²

 

 

LIBRO  TERCERO

 

 

“En busca de Tío Kurt”

 

 

 

 

Capítulo I

 

 

 

Puede el lector dar rienda suelta a la imaginación. Nunca logrará representarse las emociones y el estado de total perturbación en que me sumió la lectura de la carta de Belicena Villca. Fue algo muy extraño para mí; a medida que leía fui experimentando una pluralidad de estados de ánimo. Así pasé del escepticismo inicial a la sorpresa, de ésta al estupor, de allí salté a la curiosidad, y sucesivamente a mil sensaciones más. Finalmente, un entusiasmo primitivo e insensato se apoderó de mí y, en vez de rechazar la carta como una impostura, actitud lógica y perfectamente justificada, hice todo lo contrario, sellando así mi suerte: ¡decidí emprender la aventura!

       Recién terminaba de leer la carta y, casi sin reflexionar, había tomado una decisión, ¿por qué? Trataré de explicarlo. Hasta el momento de leer la carta de Belicena Villca mi vida estaba vacía de ideales. Tenía un brillante futuro profesional y cuanto necesitaba para mi confort; era afortunado con las mujeres y aunque ninguna lograba ganar mi corazón, eso tarde o temprano ocurriría. Todo hacía preveer que mi vida se desenvolvería por los carriles que conducen al éxito mundano. Y sin embargo algo fallaba en este esquema porque no era feliz. Poseía paz y tranquilidad material pero muchas veces la tristeza me agobiaba; presentía que a mi Espíritu le faltaba un horizonte hacia el cual mirar, un ideal, una meta quizás, digna del mayor sacrificio.

       Por eso a veces contemplaba con envidia la Historia Universal, los períodos heroicos en los que me hubiese gustado vivir: elegir tal o cual bando, seguir a éste o aquel re-formador, cometer esa herejía liberadora o hundirme ardientemente en aquel dogma tiránico. ¡Vivir, luchar, morir, ser hombre! Pero ser hombre no es solamente pensar; es “sentir” el Espíritu. Y el Espíritu se “siente” cuando la vida se orienta en la búsqueda de un ideal; porque los ideales no están en este mundo, son de otro orden, lo mismo que el Espíritu y afines a él.

       No es fácil. Ser idealista requiere mucho valor ya que la realidad, engañosa y cruel, guarda una trampa para el idealista ingenuo y un sepulcro para el idealista comprometido. He visto cómo el elemento idealista de mi generación, fue sistemáticamente aniquilado y sus ideales calificados de “nihilistas”. Un Almirante argentino que pasa por persona culta, Massera, dijo en un discurso: “Estamos combatiendo contra nihilistas, contra delirantes de la destrucción, cuyo objetivo es la destrucción en sí, aunque se enmascaren de redentores sociales”. Muchos de los muertos y desaparecidos, no eran tal cosa, sino idealistas que creyeron en el mito infantil de la “revolución social” como medio válido para instalar un orden más justo en el mundo. Precisamente por creer (ser idealista), no vieron la diabólica trama de intereses en que estaban insertos; precisamente por creer fueron algunos adoctrinados, armados y lanzados imbécilmente a la aventura, por el mismo Sistema sinárquico que después los reprimió. Y no pienso solamente en los que empuñaron las armas, que tal vez merecían morir por apátridas, sino en tantos otros que cayeron sin conocer el olor a la pólvora; por cometer el “delito” de amar ideales que afectan algún interés o privilegio.

       Eso no es nihilismo; nihilista es la represión desbocada, la censura asfixiante, la mediocridad instituida, la corrupción oficializada, el lavado de cerebros digitado, en fin, la tiranía implacable, embozada obscenamente en un lenguaje “democrático” o “liberal”.

       El triunfo del Sistema es la estabilidad de un orden de cosas corrupto, de una sociedad edificada sobre la usura y el materialismo, de un país dibujado a plumín, para que se inserte en una geopolítica foránea, planeada al detalle por la Sinarquía Internacional de los Grandes Imperialismos.

       ¿Qué nos ofrece este mundo contemporáneo de dólares y acero que valga nuestro sacrificio? Acá una cultura decadente y cipaya; allí un terrorismo sin grandeza; allá un Poder represor y asesino; acullá una Iglesia cobarde y mentirosa; ¿Para qué seguir si todo hiede?

       Este era mi estado de ánimo cuando leí la carta de Belicena Villca y por eso mi reacción fue instantánea: Yo, el insignificante Dr. Siegnagel, poco más que el número de una ficha o carnet, alguien perdido en la mediocridad cotidiana de la remota Salta: ¡de pronto soy llamado para una misión riesgosa, soy convocado por el Destino!

 

       La sangre me hervía en las venas y algo así como una reminiscencia de pasadas batallas, se apoderó de mí. Belicena se preguntaba en su carta si podría ser un Kshatriya:

       –¡Pues ya lo era!

 

       Aparte de este irresponsable entusiasmo, en el fondo experimentaba una gran estupefacción a poco que intentaba razonar sobre el contenido de la carta. No podía negar que de toda ella se desprendía una tremenda fuerza primordial, un halo de antiguas verdades olvidadas, como si Belicena Villca no perteneciese a esta Epoca o, mejor dicho, como si fuera independiente del tiempo.

       El lenguaje era pagano y vital; “fantástico” sería el término justo, sino fuese que el asesinato de Belicena convertía a este mensaje premonitorio en algo macabramente real.

       Dos preguntas bullían en mi cabeza saltando el pensamiento de una a la otra sin solución de continuidad ¿Dónde estaba ese “Signo del Origen”, del cual soy portador, claramente visible para Belicena Villca y aparentemente representativo de una cierta condición espiritual? Recordaba perfectamente lo que Belicena había escrito el Segundo Día: “en verdad, lo que existe como herencia divina de los Dioses es un Símbolo del Origen en la Sangre Pura: el Signo del Origen, observado en la Piedra de Venus, era sólo el reflejo del Símbolo del Origen presente en la Sangre Pura de los Reyes Guerreros, de los Hijos de los Dioses, de los Hombres Semidivinos que, junto a un cuerpo animal y a un Alma Material, poseían un Espíritu Eterno”. Si era cierto que Yo poseía el Símbolo del Origen en mi Sangre Pura, si Yo era un hombre espiritual, entonces tendría la posibilidad de obtener la Más Alta Sabiduría de los Atlantes Blancos ¿O había interpretado mal las palabras de Belicena? Porque en ese Día Segundo ella escribió: “la Sabiduría consiste en comprender a la Serpiente con el Signo del Origen”. Según Belicena, los Dioses afirmaban al hombre: “has perdido el Origen y eres prisionero de la Serpiente: ¡con el Signo del Origen, comprende a la Serpiente y serás nuevamente libre en el Origen!” A la luz de estos conceptos, mi razonamiento era el siguiente: si el Signo del Origen, “mi propio signo del Origen”, se hallaba manifestado y plasmado en alguna parte de mi cuerpo, de tal suerte que fue rápidamente distinguido por Belicena Villca, ¡ése era el sitio que Yo debía descubrir y proyectar en el Mundo, sobre la Serpiente, como antaño hicieran los Iniciados Hiperbóreos! Y sentía así como una urgencia interior por localizar ese Signo y cumplir con el mandato de los Dioses.

       Pero entendía, también, que carecía de muchos elementos esotéricos de la Sabiduría Hiperbórea. Mas, si habría que dejar pendiente esta primer pregunta, la segunda “que bullía en mi cabeza”, sobre la “prueba de familia”, no tardaría en investigarla. Belicena Villca, en efecto, había asegurado, en el Cuarto Día, que mi familia “fue destinada para producir una miel arquetípica, el zumo exquisito de lo dulce”. Aquella era la primer noticia que tenía sobre el asunto y trataría, por lo menos, de comprobarla con mis familiares cercanos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo II

 

 

 

Desde que mamá me entregó el portafolios con la carta de Belicena Villca, hasta el momento en que tomé la decisión de cumplir con su pedido póstumo, habían transcurrido cuatro días. Ciertamente, leí la carta en tiempo récord, dada su extensión y profundidad, permaneciendo encerrado en mi cuarto y haciéndome subir, de tanto en tanto, algún alimento. Al fin, una tarde, descendí calladamente, con el misterioso portafolios en la mano, y tomé asiento entre los míos, que se encontraban como era la costumbre a esa hora desplegados en el patio posterior. Reclinada la cabeza, la mirada perdida en la lejanía de los cerros, estuve en silencio un largo rato. Durante ese lapso nadie me interrumpió, acostumbrados por años a verme estudiar bajo la sombra del gigantesco roble. Sólo el murmullo del viento entre las hojas, el trino de las aves, y el ras, ras, de Canuto al rascarse cada tanto, acompañaban mi meditación.

       Me paré bruscamente, haciendo a un lado el sillón de hormigón del juego de jardín. Junto a los lapachos cercanos a la casa, estaban mis padres: Mamá zurciendo medias de mis sobrinos y Papá leyendo un semanario europeo que llega quince días atrasado; mientras, la casette de Angelito Vargas, rebobinada por enésima vez, nos envolvía a todos con “Tres esquinas”.

       –Papá, Mamá –dije enfáticamente– ¿en vuestras familias habéis tenido antepasados o parientes que siguiesen un oficio o artesanía por tradición?

       –Eso era una costumbre muy común en Europa –respondió Papá pensativo– hoy lamentablemente olvidada. En mi familia hubo muchos médicos como tú, Arturo, y hasta boticarios como mi padre, pero sin que esto fuese una ley, pues tuvimos también buenos agricultores como Yo: jof, jof, jof, –reía mi padre celebrando su ocurrencia.

       En cambio la familia de tu madre, –prosiguió más calmo– sí que tiene una tradición en el cultivo y la producción del azúcar. Tú sabes que a ella la conocí en Egipto cuando mi padre, allá por el 35, decidió abrir nuevos mercados al comercio del tanino, en vista de que la industria textil de Europa y América funcionaba sujeta a rígidos monopolios. Mi padre pensaba vender tanino a las florecientes industrias textiles árabes y turcas, por lo que inició un viaje por Medio Oriente cuya etapa final era Egipto. Yo tenía 18 años en esa época y, contrariando los deseos de mi padre que prefería verme convertido en Ingeniero, mi aspiración más grande era ser agricultor. Confiando que el largo viaje acabaría por disipar lo que mi padre tomaba como un capricho, fue que accedió a llevarme con-sigo.

       Al llegar a Egipto fuimos recibidos por un tío abuelo, Hans Siegnagel, miembro de una rama de la familia que habita, aún hoy, cerca de El Cairo. Los Siegnagel de Egipto viven allí, al parecer, desde la invasión de Napoleón, junto a cientos de familias de origen germano, las que conforman una fuerte colectividad.

       Bien; durante los días que pasamos en El Cairo, mi interés estaba centrado en observar los grandes Ingenios Azucareros que se extienden a lo largo del Nilo y las interminables extensiones sembradas con caña de azúcar.

       Papá, al ver que mi inclinación por la Agricultura en vez de disminuir se hacía más intensa, comprendió que ésa era mi verdadera vocación y decidió aceptar la amable invitación del Barón Reinaldo Von Sübermann, dueño de un poderoso Ingenio con plantaciones propias, para que permaneciera en su hacienda estudiando las técnicas de cultivo.

       Estuve allí desde el año 35 hasta el 38, en que las perspectivas de una paz mundial duradera se diluían rápidamente, debiendo ceder a los insistentes llamados de mi padre para que regresara a la Argentina.

       Emprendí el viaje de regreso en junio del 38, pero no lo hice solo; conmigo venía la hija del Barón Von Sübermann, una bella Walquiria que por la gracia de Wothan, puedes contemplar aquí presente.

       Reímos todos, especialmente mi madre que había permanecido con los ojos en blanco, mientras Papá recordaba su fascinante vida.

       –¿Qué ocurrió desde entonces? –pregunté, sabiendo que le haría bien a mi viejo padre completar la historia.

       –La guerra abrió brechas dolorosas y forzó separaciones definitivas. Muertos tus abuelos (mi padre y el Barón) ya no volvimos a conectarnos con los parientes de Egipto. Muchas veces lo he sentido por tu madre –la voz se le aflojó– que es alemana-egipcia y ha debido sufrir mucho por la separación.

       En cambio –continuó ya más compuesto– mis sentimientos patrióticos sólo son para este país y en ningún otro lugar estaría mejor que aquí. Fíjate que tu Bisabuelo, el primer Siegnagel que vino a América, lo hizo en 1860 a pedido del Gobierno para trabajar en la fabricación de explosivos, ya que él estaba reputado como Químico de prestigio. ¡En más de un siglo, mi buen Arturo, los Siegnagel se han hecho más argentinos que el mate!

       Cuando papá hizo referencia al sufrimiento que había experimentado por permanecer lejos de su familia y del solar natal, mi madre se acercó y comenzó a mecerle tiernamente los cabellos mientras vertía amorosos reproches.

       En tanto que los viejos se hacían arrumacos, Yo sentía arder las mejillas; estaba como alelado, viendo a la imaginación desbocada ya, trazar las más audaces hipótesis. La afirmación que hacía Belicena Villca en su carta sobre la misión familiar de “trabajar alquimísticamente el azúcar”, se veía confirmada en principio por el relato de mi padre. Era una indudable realidad, el que los Von Sübermann fueron productores de azúcar desde tiempos inmemoriales, pero ¿cómo lo había sabido ella?

       Pobre de mí; ni soñaba que esta confirmación del acierto de Belicena era sólo la primera de las muchas situaciones que, en el futuro, me demostrarían hasta qué punto lo absurdo y lo real estaban compenetrados en torno a ella. Ting, Ting, el sonido del triángulo, que tocaba la criada india llamando a cenar, me sacó de tan grises pensamientos.

       Esa noche fui sorprendido gratamente por una parva de humitas deliciosas; ese plato constituye, desde mi niñez, el más preciado manjar; así que gratificado emotiva y gastronómicamente por mi familia, pronto me tranquilicé y hasta logré olvidar, por momentos, el obsesionante asunto de Belicena Villca.

 

 

 

 

Capítulo III

 

 

 

Consideraba seriamente las advertencias de Belicena, sobre los peligros involucrados en la búsqueda de su hijo. A la luz de su destrucción psíquica y posterior asesinato, estas advertencias adquirían una poderosa elocuencia que no estaba dispuesto a despreciar. Por lo tanto decidí actuar resuelta pero cautamente.

       Ya había conseguido toda la información policial posible sobre el caso y casi no albergaba dudas de que los misteriosos asesinos de Belicena fueron los Inmortales Bera y Birsa: la totalidad de las evidencias del crimen así lo indicaban. Sólo seres como Ellos podrían haber ingresado en esa celda herméticamente cerrada y ejecutarla ritualmente. Y la más llamativa de esas pruebas la constituía la cuerda enjoyada: era evidente que el “oro de España”, de las medallas, procedía de Tharsis, de las antiguas minas de Tartessos; y que el cabello “teñido con lechada de cal”, de la cuerda, pertenecía a las infortunadas Vrayas tartesias, aquellas que fueron asesinadas por Bera y Birsa cuando salvaron la Espada Sabia y con cuya sangre los Inmortales habían escrito la sentencia: “el castigo para los que ofendan a Yah provendrá del Jabalí”. Indudablemente Ellos consideraban cerrado un ciclo, cumplida una venganza milenaria, tal vez creyesen una vez más exterminada a la Casa de Tharsis, para haber empleado esa significativa forma de ejecución: asesinar a la última Vraya con el cabello que Ellos quitaron a una de las primeras Vrayas, macabro trofeo que ahora devolvían con diabólica lógica. ¡Y qué Misterio se ocultaba en los poderes de Bera y Birsa, en su increíble dominio del Tiempo! Porque del informe policial se desprendía claramente que aquel cabello no había sufrido el paso del tiempo: el cabello de la cuerda, en efecto, aún estaba vivo, como recién cortado de una cabeza humana, de una cabeza de Raza Blanca, cuando se lo trenzó para matar; y de ningún modo revelaba los dos mil dos-cientos años transcurridos desde entonces. ¿Dónde, Oh si el sólo pensar esta pregunta me llenaba de inquietud, dónde lo habían guardado hasta ahora sin que envejeciese? ¿Tal vez en el mismo Infierno donde Ellos habitaban, y que Belicena Villca denominaba Chang Shambalá? Sí. Con toda probabilidad ésa era la respuesta correcta: el cabello procedía de sus Moradas Malditas, donde el Tiempo no transcurría y Ellos tampoco envejecían.

       Ya había decidido enfrentar el peligro y debía ponerme en marcha cuanto antes. Pero primero quería aclarar definitivamente la cuestión de las leyendas de las joyas de oro. Y para eso nadie podía serme de mayor utilidad que el Profesor Ramirez. Me dirigiría, pues, a su presencia.

 

 

       Detuve el automóvil en la playa de la Ciudad Universitaria y me llegué hasta la Facultad de Antropología en busca del Profesor Ramirez. Se encontraba muy ocupado, efectuando una traducción; pero me atendió con cortesía.

       –¿Qué le trae nuevamente a verme, Dr. Siegnagel; otro delirio quechua de sus pacientes? –se burló.

       –No Profesor, esta vez se trata de lenguas no americanas. Hallé dentro de un viejo libro, un papel con este dibujo –mentí fríamente– y quise consultarle sobre sus inscripciones. –Le alargué el dibujo que hiciera sobre la siniestra Joya de oro.

       Relampaguearon los pequeños ojos grises, y por un instante pareció que iba real-mente a interesarse; pero enseguida volvió a adoptar el aire lacónico que lo caracterizaba. Nada podía afectar al viejo Erudito, admirado por las Universidades de medio mundo.

       –Es la más grotesca combinación lingüística que he visto. ¿Se trata de una broma, Siegnagel? –preguntó con desconfianza.

       –No sé. Así, tal cual lo encontré, se lo traje –dije sin exagerar demasiado.

       –¡Pues si no lo es, lo parece! ¡Hebreo y Celta! vamos Arturo; o es una broma o se trata de algo muy pero muy serio. Por lo pronto la palabra hvhi es el famoso tetragrammaton, nombre de Dios de cuatro letras, de nefasto poder según los Cabalistas y que se lee más o menos “YHVH”, siendo las “H” letras que pueden adoptar el sonido de la “ETA” griega, es decir, semejante a la “E” castellana. En cuanto a hgiv, su traducción es “Binah” y significa “Inteligencia”; pero no cualquier inteligencia sino la “Inteligencia Suprema”, la Inteligencia de Dios, justamente la Inteligencia de YHVH Elohim : para la Cábala hebrea, Binah es uno de los diez Sephiroth o Aspectos del Dios Uno.

       Cuán familiares y llenas de sentido me resultaron entonces aquellas explicaciones del Profesor, al situarlas inevitablemente en el marco de la carta de Belicena Villca y su terrible muerte. Pero el Profesor continuaba:

       –La frase “ada aes sidhe draoi mac hwch” es, sin dudas, celta antiguo o algunos de sus múltiples dialectos. La lengua celta evoluciona, a partir del árbol indoeuropeo, en dos ramas; una, continental, dio el Galo; la otra, insular, se dividiría a su vez en dos subramas: 1ro. el goidélico o irlandés antiguo, madre del irlandés y del gaélico escocés; y 2do. el britónico, que dio el bretón, el galés y el córnico. Le diría que estas palabras pertenecen al irlandés antiguo, tal como aparece en las sagas “El canto de Marzin” o en los poemas del Bardo Taliesin, escritos en el siglo V.

       Es curioso, Marzin (en galés “Myrddin”, y deformado en lenguas germánicas “Merlín”) era Druida, al igual que Taliesin, y justamente en la frase que Ud. me ha traído se alude a los Druidas: “Draoi” quiere decir Druida en celta. La frase completa sería “Victoria al Divino Druida, Hijo del Jabalí”, según el siguiente vocabulario:

                                                                                                  ada = Victoria

       aes sidhe = Divino

            Draoi = Druida

             mac = Hijo

           hwch = Jabalí

 

       –Mi querido Dr. Arturo Siegnagel –el Profesor me miraba fijamente– ¿qué sabe Ud. sobre los Druidas?

       La pregunta no me tomó de sorpresa, pues Yo mismo estaba pensando a gran velocidad en ello, desde el mismo momento que el Profesor completó su traducción.

       –Sé muy poco –dije–. Que formaban una especie de Casta Sacerdotal entre los antiguos celtas. Que practicaban la magia y la adivinación... Creo que estaban reputados como Sabios y que a pesar de su origen pagano, poseían una moral nada desdeñable –todo cuanto sabía sobre los Druidas, o Golen, procedía de la carta de Belicena Villca, y mi opinión sobre Ellos, como es natural, no podía ser peor. Sin embargo ignoraba el concepto que le merecían al Profesor Ramirez y trataba de no comprometerme condenándolos categóricamente–. Pienso que desaparecieron con la conversión de los celtas al cristianismo –concluí inocentemente.

       El Profesor sonreía burlón:

       –Siéntese Siegnagel que vamos a charlar –se levantó y, luego de cerrar con llave la oficina, hurgó durante unos minutos en la nutrida biblioteca privada. Escogía libros aquí y allá, resoplando de satisfacción cuando encontraba alguno que se había resistido más de 30 segundos. Al fin, tomando una carpeta colgante de un archivo, se acomodó en su sillón.

       –Vea Dr. –comenzó el Profesor con tono grave– le seré franco: si hubiese sido otro el que me traía ese dibujo, sin dudas lo habría echado a patadas. Pero conociéndolo a Ud., que es una persona seria, le confiaré mi pensamiento, pues algo me dice que atrás de este ingenuo dibujo hay otra cosa.

       Sonreí ante la certera intuición del Profesor.

       –Para comenzar recordemos que la mejor etimología parece ser Druvid, palabra que se descompone en Dru = “cosa en sí” o “tal cosa” y vid = “conocer”, lo que vendría a dar “conocer las cosas en sí”. El Druida sería entonces “el que conoce las cosas profundamente”; pero una acepción más antigua los llama “El que conoce la verdad”. No debe sorprenderse, Arturo, de saber poco de ellos, pues a pesar que el Druidismo era una institución entre los celtas antiguos y muchos escritores clásicos los mencionaron, su origen y Doctrina permanecen en el más oscuro misterio. Algunos de estos escritores que vienen a mi memoria, son, para su ejemplo, Julio César, Posidonio, Cicerón, Diodoro Sículo, Estrabón, Plinio, Tácito, Luciano, Suetonio, Diógenes Laercio, Orígenes, etc.

       Ninguno arroja demasiada luz sobre ellos y eso a mi juicio por tres razones: 1ro. porque su enseñanza era oral, 2do. porque su enseñanza era iniciática, 3ro., y principal, porque los más interesados en ocultar todo cuanto concierne al “Druida”, fueron los mismos Druidas.

       Con respecto a su apreciación de que constituían una especie de “Casta Sacerdotal”, le diré que aparentaban no ser ni lo uno ni lo otro. No formaban una casta sino una Orden; y no serían “Sacerdotes” puesto que no oficiaban públicamente los rituales de un Culto, como correspondería para merecer ese calificativo. Sin embargo, el hecho de que no oficiaran un Culto en público no significa que no lo poseyeran y practicaran secreta-mente, en la espesura de los bosques, cerca de las construcciones megalíticas milenarias que Ellos adaptaban para tal fin. Sí, Dr. Siegnagel. Acierta Ud. en este punto: los Druidas eran Sacerdotes; y de la peor especie que se haya registrado en la Historia de la Humanidad.

       También cree Ud. que eran “Sabios y tendrían una moral nada desdeñable”. Pues, sobre su “Sabiduría” hay pocas dudas ya que detentaron todos los aspectos del saber celta. En cambio las opiniones son encontradas, cuando se refieren a la moral del Druida, un General pederasta como Julio César (100-44 A.J.C.) los halló agradables e incluso envió al Druida Viviciano a Roma como Embajador. Pero en el aspecto moral, el futuro cónsul dejaba mucho que desear; en cambio Estrabón (60 A.J.C.), célebre geógrafo griego, con-temporáneo del anterior, menciona actos de tremenda crueldad “que se oponen a nuestras costumbres” y relata cómo los Druidas realizaban augurios “leyendo” los profundos dolores de una víctima apuñalada por la espalda. También eran afectos a los sacrificios humanos, los que consumaban introduciendo a las víctimas en una enorme máscara de mimbre a la que luego prendían fuego.

       Los Druidas “consideraban un deber cubrir sus altares con la sangre de sus prisioneros y consultar a las Deidades en las entrañas humanas” escribió Tácito.

 

       Continuó un buen rato, el Profesor, leyéndome citas de diversos autores griegos y latinos, unos enalteciendo tal o cual virtud, otros condenando de plano la maldad druídica. No se me escapaba que quienes “condenaban” a los Druidas eran también paganos, por lo que grandes debían ser las aberraciones de éstos, capaces de impresionar a hombres familiarizados con todas las barbaries de sus respectivas Epocas. La explicación lingüística que había ido a buscar de la erudición del Profesor ya estaba satisfecha. Empero, aquel hombre se empeñaba en instruirme sobre los Druidas, revelándome cuanto él sabía de los mismos, y Yo no podría ser tan descortés como para negarme a escucharlo. Aunque su charla repitiese temas ya sobradamente expuestos en la carta de Belicena Villca. Después de todo, el comprobar que otros conocían parte de aquellas verdades, sólo podría infundirme seguridad; y tranquilizarme sobre la salud mental de la difunta Iniciada.

       –Como ya le dije –prosiguió el Profesor– no existen documentos de fuente celta que puedan consultarse, a no ser las sagas recopiladas por D'Arbois de Juvainville en el siglo XIX, muy ricas en elementos tradicionales de los celtas de “Iwerzón” o Irlanda. En ellas comprobamos el gran poder de los Druidas al favorecer las sucesivas invasiones celtas (Fir Bolg o celtas de Bélgica; Fir Donan y Fir Galois, o galos, Escoceses y galeses) a Irlanda, habitada hasta ese entonces por los Fomore, seres gigantes y los Tuatha de Danan, Divinos Hiperbóreos. En más de una ocasión los celtas derrotan a los Gigantes Fomore a quienes exterminan y también acaban por expulsar a los Tuatha de Danan a pesar de los poderes mágicos de estos. Es que los Druidas dominaban las fuerzas de la naturaleza, como si tuviesen la ayuda del mismo Satanás. Producían lluvias, tormentas eléctricas y nieblas; embravecían los mares o los aquietaban; hacían “aparecer” bellas mujeres o monstruos espantosos por materialización; etc.

       En tiempos de la invasión de los Galeses, su jefe, el Druida Amergin, realiza el siguiente ritual: poniendo el pie derecho en la tierra a conquistar recita:

                    

              Yo soy el Viento que sopla sobre las aguas del Mar.

              Yo soy la Ola que rompe contra la Roca.

              Yo soy el Trueno del Mar.

              Yo soy el Ciervo y el Toro de los Siete Cuernos.

              Yo soy el Buitre en la Barranca.

              Yo soy la Lágrima del Sol.

              Yo soy la Más Bella de las Flores.

              Yo soy el Jabalí Salvaje e Intrépido.

              Yo soy el Salmón en el Lago.

              Yo soy el Lago en la Llanura.

              Yo soy la Voz de la Sabiduría.

              Yo soy la Lanza que se empuña en la Batalla.

              Yo soy el Dios que exhala Fuego en la Cabeza.

 

        Y el Druida Amergin, pronuncia luego las siguientes siete preguntas:

                     

              ¿Quién ilumina la Asamblea en la montaña?

              ¿Quién denuncia los Días de la Luna?

              ¿Quién señala el lugar donde se hundirá el Sol?

              ¿Quién trae el Toro de la Casa de Tethra, el Dios del Mar,

              y lo aísla?

              ¿A quién sonríe el Toro de Tethra?

              ¿Quién destruye las Armas de Piedra de colina en colina?

              ¿Quién hace todos estos prodigios sino el Fili?

             

              Invoca, Pueblo del Mar, invoca al Druida,

              para que pueda conjurar el hechizo para Ti.

              Pues Yo, el Druida,

              que ordené las letras

              del Alfabeto Sagrado Ogham,

              Yo que doy la Paz a los combatientes,

              me aproximaré a la Fuente de los Duendes,

              en busca del hombre dócil,

              para que juntos podamos realizar

              los hechizos más terribles.

              Yo soy un Viento del Mar.

      

       He aquí, Arturo, el poder del Verbo Mágico de estos Druidas Fili (Fili = Bardo): las fuerzas desatadas con el poema panteístico precedente, permiten ganar una posterior batalla contra los Divinos Tuatha de Danan, quienes poseían carros voladores y rayos de la muerte pero eran completamente impotentes frente a la magia negra de los Druidas.

       El Profesor explicaba vivamente entusiasmado, pero Yo me había quedado pensando en el octavo verso de Amergin donde dice:

       “Yo soy el Jabalí Salvaje e Intrépido”. No podía dejar de relacionarlo con la leyenda de la joya nefasta, “Victoria al Divino Druida Hijo del Jabalí. Se lo hice notar al Profesor.

       –A eso iba, Arturo. Los principales símbolos del Druida eran dos: el jabalí y el trébol de cuatro hojas que usaban bordado en su túnica blanca. Entre los celtas el jabalí y la osa simbolizaban respectivamente, el poder del Druida y el del guerrero. Algunos eruditos, como René Guenón, pretendieron equiparar estos dos símbolos de Poder con las castas de los Brahmanes y de los Kshatriyas de la India, es decir, de los Sacerdotes y guerreros, considerando el profundo significado que el jabalí y la osa tienen en la tradición indoaria. Pero esto es un error, pues los Druidas jamás formaron una casta (ni hubo castas entre los celtas) y porque el sentido dado al jabalí (símbolo hiperbóreo antiquísimo) por ellos, estaba teñido con un materialismo que no posee ni remotamente en el Rig Veda, donde figura como la tercera de las diez manifestaciones de Vishnú en el actual ciclo de vida o Manvantara. Es como si los Druidas hubieran “invertido” el sentido del símbolo dando al jabalí, expresión del Poder Espiritual Primordial propio de la Función Regia, una representación del Poder Temporal Actualizado que es característico de la Función Sacerdotal. Sobre el antiguo y, hasta hoy, secreto Misterio del jabalí y la osa hay mucho para hablar, pero nos apartaríamos de nuestro tema; volvamos mejor a las sagas recopiladas por Juvainville.

       Como es sabido, los Druidas impusieron a los celtas el alfabeto Ogham de veinte signos, quince consonantes y cinco vocales, llamado Beth-Luis-Nion, por sus tres primeras letras B-L-N. Pues bien, Dr. Siegnagel: el eminente mitólogo Robert Graves sostiene que el “poema” del Druida Amergin ha sido deformado en las sucesivas transcripciones profanas con el fin de ocultar su sentido esotérico, pero que el mismo se hallaba original-mente relacionado no sólo con el alfabeto sagrado Beth Luis Nion, sino con el Calendario de Arboles que empleaban también los Druidas. Naturalmente, para que la Canción de Amergin “coincida” con el alfabeto sagrado es necesario trasponer sus versos de esta forma:

 

      Dice el Druida, la Voz de Dios:                        Letras del Ogham y Arboles del mes:

 

      Yo soy el Ciervo y el Toro de      

      Siete Cuernos. ....................................................................       (B) Beth/Abedul (24-XII 20-I)

     

      Yo soy el Lago en la Llanura ...........................       (L) Luis/Fresno silvestre (21-I 17-II)

 

      Yo soy el Viento en el Mar. ................................      (N) Nion/Fresno (18-II 17-III)           

      Yo soy la Lágrima del Sol. ..................................      (F) Fearn/Aliso (18-III 14-IV)

     

      Yo soy el Buitre sobre el Abismo. ...............  (S) Saille/Sauce (15-IV 12-V)

     

      Yo soy la más Bella de las Flores. .............  (H) Uath/Espino (13-V 9-VI)

     

      Yo soy el Dios que exhala Fuego 

      en la Cabeza..........................................................................      (D) Duir/Roble (10-VI 7-VII)

     

      Yo soy la Lanza que se empuña     

      en el Combate. ...................................................................       (T) Tinne/Acebo (8-VII 4-VIII)

     

      Yo soy el Salmón en el Lago. ...........................       (C) Coll/Avellano (5-VIII 1-IX)

     

      Yo soy la Voz de la Sabiduría. ....................... (M) Muin/Vid (2-IX 29-IX)

     

      Yo soy el Jabalí más Cruel. ................................      (G) Gort/Hiedra (30-IX 27-X)

     

      Yo soy el Trueno del Mar. ...................................     (NG) Ngetal/Caña (28-X 24-XI)

     

      Yo soy la Ola del Mar. .............................................    (R) Ruis/Sauco (25-XI 22-XII)

     

      ¿Quién sino Yo conoce los Secretos

      del Dolmen de Piedra no labrada? ............  23 de Diciembre

 

 

 

       En su libro “La Diosa Blanca”, Robert Graves expone una síntesis sobre el significado de cada mes del Calendario Druida de Arboles. Sobre el mes de la Hiedra, que corresponde a la letra (G) Gort, dice lo siguiente: “G, el mes de la Hiedra, es también el mes del jabalí. Set, el Dios solar egipcio, disfrazado de jabalí, mata al Osiris de la Hiedra, amante de Isis. Apolo, el Dios Sol griego, disfrazado de jabalí, mata a Adonis, o a Tammuz, el sirio, el amante de la Diosa Afrodita. Finn Mac Cool, disfrazado de jabalí, mata a Diarmuid, el amante de la Diosa irlandesa Grainne (Greine). Un Dios desconocido, disfrazado de jabalí mata a Ameo, Rey de Arcadia y devoto de Artemisa, en su viñedo de Tegea y, según el Gannat Busamé (“Jardín de las Delicias”) nestoriano, el Zeus cretense fue muerto del mismo modo. Octubre era la estación de la caza del jabalí, y también la estación de las orgías de las basárides o bacantes enguirnaldadas con Hiedra. El jabalí es el animal de la muerte y la “caída” del año comienza en el mes del jabalí”.

       La función del Druida queda bien resumida en el poema “Los despojos del abismo” donde Taliesin dice “Soy Bardo, Soy Guía, soy Juez”. Bardo era el Druida dedicado al arte y la música; Guía era el Ovate, Druida dedicado a la ciencia; Juez era el Druida-dheacht (es decir Druida-hechicero, mago) habilitado por su poder para influir sobre los Reyes Celtas e imponer su ley. Fíjese, Arturo, qué extraño y contradictorio suena que el legislador de un pueblo no sea miembro racial de ese pueblo y sin embargo sea aceptado “voluntariamente”(?) por ellos. Porque los Druidas no eran celtas a pesar de todos los intentos por falsificar la Historia que se han hecho en este sentido. Quizás un poco de luz sobre esto, se obtenga considerando el descubrimiento del manuscrito Frisón “Oera Linda”. En este documento, escrito en runas, se cuenta la antigua historia del Pueblo Frisón, que al parecer es un remanente de la “Atlandia”, una colonia atlante situada en el norte de Europa, frente a Gran Bretaña hace unos 5.000 años. No se trata de la Atlántida legendaria, mencionada por Platón, la cual habría existido 12.000 años atrás; pero como ésta, Atlandia también sucumbió a un cataclismo. –El Profesor abrió la carpeta colgante y luego de hojear cientos de fotocopias, entre las que reconocí “Los manuscritos del Mar Muerto, facsímil editado por la UNESCO”, extrajo un folio escrito en lengua rúnica, que era la copia del Oera Linda. Junto, había una traducción al inglés hecha y comentada por Robert Scrupton en 1977, titulada “The Other Atlantis”. De este último texto leyó, ante mi curiosidad, lo siguiente: “Las implicaciones del Oera Linda son que algunos refugiados de la hundida Atlandia, alcanzaron el área general de los Países Bajos y Dinamarca, poblados ya por colonos a­tlandeses por lo menos desde el año 4.000 A.J.C. Se establecieron allí y contactaron con sus parientes, quienes, como piratas, marinos y mercaderes, habían mantenido comunicación con la madre patria y con los diversos lugares del mundo colonizados por atlandeses”.

       “Al cabo de un tiempo, los descendientes frisones, escribieron relatos de la madre patria, sus gentes, su historia, su religión y su ley. Conforme una gene-ración sucedía a otra, se perdieron algunos de los más antiguos escritos, mientras que otros se resumían y se añadieron nuevos capítulos a la historia de aquel pueblo. Se convirtieron así en el diario de un pueblo renovado y modernizado, en una verdad sagrada para la familia que la poseía”.

       “Estos resúmenes y adiciones, continuaron siendo realizados por los descendientes de la Atlandia hasta el año 1256 de nuestra Era, dando de este modo, siempre que se acepte la autenticidad de los manuscritos, el testamento de la historia de un pueblo durante 3.000 ó 5.000 años: un documento sin paralelo en la Historia humana”.

       “Nada se añadió después de 1256, fecha en que Hiddo Over de Linda de Frisia, recopiló todo el material existente en un nuevo papel hecho a base de algodón, que los árabes habían traído a España y que se estaba empezando a utilizar en toda Europa”.

       “La copia final pasó de una generación a otra de la familia, hasta el año 1848, fecha en que una mujer, Aafjie Meylhof (nacida Over de Linden), se la dio a su sobrino Cornelius Over de Linden. Este último, que era maestro de navíos en los Astilleros Neerlandeses de Helder, decidió finalmente que el doctor Eelco Verwiss, bibliotecario de la Biblioteca Provincial de Leewarden, de Frisia, copiara el documento”.

       “El escrito –con todas sus implicaciones– pasó a dominio público”.

       Siguió leyendo el Profesor los comentarios de Robert Scrupton, reseñando las pericias sufridas por el Oera Linda hasta nuestros días. Pues, aunque no existen casi dudas sobre su autenticidad –por lo menos hasta el año 1256–, muchos se resisten a aceptarlo como documento histórico ya que el milenario libro, al echar luz sobre episodios mitológicos de la Historia, se hace de enconados enemigos.

       Yo escuchaba fascinado mientras el Profesor continuaba implacable:

       –Bien, vamos a lo nuestro. En uno de los manuscritos frisones, donde se cuenta la lucha que sostuvieron los hombres de Frisia (blancos) con los invasores Magiares (amarillos) 2.000 años A.J.C. está la historia de Neef Teunis, un marino frisón que, saliendo de Dinamarca, navega hasta el Mediterráneo con la idea de entrar al servicio de los Reyes de Egipto. “En la parte más al norte del Mediterráneo –dice el Oera Linda– hay una isla cercana a la cos­ta. Llegaron allí y pidieron comprarla, sobre lo que se celebró un consejo general”.

       “Se pidió el consejo de la Madre, y ella deseaba verlos distantes, por lo que no vio daño en ello; pero cuando después vimos el error que habíamos cometido, llamamos Messellía (Marsella) a la isla. Enseguida se verá la razón que tuvimos”.

       “Los Golen, nombre que recibían los Sacerdotes misioneros de Sidón, habían observado que la tierra estaba escasamente poblada, y alejada de la Madre”. –Le aclaro, Arturo, que tanto en el Oera Linda, así como en numerosas sagas tradicionales nórdicas, se utiliza el término “Madre” para denominar, genéricamente, a las Sacerdotisas del Culto del Fuego–. “Con el fin de causar una impresión favorable, los Golen se llamaban a sí mismos en nuestra lengua “Seguidores de la Verdad”, pero mejor se hubieran llamado “Quienes no tienen la Verdad” o, más breve-mente, Triuweden, como después los llamó nuestro pueblo marinero. Cuando estuvieron bien establecidos, sus mercaderes cambiaron sus bellas armas de cobre y todo tipo de joyas, por nuestras armas de hierro y cueros de bestias salvajes, que eran abundantes en nuestros países nórdicos; pero los Golen celebraron todo tipo de fiestas viles y monstruosas, que los habitantes de la costa promovían con sus lascivas mujeres y su dulce vino envenenado. Si alguno de nuestro pueblo se conducía de forma que su vida estaba en peligro, los Golen le proporcionaban refugio y lo enviaban a Phonisia, es decir, Palmland (Fenicia). Cuando se había establecido allí, le hacían escribir a su familia, amigos y conocidos diciendo que el país era tan bueno y la gente tan feliz que nadie podía formarse una idea de él. En Gran Bretaña –colonia penal atlandesa– había muchos hombres pero pocas mujeres. Cuando los Golen supieron esto, llevaron muchachas de todas partes y se las dieron a los británicos por nada. Pero todas esas mujeres servían sus propósitos de robar niños a Wr-Alda para dárselos a los falsos dioses”.

       En el Oera Linda se denomina Wr-Alda a Dios. Pero este Dios Frisón es alternativa-mente, en los antiguos relatos, ora el Demiurgo Jehová Satanás, ora el Incognoscible Dios Hiperbóreo. La confusión surge, presumiblemente, a causa de la caída en el exoterismo que padecen los Frisones, así como otros pueblos sobrevivientes de la catástrofe atlante, con el correr de los siglos.

       Sobre esta parte del Oera Linda, comenta Robert Scrupton: “Triuwiden, o Druviden, puede considerarse el origen del nombre ‘Druidas’, mientras que ‘Golen’ es otra forma de ‘galli’, vale decir, los ‘gauls de Fenicia’ ”. Como ve, amigo Arturo, este increíble documento hace retroceder en muchos siglos las noticias sobre los Druidas –que ahora serían “los que no tienen la Verdad”– haciéndolos provenir de Medio Oriente, lo que confirma la presunción que siempre existió sobre su origen no celta.

       Faltaría saber ahora... –¿Me está escuchando Arturo?             

       Había quedado paralizado minutos atrás, precisamente cuando el Profesor leía el Oera Linda y pronunció la palabra “Golen”. Los encarnizados perseguidores de la Casa de Tharsis, a quienes Belicena Villca denominaba “los Golen”, eran definitivamente “Druidas”. Eso Yo ya lo sabía porque estaba implícito en la carta; pero allí el Profesor me demostraba que ello no constituía ningún secreto, que existían documentos e información suficiente sobre aquellos malditos Sacerdotes. Sólo mi ignorancia de la Historia, y de los personajes más oscuros de la Historia, había causado la sensación de extrañeza que experimenté cuando leí la carta y conocí las intrigas y los planes de los Golen. A punto estuve más de una vez, y ahora me arrepentía de ello, de dudar de la cordura de Belicena, de negar la fantástica realidad de los Golen.

       –Sí Profesor, le escucho –respondí temeroso de ofenderlo.

       –Faltaría ahora –repitió pacientemente– saber si realmente se trataba de Fenicios, pues en esa Epoca Sidón era una ciudad portuaria, tremendamente cosmopolita.

       Comprendía el interrogante que planteaba el Profesor pero no me interesaba por el momento profundizar en esa dirección, habida cuenta de todos los detalles aportados por Belicena sobre el origen hebreo de los Golen. En cambio una pregunta diferente pugnaba por salir de mi garganta: debía conocer qué sabía el Profesor sobre la actualidad de los Golen.

       –Profesor Ramirez, disculpe si lo interrumpo, pero ¿hay Druidas en esta Epoca? –pregunté con vehemencia.

       Suspiró resignado el viejo profesor.

       –Ud. me hace una pregunta muy concreta y trataré de responder en idéntica forma; pero entienda que no es fácil y deberé ponerlo sobre otros antecedentes para que pueda juzgar, por sí mismo, la validez de mi respuesta: porque si bien hay sociedades celtistas y autores dedicados al estudio del druidismo, sólo se trata de historiadores o diletantes y no de verdaderos Fili. La verdad habrá que buscarla, entonces, en otra parte.

       Durante varios siglos el druidismo pareció eclipsado, específicamente (como bien dijera Ud. al comienzo de nuestra charla) desde la conversión de los pueblos celtas al cristianismo. Esta conversión es bien temprana, pues San Patricio convierte a Irlanda al catolicismo entre los años 432 y 463. Los pueblos celtas de las Galias estaban en esa Epoca bajo el dominio de dinastías germanas, las que abrazaban en todos los casos el cristianismo arriano, doctrina elaborada por el obispo libio Arrio en 318 y condenada por herética en el Concilio de Nicea de 325. El padre Llorca, en su monumental Manual de Historia Eclesiástica, dice que, según Arrio: “no hay más que un solo Dios, eterno e incomunicable. El verbo, Cristo, no es eterno, sino creado de la nada (ex ouk untwn) . Por tanto verdadera creatura, mucho más excelente que las demás; pero no consubstancial con el Padre (poihma tou Patroz) . Por consiguiente no es Dios”.

       Esta doctrina atentaba contra el “Misterio” católico de la Trinidad por lo que fue ferozmente combatida por los Romanos Papas.

       Sea como fuere, lo cierto es que en la conversión de la nobleza arriana al catolicismo, sucumbió el pueblo celta que debió aceptar el nuevo dogma, como anteriormente había aceptado el arrianismo, es decir, por imposición.

       El reino Visigótico de España, se vuelve Católico de la noche a la mañana en el Concilio III de Toledo de 589, con la conversión del Rey Recaredo por parte de San Leandro. Pero el paso definitivo para la catolización de la galia céltica, ya lo había dado el ignoto Rey Franco Clodoveo, quien al convertirse en el año 496, se transforma en un instrumento de la Iglesia para la conquista misionera.

       Podría pensarse que los Druidas –de tan ruda oposición a los Dioses Hiperbóreos Tuatha de Danan en Irlanda– habrían de organizar la defensa contra la nueva fe (lunar) que desplazaba el antiguo culto (solar) celtíbero del Dios Beleno (adorado en Grecia también como Apolo) y a la ­Diosa Madre Belisana. Pues nada de eso aconteció, ya que los Druidas aconsejaron al pueblo la conveniencia de abrazar el cristianismo y ellos mismos se hicieron cristianos. ¿Druidas cristianos? Sabios en las leyes ocultas de la naturaleza material; poseedores de una Ciencia secreta demoníaca; ¿cree Ud. que se habrían convertido al cristianismo subyugados por esta religión?

       El Profesor me miraba intensamente.

       –Tal como Ud. plantea las cosas –respondí– estas conversiones me recuerdan a las de los marranos, o sea esos judíos, que forzados a elegir entre hacerse católicos o morir aceptaron lo primero, simulando practicar la nueva fe durante años (o siglos si consideramos que hay familias marranas que aún hoy, viven una doble vida), pero conservando el rito y las costumbres judías en secreto.

       –¡Bien Dr. Siegnagel! –bramó el Profesor– justamente a eso me refería; a una con-versión fingida como la de los judíos marranos. Si Ud. considera la pregunta que le hacía antes, al leerle el texto del Oera Linda que sitúa a los Druidas como oriundos de Sidón, en Fenicia, comprenderá que hay otras similitudes sospechosas.

 

       El Profesor no dejaba de sorprenderme con su agudeza, planteando las cosas de tal modo que, como en los diálogos de los Sofistas griegos, las respuestas brotaban espontáneamente en el interlocutor del Filósofo.

       –Sí, –afirmé, fingiendo sorpresa por las consecuencias que adivinaba–. La relación resulta innegable, Profesor: ¡Judíos y Druidas provenían de Medio Oriente!

       Acompañé el comentario asintiendo elocuentemente con la cabeza. Este gesto estimuló al Profesor a continuar y, mientras agitaba briosamente en una mano el libro “El Misterio de los Templarios”, decía en tono convincente:

       –El gran celtista Louis Charpentier, autor de este libro y defensor a ultranza de los Golen y los Templarios, lo confirma con investigaciones fundamentadas: los Druidas se refugian en la Iglesia Católica. La oportunidad la brinda San Benito, personaje de gran sabiduría y santidad que al fundar la Orden Benedictina con una regla, (Ora et Lavora) que enaltece el trabajo y la oración, impulsa a la misma al salvataje de la Cultura griega y romana, amenazada de muerte por la decadencia del Imperio Romano, la barbarie, y la ignorancia increíble de los Papas.

       El punto de contacto se produce con San Columbano, un Fili de Irlanda dedicado enteramente a convertir los pueblos celtas a la religión católica. Louis Charpentier no puede ocultar su admiración por la infiltración druídica, cuando dice: “...San Benito había muerto en el 547, siete años después del nacimiento de San Columbano. Benito había conservado el tesoro clásico para la cristiandad; a esta misma cristiandad, San Columbano le iba a hacer entrega del tesoro celta”.

       “San Columbano era un cristiano de Irlanda, país que había abrazado muy pronto el cristianismo, sin las imposiciones más o menos brutales de los Emperadores romanos, ni las de los bárbaros que se decían romanos, como había sucedido en todos los países celtas de pasado druídico. Puede decirse, sin incurrir en error, que los cristianos de Roma y los de Clodoveo, hicieron desagradable el cristianismo en las Galias”.

       “Irlanda no conoció a Roma ni a los bárbaros, y eso explica esa aceptación del cristianismo sin brusquedades”.

       “Tampoco se conocen muchas cosas sobre los Druidas; pero su facilidad para aceptar una cierta forma de cristianismo, parece situarles espiritualmente muy cerca de aquél. Nada de la nueva revelación les ha extrañado: ni la unidad Divina, ni un Dios no Creado que engloba el Universo en todas sus formas, ni la Divinidad en Tres Personas, ni un Dios nacido de una Virgen, ni el Dios encarnado, ni el Hombre Divino crucificado, ni la resurrección, ni la inmortalidad del Alma que ellos ya predicaban...”

       “San Benito, en sus últimas horas, gritaba: “Veo a la Trinidad y a Pedro y a Pablo y a Druidas y a Santos...”

       “Todo el pueblo celta, tras los Druidas, se precipitó hacia el cristianismo”. “Irlanda, que había escapado a la conquista romana y luego a las conquistas árabes, permaneció cristiana, pero si puede decirse así, “druídicamente”.

       Indudablemente el Profesor Ramirez sabía apoyar sus argumentos con los textos más adecuados, pensé con admiración.

 

       –Alrededor de esos sucesos –proseguía el Profesor– se sitúa (siglo VII) la “desaparición” de los Druidas en su aspecto tradicional, pero se producen esporádicas rea-pariciones a través de la Historia, especialmente durante las Cruzadas (siglos XI a XII), en los procesos a los Templarios (siglo XIV), en el Renacimiento (siglos XV y XVI), en la afirmación de las corrientes llamadas de la Ilustración, Librepensamiento, Enciclopedismo y Masonería, (siglos XVII y XVIII).

       Como ve, siempre aparecen vinculados a la crisis o a la revolución, pero ojo Arturo, solamente en relación a la Raza celta. Parece que la presencia del Druida tiene un solo objeto: ser guía de los celtas, como cantaba Taliesin. Hoy celta significa poco, pero recuerde que gran parte de Francia e Italia, Portugal, Bélgica, Suiza, Irlanda, Escocia, parte de España y el 50% de la América Blanca, son celtas.

 

       A esta altura de la conversación (o monólogo debería decir, ya que el Profesor con su precisión no daba lugar a interrupciones) Yo estaba profundamente impresionado. El Profesor Ramirez sabía sobre el asunto mucho más de lo que me había imaginado al comienzo de la conversación. Decidí continuar con el juego y simular mayor asombro. Para actuar con convicción trataría de llevar el diálogo a un terreno concreto.

       –La Gran Conspiración Judía Mundial puedo comprenderla perfectamente, Profesor, dado que el objetivo declarado por Rabinos o simples hebreos de todos los tiempos, es el Dominio del Mundo y el sometimiento de la Humanidad al Pueblo Elegido por Jehová. “La Israel celeste –dice el Talmud– tiene como destino de gloria reinar sobre los pueblos gentiles”.

       Pero ¿qué objetivo persiguen los Druidas perpetuándose a través de los siglos para dirigir secretamente a los celtas, mediante su Ciencia maldita? No un objetivo imperialista, pues los celtas jamás tuvieron Imperio, sino que establecían confederaciones de tribus o pueblos cuya decadencia comenzó con la “Campaña de las Galias” realizada por Julio César. Tampoco un objetivo que implicara algún tipo de beneficio espiritual para los celtas, pues, ya no lo dudo, los Fili están impulsados por algún fin perverso. ¿Por qué lo hacen, Dios mío, por qué?

 

       Traté de plantear el interrogante lo mejor que pude al Profesor Ramirez. Se quedó pensativo un largo minuto y luego, con gesto de desaliento, respondió:

       –No lo sé Dr. Siegnagel –me llamaba alternativamente Arturo o Dr. Siegnagel–. Sólo puedo conjeturar algo. Pero tenga presente esto ¡es sólo una conjetura! De ninguna manera podría probarlo. Le diré lo que pienso, pero jamás lo repetiría fuera de esta oficina y de este momento.

       Contuve la respiración por temor a que el Profesor callara.

       –Sabido es que el poder financiero judío comienza a desarrollarse a fines de la Edad Media, cuando los orfebres en metales preciosos (casi siempre judíos), vistos en la obligación de construir cámaras de seguridad para guardar el oro y la plata de los Señores feudales y Nobles, comienzan a efectuar préstamos a interés, utilizando como garantía estos depósitos ajenos. El primer paso fue emitir un documento, reconocido por todos, como “elemento de pago”, verdadero papel moneda que permitía comerciar sin necesidad de efectuar pagos en metálico. Desde luego que este “descubrimiento” fue rápida-mente adoptado y utilizado a discreción por grandes comerciantes y prestamistas, al estilo del “Mercader de Venecia” que tan brillantemente retratara Shakespeare. Pero, el secreto del enriquecimiento, estaba sin duda en la usura, verdadero origen de la “Banca”.

       En el siglo XVII ya hay suficientes bancos judíos en el mundo como para asegurar a éstos una buena porción del Poder; el siglo XVIII, por poner un ejemplo, ve la ascensión de la “Casa Rothschild”, familia judía dueña de la Banca del mismo nombre, de nefasta actuación hasta el siglo XX.

       Todo esto es historia conocida, pero lo que quiero significar es que, obtener el control de los medios financieros, lleva inevitablemente a una lucha por el control del Estado. Y al fin de la Edad Media, cuando comienza esta historia, el Estado es la Iglesia Católica, razón por la que, entre los siglos XV y XX, la lucha por el Poder iba a enfrentar en muchas ocasiones a la Iglesia Católica y al Gran Kahal Judío.

       Estos enfrentamientos, a veces feroces, deberían haber acabado con uno de los bandos, si en el curso de los siglos algo así como una mano invisible no hubiera intervenido siempre para conciliar a ambos oponentes. Estudie, Arturo, la Historia y verá con claridad lo que le digo; cuando surge el conflicto por un lado, sea que lo inicie la Iglesia o los Reyes Católicos o la Inquisición, etc., contra el Poder Judío, o por otro lado, sea que la Conspiración Hebrea lanza “la Revolución”, “la Masonería”, “el Marxismo”, etc., contra el Poder Cristiano, allí aparece un elemento moderador, suavizador del conflicto; evitando la lucha inminente; diluyendo las tensiones. Este elemento, brazo ejecutor inconsciente, es el celta. ¡Pero atrás del celta está el verdadero instigador: el Golen, el Fili, el Druida, con su poder increíble!

       ¡Sé que pensará que no estoy en mis cabales, Arturo; y no puedo probar esta conjetura fantástica que apenas me atreví a formular!

 

       El Profesor me miraba turbado. Era evidente que temía haberse excedido y por eso sus ojos trataban de taladrar mi cerebro. Y sin embargo, a pesar de sus prevenciones, sus hipótesis se quedaban cortas frente a la magnitud de los planes Golen que denunciara Belicena Villca en su carta: era cierto, tal como lo comprendiera el Profesor, que los Golen “mediaban” entre la Iglesia y la Sinagoga; pero no era menos cierto que Ellos perseguían un objetivo más ambicioso: la Sinarquía Universal y el Gobierno Mundial del Pueblo Elegido. No pude menos que sonreír al contemplar el rostro preocupado del Erudito. Eso lo tranquilizó.

       –A través de un profundo análisis histórico, –continuó sin dejar de observarme– muchos han supuesto que un secreto enlace vincula los distintos Vértices de Poder del Mundo y se ha afirmado la existencia de una secta supersecreta que podría ser la Masonería, la B'nai Brith (Masonería judía), la Comisión Trilateral, etc., o cualquier otra organización de ese tipo, a la cual pertenecerían todos los hombres que detentan el Poder. Esta hipótesis es demasiado gigante para mí; en cambio lo que puedo asegurar, basándome en muchos años de investigación histórica, es que entre dos grandes Colosos, la Iglesia Católica y la Sinagoga, existe una impía vinculación oculta para llevar a cabo el fin inconfesable del Poder Mundial. ¡Y esa impía vinculación se da a través de los Druidas! ¡Aquí está parte de la verdad! –casi gritó el Profesor, señalando el dibujo de la joya–. Pero ¿qué es este papel? nada, ninguna prueba, sólo un dibujo sin sentido hallado por un alumno, pero que encierra el secreto de algunas fuerzas que mueven el Mundo.

 

       –Creo advertir, a partir de sus argumentos tan significativos, que ha respondido Ud. afirmativamente a mi pregunta –dije cambiando de conversación y dispuesto a no revelar nada sobre el crimen de Belicena Villca–. ¿Debo, pues, inferir que existirían hoy día los Druidas?

 

       –Mi apreciado Dr. Siegnagel, esa pregunta tal vez esté destinada a ser respondida por Ud. mismo. Yo le he dado suficiente información y sólo me resta asegurarle que la investigación histórica, a menos que aparezca otro Oera Linda o se abra la Biblioteca Privada del Vaticano, no arrojará nada nuevo sobre los Druidas –afirmó categóricamente.

       –¿Por qué? –pregunté, esta vez con verdadera sorpresa.

       –Por una razón muy sencilla, pero inexplicable, Dr. Sieg-na-gel –dijo el Profesor con sorna, casi deletreando mi apellido alemán–. Porque entre 1939 y 1945 batallones especialistas de las Waffen SS, cuerpo de élite alemán, vaciaron Europa de los pocos documentos que había sobre los Druidas.

       –¿Para qué podrían querer los SS  esa información? –pregunté con desconfianza, pues no me gustaba el rumbo que tomaba la conversación.

       –Eso no se supo nunca con seguridad. Durante esos años se creía que la documentación era llevada al más importante centro de entrenamiento de las SS, el Castillo de Werwelsburg, en Westfalia, donde había una Biblioteca especializada en Religión y Ocultismo de más de 50.000 volúmenes. Pero al finalizar la guerra, parte de este valioso material y el “Círculo Restringido” de las SS (unos 250 hombres superentrenados y supersecretos) se evaporó como por encanto.

       Ud. Sabe –me decía el Profesor con mirada cómplice– todas esas historias sobre refugios ocultos, el grupo Odessa,... bah, patrañas.

       –Sí –asentí con un gesto y miré el reloj. Eran las 20 hs. 30 minutos. Calculé que llevábamos cinco horas reunidos y sentí vergüenza de abusar de ese modo del precioso tiempo del Profesor.

       –No hay por qué disculparse, Arturo, –decía el Profesor ante mis excusas– ha sido una charla de mi agrado, en la cual he recordado con Ud. algo de lo que, en otros tiempos, hubo también de preocuparme a mí.

       En ese día de Verano sólo quedaban, en la Facultad, el Sereno y el personal de limpieza. Salí en compañía del Profesor Ramirez y le acompañé hasta una de las Casas Docentes que habita, dentro mismo de la Ciudad Universitaria. Y nunca más volví a verlo... ¡Que el Incognocible guíe su Espíritu hacia el Origen, o que Wothan lo conduzca al Valhala, o que Frya le muestre la Verdad Desnuda de Sí Mismo, que su corazón se enfríe para siempre, que conquiste el Vril y posea la Sabiduría que tanto buscó durante su vida! Y, por sobre todo: que consiga huir de la venganza de Bera y Birsa...

 

 

 

 

Capítulo IV

 

 

 

El regreso a mi departamento lo hice sumido en sombrías cavilaciones, luchando por evitar que el desaliento me ganara. Pasado el entusiasmo inicial, el peso de la realidad se apoyaba duramente en mi Espíritu y me planteaba un interrogante insoslayable: ¿cómo podría Yo, valiéndome sólo de mis propias fuerzas, cumplir con la solicitud de Belicena Villca? Es cierto que me sentía dueño de una voluntad inquebrantable, que no cedería así porque sí en mi determinación de llegar hasta el final, que todas mis fuerzas, sin reservas, las pondría a disposición de la Causa de la Casa de Tharsis; pero era cierto, también, lo reconocía humildemente, que Yo no estaba dotado con las virtudes de Ulises. No; definitivamente Yo no era el Héroe Perseo que según Belicena descendiera hasta el mismo Infierno para conquistar la Sabiduría: pero no sólo a aquellos Héroes mitológicos Yo no me parecía; no me aproximaba ni remotamente a alguno de los Señores de Tharsis. Ellos sí que sabían cómo resolver toda clase de situaciones. Se habían enfrentado durante milenios a una infernal conspiración, inconcebible para una mente humana corriente, soportaron varios intentos de exterminio, y salieron airosos de todas las pruebas, sortearon todos los peligros, triunfaron de todos los enemigos. Y lo consiguieron porque, al decir de Belicena, sus corazones eran más duros que la Piedra diamante y poseían la certeza del Espíritu Eterno; y porque experimentaban una hostilidad esencial hacia las “Potencias de la Materia”, que les permitía exhibir una fortaleza indescriptible frente a cualquier enemigo. Ellos se habían mantenido “al margen de la Historia”, tratando de preservar la herencia de la Sabiduría Hiperbórea de los Atlantes blancos. Eran Iniciados que actuaban conscientes de su responsabilidad espiritual. Cumplían con la “Estrategia” de sus Dioses y los Dioses se dirigían a Ellos y los guiaban.

       Yo, en cambio, era incomparablemente más débil. No distinguía tan claramente como ellos entre el Alma y el Espíritu, aunque la lectura de la carta me produjo como una revelación del “Yo espiritual”, como la intuición innegable de la verdad del Espíritu encadenado en la materia; pero por ahora era sólo una intuición espiritual. Tampoco recibí una tradición esotérica, una sabiduría heredada, y mucho menos tuve la posibilidad de ser Iniciado en el verdadero Misterio del Espíritu: busqué, eso sí, la verdad por muchos años, como narraré luego, y hasta llegué a descubrir por mí mismo la realidad de la Sinarquía Universal, pero jamás se me ocurrió luchar contra tales fuerzas satánicas, ni nunca imaginé que fuese necesario hacerlo, imprescindible, inevitable, una cuestión de Honor. Por el contrario, como expresa el conocido tango, “Yo me entregué sin luchar”: dejé que el sentimentalismo me ablandara el corazón, que me impregnaran las costumbres decadentes del siglo, toleré y conviví con las más abominables realidades, las mismas en que se hunde lentamente la Cultura occidental, sin reaccionar. Y no reaccioné nunca porque carecía de reflejos morales, estaba como dormido, quizás porque en el fondo, como ahora, tenía miedo de luchar y reaccionar, de enfrentar a fuerzas demasiado poderosas. ¡Oh, Dios! ¡Me habían convertido en un idiota útil, en un estúpido pacifista!

       Pero ahora las cosas cambiarían: si había que destruir ¡destruiría!; si había que matar ¡mataría!; cualquier cosa haría antes de transar con el Enemigo del Espíritu, descripto por Belicena Villca. Sólo necesitaba ayuda, algún tipo de ayuda espiritual. En resumen, Yo estaba decidido a llegar hasta el final, a jugar, como dije, todas mis fuerzas por la Causa de la Casa de Tharsis, pero era también realista, consciente de mis limitaciones, y sabía que sin ayuda no podría llegar a ninguna parte. Mas ¿a quién podría recurrir por tal auxilio? Eso no lo podía decidir por el momento, pero es sobre lo que me ocuparía de pensar en las siguientes horas.

      

 

       Guardé el automóvil en la cochera de la Torre en que vivía desde unos años atrás y subí por una detestable escalera caracol de hormigón armado hasta el palier de los ascensores. Unos minutos después, me encontraba cómodamente embutido en mi pijama, dispuesto a meditar sobre aquello que me preocupaba.

       “Tres ambientes es demasiado grande para un hombre solo” me repitieron hasta el cansancio mis padres cuando lo adquirí, pero ahora el Departamento no lo parecía, debido a la acumulación desordenada de objetos arqueológicos, publicaciones varias y libros. En realidad para los libros destiné un pequeño cuarto al que doté de estanterías en las cuatro paredes; pero pronto la capacidad de esta biblioteca se vio colmada y los nuevos libros fueron ganando los demás ambientes como huéspedes indeseables.

       El único lugar más o menos arreglado con cierto orden, era el amplio hall que con-taba con un juego de sillones, mesa ratona y lámpara de leer. Junto a mi sillón predilecto, la ventana dejaba ver la ladera de un pequeño morro a cuyo pie, imponente y majestuosa, se yergue la estatua ecuestre del General Martín Miguel de Güemes. Allí me senté, presa de un sentimiento muy especial, como se verá con el correr del relato, y permanecí varias horas; hasta que se produjeron los fenómenos.

       Pero no nos adelantemos; eran las 12 de la noche y Yo, retomando el hilo de los pensamientos anteriores, me preguntaba obsesivamente: debo solicitar ayuda, pero ¿a quién?

 

       Como siempre ocurre cuando el hombre se enfrenta a situaciones que le sobre-pasan y clama por ayuda exterior, queda indefectiblemente planteado un problema moral; es la antiquísima confrontación entre el bien y el mal. En estos casos el principio fundamental que debe primar en el juicio sobre la “amistad” o la “enemistad” de las Potencias a las cuales nos dirigimos, es el discernimiento. Cuando la “ley” es precisa, en sucesos que deben encararse jurídicamente por ejemplo, el discernimiento es automático, racional diríamos. En la compleja trama legislativa, miles de leyes entrelazadas cualitativa y jerárquicamente regulan la conducta del hombre en la sociedad civilizada. Existen “figuras” jurídicas typo que permiten orientar el juicio y determinar con precisión si lo que hace un hombre es bueno o es malo: es bueno si no produce contradicciones jurídicamente demostrables, es malo si falta a la ley.

       Esto en cuanto a la conducta del hombre colectivamente ajustada a la “ley”. En la esfera individual el sujeto, generalmente ignorante de la gran variedad de leyes que reglamentan el Derecho, se conduce de acuerdo a su “conciencia moral”. Este concepto alude a que el hecho de ser miembro de una sociedad humana, tanto por la transferencia cultural de generaciones de antepasados como por la educación o simplemente la imitación del prójimo, capacita al hombre en el ejercicio de una especie de reflejo condicionado moral que actúa, al fin, como una intuición (conciencia moral o “voz de la conciencia”). Pero no se trataría de una verdadera intuición, sino de la apariencia de ésta y lo que sucedería sería que un estrato de experiencias morales, asimiladas por los medios mencionados o por cualquier otro y reducidas a nivel inconsciente, actuarían automática-mente guiando a la razón en el discernimiento de las oposiciones establecidas y determinando la lógica del juicio.

       Se comprende que cuanto más “automáticamente” se desencadena este mecanismo psicológico, tanto más debilitada está la voluntad de discernir. El gusto o la comodidad por habitar en medios poblados o ciudades, habla sobre el predominio de estos procesos inconscientes y explica el miedo pánico a enfrentarse con situaciones o circunstancias originales donde pueda fallar el discernimiento. De allí la falacia de creer que el “habitat” ciudadano, ámbito cultural por excelencia, hace al hombre más “equilibrado”, cuando la verdad es que el individuo de los medios rurales suele poseer un discernimiento moral más certero, no racional sino emanado de las profundidades del Espíritu.

       El sereno juicio de hombres a los que solemos tomar por ignorantes, podría llegar a sorprendernos. Sin la costra de infinitas costumbres decadentes cristalizadas en todos los sitios de la mente, estas gentes sencillas experimentan también estados de conciencia trascendente, sin hacer demasiada bulla y, lo que es bueno, sin efectuar “clasificaciones parapsicológicas”.

       A los efectos de comparar ambas conductas, supongamos que han sido puestos (el ciudadano y el hombre rural) a elegir entre Dios y el Demonio, siendo el segundo la imitación del primero. Con toda probabilidad, la inclinación racionalista del ciudadano, lo incapacitaría para discernir entre esencia y apariencia Divina. Tal vez esta distinción tampoco la pueda realizar la simple mente del campesino; pero, por esta misma simpleza o pureza, él podrá “presentir” la presencia de Dios, tener la “certeza” de distinguir entre la verdad y la mentira.

       Podrá parecer muy difícil que a alguien se le plantee una disyuntiva semejante, pero para mí ésa era la cuestión al considerar la necesidad de recibir “ayuda exterior”. Porque esta ayuda sería, por sobre todas las cosas, “ayuda espiritual”, y ese auxilio sólo podría provenir del “más allá”, de un Mundo trascendente a la materia y al hombre. Y aquí es donde Yo me había detenido perplejo en el pasado: ese “otro Mundo” ¿qué Dios lo rige? ¿cuál es la verdadera Religión del Espíritu? ¿quiénes son sus re-presentantes en la Tierra? ¿dónde está la Puerta hacia Dios, hacia el Mundo de Dios, hacia la Patria del Espíritu?

       Durante muchos años busqué la verdad de estas preguntas, pero jamás como ahora estuve ante una situación límite en que la necesidad de discernir se hacía incompatible con la vida corriente. Pues, estaba seguro, ya no podría avanzar más en mi vida sin encontrar una respuesta; tenía 36 años, pero hacía por lo menos 15 que “buscaba” res-puestas. En esa búsqueda había transitado un camino sinuoso que no desdeñó las cumbres intelectuales de la Filosofía y la Ciencia, ni los abismos irracionales de Religiones y Sectas.

       Recordaba que al principio había estado orgulloso de tener una formación “occidental”. Preparado en un ambiente de crudo cientificismo racionalista, hubo tiempos en que llegué a confiar ciegamente que las metodologías de la investigación empírica eran el único camino para obtener un conocimiento cierto del Universo. Pero pasaron los años, aparecieron angustias que no podían reducirse por ninguna “metodología” y entonces consideré la posibilidad de explorar otras vías de conocimiento.

       Recorrí en esa búsqueda mil tendencias filosóficas y religiosas; leí cientos de libros y practiqué muchos ritos de Cultos distintos. Pero siempre ocurría lo mismo; mientras las teorías y dogmas, expresados de todas las formas ­imaginables, eran cuando menos dignas de respeto, no podía decirse lo mismo de las organizaciones que sustentaban tales ideas. A menos que uno estuviese cegado por una fe fanática, acababa por descubrir “atrás” de las Ordenes o Sectas –o simplemente de los “Líderes”–, el fin subalterno e inconfesable; la ligazón inadmisible e intolerable.

       Estos fines ocultos, fui descubriendo con indignación, obedecían a tres modos de operar de las fuerzas sinárquicas: un modo “militar”, un modo “político”, y un modo “religioso”, sin que esta clasificación implique orden de importancia o aparición. Las “Sociedades Secretas sinárquicas”, usaré este nombre genérico, podían comportarse de acuerdo a uno, dos, o a los tres modos mencionados, y tender firmemente al cumplimiento de sus fines secretos. En última instancia, comencé a sospechar, todas se unían en un objetivo común: obtener el dominio del Planeta, favorecer la toma del Poder mundial por parte de un grupo jerárquico de hombres. Naturalmente, que entonces Yo ignoraba, hasta la lectura de la carta de Belicena Villca, que los destinatarios del esfuerzo universal de la Sinarquía eran los miembros del Pueblo Elegido. Pero, he aquí lo que Yo comprobaba: los Servicios de Inteligencia de cualquier especie y país, modo “militar” de las Sociedades Secretas sinárquicas, se ocupan de infiltrar todas las organizaciones posibles, incluídas las sectas o Iglesias religiosas, cuando no las controlan directamente, como por ejemplo ocurre con la Iglesia de los Santos de los Ultimos Días (Mormones) que está hábilmente manejada por la C.I.A. El marxismo internacional, el trotskismo, el sionismo, etc., modos “políticos” de las Sociedades Secretas, están atrás de cientos de inocentes organizaciones que les sirven de fachada. Y dentro de los modos “religiosos” se cuentan miles de grupos o grupúsculos controlados por la Sinagoga, las Iglesias Protestantes, el Islam, el Budismo, y hasta la Iglesia Católica. Y siempre el fin último es el formar un espectro lo más amplio posible para abarcar  todas las variantes ideológicas y captar a todos los disidentes de las Grandes Líneas Internacionales. “Nadie debe quedar fuera del control de la Sinarquía” parece ser la consigna que los guía.

 

       El descubrimiento de esta negra realidad, subyacente bajo falsas promesas de elevación y progreso espiritual, me llevó a ese estado de “ausencia de ideal” que definí en otra parte del relato. A partir de allí continué viviendo más o menos normalmente y hasta me interesé por la Antropología, pero la reacción a las engañosas experiencias pasadas me indujo a desconfiar sistemáticamente de la “buena fe” de las instituciones social-mente organizadas. Llegué a sentir espontánea repugnancia al tomar contacto, por primera vez, con alguna asociación cuyo fin declarado –Yo lo adivinaba inmediata-mente– era veladamente traicionado en favor de sus internacionales tendencias ocultas.

       Definitivamente Yo no confiaba en ninguna organización terrenal como intermediaria entre un Orden Espiritual Superior y el Mundo Material.

       Considerando lo dicho, se entenderá mejor el dilema que se me planteaba en ese momento: para cumplir el pedido de Belicena Villca, debería enfrentarme a una Sociedad Secreta de Druidas, hombres que poseían poderes terribles según se desprendía de la carta y de las declaraciones del Profesor Ramirez, y hasta correría el riesgo de llamar la atención de los Inmortales Bera y Birsa, quienes me liquidarían en un abrir y cerrar de ojos. ¡Aquello no era juego! Yo debía, a la sazón, buscar ayuda contra Ellos; y ese socorro sólo podía ser espiritual, suministrado por seres que compartiesen el objetivo de la misión vale decir, por partidarios de la Sabiduría Hiperbórea. Mas, ¿adónde estaban tales seres?

       En verdad, Yo creía seriamente que para emprender la misión con posibilidades de éxito hacía falta algo concreto, que no era cuestión de sentarse a orar o desgastarse en especulaciones metafísicas. Mas, me repetía, ¿a qué organizaciones podía recurrir en busca de ayuda? La Masonería, la Teosofía, la Antroposofía, el Martinismo, los Rosacruces, los Gnósticos, y otras Sociedades Secretas más ocultas aún, pero de la misma calaña sinárquica, están en oposición esencial con la Sabiduría Hiperbórea, ahora lo veía bien claro. Y así, por más que pensaba y repasaba la lista de todas las organizaciones conocidas, siempre concluía que eran cuando menos sospechosas de pertenecer a la Fraternidad Blanca, la superorganización oculta enemiga de la Casa de Tharsis. ¡Oh dilema! Existía una Sociedad Secreta de Iniciados Hiperbóreos en la Argentina, una Orden de Constructores Sabios, según revelara Belicena en su carta, pero nadie sabía dónde se hallaban ni cómo llegar hasta Ellos; Yo trataría de encontrarlos, pero era plenamente consciente que cientos, tal vez miles, de agentes de la Sinarquía estarían aguardando que alguien se aproximase para ejecutarlos sin piedad. Dudaba si podría emprender solo esta búsqueda y por eso examiné la posibilidad de recurrir a alguna organización “amiga” de la Sabiduría Hiperbórea para solicitar ayuda. Empero, lo repito, por más que pensaba no daba con la solución: ¿es que la Sabiduría Hiperbórea no contaba con partidarios en este Mundo? La respuesta parecía ser “no”; por lo menos no contaba con seguidores socialmente organizados; o Yo desconocía la existencia de alguna organización semejante.

 

 

 

 

Capítulo V

 

 

 

Mi único aliado –pensaba al comienzo de la reflexión– es el discernimiento. El me indicará adónde dirigirme, en quién confiar. Si es que hay alguna línea filosófica o religiosa afín, él me permitirá descubrirla; él me dirá si es “bueno o malo” y cómo recurrir a ella.

       Pero el análisis efectuado al cabo de profunda meditación, arrojaba una conclusión escalofriante: a medida que eliminaba posibilidades, todas las organizaciones quedaban en un bando (enemigo) y en el otro nadie.

       Por más que intentaba polarizar maniqueamente la miríada de Religiones, Sectas, Asociaciones, Sociedades Secretas, Organizaciones, Grupos, Ordenes, Ligas, Hermandades y Fraternidades, no lograba discernir sobre una siquiera que ostentase un rayo de Luz Increada, un destello de la Verdad Primordial del Espíritu. Sin embargo, si todo cuanto afirmaba Belicena Villca sobre el Origen del Espíritu Increado era cierto, si el Espíritu sólo podía experimentar hostilidad hacia este Mundo, hacia la Cultura judaica que hoy predomina en este Mundo, no sería extraño el resultado de mis reflexiones. Por el contrario, sería más bien lógico que estando la Fraternidad Blanca a punto de realizar la Sinarquía Universal, como en el siglo XIII, no existiese sino una organización de Iniciados en la Sabiduría Hiperbórea. Sí: del mismo modo que en el siglo XIII el Circulus Domini Canis se opuso a los planes de la Fraternidad Blanca, quizás ahora existiese únicamente la Orden de Constructores Sabios del Señor de la Orientación Absoluta.

       –Entonces, –me decía desolado, sintiendo que una angustia, muy parecida al terror, ascendía desde el estómago hasta la garganta– entonces no debo esperar ninguna ayuda concreta para cumplir mi misión. ¡Estoy librado a mis propias fuerzas! –Me costaba aceptar esto.

       La misión propuesta por Belicena era claramente una tarea que requería el desempeño de un hombre superior, de alguien dotado con mucho más de lo que Yo contaba en ese momento. Si de algo estaba seguro empero era de que la ayuda espiritual sería imprescindible para cumplir la misión. Pero la ayuda, según mis recientes conclusiones no debía esperarla de las organizaciones humanas: no podía haber intermediarios entre lo espiritual y Yo. Era evidente pues, que la ayuda espiritual tendría que manifestarse directamente en mi interior; que Dios, o los “Dioses Liberadores”, o mi propio Espíritu, Eterno, Increado, Infinito, si respondían a la solicitud de auxilio, tendrían que hacerlo en lo más profundo de mi intimidad psíquica.

       Desde hacía rato sentía una especie de ahogo, una opresión en el pecho a la que no daba mucha importancia, pues la atribuía al tórrido Febrero. Esta presunción pronto se desvaneció, pues las noches de Salta suelen ser bastantes frescas, aún en verano, y ésa no era la excepción. Lo noté de inmediato cuando abrí la ventana: vi el parque tenuemente iluminado por el crepúsculo de las 4 horas, al tiempo que una brisa fría me obligó a cerrar el postigo. Parado junto a la ventana, extrañamente sofocado por una angustia desconocida, pensé torpemente que en unos minutos más amanecería.

       Una sensación de soledad cósmica me había embargado poco a poco, sin notarlo, y al fin logró calar hasta el fondo de mi Alma. Por un instante pensé que el análisis anterior me había aislado solipsisticamente del Mundo; o, en otras palabras, que la polarización maniquea a que sometí las organizaciones humanas, había continuado inconscientemente saltando de categorías hasta un enfrentamiento: Yo y el Mundo. Esto podría darse por mi instintivo rechazo de lo material. Pero no era así pues al pensar en mis amigos, mi familia, los seres que admiro, intuí enseguida la potencia espiritual en ellos. Y la conocida sensación de alegría que me inspira lo espiritual, hizo vibrar mi cuerpo. Sí; era capaz de intuir el Espíritu en algunos seres y por lo tanto no estaba realmente solo. La desgarradora soledad que sentía ahora –pensé velozmente– no era producto de una desviación patológica como la que suelen padecer en sus melancolías los solipsistas egoístas. Esta era una sensación totalmente distinta. Lacerante y dolorosamente aguda podía traducirse en una palabra: abandono.

       Me sentía solo y cósmicamente abandonado, pero en esa sensación de abandono, compenetrada, había una segunda sensación, más sutil pero menos dolorosa: era como un reproche mudo que vibraba en el fondo de mi Alma, pero a una profundidad inimaginable. Era el reproche de un Dios que se transmitía a través de un espacio sin dimensiones y que parecía llorar por una pérdida; una amputación metafísica de Su Substancia que era sufrida como sólo El es capaz de sufrir.

       Y esa pérdida que reprochaba el Dios, era Yo mismo...

       Yo que lo traicionaba, que cometía una herejía condenada y abominable.

       Me sentía solo y cósmicamente abandonado, repito, pero en un grado tan intenso que por un instante creí morir.

       Debe comprenderse que todo esto ocurrió muy rápido, quizás en unos minutos o segundos. Y lo más probable es que hubiese realmente muerto –esto lo comprendí mucho después– de haberme dejado ganar totalmente por ese extraño estado anímico.

       Si no ocurrió así fue porque remotamente, en las fronteras ya de la conciencia que me abandonaba rápidamente, tuve una certera intuición: ¡esa emoción que me estaba matando era externa a mi propio ser!

       No era Yo quien se lamentaba y gemía emotivamente con una fuerza tal que lo llenaba todo; que atravesaba mis múltiples esferas de percepción y se difundía por la realidad circundante; que disolvía mi conciencia al perder la diferenciación entre sujeto y objeto.

       Lo curioso fue que al hacer consciente esta intuición, todo se cortó de golpe, en un estallido silencioso y brillante en el que creí distinguir fugazmente un círculo blanco que me rodeaba.

       Es decir, no todo se cortó, porque ahora la sensación se había trasladado total-mente fuera mío, al Mundo concreto.

       Yo me sentí de pronto lúcido y alerta, mientras a mi alrededor, los muebles, el piso, las paredes del Departamento, todo parecía irradiar una maldad espantosa y amenazadora. Era algo tenebroso que se inducía epidérmicamente, que se percibía con todo el cuerpo, con cada órgano, con cada átomo. El mismo estado anterior, pero invertido y exacerbado: la soledad cósmica profunda era ahora, pura Presencia; el abandono: un llamado mudo, pero de una violencia irresistible; el reproche del Dios, que parecía tan Divino al brotar de las honduras del Alma, se había convertido en un rugido bestial, obsceno y agraviante.

 

       No es posible expresar con palabras lo que viví entonces; sólo puedo dar una pálida idea si digo que esa Fuerza Primordial era vagamente semejante al aliento de una bestia enorme y maligna.

       Un aliento fétido y ofensivo que brotaba de todas las cosas, que eran a su vez las vísceras, los órganos, de ese Dragón erizado y peligroso. Un aliento que imponía su Presencia llena de Vida; pero esta Vida era al Espíritu, lo que el ruido es a la música: vil imitación y miserable copia. Un aliento voluptuoso que halaba y exhalaba en una cadencia grosera y animal.

       En el silencio y la calma de la noche, esta Presencia se realzaba viciando el aire de amenaza; como si, invisible y poderoso, un Enemigo mortal me acechara presto a arrojarse sobre mí; para cobrar mi vida y más que mi vida...

 

       Tenía la impresión de haber caído a un brumoso precipicio del que fui rescatado antes de llegar al fondo. Estaba ahora parado al borde del Abismo, milagrosamente a salvo, pero víctima de esa aprensión que sólo experimenta el que sobrevive al desastre. Por eso permanecí inmóvil y no huí de aquel ambiente cargado de una maldad indescriptible, que parecía dirigirse agresivamente hacia mí.

       Y esa inmovilidad, serena y reflexiva, parecía excitar más la tensión dramática, elevándola a niveles insoportables.

       Comprendí en ese momento que “lo que irradiaba la Materia” –como quiera que esto se llame– estaba perdiendo su capacidad de actuar sobre mí, pues, en medio de la insoportable tensión, se adivinaba como una impotencia para consumar la agresión. Al llegar a este punto, parecía que todo iba a estallar, a volar en pedazos por el aire...

       Y estalló.

 

 

 

 

Capítulo VI

 

 

 

Mentiría si dijera que Yo no aguardaba algo paranormal.

      Mis ojos estaban fijos en los objetos de la habitación, esperando verlos saltar en cualquier momento sobre mí.

      Lo esperaba y en verdad esperaba que ocurriera cualquier cosa anormal, menos lo que realmente pasó: todo comenzó a moverse y a cambiar de posición; a caer y a saltar sobre el piso.

       Estanterías y muebles, todo caía y saltaba sin cesar, mientras Yo absorto, creí vivir una pesadilla.

       Tardé unos segundos –preciosos– en comprender que asistía a un movimiento sísmico y cuando, al fin, me decidí emprender la fuga, el temblor ya casi finalizaba.

       ¿Casualidad? ¿Sincronía? Piense el lector lo que quiera, pero no podrá evitar considerar el hecho de que el temblor del 21 de Enero de 1980 al único edificio que dañó en forma irreversible fue el que Yo habitaba y que tuvo que ser evacuado como pude comprobar leyendo los periódicos de esos días.

       No hubo víctimas, pero el edificio resultó inexplicablemente dañado en su estructura, por lo que las autoridades municipales emprendieron, sin resultados, una investigación a la firma de arquitectos que lo construyó. Al no ­existir seguros, las pérdidas fueron totales para los propietarios del Consorcio, entre los que me contaba.

       De mis pertenencias poco es lo que pude salvar pues, lo que fue suficientemente fuerte para sobrevivir el sismo, sucumbió a la caída de los cielorrasos. Entre ello mi coche, que si bien podría repararse de las múltiples abolladuras, no saldría de la cochera en varios días por estar obstruída la rampa de entrada.

       Había quedado arruinado de la noche a la mañana como Job. Pero sin su famosa paciencia.

 

       No voy a negar que en un primer momento me ganó la desesperación; cualquiera lo encontrará comprensible situándose en mi lugar. Luego de la siniestra experiencia narrada, con el peso de una larga noche sin dormir y la carga del día anterior en que visité al Profesor Ramirez, había que ser más que fuerte para no ceder y desmoronarse. Pero conforme pasaron unos días, mi Espíritu fue recobrando su temple habitual, y las cosas comenzaron a resolverse. Alquilé un Departamento en un barrio cercano y lo amueblé con la ayuda de mi hermana y algunos amigos. Las cosas que se rompieron, y era imprescindible reponer, las adquirí echando mano de mis escasos ahorros.

       Todos estos arreglos los hacía impulsado por mis seres queridos, quienes en su solidaridad se preocupaban de mi estado de ánimo abstraído e indiferente. Pensaban –por desconocer las extrañas circunstancias en que ocurrió el sismo– que el desastre me había sumido en un shock volitivo.

       El razonamiento no era desacertado pues, si bien nunca fui demasiado apegado a los bienes materiales, la pérdida de cuatro años de trabajo y sacrificios resultaba una prueba demasiado dolorosa, que en otra ocasión me habría afectado bastante. En ese momento, la verdad era otra: mi mente, desde el instante que recobré la serenidad, no cesaba de analizar los momentos vividos. Estando absorbido por el recuerdo de esa noche infernal, se entiende que apareciese a la vista de los demás como ausente y abatido.

       Lejos de estarlo, iba creciendo en mi interior una rabia sorda, un furor ciego que, sin obnubilarme, parecía más bien que me nutría de fuerza vital y valor. ¡No me echaría atrás! ¡Ahora menos que nunca!

 

       Una semana después de ocurrido el temblor, me hallaba preparado y listo para salir de viaje. El retraso no afectaba substancialmente mis planes anteriores y por ello, con una saludable impaciencia juvenil, deseaba largarme cuanto antes.

       Era nuevamente lunes; preveía pasar por Cerrillos para despedirme de mis padres y, si me apuraba a salir, llegaría a tiempo para desayunar con ellos.

       Cargué un bolso y un maletín en el maltrecho Ford, finalmente rescatado de entre los escombros, y partí hacia la aventura.

 

 

 

 

Capítulo VII

 

 

 

Decir que no era el mismo hombre de siete días atrás sería incorrecto pues, esencialmente, nada había cambiado en mi interior. Sin embargo Yo no me sentía igual y sabía que jamás volvería a ser el de antes. –Como Dante, bajé al Infierno y volví –pensaba–. Vivir a partir de ahora con el recuerdo del Abismo, lógicamente, tiene que ser distinto.

       Pero no se trataba sólo de un recuerdo siniestro. Yo buscaba ayuda espiritual y la había recibido. Cierto que el auxilio llegó en coincidencia con el ataque de las Potencias de la Materia, simultáneamente con el sismo. Mas eso no le quitaba mérito al hecho sino que lo dotaba de un particular significado, de un sentido que por el momento no comprendía pero que luego, durante el viaje a Santa María, absorbería toda mi atención. ¿Qué ocurrió, en realidad? Pues que Yo había tenido una Visión: la más maravillosa Visión de mi existencia, que era, a la vez, la ayuda buscada.

       Lo sintetizaré cronológicamente. Al parecer, el proceso comenzó realmente cuando tuve esa intuición de no ser Yo quien sufría y agonizaba, quien padecía el dolor de la extinción de la vida. Entonces, dije, “todo se trasladó afuera”. En verdad, en ese instante fue patente para mí que el dolor y el sufrimiento, la agonía de la vida y la misma vida, eran cosas ajenas, de naturaleza no espiritual. Vale decir, que en ese instante, había distinguido claramente entre el Espíritu y el Alma, entre mi Yo espiritual y mi naturaleza animal. Había comprendido que el Espíritu no conoce el dolor ni el miedo, sino que es pura Alegría y Valor, puro Honor resuelto, pura Fuerza volitiva. Y entonces “vivir” o “morir” no significa-ron nada para mí porque ya me encontraba más allá de la vida y de la muerte, tal vez más allá, también, del bien y del mal. Fue allí cuando el Alma, y el Dios del Alma, perdieron la capacidad de actuar sobre mi Yo y se disolvió una como Ilusión Antigua, se cortó uno como Encantamiento Primordial: de pronto todo lo anímico y vital, que era asimismo todo lo maligno, se trasladaron “fuera” de mi Yo, a mi cuerpo animal y al Mundo donde habita el cuerpo animal. Por primera vez me sentí Yo, solo Yo; Yo, rodeado por las Potencias de la Materia; Yo, sitiado por el Dios Creador del Universo. Y entonces, indudable-mente como consecuencia de haber sostenido una batalla contra el Alma, y haber resultado vencedor, se produjo la Visión y recibí la ayuda buscada. Y sucedieron los fenómenos telúricos.

       No entraré en detalles, que poco contribuirían a la comprensión de mi experiencia mística, y sólo conseguirían degradarla. En resumen: la visión correspondía a una Diosa. La Aparición acaeció durante un instante infinitesimal, no sabría decir si dentro o fuera de mi estructura psíquica, pero lo efectivo fue que Ella arrobó mi Espíritu. Sí; para comunicar lo acontecido no puedo hacer otra cosa que conjugar las palabras arrobar y extasiar como verbos y afirmar que Ella arrobó mi Espíritu, extasió mi Yo y lo sacó fuera del Alma y del Mundo. Ella me raptó por un segundo del cuerpo, y de la Tierra, y se mostró ante mi Yo espiritual en toda la magnificencia de su Belleza Increada. Porque aquel rapto espiritual me revelaba a quien tantas veces mencionara Belicena Villca en su carta, a la Virgen de Agartha, a la Abogada Carismática del Espíritu encade-nado. Y entonces comprendí, en medio del arrebato místico, que la Raptora del Espíritu prisionero en la Materia era la Gracia, necesaria, después de que el Yo del hombre dormido ha luchado contra el Alma y ha vencido: sólo por su intervención, por la acción de Su Gracia, el hombre dormido conseguirá mantener esa Victoria contra las Potencias de la Materia; sólo Ella auxiliará al Yo, carismáticamente, con el aporte de una fuerza volitiva extra que le permitirá sostenerse independizado del Alma Creada.

       Fue un instante sin principio ni fin, porque siempre estará presente en la intimidad de mi Espíritu, un momento absoluto en el que, sin dudas, me asomé a la Eternidad. Ella me secuestró y me retuvo ese instante en la Esfera Increada de Su Propia Existencia, y me infundió la fuerza volitiva extra que el Espíritu necesitaba para emprender la misión de Belicena Villca. ¡Qué fuerte e invencible me sentí Yo entonces! Y, por sobre todas las cosas, comprendí ¡qué libre, absolutamente libre, era en su esencia el Espíritu Increado, sin límites Creados para su Existencia Eterna, vale decir, Infinito! Me sentí Yo, Increado, Eterno, Infinito, Libre, pletórico de Sabiduría; me sentí Yo, y advertí que fuera de mí habían quedado lo psiquico y lo anímico, la conciencia de la vida cálida, y el con-tenido de la vida cálida, la Ilusión externa e interna que causaban el sopor espiritual; supe de pronto, experimenté su descubrimiento evidente, lo que era el “Gran Engaño”, sobre cuyo peligroso poder de encantamiento me previniera Belicena Villca.             

       Me sentí Yo, y supe del no ser Yo del Alma, en el rapto de inspiración espiritual que la impresión de la Virgen de Agartha me causaba. Me impresionó el Espíritu, y la huella aún subsiste, Su Radiante Belleza Increada, la majestuosidad de Su Poder, Su espléndida Gracia. Vi en Ella a una Diosa, pero allí en el ámbito del rapto, Yo también era un Dios. Por eso presentí en Ella a una Gottkamerad, a una Camarada, a una Hermana, a una Compañera de la Raza del Espíritu; solo que Yo había sido arrebatado momentáneamente de la prisión en que me encontraba y en cambio Ella era un Espíritu Hiperbóreo absolutamente libre. Ella se aproximaba a mí, para brindarme el socorro de Su Gracia, motivada por el Honor, que es la esencia del Espíritu Increado. Eso también resultaba evidente para mí, en ese instante infinito, y así mi propio Espíritu, movido por su Honor esencial, pugnaba por dar gracias a la Diosa de algún modo, por expresar que Su Auxilio no sería en vano, por asegurar que mi decisión sería inquebrantable. Pero nada llegué a hacer en tal sentido pues la Diosa sonrió maravillosamente, dándome a entender que comprendía todos mis pensamientos.

       La Virgen de Agartha tenía un ramo de espigas de trigo en Su Mano Izquierda y un grano del mismo cereal tomado entre los dedos índice y pulgar de la Mano Derecha. Al tiempo de Sonreír, hizo un gesto con esta mano, que en principio no interpreté, y la dirigió hacia mí, hacia uno como Ojo de Fuego que Yo poseía en determinada parte del Espíritu: entonces abrió los Divinos Dedos y soltó allí la mágica semilla. Y ese acto puso término a la Visión, bruscamente. Sentí como si un Rayo Helado, entrando por mi cabeza hubiese hecho impacto en el corazón ; inmediatamente la sensación gélida comenzó a extenderse por el cuerpo y una parálisis creciente se apoderó de mí. Y me encontré, aún parado en la habitación, observando estúpidamente cómo todas las cosas comenzaban a saltar de sus posiciones y el edificio amenazaba derrumbarse. El éxtasis sólo había durado un instante infinitesimal, según dije, pero después transcurrieron preciosos segundos hasta que comprendí lo que ocurría en el Mundo, coincidentemente, simultáneamente, y reaccioné. Entonces, concluyó el sismo, y noté que también había desaparecido la maldad opresiva que un momento antes brotaba de la Materia. Por el contrario, la Materia aparentaba hallarse subordinada a mí. Había una idea que flotaba en el ambiente, fluyendo igualmente de todas las cosas, que Yo captaba perfectamente y que podría traducir más o menos así:  –Ahora eres un Dios y nada ni nadie podrá resistirse a Tu Voluntad. ¡Lo ocurrido aquí es una muestra de Tu terrible Poder!– Este concepto define el “nuevo sentido” que, tal como mencioné al comienzo, parecía adquirir ahora la Materia por efecto de la Visión: existía, pues, la intención manifiesta de conectar causalmente al sismo con mi reciente rapto espiritual . Mas Yo no me dejaba engañar. Intuía en esa idea una trampa de las Potencias de la Materia, una tentación, que por el momento no era clara pero en la cual, más adelante, me detendría a reflexionar con profundidad.

 

       Esencialmente, luego, nada había cambiado en mi interior, pero ya nunca volvería a ser el mismo: sólo la relación de fuerzas que mantenían el Espíritu y el Alma se trastocaron por efecto de la fuerza volitiva extra aportada por la Virgen de Agartha. Al recobrar la conciencia sobre la realidad del Mundo, luego de ver la Divina Imagen, mi Yo era capaz de dominar con singular potencia a la naturaleza anímica, de una manera como jamás consiguiera antes, luego de años de prácticas yoguísticas de concentración y control mental; y no estaba dispuesto a perder tal poder, a que se invirtiesen los papeles y el Yo quedase nuevamente sometido a los deseos del Alma. Pero eso no sucedería, podía asegurarlo, pues era evidente que no sólo el Yo salió fortalecido del rapto espiritual sino que el Alma se debilitaba permanentemente en lo que constituía su propia esencia: los sentimientos y emociones, el amor a la vida y a las cosas de la vida, el buen corazón que siempre había manifestado y que impidió más de una vez que emplease la violencia para solucionar los problemas que obstaculizaban mi camino, todas estas cálidas pasiones y muchas más, se enfriaban rápidamente, parpadeaban y se extinguían como la llama de la vela que ha consumido su cebo. Ciertamente, si me viese obligado a sintetizar el nuevo estado de mi ser, diría que era algo muy semejante al renacimiento : sí; no temo afirmarlo, a pesar de ser Médico Psiquiatra y, además, hombre culto. Aunque ello sea inaceptable para la ortodoxia oficial, no podría negar lo que ciertamente experimentaba, y que ya había producido una transformación apreciable en mi conducta: fue notable para casi todos los que me conocían, y es por eso que suponían un shock post-sísmico; que Yo “sufría” una especie de regresión psicológica. De pronto me había vuelto “como niño”: “reía por cualquier motivo” y parecía que “ya nada me importaba”, tal los reproches de los amigos y parientes, que revelaban el particular cambio regresivo de mi carácter. Pero también me estaba tornando cruel y despiadado, esto lo sabía Yo mismo mas no me lo reprochaba, pues, como nunca, despreciaba mi vida y la vida en general. Quiero aclarar que “como nunca” significa “como nunca de adulto” ya que, y esto lo conocía profesionalmente, los niños, al igual que Yo renacido, eran capaces de matar sin prejuicios ni remordimientos.

       Quizás, durante aquel rapto espiritual, en ese instante infinito, muriese realmente y resucitase a su término, lo que implica una paradoja pues no puede terminar lo que no tiene fin, un instante que estaría eternamente presente en mi Espíritu. Siendo así, el cambio infantil del carácter, la fuerza volitiva reforzada, los sentimientos que morían, los deseos que se apagaban, el corazón que se enfriaba sin remedio, la sensación de renacimiento, la seguridad espiritual de sentirse salvado, próximo a la liberación definitiva de los lazos materiales, todo se explicaría suponiendo que la verdadera vida espiritual continuaba en el ámbito del rapto, del que jamás salí ni saldría, es decir, en el Infinito, y que esta aparente vida, vivida al “término” de lo que no puede terminar, era en efecto una forma de muerte, una ilusión espiritual inexistente pero inevitable. Quizás, en efecto, estaba realmente muerto y por tal condición no temía ya a nada vivo; y mucho menos a la Muerte. Quizás todo fuese producto de aquella misteriosa semilla que la Virgen de Agartha soltase en el Ojo de Fuego del Espíritu. Yo, aún, no podía saberlo. Pero lo cierto, lo concreto, era que había recibido la ayuda espiritual solicitada, que, muerto o renacido, me sentía alegre y valeroso, que no temía a la Muerte ni temía matar, y que sentía que, ex-trañamente, mi Yo participaba del Infinito actual : sí, inequívocamente, me sentía indeterminado por el lado del Yo; todo cuanto contenía el Universo, incluida mi propia vida biológica, y el Universo mismo, eran limitados y perecederos: éste era el lado finito de mi ser, la Ilusión; mas ahora sabía con certeza que, en el Yo, se abría un abismo interminable: éste era el lado Infinito de mi ser, la Verdad.

 

       Tal vez se comprenda en parte lo que entonces experimentaba recurriendo a una metáfora.

 

       Imagínese a una persona acostumbrada a vivir en un bello bosque solitario. Los días transcurren allí suavemente, sin demasiadas sorpresas, y, si bien la lucha por la vida impone un permanente alerta, esta misma persistencia hace que la atención se mantenga dentro de niveles constantes y, al fin, rutinarios.

       Se diría que este hombre “domina la situación” de su vida cotidiana. Cerca de allí, sereno y manso, el lago ofrece el placer esporádico de un baño refrescante y reparador. Pero el lago no es un lugar seguro en el cual se pueda permanecer por mucho tiempo, como el bosque.

       El agua no tiene la firmeza de la tierra y para sustentarse en ella es necesario disponer de un cierto control, de una cierta atención extra, exigencia que al final termina por cansar al hombre. Por eso las visitas al lago se regulan por la necesidad de pescar o el placer del baño. Un día este hombre, por error o audacia, genera una circunstancia que escapa a su control: el fuego, que le había ayudado a vivir hasta entonces, escapa al bosque, furioso y destructor. El hombre se queda estático o lucha por sofocarlo o blasfema desesperado; cualquier actitud da lo mismo; nada puede evitar la catástrofe pues el fuego ha superado su control, le ha sobrepasado. Las llamas se propagan por doquier con-sumiéndolo todo y se hace imprescindible buscar la salvación; pero ¿a dónde ir? ¿Dónde está la seguridad? De pronto, como un rayo, surge la luz: el lago.

       Una ironía; el sitio donde nunca se le hubiera ocurrido buscar refugio, es ahora el único que ofrece posibilidad de sobrevivir al cambio brutal del mundo cotidiano, que se desvanece consumido por la hoguera voraz y asesina.

       Corre; corre el hombre desesperado hacia el lago salvador. Atrás de él, un monstruo ardiente e implacable parece perseguirlo de cerca, crujiendo los dientes, rugiendo y arrojando bocanadas sofocantes.

       Pero no es posible volverse a mirar, no habría otra oportunidad. Sólo queda ganar el lago, que nunca pareció quedar tan lejos como ahora. Finalmente, visión paradisíaca, gozo indescriptible, aparición mística, el lago emerge en su horizonte.

       Fantásticamente calmo, es, para el que huye por milímetros a la muerte, un oasis de paz. Se arroja el hombre a las aguas protectoras y nada muchas brazadas, intuitivamente hacia el centro. Recién puede darse vuelta, momentáneamente, cuando está seguro entre las frescas aguas, y puede así mirar hacia su, hasta poco tiempo atrás, también seguro Mundo.

       Considerando las analogías que ofrece esta metáfora con los sucesos que he narrado anteriormente, podrá comprenderse cual era mi estado espiritual. Como el hombre del ejemplo, al ver el bosque arder y transformarse desapareciendo por momentos entre el humo, lo que constituía su Mundo y su seguridad, así Yo también vi disolverse la realidad confiable y cotidiana en un fuego de maldad inconfundible.

       Como el hombre de la metáfora que se sentía extrañamente seguro en las aguas del lago, hasta ayer volubles e ignotas, también Yo estaba ahora seguro y firme en las hasta ayer desconocidas aguas del Espíritu.

       El hombre del bosque, mientras flotaba a salvo, miraba el mundo consumirse y pensaba: –he nacido de nuevo. También Yo me sentía renacido en el confín del Alma y sólo por este sentimiento inexpresable podría decirse que Yo era otro hombre, aunque esencialmente siguiera siendo el mismo.

 

 

 

 

 

Capítulo VIII

 

 

 

Me dirijía, pues, a la casa de mis padres, imbuido de ese optimismo místico que sólo experimentan los que se saben renacidos. Tomada la decisión de partir, sólo pensaba en los fenómenos de la fatídica noche del 21 de Enero, tratando de interpretar su sentido trascendente. En pocos minutos llegaría a Cerrillos, pero luego, estos pensamientos me acompañarían por muchas horas del viaje que emprendería.

       Treinta minutos después, conducía el coche por los doscientos metros del camino de entrada en compañía del fiel perro Canuto.

       Mis padres, que promediaban el desayuno, se sentían felices de verme y lo expresaban entre saludos y risas.

       Trataban de borrar, con su afecto, el recuerdo del desastre vivido. Yo agradecía interiormente estos halagos, pues necesitaba adquirir reservas de paz y tranquilidad, en previsión de futuros infortunios. Sabía que una hora más tarde, al partir, mi mente se concentraría en analizar todos los pormenores del complicado embrollo en que me hallaba comprometido.

 

       –Dispones de un hermoso día para viajar –decía Papá mientras atacaba una sal-chicha asada de apetitoso aspecto–. Conduce con cuidado, hijo, recuerda que por la mañana los camioneros vienen medio dormidos.

       –Descuida Papá; iré despacio y en tres horas estaré en Tucumán –afirmé sin mucha convicción.

       Katalina, mi hermana, me alcanzó la salchicha con ­huevos, los panecillos humeantes y el café. Comprobé asombrado que se me hacía agua la boca de hambre, y caí en la cuenta de que venía alimentándome mal desde varios días antes. Sentir hambre es, si hay con qué saciarlo, siempre una señal de buena salud. No pensé más y me entregué, decididamente, a consumir el desayuno.

       La Finca posee un amplio comedor con un ventanal orientado al Este, de frente al camino de entrada; pero por las mañanas el desayuno lo tomábamos en la cocina. Esta se encuentra detrás del comedor, ocupando la pared Sur que tiene una gran ventana fija de cuatro metros de largo con una mesa de madera rústica a la par. Toda la pared Oeste de la cocina, la ocupa el fogón y el hogar contiguo.

       Sentado frente a la ventana con vista a los viñedos, tomaba el desayuno en compañía de los míos y revivía la nostalgia de muchos amaneceres semejantes. Pero una nube negra turbaba mi Espíritu; una, como secreta voz, me advertía que quizá éste fuese el último desayuno consumido de esa agradable manera. Y entonces Yo luchaba por ahuyentar tan lúgubres presagios masticando con fiereza la salchicha asada...

       –Hasta pronto Arturo –se despidió mi padre– voy a recorrer los canales de riego.

       –Chau Papá –lo acompañé hasta la puerta trasera y me quedé mirándolo mientras se alejaba hacia la caballeriza en busca de su viejo zaino. Minutos después lo veía alejarse al trote por el camino que corre de Este a Oeste, paralelo a la acequia principal. Ya debía haber partido pero me retrasaba adrede pues deseaba hablar a solas con Mamá.

       Aún estaba en la cocina y bastó una seña para que solícitamente viniera junto a mí. Esta actitud no le habría llamado normalmente la atención, pero cuando pasé una mano por su hombro y comencé a hablar, un gesto de sorpresa se pintó en su rostro.

       –Mamacita querida –le dije zalamero– deberías perdonarme si lo que voy a pedirte te causa algún dolor...

       –Sabes hijo que lo que tengo es tuyo... –cayó en la cuenta que no le solicitaba nada material y su rostro se mostraba ahora francamente alarmado– ¿qué puedo hacer por ti Arturo?

       –Tranquilízate Mamá, sabes que no te causaría ninguna preocupación si no lo creyese absolutamente necesario.

       –Déjate de rodear y dime qué diablos quieres –dijo mi madre, que estaba comenzando a perder la calma.

       –¿En qué año nací Mamá? –pregunté, yendo al grano.

       –Tú lo sabes bien; en el 44. El 30 de Enero de 1944. Tienes ahora 36 años.

       –Bien Mamá; escucha atentamente. Nunca hablamos de ello pero quiero decirte que recuerdo una noche, más de treinta años atrás; Yo tendría tres o cuatro años y algo, un ruido, no se qué, me despertó. Era tarde, Katalina dormía en la cama contigua y por la ventana se veía la luna cayendo del Oeste. Creo que sentí voces pues me levanté sin vestirme y bajé la escalera del hall, debatiéndome entre el sueño que me cerraba los ojos y la curiosidad que me los abría.

       Estaban Papá, tú y alguien a quien nunca había visto antes; un hombre alto, de mirada aguda. Todavía hoy recuerdo su mirada penetrante y su altura mayor que la de Papá, que mide 1,80 mts. Fue él quien me descubrió en la escalera y lanzó aquella carcajada estruendosa, ante la mirada angustiosa de ustedes. En fin, no es mucho más lo que retengo en la memoria. Me parece estar en sus brazos y creo recordar que me daba algo brillante que atrajo completamente mi atención. Luego tú me acostaste nuevamente y al día siguiente el desconocido ya no estaba allí, ni tampoco volví a ver su obsequio.

       Mamá había palidecido. Nos detuvimos junto al juego de jardín y le hice una muda indicación de que nos sentáramos bajo el roble.

       –Al pasar los años –continué– solía recordar aquella noche pero sin darle mayor importancia. Sólo una vez, tendría unos nueve o diez años, me atreví a preguntarle a Papá y su reacción fue muy extraña: sufrió una gran ofuscación y me prohibió volver a hablar de ello, pero unos minutos después cambió y trató de convencerme que Yo recordaba un sueño, un mal sueño, que había tenido de niño.

       Por lo tanto jamás volví a mencionar el asunto. Hasta hoy. –Mamá suspiró y sacudió la cabeza como si despertara de una pesadilla.

       –¿Por qué Arturo, por qué treinta y dos años después, todavía te acuerdas de esa noche? –preguntaba más para sí misma que a mí– ¿por qué te empeñas en revivir un fugaz recuerdo que no significa nada para ti?

       –Madre, te repito que no deseo causarte dolor; aguarda que aún no te he dicho lo que deseo saber –dije con voz tranquilizadora–. Dime dos cosas solamente: si ese hombre era de nuestra familia y si tenía que ver con la guerra.

       Aquí usé un tono firme que convenció a Mamá de lo inútil de negarse a responder.

 

       –Mira Arturo, tú eres ya un hombre hecho y no ignoras lo atroz que ha sido la guerra. En los años siguientes a 1945, los ánimos estaban caldeados y mucha gente tuvo que vivir huyendo. Pero ahora es diferente; mucho tiempo ha pasado... ¡no conviene a nadie escarbar aquello...! –había una súplica en la voz de Mamá.

       –Mamá, no respondes a mis preguntas y eso está mal ¿es que no confías en mí?

      

       –. . . . .   –Sólo una mirada muda por respuesta.

       –Debes decirme lo que sabes pues es muy importante para mí, para mi futuro, ¿entiendes? –aseguré con firmeza.

       Era evidente que no entendía y decidí ser más convincente.

       –Estoy atravesando una terrible crisis espiritual, Mamá. El Destino me ha puesto frente a una diabólica encrucijada de caminos, en donde un error de elección, significa extraviarse por el camino equivocado, lleno de obstáculos y peligros reales. Tus respuestas me ayudarían a no fallar; créeme Mamá. –Tomé sus manos con las mías en un desesperado esfuerzo por infundirle confianza.

       –No entiendo nada de lo que dices, pero presiento que estás realmente preocupado, hijo. Te diré lo que deseas saber, y Dios me perdone si me equivoco al hacerlo, –respiró profundamente y continuó: –Kurt; él era quien vino esa noche de 1947. Mi hermano Kurt, que fue dado por muerto o desaparecido en Berlín en 1945, estaba en realidad cumpliendo una misión en Italia cuando terminó la guerra. Permaneció dos años oculto en un Monasterio franciscano del Sur de Italia, hasta que en 1947 pudo venirse a la Argentina, merced a una red de ayuda para fugitivos de guerra que funcionaba apoyada por el gobierno del Presidente Perón.

       –Pero, Mamá –interrumpí– ¿por qué no volvió a Egipto, a la hacienda familiar? El gobierno egipcio fue muy protector de los alemanes, especialmente después de la fun-dación del Estado de Israel en 1948.

       –Es un misterio. Jamás quiso decirlo, ni el motivo de la persecución, ya que sólo contaba con 30 años –razonaba Mamá ingenuamente– y casi siempre tuvo destinos diplomáticos.

       –Pero ¿qué era él durante la guerra? –pregunté intrigado– ¿civil o militar?

       –Militar; Oficial de las Waffen- SS. Mayor o algo así. Debes tener presente que en 1938 Yo me casé con tu padre y vine a la Argentina perdiendo contacto con él por muchos años.

       Kurt ya por el 32 era Jefe de Escuadra, es decir, Faehnleinsführer, de la Juventud Hitleriana o Hitlerjugend, en la colectividad germana de Egipto. Gracias a una gestión de Papá, que por su título nobiliario gozaba de cierta influencia en Alemania, en 1938 partió para estudiar a una de las escuelas Napola, Nationalpolitischen Erziehugsanstalten, de Berlín. Después sólo le vi en tres ocasiones, la última antes de partir hacia la Argentina, en las Navidades de 1937; luego pasarían 10 años hasta que en 1947 apareció por aquí. Durante ese tiempo no supe mucho de él, pues recibía cartas a razón de una por año y nunca directamente, ya que Kurt escribía a Egipto y de allí Papá las enviaba aquí.

       De modo que no sé casi nada sobre su carrera; sólo lo poco que me pudo contar en la correspondencia de sus años de estudiante y menos durante la guerra, en que se mostraba parco por demás. Sé que en la escuela Napola sobresalió por su conocimiento de las lenguas de Medio Oriente y esto le valió para realizar varios cursos especiales, pero no conozco específicamente en qué consistían.

       Recuerdo que en sus primeros años estaba feliz, porque se le había permitido ingresar a una división de la escuela Napola llamada, si no me equivoco Fliejer H-J, donde se impartía entrenamiento aéreo; pero te repito poco es lo que supe de él luego de su graduación en 1937. Ingresó a alguna división especial de las SS, mas, por lo que estoy enterada, jamás combatió. Su función era algo vinculada al Servicio Exterior pues casi toda la guerra la pasó en el Asia. Y eso es todo. En 1945 fue dado oficialmente por muerto pues su destino, se dijo, era Berlín en el mes de Abril, cuando esta ciudad cayó en manos de los Rusos. Su cadáver fue “hallado” en un avión carbonizado que no pudo despegar por recibir un disparo ruso de artillería.

       Se nos notificó –prosiguió Mamá– de su muerte y mucho lo lloramos hasta que en 1947, sorpresivamente, se hizo presente aquí. El resto ya te lo he dicho; fue ayudado por los Kameraden y con una nueva identidad se aprestaba a comenzar “otra vida” en la Argentina. Según dijo en esa ocasión, era preferible desaparecer para siempre, ya que si los aliados sospechaban de su existencia no tardarían en buscarle. Creo que es una de-cisión que debemos respetar ¿no te parece? –me miraba esperanzada en que mi “curiosidad” estuviera satisfecha. Decidí continuar interrogando antes que reaccionara.

       –Sí Mamá, lo comprendo y te agradezco cuanto me has dicho, pero falta lo principal. ¿Adónde está ahora tío Kurt? –le disparé a boca de jarro y pareció que la pregunta provocaría su desmayo.

       –Arturo, hijo mío, eres adulto e inteligente ¿por qué preguntas lo que la prudencia aconseja no saber? El está bien; nadie le ha molestado en todos estos años y sería de desear que nadie lo haga antes de su cercana muerte. –Algo pasó por su mente y se quedó mirándome boquiabierta–. ¿No estarás pensando ir tú a verlo? ¡Oh no!

       Debes sacarte esa idea de la cabeza. El ha vivido 35 años en un mismo sitio y todos le conocen en su nueva personalidad. Sería una torpeza poner en peligro tal cobertura por un capricho.

       Había adivinado mi intención y respondido en consecuencia; comprendí que sería difícil sonsacarle la dirección de mi resucitado tío Kurt.

        –No comprendes Mamá; no se trata de un capricho; es importante que hable con él para obtener una información que es posible él posea y que para mí es tan vital como el aire que respiro. Por la seguridad no debes preocuparte, ¿en qué puede afectarle la visita de un desconocido una sola vez en la vida? Hay mil justificativos para recibir a un visitante que luego no volverá nunca más. Porque eso es lo que haré, Mamá, ¡lo juro! Una vez que le haya preguntado lo que deseo saber me iré y no volveré jamás –trataba de convencerla con cualquier argumento y ella, dudando, miraba hacia las viñas como bus-cando la protección de mi padre.           –Vamos Mamacita, dime dónde está. Tengo derecho a ver una vez en la vida a tío Kurt.

       Al fin se decidió aunque demostrando gran contrariedad, y mientras ella hablaba, lejos de alegrarme por mi persuación, maldecía por dentro el dolor que le había causado y la angustia que sin duda le produciría esta confidencia; por lo menos hasta la vuelta de mi viaje.

       –El está cerca de aquí, en la Provincia de Catamarca. Nunca he ido a visitarlo pues me lo prohibió expresamente aunque me dio la dirección para un caso de emergencia.

       Le di una tarjeta y la estilográfica, comprobando que mi madre había memorizado los datos.

       –¿En estos 35 años no lo has vuelto a ver ni le has escrito? –pregunté incrédulo.

       Sonrió mientras me devolvía la tarjeta y la estilográfica.

       –Sí tontuelo. Le hemos visto con tu padre unas pocas veces, en Salta y una vez en Buenos Aires, para unas vacaciones. Pero nosotros no le escribimos nunca. El nos escribe un par de veces por año, a una casilla de Correo que tu padre tiene en Cerrillos y nos avisa cuando irá a Salta, ocasión que aprovechamos para reunirnos unas pocas horas. No llegan a veinte las veces que lo he visto en estos años.

       Me costaba creer que dos hermanos separados por sólo 350 km. no pudiesen visitarse a causa de hechos que nadie recuerda, ocurridos cuarenta años atrás y a miles de millas de distancia. No obstante justificaba los temores de mi madre y comprendía el esfuerzo que debió hacer para ceder a mi solicitud y confiarme su secreto.

       Súbitamente recordé a Papá y temblé por anticipado, calculando la ira que le acometería al conocer mi impertinencia. Mamá no le ocultaría mis reclamos desconsiderados y él montaría en cólera. La vergüenza me cubriría y tal vez tendría que prometer no ir a Catamarca. Decidí ­evitar cualquier discusión y partir inmediatamente.

       Besé a Mamá en la frente y me dirigí al automóvil. Ella no debió notar mi prisa pues antes que alcanzara a poner el motor en marcha me gritó:

       –Aguarda, Arturo; espera unos minutos que te daré algo.

       Entró en la casa y a pesar de mi impaciencia, hube de esperar diez largos minutos. Al fin volvió con un sobre en la mano.

       –Escribí unas líneas para Kurt. Eres tan apresurado que no piensas que él no te conoce. Te vio cinco minutos cuando eras un chiquillo ¿cómo crees que te recordará?

       Me entregó el sobre que recibí agradecido pues, admitía, me sería de gran ayuda para identificarme.

       –Abre tu mano derecha y pon la palma hacia arriba –dijo Mamá con aire entre misterioso y cómplice.

       Hice lo que me pedía y abrió su puño izquierdo, que había tenido todo el tiempo cerrado. Cayó algo en mi mano que en un primer momento no pude distinguir. Era un objeto brillante y mientras lo examinaba escuchaba asombrado:

       –Esto es lo que te dio Kurt la noche de 1947. Lo tomé mientras dormías por temor a que lo perdieras jugando y lo conservé en mi joyero. Con el paso de los años se hizo complicado entregártelo, porque habrías exigido explicaciones que no podríamos haberte dado. El quiso en ese momento hacerte un obsequio, pero nada había traído pues ignoraba que tuviese un sobrino. Permanecía soltero y cuando te vio, se conmovió y dijo que, al no tener hijos, serías tú, su único sobrino, quien debía conservarla.

       Yo miraba atónito la Cruz de Hierro con Esvástica y Hojas de Roble que tenía en mis manos y me preguntaba cómo un Oficial que jamás combatió pudo obtener la más alta condecoración que daba Alemania para premiar actos de heroísmo y valor.

       –Hasta pronto madre –saludé por la ventanilla del coche–. No te preocupes, que seré prudente. Saluda nuevamente a Papá y a Katalina. Chau. Chau.

       Arranqué y unos minutos después estaba en la ruta.

 

 

Capítulo IX

 

 

 

Me detuve en la Estación de Servicio de Cerrillos a cargar combustible y aproveché para mirar nuevamente la tarjeta con la dirección de tío Kurt. Era in-creíble que estuviese tan cerca y en buenas condiciones un familiar a quien tenía por fallecido 35 años atrás. Leí nuevamente:

 

                                                                                                     Sr. Cerino Sanguedolce

              Calle Fray Mamerto Esquiú 95

              Santa María - Provincia de Catamarca

 

       –¿Sr.? –me interrumpió el despachante.

       –Llene el tanque con nafta especial, por favor; ¡Ah! revísele el aceite... –dije.

       Mi brusca partida no permitió que Mamá diera suficiente información sobre tío Kurt. Ahora empezaban a surgir los interrogantes pues no sabía si se había casado, si tenía hijos y nietos, a qué se dedicaba...

       –Bah –pensé– debo concentrarme en el viaje y tener fe. Todo lo sabré en unas pocas horas.

       –Treinta litros de nafta y dos de aceite señor.

       –Tome, cóbrese –le alargué un billete– ¿tiene un mapa de Rutas de la Provincia de Catamarca?

       –Sí señor.

       Fue a la cabina y retornó rápidamente trayendo un plano desplegable, en colores, con profusa información turística.

       –Son mil más.

       Le pagué y arranqué el motor para quitar el coche del surtidor, pero estacioné veinte metros más adelante y me puse a examinar el mapa.

 

       Ir a Santa María desde Salta, no reviste ningún problema sino que, por el contrario, tiene la ventaja de incluir uno de los circuitos turísticos más bonitos del Noroeste Argentino. Es el trayecto desde Salta hasta Cafayate “la hermosa”, como denominan popular-mente a esta ciudad famosa en todo el mundo por sus exquisitos vinos, situada en el corazón de los valles calchaquíes.

       Con un camino recientemente asfaltado, la Ruta provincial Nº 68, que facilita el viaje y permite gozar de unos paisajes únicos por sus cerros multicolores, estos doscientos kilómetros se recorren rápidamente. Los inconvenientes recién aparecen al salir de Cafayate, al cruzar el arroyo “de las Conchas” y abandonar la Provincia de Salta. Se penetra entonces en la Provincia de Tucumán, pero sólo por unos 40 km. ya que ésta presenta allí una pequeña cuña, que se incrusta en la Provincia de Catamarca. Luego de recorrido este corto trayecto, se accede a Catamarca en un punto que dista 80 km. de Santa María.

       Al atravesar el mencionado arroyo, vadeándolo pues no hay puente, tiene el viajero la impresión de haber entrado en otro Mundo.

       Fuera de la artificial fisonomía de rasgos civilizados que presenta el valle en Salta, aquí se está en un ámbito realmente autóctono. Los caminos son de tierra, descuidados a medida que se avanza hacia el Sur, y menudean los pueblos con casas de adobe habitadas por criollos mestizos, más cerca del indio que del blanco.

       La pobreza se hace patente al entrar a Catamarca, una provincia injustamente olvidada por el resto del país y abandonada por sus propios hijos que, año tras año, emprenden el éxodo inevitable del que busca superar la miseria y progresar material-mente.

       La belleza del paisaje no mengua en Catamarca, por el contrario, se hace agreste y primitiva, dotando de excelentes atractivos visuales al sinuoso camino, que avanza bordeando a las Sierras de Quilmes. Este nombre viene de los indios Quilmes, una de las tribus de la Feroz Raza ­Diaguita, los que al fin de las Guerras Calchaquíes, que duraron 35 años en el siglo XVII, fueron llevados en número de 300 familias al destierro de Buenos Aires y dieron lugar a la población del mismo nombre.

       Entre las Sierras Quilmes y del Cajón al Oeste y las Cumbres Calchaquíes y Nevados del Aconquija por el Este, se abre el fértil valle Yocavil, regado longitudinalmente por el Río Santa María, asiento de la ciudad de Santa María de la Candelaria.

       Yo conocía Santa María por haber ido en viaje de estudios a varios yacimientos arqueológicos de los valles Yocavil y Calchaquí para investigar la Cultura Diaguita y, repetir el viaje, no me desagradaba. Naturalmente, el internarme en la región de Valles y Quebradas, me hacía dificultoso cruzar a Tafí del Valle, en Tucumán, plena región de los Bosques Occidentales y separada de Catamarca por las inhóspitas Cumbres Calchaquíes y Nevados del Aconquija. Pero, afortunadamente, desde Santa María existe un camino que sube hacia el Norte, hasta Amaichá del Valle: desde allí se podría tomar la Ruta 307, que cruza las Cumbres Calchaquíes por el Paso del Infiernillo y lleva directamente a Tafí del Valle. En total, desde Santa María hasta Tafí del Valle, sólo tendría que recorrer 80 km. pero que serían agotadores por el estado de las Rutas y las sinuosas alturas a que arribaban.

       Corría a más de 100 km. por hora aprovechando el buen camino hasta Cafayate para ganar tiempo, pues luego la marcha sería lenta, a no más de 40 km/h.

       Tenía unas horas para pensar y decidí aprovecharlas de inmediato.

       El paisaje, el viento fresco, el silencio del Valle, todo contribuía para que me sintiera laxo y tranquilo, predispuesto a meditar. Pero esta actitud era un tanto anormal si se tiene en cuenta la cantidad de cosas que me habían sucedido últimamente. La falta de preocupación evidenciaba un cambio muy grande en mi interior, que se manifestaba también en una sensación de desapego por las cosas del Mundo. Me sentía en paz porque no necesitaba nada. Estaba arruinado materialmente, quizás en peligro de muerte, y esta revelación sólo me arrancaba una sonrisa insensata.

       Sí, había cambiado mucho. Y todo ese cambio se produjo entre el 7 de Enero, fecha en que experimenté el rapto espiritual y creí morir, y sincronísticamente se produjo el sismo que terminó con mis bienes.

       ¡Cuántas cosas me habían sucedido! y parecía que esto no acabaría más pues seguían sucediéndome cosas insólitas. Como el asunto de tío Kurt.

       Fue sin duda una intuición. Cuando finalizaba la reunión con el Profesor Ramirez y el sabio mencionó que casi todos los documentos sobre los Druidas habían sido saqueados en Europa por las SS, pensé para mis adentros –¿A quién preguntarle sobre la Orden Negra y su interés sobre los Druidas?– en ese momento me vino a la mente el recuerdo de aquella noche en mi niñez. Ninguna relación lógica que permita asociar ambas cosas. Nada racional. Si lo hubiese pensado un minuto seguramente habría rechazado esta suposición por absurda. Pero los recientes sucesos me hacían desconfiar de la “razón” y he aquí que, cediendo a una corazonada, le pregunté a mi madre lo que había ocurrido esa noche 33 años atrás. ¡Y allí estaba la clave! Inexplicablemente, irracionalmente, había una relación; porque Yo quería saber sobre las SS y mi tío, de quien no conocía su existencia, había sido militar alemán. ¡Y de las SS!

       Renuncié a buscarle una explicación y me concentré en la noche del 21 de Enero, cuando ocurrieron los fenómenos narrados. A partir de entonces, como ya dije, me sentía renacido, y si pensaba en ello era sólo con el fin de analizar la forma en que dos aconteceres de distinto orden, uno mi experiencia mística, otro el movimiento telúrico, se ligaban. Porque para mí no cabían dudas que una relación no causal, sincronística, existía entre ambos fenómenos. Que estaba en un caso similar al del asesinato de Belicena, cuando el asesino, en un acto de demencial orgullo, deja pruebas irrefutables de un Poder terrible.

       El 21 de Enero, la Materia, exaltada hacia mí, estalla en un sismo de singular violencia sincrónicamente con una experiencia mística en que ambos aconteceres se confunden alucinantemente, dando la sensación de estar vinculados causalmente. Si yo así lo creyera, me sentiría tentado a pensar que mi propia psiquis desató los “fenómenos sísmicos” y esa sería la derrota moral de mi Espíritu.

       Esto es justamente lo que Alguien, el Autor del sismo, deseaba que yo creyera para, de esa suerte, perderme. Y esta celada colosal, es otra demostración de infernal orgullo y arrogancia.

       La tentación de “dominar los fenómenos” es uno de los errores primarios en que caen los que buscan abrirse paso en el sendero del Espíritu. Los únicos fenómenos que realmente importan para una elevación espiritual son los que ocurren personal y cualitativamente, no transferibles ni comunicables. Los fenómenos concretos, de percepción colectiva, llevan el sello de lo cuantitativo y material; es dudoso, por otra parte, que puedan producirse por un acto de voluntad.

       Sobre esto, la gente no especializada es víctima de una información intencional-mente confusa. Pero Yo, en mi calidad de Médico Psiquiatra, estaba familiarizado con toda clase de actos fenoménicos derivados de patologías psicológicas o de crisis histéricas. En los Hospitales Neuropsiquiátricos es común, pero obviamente poco publicitada, la manifestación de fenómenos de este tipo. Pueden observarse, en ciertos casos, fenómenos parapsicológicos acaecidos en relación con uno o varios enfermos. Estos fenómenos, muy atractivos para el profano, no cuentan con una adecuada fundamentación científica y ese hecho es la principal razón de su ocultamiento. Suelen ser de muy distinta tipología: elevación de un objeto en el espacio sin una fuerza evidente que lo sustente (levitación), desplazamiento de objetos (telekinesis), aumento del brillo de los objetos en la celda del enfermo o viraje en el tono de los colores (cromación), aparición de objetos desconocidos o desaparición de otros (aporte de materia), etc.

       Demás está decir que todos estos fenómenos son suceptibles de verificación colectiva cuando se presentan, pero completamente irreproducibles en condiciones de estudio o laboratorio. Esto se debe principalmente a que los “responsables” de semejantes fenómenos están locos de remate y generalmente son inconscientes de las alteraciones que producen.

       Lo que torna incomprensibles a tales fenómenos, es su aparente contradicción a las leyes naturales, pero suele admitirse en medios académicos y científicos que una mejor “comprensión de la naturaleza” (esto es: un mayor progreso de la Ciencia) traerá, justa-mente, la solución a estos interrogantes. Se confía entonces en que “la Ciencia” dará las soluciones a las contradicciones de “la Ciencia”, proposición que es lógicamente inconsistente y suena cuando menos ridícula.

       El meollo está en que fenómenos tales como la mencionada telekinesis, presentan fallas a la ley de causalidad. Esta ley dice que “a todo efecto (fenómeno) le corresponde una causa que lo origina”. En la telekinesis por ejemplo el objeto se mueve como si actuara una “fuerza de acción a distancia” (del tipo de la gravedad o el magnetismo) sin que, hasta hoy, se haya comprobado la acción de alguna fuerza. Es decir, “se mueve como si actuara” una fuerza, pero no actúa ninguna fuerza. Se dice entonces que “falla la ley de causalidad” porque el efecto no tiene causa que lo origine y, consecuentemente, se niega la existencia del efecto (fenómeno) para “salvar” la ley de causalidad.

       Lo más acertado sería aceptar que se desconoce el vínculo (la ley) que une causa (el enfermo) y efecto (el objeto desplazado).

       En la Psicología Analítica, desarrollada por C. G. Jung, se ha ensayado una teoría muy atractiva para salvar estas dificultades y las que surgen del caso común de los hombres que, estando separados cultural, geográfica, y temporalmente, sin ningún vínculo comprobable entre ellos, tienen ideas idénticas o análogas. Actuaría aquí un “Principio de Sincronía” desconocido por la Ciencia, debido a su incorrecta comprensión del Tiempo.

       Conviene recordar, a este respecto, lo que dice C. G. Jung en “El Secreto de la Flor de Oro”: “Hace algunos años me preguntó el entonces presidente de la British Anthropological Society cómo podía Yo explicar que un pueblo espiritual-mente tan elevado como el chino no hubiese ­materializado ninguna Ciencia. Le repliqué que eso debía muy bien ser una ilusión óptica, pues los chinos poseían una “Ciencia” cuyo Standard Work era precisamente el ­I-Ching pero que el principio de esta Ciencia, como tantas otras cosas en la China, es por completo diferente de nuestro principio científico. La ciencia del I-Ching, en efecto, no reposa sobre el principio de causalidad, sino sobre uno, hasta ahora no denominado –porque no ha surgido entre nosotros– que a título de ensayo he designado como Principio de Sincronicidad . Mis exploraciones de los procesos inconscientes, me habían ya obligado, desde hacía muchos años, a mirar en torno mío en busca de otro principio explicativo, porque el de causalidad me parecía in-suficiente, para explicar ciertos fenómenos notables de la psicología de lo inconsciente. Hallé en efecto que hay fenómenos psicológicos paralelos que no se dejan en absoluto relacionar causalmente entre sí, sino que deben hallarse en otra relación del acontecer. Esta correlación me pareció esencialmente dada por el hecho de la simultaneidad relativa, de ahí la expresión sincronicidad . Parece, en realidad como si el tiempo fuera, no algo menos abstracto, sino más bien un continuum concreto, que contiene cualidades o condiciones fundamentales que se pueden manifestar, con simultaneidad relativa, en diferentes lugares, con un paralelismo causalmente inexplicable como, por ejemplo, en casos de la manifestación simultánea de idénticos pensamientos, símbolos o estados psíquicos. Otro ejemplo sería la simultaneidad destacada por R. Wilhelm de los períodos estilísticos chinos y europeos, que no pueden ser causalmente relacionados entre sí”.

       Este era el pensamiento del prestigioso Psiquiatra C. G. Jung sobre el tema que me ocupaba. Con sus conceptos, la aparición de dos fenómenos idénticos (idea común a dos personas), separadas por el espacio, dependerá de un Arquetipo colectivo (causa) y la simultaneidad (sincronía) de los aconteceres fenoménicos.

       Para interpretar el principio de sincronía, es preciso tener presente un concepto clave de la Psicología Analítica: el de “Inconsciente colectivo”. Este concepto permite manejar de manera más real a los Arquetipos, que no son ya seres estáticos como las Ideas de Platón sino entes dinámicos de poderosa fuerza anímica, soporte y sustentación de los Mitos que influyen inconscientemente en la conducta del hombre.

       El concepto de Inconsciente colectivo ha sido resumido por Jung en la misma obra citada: “...así como el cuerpo humano muestra una anatomía general por encima y más allá de todas las diferencias raciales, también la psique posee un sustrato general que trasciende todas las diferencias de Cultura y Conciencia, al que he designado como lo Inconsciente Colectivo . Esta psique inconsciente, común a toda la Humanidad, no consiste meramente en contenidos capaces de llegar a la Conciencia, sino en disposiciones latentes hacia ciertas reacciones idénticas. El hecho de lo Inconsciente colectivo es sencillamente la expresión psíquica de la identidad, que trasciende todas las diferencias raciales, de la estructura del cerebro. Sobre tal base se explica la analogía, y hasta la identidad, de los temas míticos y de los símbolos, y la posibilidad de la comprensión humana en general”.

       Conviene ahora, a la luz de lo expuesto, extraer una importante conclusión: si bien la Psicología Analítica permite interpretar los fenómenos sincronísticos, nadie ha afirmado seriamente jamás que fuese posible ejercer alguna forma de control sobre ellos. Esta clase de fenómenos, muy vistosos o atractivos para el profano, corresponden a lo más bajo en una escala de valoración de la experiencia trascendente. Como que se presentan siempre en relación a personas altamente perturbadas, estén o no en el manicomio.

       En general la gente suele creer que la disciplinación de funciones orgánicas o psíquicas otorga cierto tipo de Poder sobre los mencionados fenómenos. Esta creencia abreva su sed en dos fuentes: la ignorancia (ingenua) y la desinformación (producto de la Estrategia Sinárquica). Hay ignorancia en la creencia popular de que los “milagros” que suelen acompañar las actividades de Santos y Grandes Místicos son realizados merced a un “Poder” que éstos tendrían o que les habría sido otorgado por una Deidad. En verdad los “Santos” jamás han dicho tal cosa, manifestando en cambio que los milagros son “hechos por Dios” o admitiendo, como máxima concesión, el haber sido vehículos de una “Gracia” o de una “Fuerza” superior que los trascendía.

       Naturalmente, existen miembros de la Sinarquía, considerados también “Santos”, “Místicos”, “Gurúes”, “Maestros”, etc., que han afirmado la búsqueda del Poder como fin de la práctica de ciertas disciplinas, tales como la “meditación trascendental”, “yogas”, “oraciones o mantrams”, etc. Pero es posible sospechar de inmediato sobre los verdaderos fines ocultos que persiguen dichos agentes satánicos. Por el contrario, los Iniciados Hiperbóreos, quienes son realmente “Santos” –ahora podía distinguirlos bien, luego de leer la carta de Belicena Villca– siempre han orientado a sus discípulos para que se liberen de los lazos que su Espíritu Increado mantiene con la Materia Creada.

       La desinformación obedece a un fin sinárquico y, quienes son víctimas de ella, creen ciegamente que existen “Escuelas Esotéricas” donde se imparte una enseñanza “secreta” que acaba por transformar al neófito –al cabo de unas cuantas lecciones en fascículos– en un Krishnamurti versión occidental. Pero, lo que la desinformación presenta como Escuelas Esotéricas, son en realidad “Escuelas Exotéricas”, cuyo fin inconfesado es la captación de adeptos.

       Todas estas Escuelas Exotéricas pretenden poseer el secreto de los Grandes Misterios de la Antigüedad que ofrecen “revelar” a los incautos, si estos se ajustan a una regla interna que invariablemente exige como primera prueba la “obediencia ciega” y la “fe” en los Maestros ­Desconocidos de la escuela. La enseñanza que van presentando al candidato a Gurú, no puede ser más misteriosa ya que su base es el plagio de distintas Tradiciones Antiguas ensambladas eclécticamente en una supuesta “Doctrina Oculta” (que sólo lo es, por la imposibilidad de “desocultar” alguna Verdad en ella). Los Grandes Misterios de la Antigüedad (Persia, India, Grecia, etc.) han dejado un sedimento de Mitos y Símbolos Sagrados –con más frecuencia opuestos que coincidentes– a los que sólo un Alma mediocre y malintencionada (un Pícaro, ¡vamos!) intentaría unir en un sincretismo moderno.

 

 

       Se advertirá que, durante aquel viaje a Santa María, un sentimiento de feroz crítica cultural se había instalado en mi corazón y amenazaba con fraccionar y amputar definitivamente los últimos restos de racionalismo que aún poseía. Me sentía vacío por dentro, pero me hallaba pronto para aceptar una Verdad que sustituyera toda la “inútil información” enciclopédica que había asimilado en tantos años de estudio. ¿Qué valor tenía aquel pomposo saber académico si no me servía para afrontar y resolver las situaciones misteriosas que he narrado, situaciones que me involucraban metafísicamente? Ninguno. Me hallaba, pues, pronto a desembarazarme de aquel lastre para recibir la ansiada Verdad. Una Verdad que consistía, y jamás había estado tan seguro antes de la realidad de una cosa como de este enunciado, en la Sabiduria Hiperbórea. En efecto: para mí, ahora, la Verdad era la Sabiduría Hiperbórea, cuyos alcances apenas vislumbraba en la carta de Belicena Villca.

       Por momentos me invadía una rabia sorda, que era a su vez un reproche personal, una especie de reclamo que mi Yo actual, extrañamente trasmutado, realizaba implacablemente al Dr. Arturo Siegnagel de los años de búsqueda, a mi Yo pasado, que tan ingenuamente había creído que el progreso era una consecuencia lógica de la educación. En una época había aceptado, casi sin pensar, que una ley de evolución permitía al Alma expandirse a partir de ciertas pautas de vida. Creía que “seguir determinadas reglas de rectitud moral” y afrontar la vida con un criterio positivo redundaría inevitablemente en un bien interior. –Sí. Esa era la clave del progreso. Viviría de acuerdo a una “filosofía trascendente”, adoptaría un “modo de vida” religioso, a la manera de los orientales, y, en el devenir de la búsqueda, de la instrucción, de la ascesis, el progreso, inevitablemente, sobrevendría por “evolución”–. Esa había sido mi elección y ahora, al comprender que todo el razonamiento estaba errado, que nada había ganado tras tantos años de disciplinación y sacrificios inútiles, sentía cómo la rabia me invadía y cómo, también, un reproche impotente me arrancaba gemidos desolados.

       Y que todo el razonamiento estaba errado se desprendía claramente de la carta de Belicena Villca. La ley de evolución existía y regía, y facilitaba, el progreso del Alma creada, y de todo ente creado, de acuerdo al Plan del Dios Creador. Pero nada tenía que ver tal ley, y ningún “progreso” se obtendría por su intervención, con el Espíritu Increado. Recordaba con horror las palabras del Inmortal Birsa: “el Alma del hombre de barro, creada luego del Principio, comenzó a evolucionar hacia la Perfección Final”. Al parecer, aquella evolución “era muy lenta” y los Dioses Traidores, para acelerarla, realizaron la prodigiosa e infernal “hazaña” de encadenar el Espíritu Increado al animal hombre u “hombre de barro”: toda la Raza Hiperbórea, que era Increada, que procedía de “fuera del Universo creado”, del mismo Mundo de donde viniera el Creador, quedó entonces ligada a la evolución del animal hombre y a la evolución en general, al progreso en el Tiempo inmanente del Mundo. Según la Sabiduría Hiperbórea, el Espíritu debía liberarse del encadenamiento a la materia evolutiva, aislarse de la ley de evolución, y emprender el Regreso al Origen. Allí estaba la Verdad buscada. De cierto que mi Espíritu se agitaba por efecto de una intuición certera: esa Verdad, capaz de brillar para el Espíritu con una Luz Increada e inextinguible, debería ser conquistada en una lucha de dimensiones sobrehumanas, durante la que sería necesario exhibir una determinación inclaudicable.

       Que existía un Enemigo, contra el que había que librar semejante lucha, un Enemigo que “cortaba el camino hacia el Origen”, eso lo sabía con certeza desde la noche del 21 de Enero. Pero las reflexiones precedentes, y la intuición que he mencionado, me permitían comprender ahora que los errores pasados provenían de mi debilidad estratégica, de haber cedido ingenuamente ante la Estrategia enemiga. Y esta Estrategia, que sin dudas afecta a todos los planos de la actividad humana, y aún las más desconocidas esferas psíquicas, es aplicada en el campo de la Cultura por intermedio de un Sistema de Control de características colosales. Al decir de Belicena Villca: “la Cultura es un arma estratégica de la Sinarquía”. Dicho Sistema de Control es el encargado de fomentar la confusión y el engaño, y era, por lo tanto, el responsable de la celada en la cual Yo había caído. Porque si Yo fui engañado, si Yo participé de la Estrategia enemiga, ello ocurrió por ignorancia o “debilidad estratégica”, por desconocer la naturaleza, y aún la existencia misma, del Enemigo: jamás podría haber colaborado conscientemente con los planes sinárquicos, jamás podría haber sido comprado por la Fraternidad Blanca, tal como se tentó la integridad espiritual del heroico Nimrod. En síntesis, si Yo hube cedido, en tiempos pasados, frente a la presión engañosa de la Estrategia enemiga, ello se debía a que entonces me encontraba dormido, espiritualmente dormido. Pero ahora había despertado, merced a la carta de Belicena Villca y al rapto espiritual del 21 de Enero, y la prueba estaba, justamente, en la determinación inclaudicable de luchar hasta el fin, contra todos y contra todo, para regresar al Origen y liberar mi Espíritu Eterno de su prisión material. Sí; Yo había despertado gracias a Belicena Villca, pero ahora era capaz de formular mis propias conclusiones sobre el modo de actuar del Enemigo, quien tenía en el fondo los alcances de un Demiurgo. La Sinarquía, expresión de Su Poder entre los hombres, conformaba un formidable abanico de organizaciones y Sociedades Secretas imposibles de detectar completamente; y en medio de este despliegue ofensivo me encontraba Yo, hasta ayer nomás ignorante de esas realidades; víctima fácil para la Estrategia enemiga. Porque, aunque se me escapaba, como es natural, la totalidad del Plan Demoníaco, veía con bastante claridad las tácticas aplicadas al campo de la Cultura. Los “sincretismos modernos” que mencionaba anteriormente, obedecen a esa voluntad de engaño que demuestra la Sinarquía en todas sus Sociedades Secretas. Y la idea de progreso evolutivo del Alma, por el “Karma”, la “vida recta”, o cualquier vía semejante de expiación, es presentada desde la base de las doctrinas Secretas Esotéricas, o los meros Sincretismos religiosos, como una verdad tan evidente que sólo un necio se atrevería a dudar de ella. Fuera de la religión, la misma idea ha invadido la mayoría de las disciplinas “científicas” o “humanísticas”. Es instructivo, por ejemplo, comprobar con qué habilidad los agentes sinarcas han impuesto conceptos geométricos para inducir interpretaciones teleológicas de la Historia: con un rigor racionalista admirable, definen arbitrariamente una trayectoria geométrica para el progreso de la Humanidad y luego proyectan esta figura sobre la Historia, estableciendo asociaciones, analogías, y coincidencias, la más de las veces tendenciosas e intencionadas. El progreso puede seguir así una trayectoria circular (r2=x2+y2), parabólica (y=x2), en espiral (r=aq), en ciclos (y=sen x), uniforme (y=x), exponencial (y=ex), etc., procurando forzar a la Historia para que se ajuste y corresponda a la forma de tales funciones, “confirmando” de ese modo la teoría o dogma oficial de la secta sinárquica.

       La utilización de la Geometría Analítica en la interpretación religiosa de la Historia no debe sorprender: “Dios geometriza” afirman algunos notorios sinarcas; “Dios es el Gran Arquitecto del Universo” sostienen otros; pero, en general, todos sostienen que la intención del Dios Uno es que el hombre, y la Materia, el Mundo, Todo, evolucione. Esta es una de las claves del racionalismo subyacente en las mentadas “Doctrinas Ocultas”. Porque evolucionar significa devenir en la Historia de acuerdo a una cierta ley. “Es la ley de evolución la que imprime al progreso humano una trayectoria geométrica” postula la Sinarquía. Pero, siendo así, ¿cuál es el beneficio esotérico que obtiene la Sinarquía al imponer culturalmente el evolucionismo, inclusive esotérico, en cual-quiera de sus variantes geométricas? Muy sencillo: si todo el mundo cree que el hombre evoluciona, que la Sociedad evoluciona, que el Universo evoluciona, que el progreso responde a una ley, aceptará sin chistar que el futuro está determinado por la ley de evolución . Esto implica que, en bien de un futuro mejor, se pueden ejercer ciertos controles en el presente. Es decir: “dejemos que quienes conocen la ley, controlen hoy la Sociedad, para tener mañana un futuro mejor”. Vana utopía; ¿quién conoce la ley sino los Maestros de Sabiduría de la Fraternidad Blanca, además de los Sabios de Sión?

       Ahora se hace todo claro; el fin de la Sinarquía es el Control del Mundo y, natural-mente, prepara sus cuadros dirigentes con una infraestructura de adoctrinamiento bien montada, mientras la humanidad, convenientemente desinformada, espera los “Hombres del Destino” que controlen los resortes del poder y “planifiquen” para el futuro. Esta es la realidad que palpita atrás de una Escuela Exotérica y que los incautos, fanatizados y deslumbrados por el sincretismo tan vistoso como hueco y racionalista, no pueden advertir.

 

       Por otra parte, cabe advertir que los sincretismos se concretan cuando los hombres han perdido la capacidad de percibir el Mito en toda su pureza simbólica. Esta pérdida es una grave lesión en la capacidad del pensar metafísico y de la percepción metafísica, análogo, si se quiere, a una pérdida de la visión o ceguera. Por analogía se habla de Edad Oscura o Era de Tinieblas: perder la visión, no ver, es lo mismo que “ver” todo negro.

       Existen textos sobre Doctrina ocultista que parecen poseer buena fundamentación filosófica y científica: pero también existen falsificaciones de los cuadros de Leonardo Da Vinci, tan perfectas que resisten el examen de prestigiosos peritos. Y es lógico, tanto en uno como en otro caso, la calidad del fraude depende de la habilidad del falsificador. En el caso esotérico, por desgracia, los falsificadores han alcanzado un alto grado de destreza: los hay muy bien “preparados” para su misión, dueños de una gran “Cultura general”. Tomemos, por ejemplo, escritos “esotéricos” de autores “sabios” y “eruditos” tales como H. P. Blavatski, Rudolph Steiner, René Guenon, Max Heindel, etc., y comparemos el fárrago de teosofismo que sustenta cualquiera de ellos con la elemental sencillez de los símbolos metafísicos de la Sabiduría Antigua; ¿qué surge en esta comparación? Que no podemos leer un símbolo (ver su verdad) y sí podemos leer un libro sobre el símbolo, que no nos revelará el sentido del mismo, pero nos entretendrá con descripciones y asociaciones múltiples, susceptibles de interpretación racional, que nos crearán la ilusión de una comprensión y un progreso, tal como conviene a la Sinarquía.

       “Existe un daltonismo sensorial y un daltonismo gnoseológico”, escribió alguna vez el gran epistemólogo Luciano ­Allende Lezama. Se puede agregar que “existe también un daltonismo semiótico”: es el que padecen quienes no pueden ver la verdad de un símbolo y que debe ser sanado previamente a la búsqueda de un “Conocimiento Oculto”. Para no ser engañado. Para no ser usado por la Sinarquía.

       Sin una clara visión de lo simbólico y un adecuado discernimiento moral, es imposible acceder al conocimiento de la Sabiduría Hiperbórea, la que, por otra parte, no está en las Escuelas Exotéricas. La falta de estas virtudes, o, el desprecio por las mismas, lleva al adepto-daltónico a la búsqueda de los “fenómenos” y del Poder, a seguir disciplinas “orientales” sin comprenderlas o a ceder a la fascinación de “investigaciones cientificistas” en parapsicología (Kámara Kirlian, psicobioenergética, y otras patrañas).

       El peligro está en que dichas Escuelas “Ocultas” (con Personería Jurídica, Razón Social y teléfono) no vacilan en prometer, a gentes de dudosa capacidad espiritual, pero útiles a sus planes, todo tipo de Poderes y “experiencias liberadoras”. Por supuesto: el progreso vendrá “luego”, después de unas cuantas “Iniciaciones”, “progresando” en los “grados internos”.

       “No se ayuda a un pobre –dice C. G. Jung– con que le pongamos en la mano una limosna más o menos grande, a pesar de que así lo desee. Se lo ayuda mucho más, cuando le señalamos el camino para que, mediante el trabajo, pueda librarse duramente de su necesidad. Los mendigos espirituales de nuestros días están, por desgracia, en exceso inclinados a aceptar en especie la limosna de Oriente, es decir a apropiarse sin reflexionar de las posesiones espirituales de Oriente e imitar ciegamente su manera y modo”.

       Todos estos razonamientos me llevaban a una conclusión: En quien busca Poder fenoménico parapsicológico –taumaturgia– hay siempre un ignorante o un desinformado. En quien promete otorgarlo, sólo puede haber una voluntad perversa. De aquí que hubiese decidido considerar “coincidencia sincronística” a cualquier posible relación entre el rapto espiritual del dia 21 de Enero y el sismo simultáneo. ¡Podían estar tranquilos en el Valhala Belicena Villca y todos sus antepasados de la Casa de Tharsis, y los Dioses Liberadores, y todo aquel Ser espiritual que observase mi conducta!: para mí, el término de la visión mística señalaba el fin de la experiencia trascendente: ni Yo disponía de un Poder que operase sobre la Materia, ni deseaba tenerlo. Las Potencias de la Materia no habian conseguido engañarme esta vez y, posiblemente, nunca volverían a lograrlo.

 

 

 

 

       Estas reflexiones las hacía mientras pasaban los kilómetros velozmente y Salta se abría generosamente en sus valles y quebradas. “Entre zonas de coloridos y enhiestos picos, se suceden las cuestas con exuberante vegetación y enmarcadas por rocas de agreste apariencia, algunas famosas como la del Obispo, un faldeo verdadera-mente llamativo por su desarrollo y variedad de motivos” leí en el mapa que había adquirido en Cerrillos. Ya me encontraba próximamente a Cafayate, donde planeaba almorzar y adquirir algunos regalos, especialmente el exquisito vino de la zona. Cuando se realizan viajes improvisados, como el que Yo emprendía, por Provincias o regiones de extrema pobreza, conviene llevar siempre regalos comestibles. Un litro de buen Torrontés o unos alfajores pueden abrir puertas imposibles, controles fronterizos y salvar toda clase de dificultades.

       Entré a Cafayate y luego de realizar algunas compras en una casa de artículos regionales, estacioné frente a la Plaza Libertad para almorzar en un restaurante que prometía desde una pizarra “Menú del día: Empanadas y Picante de Pollo”.

 

 

 

 

Capítulo X

 

 

 

A las 14,30 hs. me hallaba nuevamente en camino, rodeando el arroyo De las Conchas y dispuesto a emprender la segunda parte del viaje a Santa María.

      La tierra estaba suelta pues al parecer hacía tiempo que no llovía y el viento era lo suficientemente fuerte como para que este trayecto fuera por demás lento.

       Dos horas después sólo había recorrido 70 Km. y me aprestaba a cruzar por el medio el pueblo Colalao del Valle pues el camino se continuaba por la calle principal. Este pueblo se encuentra en la Provincia de Tucumán, a mitad del camino que atraviesa la cuña geográfica que un mal trazado de límites legó al mapa actual. Tiene unas veinte cuadras de largo por cuatro o cinco de ancho. Mientras lo atravesaba observaba el mismo síndrome que se manifiesta en mil pueblos y caseríos del Norte Argentino: la decadencia.

       La pobreza es un mal endémico en estas, paradójica­mente, ricas Provincias, olvidadas por el centralismo burocrático de la Megápolis Buenos Aires y por la desidia o impotencia de los gobernantes locales que suelen tener las manos atadas por un federalismo inexistente más allá de los discursos oficiales.

       La pobreza es un mal que duele. Pero más castiga ver la decadencia; esto es: con-templar lo que ayer fue espléndido ejemplo transformado hoy en censurable visión.

       Mientras rodaba el automóvil la calle de tierra, miraba las casas de estilo colonial español, que hoy son sombras de lo que fueron en pasados días de esplendor. Caricaturas crueles de la esperanza y la fe de sus constructores.

       –Quienes edificaron estas casas –pensaba compungido– creyeron en la Argentina, tuvieron fe en América.

       El derrumbe inexorable de ellas es la contundente respuesta a esas ilusiones.

       Se veía que ese pueblo, como tantos otros, evolucionó hasta un apogeo que deberá situarse en 50 o más años atrás, y luego sobrevino un período de decadencia durante el cual no se levantó una pared, ni siquiera se pegó un ladrillo. Ventanas clausuradas años ha, al podrirse los marcos de madera; paredes desconchadas y leprosas; frentes roídos por mil inclemencias del tiempo y del Alma.

       La decadencia de una comunidad urbana, de su arquitectura, es un retroceso que indefectiblemente se implanta en el Alma de los pobladores. Y allí estaban ellos, mirándome pasar con ese aire ausente, con esa contemplativa indiferencia tan característica de la América Indígena.

       Porque en ellos se veía descarnadamente la decadencia; en esos niños en pata que me espiaban detrás de una esquina; en esos ojillos oscuros y achinados que me miraban candorosos al ofrecerme la venta de una tortilla de maíz pero que se tornaban desconfiados a la menor pregunta. ¿Qué diferencia presenta este poblado, estas casas, estos pobladores, estos niños, con sus equivalentes de otras partes de América; de Bolivia, del Perú, del Ecuador o Colombia? Ninguna.

       En esa respuesta radicaba también la decadencia; en que, pagando el alto precio de aislarnos de Latinoamérica, cien años de “Cultura Europea” no han dejado ni un rastro en estos criollos olvidados por todos. No les hemos dado nada distinto a lo que han recibido en los países mencionados. No son ni más ni menos civilizados que ellos a pesar de la creencia en contrario que sustenta la Oligarquía Europeizante que dirige este país desde hace cien años.

       Por eso una explicación para la decadencia general que asola a los poblados de sangre americana, puede ser ésta: en quinientos años la Cultura europea no prendió en el Alma del americano porque, ni los que la implantaron a sangre y fuego, ni los que la enseñaron beatíficamente, creían realmente en ella. Se les reemplazó a las Razas americanas su milenaria Cultura, dinamizada por la acción de Grandes Mitos, por la Cultura materialista europea, carente de espiritualidad y trascendencia. Y la religión de América, que conservaba el recuerdo de los Dioses Blancos, fue prohibida en favor de la Doctrina racionalista del catolicismo: en adelante los nativos tendrían que glorificar la historia bíblica del Pueblo Elegido, adorar a un Dios-hebreo-crucificado del que jamás habían oído hablar, y quedarían fuera de la discusión teológica porque la nueva religión ya llegaba terminada, acabada en su fundamentación filosófica. Si allá, en la ignota Nicea, un Concilio había decidido que Dios era triple ¿qué podrían decir aquí los recientemente paganos sometidos? Y los que estaban aquí ¿acaso sabían qué significaba el Dogma católico? No; éstos mataban y saqueaban en nombre del Dogma católico que nadie comprendía ni nadie se preocuparía en explicar. Pero la riqueza se acabaría. Finalmente llegaría el tiempo de crear nueva riqueza, de hacer producir objetos culturales a aquellos imperios evangelizados. Y entonces, en ese mismo momento, comenzaría la decadencia. La Iglesia medraría con la conquista de América destruyendo sistemáticamente todo vestigio del origen atlante de las grandes civilizaciones, toda prueba sobre la naturaleza extraterrestre del Espíritu del hombre. Y el español, enloquecido tal como lo profetizara la Gran Madre Binah a Quiblón, derramaría de manera pareja la sangre y el semen sobre los pueblos nativos. De ese Holocausto de Agua saldrían “los Hijos del Horror”, la población mestiza de América, hombres como los que ahora veía al pasar por sus poblados decadentes. Hombres culturalmente indiferentes; que se muestran decididos a no hacer nada. Si no viene un gringo con fe en algo, y vuelve a levantar casas y poblados, ellos no lo harán. Y todo caerá, al suelo, a pedazos, –venganza pueril, pero efectiva– como cayeron sus Culturas ayer y como caerá mañana el Alma de Occidente si se empeña en continuar divorciada de la sangre de América.

 

 

       Al pasar por Fuerte Quemado, no pude menos que recordar que en aquel sitio acampara Diego de Rojas cuatro siglos antes, cuando marchaba en persecución de Lito de Tharsis. El no había podido localizar el Pucará de Tharsy, a pesar de internarse en Tafí del Valle durante meses. Empero, ¿Yo lo lograría? Creía que sí; que las indicaciones de Belicena Villca eran muy precisas y conseguiría llegar hasta la Chacra; y que entrevistaría al indio Segundo, el insólito descendiente del Pueblo de la Luna. Y el optimismo no me había abandonado al llegar a Santa María.

       Al cruzar el puente sobre el Río Santa María, miré el reloj: las siete y media de la tarde. Había tardado cinco horas desde Cafayate y ya estaba anocheciendo. A pesar de mi impaciencia por llegar cuanto antes a la casa de tío Kurt, había decidido esperar la noche para cumplir con las promesas a Mamá en cuanto a prudencia y seguridad.

       Detuve el coche frente a otra casa de artículos regionales para adquirir los famosos productos de la zona: el pimentón, el arrope, las uvas pasas y el vino. Luego que hube pagado la compra me entretuve indagando al vendedor sobre la calle Fray Mamerto Esquiú. Así supe que iba de Este a Oeste, yendo a morir en el Río Santa María, que es uno de los límites periféricos de la ciudad y corre de Norte a Sur.

       –El número 95 –pensaba– debe estar cerca del río, quizás en la última cuadra.

       –¿Busca a alguien en la calle Esquiú?

       A lo mejor puedo ayudarle –me sorprendió con su pregunta el vendedor. ¡Ah la curiosidad pueblerina! Pero no me dejé impresionar.

       –Sí, busco a una vendedora de ponchos –mentí–. En Salta me dieron la dirección aproximada pues no la recordaban con exactitud.

       –¿Una vendedora de ponchos en la calle Esquiú? Uhm... No, lamentablemente no conozco a ninguna vendedora de ponchos que viva en la calle Esquiú... Pero, dígame ¿Qué clase de ponchos busca? Porque Yo tengo un buen surtido. Y a buen precio...

       Un rato después salía con mi compra original más un poncho catamarqueño blanco con guarda incaica.

 

       Elegí para cenar un fondín de segunda pero que, según el vendedor de productos regionales, preparaba el mejor guiso de conejo del valle Yocavil. No bien me ubiqué en una mesa apartada, comprobé lo acertado de la elección, pues éste era un lugar frecuentado por vendedores y viajantes de comercio en el que a nadie sorprendía la presencia de un forastero.

      

       Me hallaba saboreando el postre, dulce de cayote con nueces, cuando un niño en harapos se ofreció a lustrar mis botas.

       Hay una edad –pensé con desaliento– la infancia, que todos los animales de la naturaleza emplean para jugar y retozar, protegidos por sus padres y demás miembros adultos de la población. El ser humano en cambio no puede garantizar a sus niños el goce de vivir la más bella edad como debe ser vivida: disfrutando de la fantasía.

       Por principio, detesto que los niños trabajen con fines de lucro y mi primer impulso fue alejar a aquel lustrín; pero una idea se me ocurrió en ese instante y extendí el pie derecho en muda aceptación. Era un changuito de unos siete años e indudable ascendencia india. Comenzó lavando y cubriendo de pomada las botas, para luego, por medio de vigorosos masajes con una banda de lienzo, tratar de obtener el ansiado brillo.

       –¿Cómo te llamás? –pregunté, buscando ganar su confianza.

       –Antonio Huanca, Señor –respondió de prisa.

       –Decime Antonio ¿Vivís lejos de aquí?

       Levantó la cabecita crinuda y me miró con un gesto de interrogación en los ojos. Al fin se encogió de hombros y señalando un lugar indefinido dijo:

       –Uuuf, muy lejos Señor, por allá, al otro lado del río.

       Decidí que mi pregunta había sido desafortunada. Debía probar de nuevo, pero esta vez sería más directo:

       –¿Conocés la calle Esquiú?

       Se quedó pensativo un momento, pero enseguida se le ­iluminó la carita:

       – Sí, Señor; es la que está al final de la ciudad. Si va por ésta derecho –señalaba la calle del fondín– la va a encontrar cuando se termina el pavimento. Justo donde termina el pavimento está la calle Esquiú, sí Señor.

       Hablaba sin dejar de lustrar y a ese paso pronto terminaría. Me agaché un poco a fin de hablar sin levantar la voz y le dije:

       –Voy a verlo a Cerino Sanguedolce, ¿lo conocés?

       Se largó a reír mientras se relamía.

       –¿Al dulcero? ¿Quién no lo conoce a Don Cerino, Señor?

       Estiró la cabecita y me dijo en tono de confidencia:

       –No le diga nada Usted, pero mis hermanitos y yo, siempre tratamos de robarle frascos de dulce; –se le caían las babas al chango– no hay quien los haga más ricos en Santa María. Ji. ji, ji.            

       Reía como un gorrión y era, festejando su travesura, finalmente un niño.

      

       Tío Kurt es “dulcero” –pensé maravillado. Se me antojó en ese momento que sería un tonto por no haberlo previsto pero esa idea no tenía sentido y la deseché.

       El chango había terminado su labor y Yo disponía de la información suficiente para ubicar a tío Kurt. Le pagué generosamente y se alejó hacia otras mesas a ofrecer sus servicios.

       Un reloj de pared, colgado bajo un cuadrito con una colección de puntas de flechas, marcaba las 21 hs. Aboné el gasto de la cena y salí.

       La noche era fresca pero el cielo estaba cubierto de nubes y no corría ni un soplo de viento. Retiré el coche y partí siguiendo las instrucciones del lustrín.

       A medida que me acercaba a la calle Esquiú, las casas se iban esparciendo y disminuían en calidad, hasta que al fin me encontré en un arrabal de miserable aspecto, adonde no sólo el pavimento terminaba sino que también las luces de las calles eran casi inexistentes.

       Doblé por la calle Esquiú hacia donde el instinto me indicaba que debía estar el río y busqué en vano una señal, un punto de referencia que me permitiera calcular la numeración.

       Maldiciendo por dentro la idea de visitar de noche a tío Kurt, comprendí rápida-mente que circulaba por un barrio formado por pequeñas fincas de cuatro o cinco hectáreas cada una.

       En el Noroeste Argentino las fincas obedecen todas a un mismo patrón de construcción: un rectángulo de tierra correctamente alambrado y una Sala (casa del dueño o cuidador) edificada a una corta distancia de la tranquera de entrada. Pueden existir variaciones o agregados, pero éste es el “tipo” general, que Yo conocía bien pues nuestra propia finca en Cerrillos se adaptaba al mismo esquema. Sabía entonces de la inutilidad de llamar desde la entrada, dado que la casa suele estar alejada de ella y acepté in-conscientemente el hecho de que iba a tener que internarme en una de las finquitas para dar aviso de mi llegada.

       El automóvil llevaba corriendo unos cinco minutos por la sombría calle Esquiú que ahora daba la inequívoca sensación de una pendiente pronunciada. El río debía estar cerca pero aunque la poderosa luz alta de cuatro cuarzos perforaba las tinieblas, no lo-graba distinguir nada más allá de veinte metros. Detuve el coche y le puse el freno de mano; sería mejor realizar una exploración a pie.

       Tomé de la guantera una linterna tipo lapicera, cuya exigua luz suele ser útil a veces, y descendí tomando la precaución de cerrar el auto para el caso que me alejara del lugar. Un momento después comprobaba lo oportuno de la decisión de detener el coche pues, cincuenta metros más adelante, la calle se estrechaba abruptamente y caía en un barranco pronunciado sobre el Río Santa María que corría abajo, a una distancia de cien o ciento cincuenta metros. De haber seguido avanzando con el coche, me habría visto en dificultades para girar y retroceder.

 

       Estaba, por fin, en el origen de la calle Esquiú, no muy lejos de la vivienda de tío Kurt.

       Esta presunción me dio nuevos ánimos para tratar de orientarme; algo que, estaba viendo, era bastante difícil.

       La calle Esquiú había perdido sus veredas varias cuadras atrás y, donde me encontraba ahora, era sólo un callejón de grueso ripio que se extendía desde uno hasta otro alambrado, sendos límites de desconocidas propiedades. Hacia el Este estaba el río por lo que, si ésta era la última cuadra, presunta morada de tío Kurt, la dirección buscada debía estar en uno de ambos lados de la calle, a pocos pasos de allí.

       Exploré la mano del Norte que se componía de una fila de tres hilos de alambre, hasta una altura de un metro cincuenta, pero flanqueados en toda su extensión por arbustos de ligustro muy tupidos y perfectamente podados en forma de pilar. Recorrí unos ciento cincuenta metros sin hallar ninguna puerta o tranquera por lo que deduje que estaba a los fondos de una finca.

       Tratando de calmar la contrariedad que sentía por tan insólita situación, crucé a la mano Sur y reemprendí la búsqueda. Esta finca estaba mejor limitada pues pronto descubrí una gruesa malla de alambres a rombos, que dejaban entrever la maraña del consabido ligustro.

       La noche se tornaba impenetrable, reduciendo la ayuda de la pequeña linterna, y por eso mi paso era torpe y vacilante, mientras revisaba palmo a palmo ese tenebroso tramo de la calle Esquiú. Cuando ya desesperaba de encontrar una entrada en esa pared, se produjo el milagro: un enorme portón de caño y malla de alambre emergió de las tinieblas casi al fin de la calle, a unos diez metros del barranco. Orienté el haz de la linterna hacia adentro pero, tal como lo suponía, no vi ninguna construcción sino un camino, formado por dos huellas paralelas, que se perdía en la oscuridad. A la izquierda se apreciaba una cuidada plantación de vides, pequeñas y cargadas de racimos; a la derecha infinidad de almácigos de una surtida huerta.

       Volví a revisar la puerta, pero no hallé timbre ni llamador alguno; en cambio des-cubrí dos anillas de acero, una en la puerta y otra en el marco de hormigón, ensartadas por un pesado candado de hierro.

       Desalentado me recosté contra el portón, tratando de tomar una determinación. Lo más razonable sería irme y volver de día, pero me frenaba la suposición de que hubiera peones o acaso familiares de tío Kurt, a quienes le resultaría muy extraña mi presencia. Quedaba la posibilidad de persistir en la búsqueda nocturna, entrando en la finca a pesar del candado; siempre que aquella fuese realmente la vivienda de mi tío...

       Permanecía indeciso, abrazado a la malla del portón, aguzando la vista en dirección al camino de entrada, cuando me pareció ver fugazmente el brillo de una luz. Fue sólo un segundo, pero suficiente para que renaciera la esperanza de obtener algún resultado esa noche.

       Imaginé que la Sala debía quedar bastante lejos, razón por la cual no llegaba luz hasta el portón, interceptada, quizás, por árboles u otros obstáculos. No lo pensé más y trepé por la malla contigua al portón. Salvo el contratiempo de que una porción de mi saco “Safari” quedó en los alambres de púas, que coronaban el bastidor de malla, pude ingresar sin problemas. Unos segundos después, me desplazaba tranquilamente por el camino interior, siguiendo con la linterna las marcadas huellas de vehículo que ostentaba el mismo. Llevaba caminados unos cien metros, cuando la senda dobló bruscamente a la  derecha y se internó entre un grupo de frondosos árboles. No bien tomé esta curva, avisté a unos treinta o cuarenta metros una casa de tipo alpino, de dos plantas, con techo de tejas media caña cuyo color contrastaba con el blanco de las paredes y las negras rejas de ventanas y balcones. Contra la oscuridad de la noche se recostaba fantasmalmente sin que, al parecer, hubiera luces encendidas.

       Esta visión y el silencio sólo roto por el zumbido de los coyuyos, contribuyeron a desmoralizarme. Me detuve un instante y contemplé la inmensa mole de la casa, apantallada por las ramas de unos sauces gigantes que se hamacaban al compás de una suave brisa. Tuve inexplicables deseos de echar a correr y abandonar ese escenario irreal, pero me repuse enseguida y avancé a grandes pasos con la intención de llamar a la puerta para requerir la presencia de tío Kurt o Cerino Sanguedolce.

       Fue entonces que lo escuché.

       Estaba a pocos metros de la casa cuando sentí venir de mis espaldas, hacia la derecha, un sonido conocido... Era un quejido agudo. Un lamento muy especial que sólo pueden reconocer de inmediato quienes hayan tenido experiencia en la cría de perros. Pues ese quejido es la expresión del deseo de atacar que manifiesta el perro, cuando el amo le impide hacerlo.

       Yo recordaba que Mamá había traído un pequeño gato a la finca y, para evitar que Canuto lo atacara, decidió hacérselo oler mientras lo retaba con fuertes voces y le prohibía tocarlo. Entonces Canuto temblaba, debatiéndose entre el instinto de matar y la obediencia que debía a sus amos, y lanzaba unos quejidos engañosos que no expresaban dolor sino el deseo contenido de atacar.

       Este tipo de quejido era el que había sonado a mis espaldas.

       ¿Perros! –pensé alarmado– ¿cómo no noté la falta de perros? Dios, ¡qué imbécil! Todas las fincas tienen perros. Pero... ¿por qué no ladraban? ¿por qué no habían ladrado?

       Me di vuelta lentamente. Lo que vi me indujo un súbito terror, paralizándome en el sitio en que estaba. Dos pares de ojos verdes relampagueaban en la penumbra a pocos pasos de mí. Eran ojos de animal, de perros quizás; pero creo que el pánico me lo produjo el tomar conciencia de dos cosas; una, el tamaño anormal de esas bestias, y otra, su también anormal cautela. Porque resultaba inconcebible que hubiera podido transitar tanto por la finca sin que los animales emitieran ni un ladrido y que en cambio me siguieran silenciosamente, casi arrastrándose, hasta situarse tan cerca de mí que podía tocarlos con la punta del pie.

       Volvió a quejarse una de las bestias con el evidente deseo de saltar sobre mí. En el momento en que me asaltaba la certeza de que su amo no debía estar lejos, sonó un silbido modulado de indudable origen humano. No alcancé a volverme esta vez pues las bestias, al oír el silbido, actuaron como movidas por un resorte y de un gran salto se arrojaron sobre su presa.

       A pesar de estar casi paralizado de espanto, el instinto de conservación y varios años de Karate, me hicieron poner en guardia. Pero sólo para comprobar que aquellas fieras gozaban de un particular adiestramiento pues, en lugar de dar dentelladas y buscar el cuello como hacen los perros de combate, estos parecían saber exactamente qué hacer: cada uno se dirigió a un brazo y clavó en él sus dientes. Sentí la carne lacerada y vi que las fieras cerraban las mandíbulas sin intenciones de soltar. El impacto del ataque me hizo trastabillar pues ambos perros parecían pesar más que mis 90 kg.; un segundo después caía hacia atrás mientras sentía crujir el hueso de mi brazo izquierdo en la boca del gigantesco can. Pensé, mientras caía, en varias tácticas para zafarme de los perros: me revolcaría, patearía sus testículos, mordería,....

       Crack– sonó el golpe en mi cráneo y todo se oscureció.