.

       Bebí una nueva taza de café y luego me dediqué a echar baldes de agua jabonosa en el patio, para eliminar las ­huellas de sangre, precaución que más que evitar las investigaciones policiales apuntaba a frustrar la acción todavía más terrible de las moscas tucumanas. Con la luz del día, descubrí junto a un árbol, a quince pasos de distancia de la puerta de la casa, la chaqueta y todas las armas de tío Kurt: evidentemente, las había abandonado antes de partir, cuando llamó silenciosamente a los perros daivas. En ese momento, pensé que mi voluntad se quebraría nuevamente. Pero me sobrepuse y uní aquellos objetos con el resto de mi equipo.

       Ya no podía continuar vestido de comando, especialmente si habría de salir fuera de la Chacra, así que me entregué a realizar una prolija inspección del interior de la casa. Descarté la ropa del indio, por su talla apreciablemente menor que la mía, y confié en que Noyo Villca tuviese más contextura y se conservase su ropa. Al fin dí con su habitación, después de pasar por la de la difunta Belicena, y hallé, en efecto, un ropero surtido: encontré un pantalón vaquero, más o menos de mi medida, y una camisa semejante. Decidí quedarme con los borceguíes de Maidana, e hice dos grandes paquetes con las armas y las ropas de combate: sólo dejé sin envolver las cuatro bombas de trotyl.

       En una caja de zapatos, del más vil cartón, deposité el nefasto Dordje, el Cetro de Poder que Rigden Jyepo le entregara a los Demonios Bera y Birsa, conjuntamente con los padmas de piedra, los pendientes Esther de Avalokiteshvara.

       Y entonces, cuando hube concluido esos trabajos menores, me dirigí hacia el coche negro para calmar la comprensible curiosidad que el mismo me despertara desde el momento que conocí su existencia.

       Visto de lejos, no cabían dudas que se trataba de una clásica limusina norteamericana. Empero, al inspeccionarlo de cerca, surgía la confusión por no poder establecer ni la marca ni el modelo, como afirmaban los policías de Salta; porque marca tenía; y bien visible: “Aviant”. Mas ¿quién conocía esa marca? ¿a qué país pertenecía? De inmediato, me asaltó la sospecha de que el automóvil no era de este Mundo, que provenía de una Realidad paralela a la nuestra, donde los “Caballeros” como Bera y Birsa se desplazaban en coches “Aviant”. De todos modos ¿era realmente un automóvil? Sí, lo era. Un auténtico y excelente coche de lujo, al parecer recién salido de la fábrica. Levanté el capó y observé un poderoso motor de ocho cilindros en “V”. Las llaves estaban puestas; le dí arranque y funcionó sin problemas. Y fue inútil revisar su interior porque los Demonios no llevaban nada consigo, ni papeles, ni equipaje: nada de nada, lo que indicaba que no entraba en sus planes la posibilidad de ser detenidos o interrogados en los caminos; o que no circulaban de ninguna manera por los caminos y rutas de la civilización humana .

 

 

       A las 8,30 horas me recosté en un sillón del comedor y dormí sin sobresaltos hasta las 13,30 horas. Preparé más café, tosté panes, y lo desperté a Segundo para el tardío desayuno. Se admiró al saber que trabajé toda la noche y que ya no quedaban huellas de la muerte de los asesinos. Mientras bebía un café, le revisé las heridas; especialmente me interesaban sus pies: estaban muy hinchados:

       –¿Cree que podrá conducir la pick-up? –le pregunté.

       –Haré lo que sea necesario –dijo valientemente–. No importa el dolor.

       –Será al anochecer –le expliqué–. Tendrá que manejar unos quince o veinte kilómetros para deshacernos del automóvil de los asesinos. Pero antes le traeré medicinas y calmantes: sólo dígame donde queda la Farmacia más cercana.

       Quedaba en Tafí del Valle, a cinco kilómetros de distancia. A las 15, después de asar un pollo y comerlo entre ambos, fui a la Farmacia en la pick-up y compré la vacuna antitetánica, jeringas, desinflamatorios y calmantes. 

      

       A las 19,00 horas salimos de la Chacra. Segundo iria adelante, en la pick-up, y Yo lo seguiría en el Aviant. Tomaríamos por caminos secundarios, normalmente intransitados, pues el éxito de la maniobra dependería de que nadie viese el automóvil negro, nadie que lo pudiese denunciar a la policía; y menos aún la policía, que ya tendría su descripción.

       Pero todo salió bien. Segundo, con los dedos vendados, y descalzo, pues no podría calzar una alpargata, llevaba con destreza la camioneta en dirección a la Sierra del Aconquija. Cruzamos el Río Tafí del Valle, el Río Blanco, y entramos en un camino casi intransitable que subía hasta la cumbre del Cerro La Ovejería. Tuve que hacer proezas con la enorme limusina para doblar por las agudas curvas del camino de cornisa. Finalmente, pocos kilómetros antes de la cumbre, dimos con el lugar ideal: el borde de un abismo de mil metros o más de profundidad. Allí estacioné el coche negro, mientras Segundo volvía con la pick-up varios metros hacia atrás: la senda era tan estrecha que tendríamos que retroceder cientos de metros marcha atrás, hasta hallar un ensanche que nos permitiese virar.

       El regreso de Segundo era necesario para prevenir un posible derrumbe del camino, que dejase la pick-up aislada e imposibilitada de bajar del Cerro. Porque Yo planeaba dinamitar el Aviant y eso era muy probable que ocurriera, como realmente ocurrió.

       Derramé el contenido de un bidón de diez litros de gasolina dentro del coche; pro-gramé los detonadores electrónicos con un tiempo de cinco minutos; y coloqué una bomba sobre el block del motor, otra en el interior de la cabina, otra en el baúl, y otra debajo del chassis. Acto seguido cerré el capó, las puertas y el baúl, y corrí hacia la pick-up, que me esperaba cien metros más atrás.

       La explosión de los cuatro kilogramos de trotyl fue impresionante en aquellas montañas generadoras de ecos prolongados. El automóvil jamás sería encontrado, pues sólo quedaron de él restos diseminados en cientos de metros de inaccesible precipicio. Cuan-do cesó la explosión nos acercamos un poco, y nos aseguramos que así sucedería, pues donde estacionara el coche había desaparecido el camino, y la avalancha de piedras había arrastrado los restos más grandes hasta el fondo de la garganta, sepultándolos para siempre.

      

      

       Permanecí diez días en la Chacra de Belicena Villca, durante los cuales conversé mucho con Segundo y nos pusimos de acuerdo sobre los pasos futuros. Le referí las últimas partes de la Carta de Belicena Villca y le expliqué que tenía indicios ciertos sobre la posible residencia de Noyo Villca: todo consistía en ubicar a la misteriosa Orden de Caballeros Tirodal y a su Pontífice, Nimrod de Rosario. Puesto que un capítulo se había cerrado en mi vida y ya no habría vuelta atrás, sólo me quedaba proseguir la aventura e iniciar la búsqueda de la Orden en la Provicia de Córdoba. Segundo se manifestó decidido a acompañarme en esa misión. Además de ser también un Iniciado Hiperbóreo, discípulo de Belicena Villca, y poseer un lógico interés espiritual en el asunto, el indio, que contaba cincuenta años de edad, conocía a Noyo Villca desde niño y haría lo posible por volverlo a ver o prestarle su ayuda.

       Diseñamos, así, un sencillo plan destinado a solucionar los últimos problemas que quedaban para trasladarnos finalmente a Córdoba. En la Chacra existía una fortuna en oro inga, a la que aludiera Belicena Villca en su Carta. Segundo me enseñó el escondite secreto, cerca del Meñir, donde subsistían 250 kg. de oro en lingotes: originalmente, me explicó el indio, el oro constituía la vajilla de la Princesa Quilla, pues los ingas no le daban valor monetario a dicho metal; ya en Tucumán, y para evitar posibles sorpresas, los descendientes de Lito de Tharsis fundieron todos los utensilios en el siglo XVII y oculta-ron los lingotes donde todavía se encontraban. Nunca la familia tuvo necesidad de esa reserva, pero nosotros podríamos tomar lo que quisiéramos, pues tal era la voluntad de Belicena Villca.

       Sin embargo, a mi entender aquella riqueza pertenecía a Noyo de Tharsis y no con-venía tocarla por el momento. Con lo que me dejara tío Kurt teníamos más que suficiente para empezar. Resultaba primordial, pues, asegurar el cuidado de la Chacra, aún si nosotros nos ausentábamos por mucho tiempo. De ello se ocupó Segundo, trayendo de Tafí del Valle una nutrida parentela que ya en otras ocasiones habían cohabitado el lugar: vivirían en la casa de servicio y vigilarían el lugar.

       Arreglado esto, partimos el 4 de Mayo hacia Santa María, en la pick-up de Segundo. A Salta no pensaba regresar jamás; pero los negocios de tío Kurt los tenía que cancelar indefectiblemente. Aparte de que en la Finca de mi tío me aguardaban las dos cosas más queridas que me quedaban en la vida: el manuscrito de Belicena Villca, reproducido en este libro, y el manuscrito de Konrad Tarstein, de su libro inédito “Historia Secreta de la Thulegesellschaft”, que espero publicar en el futuro.

 

       La Finca de Santa María era imposible de vender pues tío Kurt no estaba muerto sino “desaparecido” y su testamento a mi favor carecía de valor en este caso. Mas sí podía arrendarla y eso fue lo que hice, pactando un contrato con los Tolaba, que por tantos años acompañaron a mi tío Kurt: ellos se encargarían de la pequeña fábrica de dulces y de guardar las pertenencias de mi tío. Sólo pagarían una moderada renta anual. Claro que en el futuro, si necesitase reducir esa propiedad a dinero contante, apelaría al conocido expediente de falsificar la partida de defunción de “Cerino Sanguedolce” y haría valer el testamento. Pero el futuro está aún en manos de los Dioses.

       Lo que sí podía vender, era la Finca de Cerrillos, a la que no deseaba conservar ni un minuto más. Escribí, así, a mis abogados de Salta para que la pusiesen de inmediato en venta y la liquidasen cuanto antes. Seis meses después, en Córdoba, firmé los documentos definitivos de la transacción y recibí una apreciable cantidad de dinero. Y el último día que estuve en Santa María, envié por encomienda los dos bultos a Maidana, comunicándole en una breve nota que la operación comando resultó un éxito y que sería inútil que nadie buscase más a los “asesinos orientales”; y que, no repuesto del dolor por la muerte de mi familia, emprendía un viaje de descanso a cuya vuelta me reuniría con él. Una “mentira piadosa”, es claro, pero ¿qué otra cosa le podía decir a Maidana? Quizás en el futuro; quizás si los Dioses lo deciden en el futuro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo XVIII

 

 

       Y aquí estamos en Córdoba, tratando de hallar a la bendita Orden.

    Hoy es 30 de Mayo de 1981. Hace, pues, más de un año que compré el departamento en el centro, donde convivo con Segundo. Acabo de terminar este libro, en el capítulo XVII del Epílogo, o Prólogo, y muchos se preguntarán cómo y por qué lo escribí. La respuesta es simple: este libro es el producto de una reflexión, de una re-capitulación escrita sobre mi extraordinaria experiencia con la Sabiduría Hiperbórea. He debido hacerla al fracasar todos los intentos por ubicar a la Orden de Caballeros Tirodal. Meses atrás, ante los resultados nulos de la búsqueda, me pregunté a Mí Mismo si no sería Yo el causante de la no coincidencia con la Orden, si no me faltaría llegar a una conclusión previa . Y decidí poner las cosas en claro para Mí Mismo. Y me dije “¿qué mejor que ponerlas por escrito?”. Así, pues, comencé a redactar mis recuerdos a partir del asesinato de Belicena Villca, que fue cuando comenzó todo.

       Y ahora, al terminar, comprendo que la intuición era certera, que me faltaba asumir gran parte de todo lo que asimilara en tan breve tiempo y que mantenía a mi Espíritu todavía conmocionado : no sería posible que con tal estado mental me fuese permitido hallar a la Orden. Pero escribir este libro me ha ayudado, y por eso he decidido darlo a conocer:   ... para que otros, como Yo ahora, encuentren el Mundo de la Sangre de Tharsis.

 

 

²

 

 

 

HIPEREPILOGO

 

 

 

Córdoba, 7 de Junio de 1981.

 

 

Al lector de este libro:

      

       Verdaderamente, era mi intención dar por concluido “El Misterio de la Sabiduría Hiperbórea” en la página anterior. En ese momento no tenía más que decir. Pero hoy, una semana después, ha sucedido algo que echó nueva luz sobre el problema que me ocupaba, esto es, la localización de la Orden de Caballeros Tirodal: creo haber obtenido, al fin, una pista segura. Y creo que es mi deber de Honor compartirla con el lector, brindarle a él la misma oportunidad que dispongo Yo ahora.

       Pero, antes de ofrecer tal información, expondré en forma sucinta lo que me ha ocurrido en el día de ayer.

       Buscaba una iluminación interior, ya que la búsqueda exterior no me llevaba a ninguna parte. Por eso escribí el presente libro; y fue al terminarlo que, ya mucho más sereno, decidí probar por una vía que aún no había intentado. Ayer por la tarde, sin mediar aviso alguno, me dirigí a la casa de Oskar Feil, el difunto amigo de tío Kurt, y quien había encontrado primero la Orden de Caballeros Tirodal. Como lo supusiera, su esposa, una amable y simpática mujer de nacionalidad italiana, ignoraba todo lo concerniente a la ubicación de la Orden Tirodal. Me aseguró que Oskar murió de muerte natural, pero muy feliz por las satisfacciones espirituales que recibiera en los últimos años.

       Sabía sobre la existencia de la Orden, y bastante más sobre la historia de tío Kurt, y se extrañó de que él no la hubiera mencionado. Le expliqué que con tío Kurt no tuvimos demasiado tiempo para hablar, y que él había dejado pendiente muchos temas a los que ya jamás me daría respuesta:

       –Pero ¿qué le ha pasado a Kurt? –preguntó ella–. ¿Ha muerto? Si es así le diré todo lo que sé, que no es bastante, y mucho menos de lo que busca. Mire, yo sé de Ud.: sé que es un sobrino de Salta, hijo de su hermana y de un alemán argentino. ¿Y sabe como lo sé? No por Kurt, que jamás diría nada, sino por el bueno de Oskar, que le amaba como a un hermano y compartió conmigo toda su historia. Por eso le referiré lo que él no le dijo: Yo soy italiana, eso es obvio; lo que no es tan obvio es que Yo era una novicia del Monasterio donde Von Grossen y Oskar Feil debieron refugiarse dos años, después de 1945, con la compañía posterior de su tío Kurt. Bien, Oskar y Yo nos enamoramos, y cuando se vino a la Argentina, no tardé en seguirlo y casarme con él en este país, donde hemos sido muy felices: tuvimos una pareja de hijos que ya van a la Universidad. Por eso me extraña que no me mencionara, pues su tío me conocía casi tanto como Oskar. ¿Y qué le ha ocurrido a él? Cuéntemelo con confianza; ¿ha debido huir de esos terribles enemigos que según Oskar no cesarían de buscarlo hasta su muerte?

       –No Señora –aclaré–. Afortunadamente tío Kurt no ha muerto, no obstante ser cierto lo que Ud, supone: aquellos “terrribles enemigos” al fin lo encontraron, y exterminaron a toda su familia, que era también la mía. Es decir, toda mi familia, mis padres, mi hermana, sobrinos, y parientes lejanos, fueron asesinados hace un año; pero los asesinos no consiguieron acabar con nosotros. Y por ese motivo, tío Kurt partió hace más de un año, asegurando que jamás regresaría. Sólo he quedado Yo, con la misión de encontrar a los Caballeros Tirodal.

       –¡Lamento mucho lo sucedido, pues conocía cuánto él quería a su hermana Beatriz! Justamente, evitaba los encuentros con ella por temor a comprometerla y causarle daño involuntariamente.

       Me mordí los labios al oír esa verdad: tío Kurt la protegió durante 35 años y Yo la entregué en un instante en mano de sus verdugos. Las noticias de la Señora Feil no eran, por otra parte, muy alentadoras con respecto a la Orden:

       –Me temo que nada podré hacer por Ud., pues es muy poco lo que me reveló Oskar sobre la Orden de Caballeros Tirodal. Desde luego, no me dio ningún dato sobre sus miembros o los lugares de las reuniones.

       La miré sin poder disimular la decepción. Mi expresión le resultó cómica, porque sonrió y me alentó a tener esperanzas: existía una posibilidad.

       –Algo haremos, Dr. Siegnagel; es lo único que está en mis manos; y ruegue a sus Dioses para que dé resultado. Oskar tenía una caja de seguridad en su escritorio en la que guardaba las cosas de la Orden. Varias veces me recomendó que si “algo” le sucediese, y alguien de la Orden se presentaba a reclamar sus pertenencias, debía devolverles sin discusión el contenido de ese cofre. Pero hasta el presente nadie, salvo Ud., ha solicitado in-formes sobre la Orden, por lo que Yo jamás he abierto su caja de seguridad. Lo que haremos, entonces, será examinar el contenido de la caja y tratar de encontrar alguna pista.

       Fuimos enseguida al estudio del finado Oskar y, con ansiedad creciente, aguardé que la Señora Feil digitara la combinación de la cerradura. Al fin se abrió y quedaron a la vista los objetos reservados. La magra herencia esotérica de Oskar Feil consistía en dos objetos: un libro y una revista vulgar.

       Será difícil que alquien logre representarse mi perplejidad de ese momento. El libro era un ejemplar de “Fundamentos de la Sabiduría Hiperbórea”, por Nimrod de Rosario, exactamente igual al que tío Kurt me diera a leer en Santa María, y que ahora tenía en mi poder. Y la revista, se trataba de un número de Spot's, con tres años de antigüedad.

       La Señora Feil terminó compartiendo mi preocupación y, no sabiendo de qué modo conformarme, o deseando que la entrevista concluyese cuanto antes, me entregó las dos publicaciones. Estaba convencida, dijo, que Oskar Feil aprobaría su proceder pues Yo era el sobrino de su más entrañable Camarada, a quien nada podía negarle.

 

       Ocioso es aclarar que revisé el libro hoja por hoja, y renglón por renglón, buscan-do algún indicio secreto, algún mensaje criptográfico, alguna indicación oculta, alguna clave sólo destinada a ser interpretada por los Iniciados Hiperbóreos. Muy pronto tuve que descartar que el libro ofreciese tal posibilidad.

       Y ocioso es explicar que leí y estudié todos los artículos de la revista, buscanso allí una pista sobre la Orden de Caballeros Tirodal. Muy pronto arribé a los mismos resulta-dos que con el libro: nada; ni un indicio. Tarea desagradable esta última, pues Spot's es una revista sensacionalista del más bajo nivel intelectual o moral.

       Crudamente oficialista en su línea política general, carece de criterio editorial definido pues sus artículos se redactan con el evidente propósito de causar el golpe bajo o el escándalo, efectos que, naturalmente, agradan a sus 2.000.000 de lectores. Los límites éticos del desarrollo de los temas, como es de suponer, están determinados únicamente por las protecciones jurídicas con que sus víctimas logran defenderse si son atacadas o por el monto de las ­coimas pagadas por los “amigos” de la publicidad barata. Lógicamente, una revista así no puede pertenecer a cualquiera: su editor-propietario es el celebérrimo periodista amarillo, no por “oriental” precisamente, Samuel Isaacson, exponente de la más rancia prosapia hebrea, y sionista declarado. Por el ejemplar que había llegado a mis manos, me enteré de los pormenores de ocho separaciones de no muy unidas parejas de actores y actrices; conoci los reclamos del Movimiento de Liberación Nacional de Homosexuales; leí dos artículos distintos sobre O.V.N.I.S., en los que, sendos “Profesores en Parapsicología”, aseguraban que sus tripulantes van a salvar a la humanidad; me interioricé de los detalles de cinco asesinatos, tres violaciones y un estupro; accedí a los crímenes del nazismo, gracias a una biografía de Ana Frank y un relato abreviado de su “diario” apócrifo; vi cinco notas críticas, que en verdad contenian publicidad solapada, sobre películas con temática izquierdista, y otras cinco notas sobre ecología y pacifismo; etc; etc. En verdad, prácticamente no existía materia en la que la revista no incursionara con su habitual y re-pugnante vulgaridad.

       ¡Main Gott! ¡Qué cloaca era aquella publicación! ¿Para qué Demonios habría conservado Oskar Feil ese ejemplar? Alguna razón debía existir. Y ésta posibilidad era mi única esperanza.

       Pero ¿cuál razón? Ya la había leído varias veces: setenta, o más, artículos y notas con el tono sinárquico señalado. Y eso que no mencioné la increíble y variada serie de avisos publicitarios sobre objetos de porno-shop's y hechicería afro-brasileña; y la nómina interminable de pais, maestros, gurúes, magos, quiromantes, tarotistas, etc., que ofrecían toda clase de “ayuda espiritual”, desde “solución a problemas de pareja” o “impotencia”, hasta “desbloqueos” psicológicos complejos. Claro que a estos avisos no les presté la misma atención que a los artículos periodísticos: había tantos ¡cientos de ellos!

       ¡Y allí estaba la solución al enigma! ¡Tan a la vista, que parecía una broma: una broma pesada de Nimrod de Rosario!

       De improviso, donde menos lo hubiese supuesto, en una hoja cubierta de carteles ofertando los “servicios” de diversas escuelas esotéricas y maestros, en una hoja sobre la que había paseado muchas veces la vista sin ver nada, se realzó la frase “Sabiduría Hiperbórea”. Cuando inspeccioné detenidamente el aviso, leí con sorpresa lo siguiente:

   

 

 

 

         ¿Parecía o no una broma? La respuesta sólo puede ser afirmativa, y más si se toma en cuenta la clase de pasquín en la que estaba publicado. Sin embargo, nada de lo que a-firmaba o proponía el anuncio era extraño a la Sabiduría Hiperbórea: cualquiera que haya leído este libro estará de acuerdo conmigo. Lo que tornaba absurdo e increíble aquel texto era su lectura fuera del contexto de la Sabiduría Hiperbórea; o en el contexto del periodismo sinárquico de las características de Spot's u otros pasquines semejantes. Mas no se me escapaba que tal efecto sería buscado deliberadamente por los Caballeros Tirodal. ¿Con qué fin? Lo ignoraba, y no me aventuraba a imaginarlo: quizás el aviso fuese una contraseña; quizás, efectivamente, estuviese destinado a personas espirituales dotadas de intuición en alto grado.

       Sea la verdad lo que fuese, el caso era que Yo no tenía más remedio que escribir a la misteriosa casilla de correo. Ya lo he hecho, antes de redactar este Hiperepílogo. Y ahora esperaré la respuesta, que sin dudas aclarará todas las cosas. Mas, como dije al comienzo, no he querido dar por finalizado este libro sin brindar a los lectores la misma posibilidad que Yo poseo. Es una forma, también, de compensarlos por la fatigosa tarea de asimilar los elementos de la Sabiduría Hiperbórea aquí expuestos; para que, quien quiera, y se atreva, pueda prolongar esos conocimientos en la Realidad, que no obstante es tan ilusoria como la ficción de este libro.

       Resumiendo, a mí la intuición me dice que la casilla pertenece a la Orden de Caballeros Tirodal o comunica con ellos. Cada cual podrá comprobarlo por sí mismo, de igual modo que haré Yo. Y con este descubrimiento, que constituye la última y única pista que conseguí sobre la Orden de Caballeros Tirodal, doy por finalizado “El Misterio de Belicena Villca” y me despido de todos los lectores con el deseo de que tengan el coraje de escribir y la espiritualidad necesaria para merecer la respuesta de la Orden.

 

                                                                                               

Dr. Arturo Siegnagel

      

 

      

 

       Post Scriptum

       Córdoba, 4 de Septiembre de 1987: