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LIBRO  CUARTO

 

 

“La Historia de Kurt Von Subermann”

 

 

 

Capítulo I

 

 

 

Corrían, corrían turbulentas las aguas y me arrastraban sin que pudiera evitarlo. Cerca, envuelta en un estruendo de ruido y espuma, la cascada absorbía torrentes de agua como una titánica garganta sedienta. Me acercaba al abismo rugiente, veía el borde, trataba de nadar inútilmente pero el agua me arrastraba. Al final caía de cabeza en el torrente. Era el fin. Me estrellaría en el fondo, contra afiladas rocas. Debía abrir los ojos. Debía abrir los ojos...

 

      Haciendo un esfuerzo supremo abrí los ojos, que fueron instantáneamente heridos por un resplandor terrible. Parpadeaba tratando de acostumbrar la vista al Sol, en tanto comprendía que me encontraba acostado en una habitación desconocida. Miraba como hipnotizado la ventana, ornada de blancos cortinados, mientras poco a poco se disipaban las brumas en que estaba envuelta mi conciencia.

      Lo primero que asumí fue el intenso dolor en la cabeza, más una especie de presión sobre el cuero cabelludo y la frente. Intenté llevar las manos a la cabeza y un nuevo dolor me punzó el sistema nervioso. Casi no podía mover los brazos, que estaban, ambos, vendados hasta el codo. El izquierdo era el más afectado y sensible, pues un pequeño movimiento parecía un suplicio; el derecho, igualmente dolorido, aparentaba estar en mejores condiciones. Con este último comprobé que un vendaje me cubría todo el cráneo hasta la frente. El movimiento fue muy penoso, rea­lizado por reflejo al recobrar el conocimiento. No obstante su fugacidad, resultó suficiente para alertar a la persona que se hallaba sentada hacia la derecha de la cama, en un ángulo tal que me impidió percibir su presencia desde un primer momento. Era un hombre enorme, de mirada aguda y voz estruendosa, el que se acercaba hacia mí con gesto preocupado y... vociferando. Más viejo que como lo recordaba desde aquella noche en mi niñez, no había cambiado mucho sin embargo: ¡era sin dudas tío Kurt!

      Su semblante se mostraba abatido y su voz penosa, diciendo incoherencias:

      –Eres mi único sobrino y casi te he matado. ¡He derramado mi propia sangre! Una maldición ha caído sobre mí. Oh Dios, mi fin está cercano ¿por qué añades esta desgracia a mis sufrimientos?...

      Te pondrás bien Arturo, hijo mío, –continuaba tío Kurt con voz dolorida– te repondrás. El Ampej Palacios te ha revisado y asegura que pronto mejorarás ¿cómo podrás perdonarme, criatura?...

      Seguía tío Kurt farfullando sin parar sus quejas y disculpas mientras mantenía clavada en mí esa potente mirada azul.

      Envuelto en un sopor creciente, haciendo esfuerzos por coordinar las ideas, re-conocí en el rostro crispado de mi interlocutor las facciones conocidas de mi madre.

      Como atontado lo miraba fijamente buscando algo para decir, cuando claramente escuché el canino sonido de un gruñido. Llegó a mis oídos procedentes de afuera de la casa y tuvo la virtud de lograr que los recuerdos se agolparan en la mente. Lo último que vi y sentí cuando exploraba la finca de tío Kurt se hizo presente como una avalancha arrolladora.

      –¿Q... ué, qué eran? –balbuceé, tratando de contener el temblor que me sacudía todo el cuerpo. En el rostro de tío Kurt se pintó un interrogante.

      –¿Cómo? –preguntó desconcertado.

      –La... las fieras –dije haciendo un esfuerzo pues sentía la lengua hinchada y dormida.

      –Ah, los dogos, –cayó en la cuenta tío Kurt–. Son perros; perros del Tíbet. Animales muy particulares, auténticos perros. Quizás la única especie que merezca ese nombre. Son animales extraordinarios, capaces de recibir un adiestramiento semihumano. –Involuntariamente abrí los ojos horrorizado y tío Kurt al notarlo se disculpó afligido:

      –Lo que ha ocurrido contigo es un accidente. Un incomprensible accidente del cual sólo Yo soy culpable. Los dogos te atacaron porque Yo lo ordené. ¡Oh Dios, sólo Yo soy responsable del más grande crimen! ¡He derramado mi propia sangre!...

      Comenzó tío Kurt a repetir las incoherencias anteriores mientras Yo iba cayendo suavemente en la inconsciencia. Los ojos se me cerraban escuchando a quien había venido a visitar con tanta ilusión, transformado en personaje de una tragedia griega, ¡por mi imprudencia e imprevisión!

      De pronto Yo también me sentí culpable; el corazón se me estrujó; intenté decir alguna disculpa pero una salvadora penumbra eclipsó mi conciencia, sumiéndome en un sueño profundo.

     

      Trataré de abreviar los detalles de mi infortunada intromisión en la vida de tío Kurt. Será una concesión en favor de otros datos que deseo poner a disposición del lector, para la mejor interpretación de esta extraña historia. Pues si a alguien se le ocurrió pensar que todo cuanto me había pasado hasta allí era más que suficiente para cubrir una cuota de hechos misteriosos, le diré que está equivocado por mucho. A esta aventura le faltaban partes importantes, diría que recién comenzaba, y si las “casualidades” notables me habían perseguido hasta entonces, lo que vendría después no le estaba a la zaga. Porque tío Kurt tenía una historia para contar. Una historia tan extraña e insólita que considerada en sí misma resultaba increíble; pero que Yo debía tomar con bastante respeto, ya que “esa” historia era parte de “mi” propia historia.

      Pero no nos adelantemos. El día que abrí los ojos, y vi por segunda vez en mi vida a tío Kurt, era el siguiente a la noche de mi desafortunada incursión por la finca. Hacía unas quince horas que permanecía inconsciente ante la desesperación de tío Kurt, que temía haberme producido una lesión cerebral grave.

      El golpe, asestado con la culata de una pistola Luger, había sido contundente y, según tío Kurt, debía agradecer la salvación a la anormal dureza del cráneo o a un milagro.

      ¿Por qué esta seguridad? porque él había golpeado con mucha fuerza; según sus palabras; la suficiente como para matar al intruso. Esta violencia se debía a que tío Kurt esperaba un atentado, un ataque de un momento a otro.

      Tenía motivos para creer en ello, como se verá, y la mala fortuna –u otra causa– quiso que Yo tuviese la malograda idea de efectuar la sospechosa visita nocturna.

      En un primer momento, luego de cerciorarse que no había más intrusos, tío Kurt me arrastró hasta la casa y se entregó a la tarea de revisar los bolsillos en busca de armas y elementos de identificación. Con la sorpresa que es de suponer, halló la Cruz de Hierro –su condecoración–, la carta de Mamá y los documentos y carnets que probaban debida-mente mi identidad.

      Según tío Kurt, se hubiera suicidado allí mismo si no fuera que inexplicablemente Yo aún respiraba. Su primer reacción fue buscar ayuda, pero, consciente de lo irregular de la situación, decidió ser sumamente cauto a fin de evitar la intervención policial. Por este mismo motivo, resultaría inconveniente recurrir a un médico desconocido que podría ponerlo en aprietos.

      Debo aclarar que tío Kurt no se había casado, por lo que vivía solo en la Sala, asistido por un matrimonio de viejos y fieles indios, los que habitaban una pequeña casa contigua. Aparte de los nombrados nunca moraban allí menos de diez peones –para atender las vides y la pequeña fábrica de dulces y arrope– pero éstos ocupaban una barraca alejada treinta metros de la Sala y no eran dignos de confianza.

      Al viejo mayordomo, de nombre José Tolaba, llamó tío Kurt desesperado golpeando la ventana de su pieza.

      –Pepe, Pepe.

      –Sí Don Cerino –contestó el viejo con presteza.

      –Ven pronto Pepe. Ha ocurrido una desgracia –gritó Kurt.

 

      Aunque solamente nombró al viejo, cinco minutos después aparecían Pepe y su mujer pues por el tono del llamado, supusieron que algo grave pasaba.

      La vieja Juana se santiguaba constantemente mientras tío Kurt y Pepe, trasladaban mi cuerpo exánime hasta un sofá del livingroom ya que los dormitorios se encontraban en el piso superior, escalera mediante.

      Perdí un poco de sangre por un profundo tajo a la altura del occipucio, pero lo más impresionante era sin duda, la forma en que los perros me destrozaron los antebrazos. Tío Kurt dejó a los viejos para que lavaran las heridas y me cuidaran y partió en busca del Ampej Palacios.

      Sacó del garaje un flamante jeep Toyota –adquirido en tiempos de la “plata dulce”– y partió velozmente, notando al salir la presencia del Ford a pocos metros del portón.

      La hora era intempestiva para buscar a cualquier médico, pero no para el Ampej Palacios.

 

      Este personaje que no es de ficción pero merecería serlo, es un médico indio mundialmente famoso por su dominio de la kinesioterapia. Ya viejo en estos años, aún atiende su humilde consultorio sin ser molestado por nadie, pues su prestigio es tan grande como la fortuna que amasó gracias a las dádivas que generosos como acaudalados pacientes fueron depositando en sus manos. El Ampej Palacios, ha hecho caminar a hombres y mujeres paralizados por años, ha hecho mover cuellos tan tiesos como un obelisco y ha enderezado tantas columnas vertebrales desahuciadas por traumatólogos de todo el mundo, que resultaría difícil de creer si no existieran para probarlo los libros de firmas.

      Estos libros son una segunda fuente turística para Santa María, pues allí hay firmas y notas de gente, de todo el mundo, que llegó hasta el Ampej Palacios a buscar una esperanza. Ricos y pobres, curas y médicos, nobles y plebeyos, todos han firmado sus libros para testimoniar la sabiduría del Ampej. Aquí no hay magia ni hechicería sino pura y simplemente Sabiduría Antigua que dinastías de Ampej diaguitas han conservado y transmitido de padres a hijos. Hoy los hijos de Ampej Palacios son Médicos graduados en la Universidad de Salta y especializados en: ¡Traumatología! Siguen así la tradición familiar y practican con éxito un conocimiento miles de años más antiguo que la Ciencia materia-lista de Occidente.

 

 

      Acompañado por el Ampej Palacios, volvió tío Kurt media hora más tarde. Este, que es un viejo corpulento de gruesos mostachos blancos y manos tan grandes como una alpargata Nº12, se entregó a revisar mi cabeza y brazos.

      –La cabeza no está rota –afirmó el Ampej diez minutos después– pero habrá que esperar unas horas para saber si no hay lesión en el cerebro. El brazo izquierdo está roto, hay que ponerle escayola; el derecho tiene el hueso sano pero la carne está muy lastimada.

      –Mirá Cerino –continuó el Ampej– no creo que esté grave pero hay que coserle la cabeza y el brazo, y darle desinflamatorios y antibióticos. Demasiado para mí que sólo arre­glo huesos; te mandaré al chango menor que justo está de visita. El es Doctor y lo atenderá mejor.

      Una hora después llegaba el Dr. Palacios rezongando, pues debía viajar a Salta a las 5 hs. y lo habían despertado a la 1.

      Se entregó de lleno a su tarea administrando varias inyecciones, cosiendo las heridas del brazo derecho y enyesando el izquierdo.

      El tajo del cuero cabelludo lo cerró, previo afeite de la zona lastimada, con unos ganchitos de plástico inerte.

      –¿Seguro que los perros no están rabiosos? –preguntó con desconfianza el hijo del Ampej.

      –Puedo asegurarlo, –afirmó tío Kurt horrorizado–. Mordieron porque Yo lo ordené; son animales muy domesticados y me obedecen ciegamente. Jamás atacarían a nadie por sí mismos.

      Movía la cabeza el Doctor mientras murmuraba algo sobre las dudas que albergaba en cuanto a la mansedumbre de los dogos del Tíbet.

      Tres horas después se iba el Dr. Palacios y tío Kurt, luego de tomar las llaves que tenía en el saco Safari, entró el automóvil a la finca y lo estacionó adentro de su garaje.

 

      El segundo día intenté levantarme pues volví en mí en un momento en que no había nadie en el cuarto. Sentí, entonces, una terrible debilidad y un mareo tal que casi caigo al suelo. Quedé sentado en el borde de la cama contemplando, no sin cierta curiosidad, el lugar en que me hallaba.

      Era un cuarto sobriamente amueblado, con juego de dormitorio de nogal tallado y cama con mosquitero de encaje. Que estaba en un primer piso, lo deduje por el techo en pendiente y las gruesas vigas de quebracho que lo soportaban. En ese momento entró la vieja Juana y se espantó de verme sentado.

      –Ay Señorcito –dijo la vieja– ¿Cómo hace Usted estas cosas? Tiene que hacer re-poso, así lo ordenó el Doctor.

      Me empujaba firmemente por los hombros para forzarme a tomar la horizontalidad mientras Yo la dejaba hacer, asombrado por la actitud de la desconocida.

      Enseguida estuve acostado y tapado nuevamente en tanto la vieja no cesaba de pro-testar:

      –Señorcito, ha movido el brazo enyesado; eso no está bien; él se va a enojar...

      –Y. . . el Señor –pregunté tímidamente.

      –¿Don Cerino? Enseguida vendrá; –respondió la vieja– en cuanto le avise que Ud. ya se ha recobrado.

      Se acercó a la puerta de mi derecha –la otra daba a un baño según supe después– pero antes de salir se volvió y dijo:

      –Estése quieto Señorcito que pronto le traeré un caldo y una horchata de nueces –sonrió– verá como pronto recupera sus fuerzas.

 

 

      Conforme pasaron los días me fui reponiendo y quince días después ya bajaba al comedor y daba paseos por el parque contiguo a la casa.

      Otros quince días más tarde me quitaron el yeso y, recién a los treinta y cinco días de haber llegado a Santa María, pude partir para Tafí del Valle en asombrosas circunstancias que luego narraré.

      Al comienzo escribí varias veces a mis padres, mintiendo una supuesta investigación arqueológica en el Pucará de Loma Rica para tranquilizarlos por mi prolongada ausencia. También hablé por teléfono con el Dr. Cortez con el fin de solicitarle una extensión de quince días a mis vacaciones que expiraban en esos días, pero sólo accedió a ­ello cuando le informé que había sufrido un accidente.

      Las cosas se ponían difíciles pues aún no había comenzado a averiguar el paradero del hijo de Belicena Villca y ya se acababan mis vacaciones. Sin embargo al partir de Santa María, la moral era alta y tenía más fe que nunca. A ello habían contribuido las prolongadas conferencias que sostuve con mi extraordinario familiar. Pero regresemos a aquellos días de convalescencia, cuando tío Kurt inició el relato de su fantástica vida.

 

 

 

 

 

Capítulo II

 

 

 

Como soy médico, ya en los primeros días de la convalescencia, comprendí que ésta sería larga, por lo que, disponiendo del tiempo suficiente, no veía ninguna razón para no contarle mi aventura a tío Kurt. Nunca experimenté el deseo de compartir mis asuntos con nadie ni he tenido confidentes. Pero ahora era distinto. Desde el día del sismo, venía lamentando no conocer a nadie en quien confiar; alguien lo suficientemente “espiritual” como para no burlarse de los hechos ocurridos al-rededor de la muerte de Belicena Villca. Pero también que dispusiese de la libertad necesaria para poder asumir un conocimiento que entrañaba tan graves peligros.

      En un momento dado pensé acudir al Profesor Ramirez, pero luego me avergoncé de esta idea egoísta que podía poner en peligro la vida y la mente de este hombre ejemplar entregado a sus cátedras y a su familia.

     

      Estaba contrariado desde entonces pues sentía que empezaba a manejar ideas demasiado “grandes”, demasiado inhumanas, que podrían perturbarme si no las compartía. Y he aquí que de pronto resucita del pasado un hombre de mi sangre a quien nunca soñé conocer. Un hombre solitario como Yo; de acción. Un hombre jugado y de una edad en que no se teme por la vida pues la muerte comienza a perfilarse como una realidad.

      Sí –pensaba decidido– confiaría todo a tío Kurt.

      Al principio charlamos de nimiedades pues ambos evitábamos contar nuestros secretos; Yo no revelaba el motivo de mi visita y él callaba sobre el brutal ataque de los dogos y su cachiporrazo. Le hablé sobre mis estudios y también de mis padres; él me explicó las técnicas para obtener un buen arrope de tuna.

      Así estuvimos ganándonos la confianza, hasta que un día, de los últimos que guardé cama, le dije:

      –Tío Kurt, desearía que me alcances el maletín que traje conmigo. Quedó en el coche la noche que llegué.

      Para mi sorpresa tío Kurt abrió una de la puertas del ropero y extrajo de un compartimiento el maletín que, por lo visto, había estado todo el tiempo allí. Lo abrí y extraje la carta de Belicena Villca y algunas notas que había tomado cuando dialogué con el Profesor Ramírez.

      –Voy a explicarte el motivo de mi visita, –dije tratando de transmitir la importancia que me merecía el asunto–. Es una historia fantástica e increíble y pienso seriamente que sólo a ti me atrevo a contarla sin reservas ni temor.

      Tío Kurt arqueó las cejas, vivamente interesado en algo que, al menos para mí, parecía de extrema gravedad. Mis palabras y tono que usé, crearon el clima apropiado para ello.

      Eran las tres de la tarde de un día cualquiera, ambos habíamos almorzado y la serena tranquilidad que reinaba en esa perdida finca invitaba al diálogo y la confidencia. Teníamos todo el tiempo del mundo a nuestra disposición para aprovecharlo como nos viniera en gana.

      Comencé a narrar los sucesos conocidos y, si alguna duda albergaba sobre la credibilidad que tío Kurt daría a ello, ésta pronto se disipó. Visiblemente alterado por algunos pasajes y ganado por la impaciencia en otros, me interrumpía constantemente para pedir detalles y, luego que obtenía lo que deseaba, me alentaba a continuar en un tono autoritario que le desconocía.

      El caso de Belicena Villca había capturado completamente su interés pero, al enterarse de la existencia de la carta, pareció enloquecer. La extraje en ese momento del maletín y tuve que hacer un esfuerzo para evitar que me la arrebatara de las manos: era mi intención permitir que la leyera, mas no en ese momento sino luego, cuando Yo hubiera terminado de relatar lo acontecido. Se la mostré, pues, y continué con la narración sin perturbarme por la ansiedad de mi tío, a quien le costaba un gran esfuerzo, evidente-mente, aguardar para leerla. Expliqué, en líneas generales, el objetivo de aquella póstuma misiva, sin entrar en detalles sobre la increíble historia de la Casa de Tharsis, mencionando sólo la persecución milenaria que habia sufrido por parte de los Golen-Druidas: hablé de Bera y Birsa y de mi convicción de que Ellos eran los verdaderos asesinos de Belicena Villca. En ese punto parecía que los ojos de tío Kurt iban a salirse de las órbitas; empero, sus labios permanecían sellados por la sorpresa. Finalmente, le referí la traducción que el Profesor Ramirez hiciera sobre la leyenda “ada aes sidhe draoi mac hwch” y sus posteriores alusiones a los Golen-Druidas, lo que confirmaba a mi criterio la veracidad, sino de todo, de gran parte del contenido de la carta.

      Aquí se cortó el encanto y tío Kurt, parándose de un salto, gritó:

      –¡Sí Arturo! ¡Los Druidas! ¡A Ellos esperaba la noche que tú llegaste! Luego de 35 años percibí la inequívoca señal de su presencia y sabía que en cualquier momento sería atacado, aunque ignoraba por qué habían aguardado tanto, por qué reaparecían ahora. Y ahora lo sé: ¡porque tú venías hacia mí, portador del Más Grande Secreto!

      Era un rugido el que salió de su garganta al pronunciar estas frases en alemán, siendo inmediatamente contestado por dos prolongados aullidos de los mastines un piso más abajo y fuera de la casa. No pude menos que asombrarme pues tío Kurt había hablado siempre en castellano ya que mi dominio del idioma alemán es malo como con-secuencia de la decisión de mis padres de formarme “cabalmente argentino” al punto que ni entre ellos usaban esta lengua.

      Tampoco se me escapaba que, por más fuerte que hubiera gritado, no podrían haberlo escuchado los perros. ¿Cómo entonces, le habían contestado?

 

      Miraba ahora con “otros ojos” a tío Kurt a quien hasta el momento tenía por una persona, como tantas otras, torturada por el recuerdo de los días de la guerra, pero, por lo demás, completamente normal.

      Estaba entendiendo, lentamente, que había algo más: tío Kurt tenía un secreto cono-cimiento que pesaba enormemente en su conciencia, avivado ahora por mi relato.

 

      Tío Kurt debía tener unos sesenta y dos años, pero impresionaba por aparentar diez menos. Alto hasta la exageración –Yo le calculaba un metro noventa– era fornido, de complexión atlética y se veía que se mantenía en forma. El pelo, que debió ser negro, estaba gris, cortado muy corto; los ojos azul claro, las cejas pobladas, la boca de labios finos con grueso bigote y mentón firme, completaban su descripción. Un detalle quizás lo constituía la cicatriz que surcaba su mejilla izquierda, realzada por el rojo ruboroso de sus cachetes, signo de salud para su edad.

      Gustaba vestir sencilla pero deportivamente y siempre lo veía calzando botas de grueso gamuzón.

      En síntesis, era un hombre impresionante; más aún en ese momento en que parecía echar chispas por los ojos. Estuvo unos minutos caminando en círculos por toda la habitación, con las manos atrás, en las que tenía la carta de Belicena Villca que acababa de entregarle.

       Yo guardaba respetuoso silencio aunque intrigado por esta reacción. Habíamos pasado varias horas hablando mientras afuera oscureció rápidamente. La habitación estaba sumida en penumbras cuando entró la vieja Juana y prendió la luz.

      –Jesús, Don Cerino ¿cómo es que están al oscuro? Ya está la cena. Enseguida le subiré al Sr. Arturo lo suyo –la vieja sonrió como de costumbre antes de salir.

      Esta intromisión calmó a tío Kurt que todavía giraba pensativo. Se detuvo a los pies de mi cama con las manos apoyadas en el espaldar y, en correcto castellano dijo:

      –Neffe[1], creo que me has traído una respuesta que esperé por décadas. Si es así, podré morir en paz cuando todo termine –dijo misteriosamente– pero, dime ¿qué te trajo exactamente hasta mí? ¿cómo se te ocurrió venir a verme?

      –Deseaba averiguar el motivo que tuvieron la SS. para acopiar toda la documentación sobre los Druidas, –respondí–. Cuando pensé en ello, vino a mi memoria el recuerdo de aquella noche treinta y cinco años atrás cuando me regalaste la Cruz de Hierro. Fue una intuición, pues inmediatamente, sin motivo aparente me asaltó la seguridad de que tú sabrías responder a esos interrogantes. Luego supe por Mamá que habías sido oficial de las SS. ... Y aquí me tienes.

      –Ja, ja, ja –rió admirado, con aquella carcajada estruendosa que lanzara al descubrirme en la escalera de Cerrillos, de niño, y que tan bien recordaba.

      –Has supuesto bien neffe; –continuó tío Kurt– Yo puedo contarte algunas cosas que te resultarían útiles para la solución de tus problemas. Cosas referentes a la Doctrina esotérica de la Orden Negra SS. Sin embargo, por un inevitable y significativo designio de los Dioses, te sorprenderá comprobar hasta qué extremo estaban en mis manos las respuestas que buscabas. Pero antes de hablar de ello cenaremos.

      Se fue, dejándome consumido por nuevos interrogantes. De su exclamación anterior se desprendía claramente otro misterio: ¿cómo había trabado contacto tío Kurt con los Druidas, quienes, al parecer, lo perseguían a muerte desde hacía años?

     

 

 

 

Capítulo III

 

 

 

A las 21,30 hs. tío Kurt se instaló en un cómodo sillón hamaca, junto a mi cama, y luego de permanecer pensativo unos minutos comenzó a hablar. Se veía que había estado reflexionando sobre todo lo ocurrido y tomado una decisión.

 

      –Mira Arturo; –dijo con tono solemne, tratando de ser convincente– comprendo que estarás impaciente por obtener las respuestas que te han traído hasta aquí, pero debes darme tiempo para leer la carta de Belicena Villca. Es un manuscrito extenso y me llevará varios días asimilarlo, mas es necesario que lo haga antes de responder a tus preguntas; de ese modo tendré el antecedente de lo que tú conoces, apreciaré lo que te falta saber, y podré expresarme con precisión.

      Esperaba mi aprobación sin condiciones. No obstante, Yo creía que en nada le afectaría adelantarme alguna respuesta.

      –Estoy de acuerdo, tio Kurt, que dispongas de un tiempo para leer la carta. Pero dime ahora ¿cómo es posible que el día de mi llegada estuvieses aguardando un ataque de los Druidas?; quiero decir: ¿cómo sabías que Ellos estaban por venir?

      –¡Pues porque el día anterior había escuchado el zumbido, el inconfundible zumbido de las abejas melíferas, que delata el empleo del Dorje sobre el Corazón ! Sí neffe. Desde ese instante me acometió una incontrolable taquicardia que aún me dura. Pero una vez más todos sus trucos fracasaron frente a los poderes con que me han dotado los Dioses, y se verán obligados a enfrentarse cara a cara conmigo. –Sus ojos brillaban desafiantes, pero Yo quería aclarar las cosas. La alusión al zumbido y al Dorje, elementos que Belicena mencionara el Dia Vigesimoquinto, cuando Bera y Birsa convirtieron en Betún de Judea la sangre de los Señores de Tharsis, antes de leer su carta, me había dejado helado de estupor.

      Temblando, le pregunté:

      –Pero, entonces ¿ya habías oído anteriormente ese zumbido?

      –Por supuesto, Arturo. Lo escuché por primera vez en 1938, hace 42 años.

      –¿Y dónde? –inquirí con asombro creciente, que se iba anticipando a la sorpresiva respuesta.

      –En el Tíbet; en la frontera entre este país y la China. Fue durante una expedición a las Puertas de Chang Shambalá.

     

      La sangre se me agolpó en las sienes, me sentí confundido, mareado, y entreví la posibilidad de perder el sentido. La habitación había desaparecido de mi vista y en mi mente, junto a mil conceptos y situaciones que surgían de la carta de Belicena Villca, las preguntas se reducían a su extrema abstracción: qué, cómo, cúando, dónde, pugnando por tomar forma concreta y ametrallar a tío Kurt. Este, que advertía mi confusión, comenzó a reir alegremente.

      –¿Has visto neffe? ¡Lo sabía! Será imposible que logres comprender nada de la manera como propones el diálogo. Todo te lo diré, no temas. Pero para que puedas aprovechar mi experiencia, para que puedas comprenderla, lo mejor es que conozcas un resumen de mi vida. Te lo repito: espera hasta que lea la carta; luego te relataré mi pasado y entonces sí tendrán consistencia tus preguntas y adquirirán sentido mis respuestas.

      Empero, –prosiguió– como veo que tu impaciencia no es pequeña, te daré algo en qué pensar durante estos días.

      Si no he entendido mal, tratarás de hallar una Orden esotérica que presumible-mente existiría en Córdoba, una Orden de Constructores Sabios, una Orden dedicada al estudio de la Sabiduría Hiperbórea?

      Asentí con un gesto.

      –Pues bien, neffe: Yo estoy en condiciones de afirmar que muy posiblemente dispongo de noticias precisas sobre dicha Orden. Y no sólo sobre ella sino sobre el misterioso Iniciado que la ha fundado.

      Aquello era lo último que hubiese esperado escuchar y, nuevamente, los labios permanecieron sellados mientras en la mente los interrogantes se formaban a gran velocidad.

      Pero tío Kurt no me dio tiempo a preguntar:

      –¡Te lo probaré! –dijo, mientras desataba un paquete que había traído disimulado en su campera. Indudablemente tío Kurt no tenía intenciones de referirse a ese asunto, a menos que mi impaciencia lo obligase, y por eso había ocultado aquel envoltorio: de no ser necesario, no lo habría mostrado en ese momento.

      Al concluír, quedó entre sus manos un libro de voluminoso aspecto, cubierto con gruesas tapas forradas en tela roja. Sosteniéndolo frente a mis ojos, lo abrió y quedó al descubierto la primera hoja; en ella se anunciaba en primer término, el título de la obra y el nombre del autor: “Fundamentos de la Sabiduría Hiperbórea” por “Nimrod de Rosario”. Más abajo, una inscripción daba indicios sobre la filiación del libro: “Orden de Caballeros Tirodal de la República Argentina”.

      Cuando hube leído aquellas escuetas frases, tío Kurt dio vuelta a la hoja y me señaló una “Carta a los Elegidos” que se hallaba inserta a modo de prólogo; al final de la misma, tres hojas después, se encontraba la firma del autor, Nimrod de Rosario, y la siguiente indicación: “Córdoba, Agosto de 1979”.

      –¡Seis meses! –exclamé– ¡Sólo seis meses que fue publicado! ¿Cómo, tío Kurt, cómo Demonios llegó a tus manos?

      –Ja, Ja. No precisamente por voluntad del Demonio sino a mi buen amigo Oskar, quien falleció hace sólo tres meses y se llevó el secreto a la tumba. –Aquí se puso serio, al notar el desencanto en mi rostro–. Sé que esta parte de la noticia no va a causarte ningún agrado, pero es preferible que conozcas de entrada la verdad.

      Oskar, de quien te hablaré más adelante, se hallaba como Yo refugiado en la Argentina desde 1947. Al igual que con tus padres y otros Camaradas, solía encontrarme con él un par de veces por año: luego de esos encuentros secretos cada uno regresaba a sus tareas habituales. Ni cartas, ni teléfono, nada nos debía vincular si es que deseábamos continuar libres. A mí, ya se sabía que me perseguía una oganización secreta cuyas órdenes decían sin dudar “ejecutar donde sea hallado”; pero el caso de Oskar era distinto: a él lo buscaban “oficialmente” para ser juzgado por “crímenes de guerra”, y el reclamo lo hacía la Unión Soviética, puesto que Oskar Feil era oriundo de Estonia. Pero Oskar, que pasaba por inmigrante italiano con el nombre de “Domingo Pietratesta”, había contraído matrimonio en la Argentina y tenía una hermosa familia a la que se debía proteger por sobre todas las cosas: en su caso no cabía ni pensar la posibilidad de dejarse atrapar por el Enemigo. Por eso extremábamos las precauciones para reunirnos cada seis meses. Y es que tampoco podíamos dejar de unirnos pues ambos éramos entrañables Camaradas, no sólo desde la guerra, sino desde muchos años antes, desde la época en que juntos cursáramos la Escuela N.A.P.O.L.A.

      –Ah, Oskar, Oskar, –suspiró tío Kurt–. Un amigo para más de una vida. Una compañía para conquistar Cielos e Infiernos, un Camarada para la Eternidad.

      –¿P, pero él murió? –dije balbuceando, para traer a tío Kurt a la realidad.

      Se quedó un instante en silencio. Al fin pareció reparar en mí, y continuó con su relato.

      –Si, neffe. Oskar falleció hace cuatro meses; de “muerte natural”, según todas las versiones, pero no se me oculta que pudo haber sido asesinado: sea de su muerte lo que fuere, su esposa jamás denunciaría públicamente la verdad. El futuro de los tres hijos de Oskar la obligaría a morderse los labios antes de hablar. De manera que ignoro con certeza lo que ocurrió ya que, por obvias razones, no podré acercarme a su familia hasta pasado un tiempo más bien largo; un año o más.

      ¡Pero vayamos a lo tuyo, Arturo! –dijo con energía, luego de suspirar profundamente, como despidiéndose de su amigo muerto–. Hace unos dieciocho meses, más o menos, nos encontramos en la Provincia de Jujuy, en el Hotel Provincial de Tilcara: ambos pasábamos por turistas que visitaban el famoso Pucará. Allí lo noté muy excitado y feliz: había hallado, me dijo entonces, a quienes poseían un contacto directo con la Fuente de la Sabiduría Hiperbórea, es decir, con la misma fuente que nutría la Sabiduría de nuestros Instructores Iniciados de la Orden Negra SS.. De acuerdo a Oskar, luego de 35 años de tinieblas “democráticas” y judaicas, surgía nuevamente la Luz Espiritual del Sol Negro: si, después de 35 años, durante los cuales el Enemigo vertió toda clase de calumnias sobre la Sabiduría de la Orden, y después de que cientos de impostores, a menudo mero personal subalterno de La SS. que ignoraba los Secretos de la Orden, sembrase la confusión sobre la enseñanza iniciática que en ella se impartía. En Córdoba, me explicó Oskar, había aparecido un gran Iniciado que se hacía llamar “Nimrod de Rosario”; lo “de Rosario” era, al parecer, para diferenciar su apodo del Nimrod histórico, un Rey Kassita que vivió 2.000 años A.J.C. Pero esto era anecdótico: lo importante consistía en que aquel Iniciado dominaba todas las Ciencias de Occidente, y en especial la Sabiduría Hiperbórea, en un grado tan alto como Oskar no había visto nunca fuera de Alemania, y desde los últimos días de la guerra, 35 años atrás. En verdad, habría que remontarse a aquellos días y a los hombres que dirigían secretamente la Orden Negra, en particular a Konrad Tarstein, para hallar un Iniciado equivalente. Por lo menos ésa era la opinión de Oskar.

      Claro, fuera de las inevitables comparaciones, y de aquello que tenían en común, existían diferencias abismales entre Nimrod y nuestros antiguos instructores. Desde luego, ninguna diferencia había en cuanto al Honor o a la Sabiduría Hiperbórea en sí: en este terreno todo era análogo a la SS.. Pero ya no estábamos en los días del Tercer Reich y l a SS., y es lógico que al organizar a los partidarios de la Sabiduría Hiperbórea Nimrod se haya visto obligado a contar con aquello que la realidad, la realidad de 1979, le ofrecía. Aún recuerdo las palabras de Oskar al referirse a la incompetencia espiritual de sus seguidores: –­“Créeme Kurt, que a Nimrod le hace falta una selección racial como la que se practicó en Alemania, y de la cual surgimos nosotros. ¡Lo sé, lo sé! Ya no estamos en Alemania sino en el mestizo Tercer Mundo. Sólo estoy planteando una posibilidad imposible, un juego de imaginación. Es que me apena observar cómo sus esfuerzos caen en vacío, son desaprovechados por gente que no consigue desprenderse del siglo. No obstante, y sin rozar ni remotamente la disciplina de la SS., ha conseguido formar un importante grupo de apoyo que le permite desarrollar su Estrategia: con personas salidas del esoterismo tradicional, especialmente muchos que comprendieron que la Iglesia Gnóstica de Samael Aun Weor es una secta sinárquica más, y otros procedentes del nacionalismo argentino, vale decir, hombres con formación política nazifascista. Con ellos formó la Orden de Caballeros Tirodal, en la cual se otorga una ‘Iniciación Hiperbórea’ en todo semejante a la que recibimos nosotros en la SS.”.

      “Pero la Iniciación Hiperbórea, que es la Primera de las tres que requiere la libe-ración espiritual y el Regreso al Origen, –prosiguió Oskar– sólo puede ser administrada por quien exhiba la Segunda Iniciación, es decir, por un Pontífice Hiperbóreo. Nimrod es, por lo tanto, un Pontífice Hiperbóreo. Cómo obtuvo su Segunda Iniciación, nadie lo sabe, pero tú y Yo conocemos muy bien que sólo los Superiores Desconocidos, los Señores de Venus, los Dioses Hiperbóreos la conceden. Naturalmente, para cumplir con su misión, este Iniciado se ha prefabricado un pasado lo más consistente posible, valiéndose para ello de su irresistible poder sobre la estructura ilusoria de la realidad. Mas esto no nos interesa: su pasado, y las contradicciones que en él puedan ser probadas, solamente interesan al Enemigo. Para nosotros, Querido Kurt, lo cierto, lo innegable, es que su Sabiduría proviene de una Fuente irreprochable: los Señores de Agartha”.

      “¿Y cuál es su misión? –se preguntó Oskar–. También es un enigma: parece estar ligada a la búsqueda de determinadas personas a las que habría que orientar estratégica-mente para cumplir un papel en la próxima Guerra Total. Todo su esfuerzo está puesto en esa búsqueda, mas no creo que haya tenido suerte pues, como te decía, sus colaboradores no son los más indicados para la práctica de la Alta Magia. De hecho, hay muy pocos Iniciados en la Orden Tirodal y ninguno responde a las exigencias de la misteriosa misión. Esta aseveración no es una presunción subjetiva sino una confidencia del mismo Nimrod: en efecto, cuando me entrevisté por primera vez con el Pontífice, éste, que de-mostró poseer el poder de leer las Runas iniciáticas, me felicitó por el grado alcanzado en la Orden Negra, pero evidenció un visible desencanto. Frente a mi sorpresa, se disculpó enseguida y me explicó cortésmente que al recibir a un Elegido por primera vez, siempre abrigaba la esperanza ‘de que fuese uno de Aquellos que cumplirían la Misión dispuesta por los Dioses’. Este comentario me aclaró todo y comprendí en el acto que Yo, obviamente, no era uno de ‘Aquellos’ a quien Nimrod aguardaba. No obstante, me trató con camaradería y ofreció participar de la Orden, realizando funciones en extremo reservadas, que en nada harían peligrar mi posición. Acepté, por supuesto; y aproveché su confianza para indagar algo más sobre la desgraciada búsqueda de los Elegidos aptos para llevar a cabo los designios de los Dioses, búsqueda que sería casi imposible en el infernal contexto de la Epoca actual”.

      –“La clase de gente que Ud. busca, Nimrod ¿es de calidad superior a los Iniciados de la Orden Negra SS.?”

      –“No se trata de calidad sino de confusión estratégica, Señor Pietratesta. Tal vez si se consiguiese trasplantar a uno de aquellos Iniciados del Castillo de Werwelsburg a esta Epoca, sin que experimentase el paso del tiempo, tendríamos a un Camarada apto para la Misión. Pero ahora, ciertamente, no tenemos un hombre semejante. Nuestros mismos Iniciados podrían ser aptos para la misión si asumiesen completamente la Iniciación y dominasen su naturaleza anímica, si se decidiesen a ser lo que son. Mas es difícil, muy difícil, que los hombres espirituales de esta Epoca cuenten con el valor necesario para dejar de ser lo que aparentan y sean definitivamente lo que en verdad son. Sin embargo, los Dioses aseguran que existen hombres capaces de tal valor, que se deben mantener abiertas las puertas del Misterio hasta que ellos lleguen o los que están se trasmuten. Y esta certeza es la que nos da fuerzas para seguir, Camarada Pietratesta”.

      “Me hallaba en una casa de la Ciudad de Córdoba, –aclaró Oskar– perteneciente a la Orden Tirodal. En la amplia habitación, amueblada como oficina, tras un imponente escritorio, estaba sentado Nimrod observándome atentamente. Al fin abrió un cajón y extrajo un libro de tapas rojas”.

      –“Señor Pietratesta –dijo con seriedad–. Nadie llega hasta este lugar si previamente no ha sido investigado en la Tierra y en el Cielo. Ud. ha satisfecho los requisitos y por eso le ofrecemos esta oportunidad: ingresar a la Orden Tirodal y convertirse en uno de sus Iniciados. Todos los que ingresan deben realizar los mismos actos, que son muy sencillos: básicamente consisten en comprender y aceptar los Fundamentos de la Sabiduría Hiperbórea, los que, para beneficio de los Elegidos, hemos sintetizado en este libro –me alargó el libro rojo–. El mecanismo de ingreso exige que Ud. lea este libro y decida si comprende y acepta su contenido. Si la resolución es positiva queda inmediatamente incorporado a la Orden y adquiere el derecho de acceder a los otros trece libros, que componen la ‘Segunda Parte’ de los Fundamentos y contienen la preparación secreta para la Iniciación Hiperbórea. Si la respuesta es negativa, si no comprende o no acepta los fundamentos de la Sabiduría Hiperbórea, sólo tiene que devolver el libro y abstenerse de hacer copias, para quedar desvinculado de la Orden. Debo advertirle –dijo con tono de amenaza– que la falta a esta condición es castigada severamente por la Orden”.

 

 

 

 

Capítulo IV

 

 

 

Oskar prometió obrar con lealtad –dijo tío Kurt– y no tuvo ningún inconveniente en cumplir. El contenido del libro no era desconocido para nosotros, aunque la novedad lo constituía el lenguaje filosófico de alto nivel con el que estaba redactado: para un alemán-báltico como Oskar, la lectura de aquel castellano puro fue una prueba extra, que sin embargo superó con juvenil entusiasmo. De modo que al concluir la lectura, meses despúes, se apresuró a solicitar el ingreso a la Orden de Caballeros Tirodal, siéndole asignado un día semanal para reunirse en cierto lugar oculto con unos pocos Camaradas de extrema confianza, que estaban estudiando la Segunda Parte de los Fundamentos y preparándose para el kairos de la Iniciación. Y esta etapa, al decir del propio Oskar, constituía uno de los acontecimientos más felices de su vida. Empero, si había algo que aún disgustaba a Oskar, eso era mi ausencia de la Orden. Tal como me lo manifestara en aquella ocasión, en Tilcara, él creía que mi presencia y la contribución de mis conocimientos sobre la Sabiduría Hiperbórea eran imprescindibles para fortalecer carismáticamente a la Orden. Quería además que leyese el libro, más no se atrevía a desobedecer al Pontífice, por lo que me rogó hasta el cansancio que lo autorizara a presentar mi nombre para que fuese chequeado “en la Tierra y en el Cielo” y obtuviese el libro por la via correcta.

      Finalmente acepté, más para complacerlo a él que por verdadero interés, pues, como ya comprenderás, neffe, Yo dispongo desde 1945 de las instrucciones precisas para cumplir mi propia misión. Y esas instrucciones proceden también de los Dioses, de los mismos Dioses de Nimrod de Rosario que, seguramente, son asimismo los “Dioses Liberadores” que guiaban a la Casa de Tharsis.

      La siguiente vez que nos vimos, la última, fue en Córdoba, en Agosto del año pasa-do. No voy a negarte, Arturo, que abrigaba el secreto deseo de conocer el asombroso Iniciado de quien tanto me hablara Oskar. Y sin embargo ello no pudo ser, pues el Pontífice se hallaba en un retiro secreto escribiendo un nuevo libro. Pese a todo, Oskar se encontró con la significativa noticia de que en la Orden habia un libro para mí: uno de los miembros antiguos me entregó el ejemplar que ahora tienes en las manos y me transmitió el saludo de Nimrod: “el Pontífice, dijo con ­respeto, se alegraba de ‘haberme conocido’ y me aseguraba un gran desempeño al servicio de los Dioses del Espíritu”. Desde luego, aquella entrevista se realizó en un hotel, pues nadie podía conocer las propiedades ni los lugares de reunión de la Orden antes de ser aceptado.

      ¿Te das cuenta, Arturo, lo cerca que estuve de ingresar en la Orden de Caballeros Tirodal? Estuve cerca, muy cerca, pero no conseguí concretar el ingreso porque el único contacto que tenía con la Orden lo constituía Oskar y éste falleció en Diciembre del 79. Por lo menos eso era lo que anunciaba el telegrama enviado por su viuda en Enero, a mi Casilla de Correo de Salta. Otra información más precisa no poseo, neffe. Compré los diarios de Córdoba de esos días y comprobé que, en efecto, se había efectuado el sepelio de Domingo Pietratesta, fallecido en su cama a causa de un síncope cardíaco. Luego de tan infausta noticia, sin poder hacer otra cosa mas que aguardar el paso del tiempo, he leído muchas veces el libro “Fundamentos”, llegando a la conclusión de que su contenido expresa en el más profundo y riguroso sistema de conceptos las antiguas y simples verdades de la Sabiduría Hiperbórea. El porqué Nimrod concibió semejante obra para regular el acceso de los Elegidos a su Orden creo que tiene que ver con una visión superrealista de la Epoca, de la Cultura actual, y con el typo de Iniciado que él busca para llevar a cabo la misión propuesta por los Dioses. Sea de ello lo que fuere, estimo que no causaré ningun daño a la Estrategia de Nimrod permitiendo que tú lo leas ahora. Sólo contraeré una Deuda de Honor con la Orden, que algún día tendré que saldar. De todos modos, tu ya has leído previamente una carta a la que atribuyo tanto valor como a este libro, a pesar de que todavía no me has permitido que de cuenta de ella.

      Aquí sonrió tío Kurt, en tanto Yo me sentía invadido por la vergüenza. No obstante la momentánea turbación, continué riendo, como lo venía haciendo desde unos minutos atrás. Es que estaba eufórico. Mi vida se había enredado de un modo harto significativo después del asesinato de Belicena Villca, y aquella trama era evidente que no podía ser casual: Alguien, los Dioses Liberadores, ya que no el “Angel de la Guarda”, había dispuesto uno como argumento real, uno como libreto del des-tino, para que Yo lo siguiera “casualmente” y me enterara de estas cosas en el momento justo. En una palabra: había sido guiado por los Dioses. Y este pensamiento, esta certeza, me llenaba de íntimo gozo.

      Tío Kurt, ya no me cabían dudas, poseía las claves que buscaba. No me desalentaba el hecho de que la muerte de Oskar Feil lo había desconectado de la Orden. Con la información que ahora poseía, se me antojaba tarea mucho más fácil la localización de Nimrod de Rosario y la Orden Tirodal: él era el Señor de la Orientación Absoluta y aquéllos eran los Constructores Sabios de su Orden. Su búsqueda apuntaba, y tío Kurt no podía saberlo todavía porque no había leído la carta, a encontar un Noyo o una Vraya, Iniciados capaces de atravesar las Piedras de un Valle de dos Ríos y llegar hasta la Espada Sabia, junto a Noyo de Tharsis, el hijo de Belicena Villca. Y era claro para mí que al llevarle la carta de Belicena Villca, Nimrod no dudaría en ponerme en camino hacia Noyo Villca, a quien le transmitiría el mensaje póstumo de su madre. Sin dejar de sonreír por la alegría que me produjeron sus revelaciones, mi mente trabajaba a gran velocidad, mientras en el rostro de tío Kurt se reflejaba la sorpresa ante tal actitud incoherente. Pero es que Yo pensaba, pensaba sin cesar, en la forma de obtener la dirección de Oskar Feil, o Domingo Pietratesta, consciente de que mi tío jamás me la daría voluntariamente. Al fin dí con la clave, sencilla, puesto que estuvo todo el tiempo frente a mis ojos: ¡los diarios! Eso era: buscaría en Córdoba los periódicos de Diciembre de 1979 y revisaría los avisos necrológicos. ¡Y allí descubriría el domicilio de su familia!

      Finalmente adopté una actitud más seria y respondí a tío Kurt:

      –Ciertamente que la última parte de tu revelación no es del todo fausta –dije con pesar–. Lamento sinceramente la muerte de tu Camarada; y más lamento aún, sabrás entenderlo, que su muerte te haya desconectado de la Orden Tirodal. No obstante, es tan extraordinario lo que me has contado de dicha Orden, que podría repetir tus palabras de esta tarde: “creo que me has traído algo que esperé mucho tiempo”. Tú lo decías por la carta, que aún no has leído, pero Yo creo también que la información sobre la Orden, y quizás este libro que aún no he leído, constituyen una respuesta concreta al verdadero motivo de mi visita. Porque, si bien vine conscientemente a indagar sobre la relación entre los SS. y los Druidas, es claro que tal indagación está inserta en la cuestión mayor de la búsqueda del hijo de Belicena Villca, el verdadero motivo, inconsciente pero efectivo, de todos mis movimientos. Y esa búsqueda pasa inevitablemente por la Orden de Constructores Sabios de Córdoba, de la que tú me has referido: ¿comprendes por qué en el fondo estoy contento? Porque el descubrimiento de esa Orden representa lo más necesario para mí, lo más importante, mucho más que obtener noticias sobre los Druidas.

      Sí, tío Kurt, –afirmé enfáticamente– es imprescindible que leas cuanto antes esa carta. No te molestaré hasta que acabes. Pero has hecho muy bien en anticiparme que tenías conocimiento de la Orden Tirodal: ello me ha quitado un peso de encima y ahora podré aguardar con más tranquilidad lo que tengas que decirme luego.

 

 

 

 

Capítulo V

 

 

 

Acepté, pues, conceder a tío Kurt el tiempo suficiente para que leyese la carta, sin imaginar lo que derivaría de tal concesión. En primer lugar, sea porque efectuó su lectura concienzudamente, sea porque, muy probablemente, el idioma castellano le impidió captar con más rapidez los oscuros conceptos de Belicena Villca, o sea por el motivo que fuese, lo cierto es que recién concluyó a los diez días. Pero, en segundo lugar, lo más irritante del caso es que durante ese tiempo se encerró en su cuarto negándose a salir ni siquiera por un minuto del mismo. Delegó toda las tareas de la Finca en su capataz José Tolaba y ordenó que la comida le fuese servida en la habitación por la vieja Juana. Y en vano fue que Yo intentase quebrar esa determinación: mis notas no tuvieron respuesta, y no logré penetrar la lacónica lealtad de la vieja con mis preguntas. En síntesis: ¡que tuve que armarme de paciencia y aceptar la extraña conducta de mi tío! Y, para colmo de mi frustración, sin poder avanzar mucho en la lectura del libro Fundamentos de la Sabiduría Hiperbórea debido a la complejidad de los temas que trataba: se requería, cuando menos, un Diccionario Filosófico para comprender con profundidad la mayoría de los conceptos, que estaban empleados con mucha precisión, e ignoraba si tío poseía algún tipo de ejemplar, aunque de nada me serviría si estaba escrito en alemán. Naturalmente, no conseguí resolver el problema hasta que reapareció tío Kurt, y para entonces ya no sería necesario el Diccionario porque jamás terminaría de leer el libro de Nimrod: el relato de tío Kurt, y los sucesos que ocurrieron luego, me lo impidieron inevitablemente.

 

 

 

      Ha de haber sido muy intenso el efecto psicológico que la carta produjo en tío Kurt pues, como efecto de la lectura, demostraba entonces un cambio físico muy notable, sin dudas un producto psicosomático de la impresión recibida. Con pocas palabras, por el aspecto que mi tío presentaba, aparentaba haber retrocedido varios años en esos diez días, estaba mucho más joven, mostraba un carácter positivo y comunicativo que antes no le conocía. Sospecho, y no creo equivocarme demasiado, que los treinta y tres años pasados en Santa María habían agriado su temperamento, normalmente jovial, y causado esa personalidad huraña y pesimista que advertí al llegar a la Finca. La personalidad de aquél que ya no confía demasiado en que se cumplirán los designios de los Dioses y espera resignado la resolución de la Muerte. Treinta y tres, son muchos años para aguardar en Catamarca, Yo lo comprendía mejor que nadie, y me parecía lógico que hubiesen erosionado su carácter. Y por eso entendía entonces que el cambio estaba justificado, incluso que era previsible, toda vez que la carta de Belicena Villca cubriese sus expectativas por tantos años postergadas. Pues estaba claro, ya que él mismo lo había confesado, que sus instrucciones para después de la guerra, “instrucciones de los Dioses”, lo obligaron a permanecer en aquel lugar, y que mi llegada portando la carta, y el presunto e inminente ataque de los Druidas, constituían pruebas de que esa espera casi había terminado.

 

      –En verdad, neffe –fue lo primero que dijo tío Kurt, confirmando mis presunciones– no es la carta lo que me ha afectado hasta un extremo que no puedes imaginarte, sino el Misterio de Belicena Villca, lo que estaba oculto tras su existencia real y que ahora se descubre ante nosotros. De la carta, neffe, de su contenido, es posible asumir una participación meramente intelectual; pero del Misterio que la carta y que la muerte de Belicena plantean, del Misterio de la Casa de Tharsis, no es posible excluirse sin quedar fuera de la Estrategia de los Dioses.

      El Misterio ha llegado a nosotros –aquí tío Kurt, decididamente, se incluía en mi aventura– y no podemos ni debemos intentar esquivarlo. Ahora, que el kairos lo permite, hay que llegar hasta el final, hasta la Orden Tirodal, hasta Nimrod de Rosario, hasta Noyo de Tharsis y la Espada Sabia, hasta la Batalla Final.

      Asentí con un gesto, sorprendido aún por la firme y solidaria actitud de mi tío. Este continuó, asombrándome una vez más.

      –Mira Arturo, he pensado en estos días más de lo que tú puedes suponer, evaluando los sucesos ocurridos y calculando cada paso que se debe realizar en el futuro. Por medio de ese análisis estratégico global, y teniendo en cuenta mi experiencia personal, que pronto tendrás ocasión de saber en qué consiste puesto que te narraré la historia de mi vida, he sacado algunas conclusiones que sería bueno tomaras en consideración. Ante todo, y tal como lo supuse desde un principio, he comprobado que tú no estás para nada preparado para enfrentar esta misión. –Quise protestar, pero tío Kurt alzó la mano en forma inapelable y decidí permitirle completar su exposición–. Atiende bien, neffe: no dije que no puedas llevarla a cabo sino que aún no estás preparado para emprender la misión. Pero lo estarás muy pronto si comprendes mis argumentos y sigues mis instrucciones al pie de la letra.

      –Por consiguiente, lo primero que debes comprender es que jamás se inicia una misión como ésta sin un desprendimiento previo. Lo entiendo, y no necesitas explicármelo, que tal desapego es un estado de conciencia espiritual que tú experimentaste desde el momento en que te lanzaste a esta aventura: ahora mismo te sientes desconectado del mundo, liberado de las ataduras materiales. Mas, debo decirte con realismo, que semejante actitud es completamente subjetiva, ingenua, obstaculizante para conseguir el objetivo espiritual; una actitud que no toma en consideración a los enemigos que tratarán de impedir la concreción de la misión, enemigos dotados de unos poderes terribles y que gozan de una movilidad absoluta; una actitud, en fin, que es estratégicamente suicida. Porque ¿acaso está realmente “desconectado del mundo” quien se dispone a “cumplir una misión espiritual” aprovechando “el período de sus vacaciones”; quien depende “del dinero” para viajar, de un dinero que es limitado y que en algún momento puede terminarse; quien subestima al enemigo y deja tras de sí, fuera de sí, “puntos débiles” que pueden ser fácilmente atacados y destruidos, es decir, quien viaja sin renunciar previa-mente al amor por las “cosas del mundo”, sean éstas lo que fueren, la familia, las pro-piedades, los amigos, el contexto habitual donde se desarrolla la vida rutinaria, etc., todos posibles “blancos” de los golpes enemigos? No neffe; quien así se comporte es puro y simple, un buen hombre, pero no un buen guerrero: no llegará nunca a cumplir su misión; el Enemigo lo detendrá golpeando a sus espaldas, amenazando o destruyendo aquello “de afuera” que él ama, aquello a lo que él está realmente conectado, atado o apegado, aunque no lo admita o reconozca.

      Comprendí perfectamente su punto de vista y le dí en el acto la razón: en verdad Yo permanecía aún atado a muchas cosas y mi viaje no podía haber sido más improvisado. No obstante, poco fue el tiempo del que dispuse para decidir mi Destino. Antes bien el Destino decidió por mí, sin darme tiempo a cambiar, a despertar, a “prepararme” como pretendía tío Kurt. ¡Todo había sucedido tan rápido! ¿Qué debía hacer ahora? Es lo que le preguntaría a tío Kurt:

      –¿Qué más podía hacer dada las circunstancias, considerando como ocurrieron los hechos? –interrogé más para mí mismo que para tío Kurt, tratando de justificarme–. Es cierto, todavía conservo mi trabajo, pero es que no se me había ocurrido que podía no regresar. Y en cuanto al dinero: no soy rico y lo sabes; y realmente no sé cómo haré para conseguir lo que necesite si esta aventura se prolonga demasiado. Lo afectivo, por otra parte, el amor a mis familiares y amigos, supongo que no sabré hasta qué punto lo domino sino cuando sea sometido a una prueba: ¡con el corazón nunca se sabe, tío Kurt! Sí, son justos los reproches, pero deberás ser tú quien me oriente en este momento, pues de lo contrario no tendré más remedio que continuar del mismo modo “ingenuo” como comencé.

      Tio Kurt me contemplaba con lástima, sin dudas admirado de ver la irresponsabilidad con que Yo tomaba las cosas. Según él, los Druidas eran feroces enemigos a los que no había que temer pero tampoco subestimar. Yo no temía, y eso era bueno; pero parecía evidente que Yo subestimaba al enemigo, que no advertía que podría ser destruido en cualquier momento, que me arrojaba a desafiar a un adversario poderoso “sin estar preparado para ello”. Ignoro si mi actitud de entonces alcanzaba tal grado de insensatez, pero tío Kurt así lo creía y eso lo desesperaba. De allí a que se dispusiese a considerarme un soldado inexperto, un soldado en instrucción de su ejército particular, y en lugar de sugerir y discutir conmigo lo que se debía hacer tornase a ordenar las medidas que a su juicio habrían de tomarse sin dilación.

      –Enviarás de inmediato una serie de telegramas cancelando todos tus compromisos. Renuncia a tu trabajo, a tus estudios, a los clubes, bibliotecas o a cualquier organismo al que estés vinculado. Despídete de quien tengas que hacerlo comunicándole que emprendes un largo viaje: si desalientas sus expectativas de verte o despedirse, pronto te olvidarán. Si tienes alguna propiedad nombra un apoderado, alguien a quien no conozcas y que no te conozca, una firma de abogados por ejemplo, y ordena su liquidación. Procede del mismo modo con todo lo que te vincule a tu antigua vida: corta todos los lazos, borra todas las huellas, suprime todas las pistas. ¡No basta que hayas muerto para ti mismo; también debes morir para el Mundo!

      El dinero no será problema por ahora: Yo te proveeré lo suficiente para llevar a cabo esta misión. He pasado más de treinta años reuniendo dinero y el día ha llegado de utilizarlo. Y es tanto tuyo como mío, neffe. (¿Sabes que había testado a nombre tuyo?). Por supuesto, mi dinero soluciona los problemas de momento, pero no es solución definitiva: trataré, en el futuro, de enseñarte las tácticas operativas para que siempre puedas conseguir el dinero o las cosas que necesites. Se trata de técnicas, métodos para valerse de sí mismo, técnicas que todo Iniciado Hiperbóreo debe saber aplicar.

 

 

      Desde luego, hice todo lo que él me había ordenado. Lo fui llevando a cabo mientras duró mi convalescencia, durante los días en que tío Kurt me narraba su extraordinaria historia. Al fin, el día que tuvimos que partir, nada quedaba intacto en Salta, de mi vida anterior. Todo cuanto había hecho en años de esfuerzo y trabajo, ahora estaba deshecho: tarde o temprano, el Dr. Arturo Siegnagel sería sólo un recuerdo; y luego ni eso existiría, posibilidad que entusiasmaba a tío Kurt. No quería pensar en la impresión que aquellas medidas habrían causado a Papá y Mamá, a Katalina, porque se me “aflojaría el corazón” y temía que tío Kurt lo notara: frente a él, quería aparecer más fuerte de lo que era, quería tranquilizarlo sobre mi equilibrio y valor. Quería ponerme a su altura, a nivel de sus exigencias, porque, casi sin advertirlo, había comenzado a admirar a tío Kurt, a valorar sus grandes aptitudes, a apreciarlo y comprenderlo.

 

 

 

 

Capítulo VI

 

 

 

Al día siguiente de aquel en el que terminó de leer la carta, a las 21,30 hs. tío Kurt se instaló en un cómodo sillón hamaca, junto a mi cama, y luego de permanecer pensativo unos minutos comenzó a narrarme su vida.

   –Tal como te ocurre ahora a ti, una serie de “extrañas” coincidencias influyeron de manera determinante en los primeros años de mi vida. Para apreciar con mayor perspectiva esta aseveración, debo comenzar el relato muchos años antes de mi nacimiento, en el momento preciso en que mi padre, el Barón Reinaldo Von Sübermann viene al mundo, es decir en el año 1894, en la ciudad de El Cairo, Egipto. Ese mismo año, en Alejandría, a 130 km. de El Cairo, nace también, una persona que sería en mi vida más importante que ninguna otra. Me refiero a Rudolph Hess, cuyo natalicio ocurrió el 26 de Abril de 1894.

      A pesar de las distancias entre ambas ciudades, mi padre y Rudolph Hess pronto se conocieron, pues los padres de Hess enviaron a éste a estudiar al Liceo Francés de El Cairo –la escuela a la que concurría Papá– desde los seis hasta los doce años. Compañeros de la infancia, estaban unidos por una tierna amistad que se consolidó con los años.

      Al finalizar los estudios primarios –tal como hacían muchos germanos acomoda-dos con sus hijos– los dos fueron internados en el Evangelische Paedagogium de Godesberg-Am-Rheim, ciudad distante diez  km. de Bonn.

      Cuando ambos tenían dieciséis años, es decir en 1910, se separan para seguir distintas carreras. Papá se matricula para el Instituto Politécnico de Berlín en la carrera de Ingeniería Industrial. Rudolph Hess viaja a Suiza, a la Ecole Superieure du Commerce en Neuchatel, por imposición de su padre, rico exportador de Alejandría, quien deseaba iniciar al joven en el mundo del comercio. La intención de Rudolph era, dentro de lo posible, cursar el Doctorado en matemáticas.

      La guerra de 1914 arruina todos los planes. Papá es reclamado por mi familia a El Cairo, adonde regresa cuando estalla el conflicto y permanece allí definitivamente pues al hacerse cargo del Ingenio Azucarero no podrá ya concluír sus estudios.

      Rudolph Hess, que sólo permaneció un año en Suiza, se hallaba en Hamburgo perfeccionándose en Comercio Exterior y no vaciló en alistarse en el Primer Regimiento de Infantería de Baviera. Fue herido dos veces, en 1916 y 1917, recibiendo la Cruz de Hierro por actos de heroísmo. En 1918 ingresa al recién formado Cuerpo Imperial del Aire, sien-do instituido como piloto calificado, pero sin intervenir en combates aéreos pues en Noviembre de 1918 se firma el armisticio y es desmovilizado.

      Vuelve a Egipto portador de una doble tristeza: Alemania derrotada es despedazada por el Tratado de Versalles y sus padres han muerto durante la guerra. Los negocios familiares son atendidos por sus hermanos, el mayor Alfred, que es contador y una hermana casada.

     

      El no desea ocuparse del comercio y así lo hace saber: piensa retornar a Alemania para estudiar, no ya matemáticas, sino Historia o Filosofía.

      El tiempo que pasa en Egipto lo dedica a buscar respuestas para tanta desdicha. Respuestas que sólo pueden dar los Iniciados de las grandes Sectas Islámicas o Gnósticas de las que Alejandría en particular y Egipto en general es fértil semillero.

      Pero dejaré para otro día el relato de la Corriente Esotérica en la cual Rudolph Hess iba a ingresar en esos días de 1919, en Egipto, que lo llevaría junto a Adolf Hitler en 1920 y a Inglaterra en 1941. Continuaré con el desarrollo cronológico de los principales hechos que interesan a la historia y, luego, analizaremos estas cosas.

      Tío Kurt era, por lo visto, un narrador preciso, que sabía lo que quería decir y no se apartaba de ello. Me daba cuenta que pasarían varios días hasta que completara sus re-cuerdos y esta perspectiva me regocijaba.

 

      –En Febrero de 1919 –continuaba imperturbable tío Kurt– Rudolph Hess viajó a El Cairo para visitar a Papá y a otro amigo, Omar Nautais. Se encontraron por primera vez luego de seis años, con la consiguiente alegría mutua y de mi madre que también conocía a Rudolph de la niñez.

      Papá se había casado en 1917 y el 17/11/1918 nací Yo por lo que en esa fecha, Febrero de 1919, contaba con tres meses de vida. Como aún no me habían bautizado, Papá pidió a Rudolph que fuera mi padrino, a lo que éste accedió gustoso pues amaba mucho a mis padres y deseaba brindarles una muestra de su afecto.

      La ceremonia se llevó a cabo en la Iglesia Luterana de El Cairo, una fresca mañana de Febrero de 1919, el día 17 para ser exacto.

      Aquí tienes neffe una primera coincidencia –decía tío Kurt en tono reflexivo– pues ese joven héroe de guerra de 25 años que me tomaba en sus brazos, sería quince años más tarde Ministro de estado de Alemania y el hombre de confianza del Canciller Adolf Hitler, su Stellvertreter [2].       

      En Egipto, como en todos los países extranjeros, la comunidad germana organizó para el entrenamiento de sus niños, las Hitlerjungen, juventudes hitlerianas, con la supervisión velada de los agregados militares a la Embajada Alemana. Dentro de este movimiento, figuraba un grupo “junior” llamado Jungvolk [3] para niños de 10 a 15 años, al que ingresé a los 10 años, cuando aún cursaba los estudios primarios en el Colegio Alemán de El Cairo.

      Egresé en 1932 y Papá decidió enviarme a Alemania para seguir estudios superiores. Contaba entonces 14 años y ostentaba el título de Faehnleinsführer en la Hitlerjungen.

       Al año siguiente, en Julio de 1933, partimos de Alejandría en un barco mercante que, con pocas escalas, iba directamente a Venecia; de allí seguiríamos en tren a Berlín.

     

      En esos días Rudolph Hess era un personaje muy importante en el Tercer Reich e increíblemente popular entre los miembros de la comunidad germana de Egipto quienes se sentían gratificados con el triunfo de uno de los suyos. Rudolph trabajó duro todos esos años para contribuir a la victoria del Führer y salvo algunos viajes cada uno o dos años, había abandonado completamente su primera patria egipcia. Sin embargo nunca olvidó a sus amigos, que no eran muchos, ni a su ahijado Kurt Von Sübermann.

      Invariablemente recibíamos una tarjeta navideña todos los años y cuando en el Jungvolk necesitamos un tambor, recuerdo que Papá me instó a escribir una carta a mi prestigioso padrino, quien no sólo respondió amablemente con una misiva en la que me estimulaba a estudiar y perseverar dentro de las Hitlerjungen, sino que se ocupó de mi infantil solicitud.

      Un día recibimos una citación de la Embajada de Alemania para retirar una encomienda, cuyo remito debía ser firmado por el Faehnleinsführer Kurt Von Sübermann, es decir por mí. Era el tambor oficial de las Hitlerjungen pintado con flamas negras y blancas una RunaS ” (s) del antiguo alfabeto germano futark, con forma de rayo. La Hitlerjungen utilizaba una Runa “ S ” pero la Schutzstaffel [4] estaba autorizada para emplear dos (SS.). Venía también una carta del Reichjugenführer [5] Baldur Von Schirach en la que confirmaba que a pedido del Secretario Privado del Führer, Rudolph Hess, enviaba un tambor a los lejanos Camaradas de la Jungvolk de Egipto. Seguía una larga lista de conceptos y finalizaba recomendando emplear el Himno de la Juventud Hitleriana:

 

              Vorwarts, Vorwarts,

              Schettern die Hellen Fanfaren,

              Vorwarts, Vorwarts,

              Jugen Kennt Keine Gefahre.[6] 

 

      Estaba la firma de Baldur Von Schirach y tres palabras: Heil und Sieg [7].

      Ese tambor y esa carta me dieron una injustificada fama entre los niños germanos de El Cairo, a la vez que estimulaban mi vocación para continuar en la línea de las Hitlerjungen.

      En 1933 llegaron noticias a Egipto de que el Führer, al celebrar su 44 cumpleaños, abriría las escuelas NAPOLA que fueran disueltas por los aliados en 1920[8].

      Serían escuelas de formación para la futura Elite alemana y en ellas se capacitarían los cuadros de la Juventud Hitleriana. Pensando en la dificultad de ingresar en ella siendo germano-egipcio, Papá, que poseía la amarga experiencia de no ser considerado “verdadero alemán” durante sus estudios en Bad-Godesberg, consideró la posibilidad de dirigirse a Rudolph Hess para que facilitara la admisión.

      Para ello, antes de partir, le envió una carta solicitándole una entrevista e informándole la fecha aproximada de nuestra llegada a Europa.

      Los puertos y ciudades extrañas que tocábamos eran sitios fantásticos para un orgulloso Faehleinsführer de 15 años que se debatía entre el gozo de conocer y la ansiedad de llegar. Llegar, sí, porque lo maravilloso era el destino final del viaje mágico: Alemania.

 

      –Me miras con incredulidad neffe –se disculpaba tío Kurt– y te comprendo; es difícil entender lo que sentíamos en esos días los jóvenes germanos, aún extranjeros como Yo. Egipto era la patria amada, la tierra donde nací y crecí.

      Pero Alemania era otra cosa.

      La Tierra de Sigfrido y del Führer; del Río Rhin y de Lorelay; de las Walkirias y de los Nibelungos. Era una “Patria del Espíritu”, donde se nutría al mito, la leyenda y la tradición de nuestros mayores.

      Una patria eterna y lejana que de pronto se tornaría real por intermedio de ese viaje fabuloso. Habíamos sido educados en una mística cuya formulación era: “Sangre y Suelo”; obrábamos en consecuencia.

      A fines de Julio, pleno verano europeo, arribamos a Venecia, punto final de nuestro viaje por mar, desde donde tomaríamos una combinación de trenes hacia Berlín. Estábamos prontos a descender del Barco cuando el Capitán nos anunció que deberíamos pasar por las oficinas, que la compañía posee en el puerto, para retirar un mensaje.

      Llegamos allí, con el corazón oprimido pensando en malas noticias de Egipto, para encontrar en cambio, una carta con membrete oficial del Tercer Reich. En ella, Rudolph Hess nos advertía que estaría ausente de Berlín hasta la segunda semana de Agosto pero que, si deseábamos visitarlo enseguida, podríamos dirigirnos a la Alta Baviera. La causa de esto era que el Führer había decidido descansar unos días en su Villa “Haus Wachenfeld”, sobre el Obersalzberg, en Berchtesgaden y parte de su gabinete le acompañó alojándose en hosterías cercanas. Rudolph Hess y su esposa Ilse se hallarían encantados de recibirnos si decidíamos ir hasta allí[9].

      Papá no podía ocultar su satisfacción pues esta situación era por demás beneficiosa para nuestros planes. Por un lado nos ahorrábamos de viajar cientos de kilómetros, pues de Venecia a Berchtesgaden hay sólo doscientos kilómetros en tanto que a Berlín más de mil. Por otro lado teníamos la posibilidad de entrevistar a Rudolph, fuera de todo protocolo oficial, sin padecer la interferencia de secretarias o asistentes y disponiendo de tiempo para conversar y recordar las buenas épocas.

 

      La vista de la legendaria Venecia, el paso por Austria y la llegada a los Alpes Bávaros, fueron el umbral de mi ingreso a un mundo nuevo y maravilloso.

      Desde el momento en que pisé suelo Bávaro, noté que el aire estaba como electrizado, como si un oculto motor enviase vibraciones poderosas a través del éter. Era algo tan evidente en esos días –o años– que cualquiera que estuviese medianamente predispuesto, podía percibirlo.

      Esas vibraciones, que no se captaban con un órgano físico, llevaban al espíritu receptor un mensaje: ¡Alemania despierta![10]. Pero esta traducción en dos palabras es burda; parece una proclama patriótica elemental, no transmite cabalmente lo que evocaba en nuestro Espíritu esa fuerza misteriosa. Trataré de explicarlo. ¡Alemania despierta! decía y quien escuchaba no pensaba en la Alemania geográfica, ni siquiera en el Tercer Reich, sino que se sentía claramente en otro mundo, sin fronteras, en una Alemania sin Tiempo ni Espacio, cuyos únicos límites eran justamente los fijados por esta misma vibración.

      Alemania concluiría solamente donde ya no se percibiera la vibración unificadora pues, ahora lo sabían todos, Alemania era también ese inmanente sonido inaudible llamado volkschwingen [11].

      ¡Alemania despierta! decía el mensaje trascendente y Alemania, como el ave fénix, renacía de las cenizas de sus últimas derrotas; se convertía en el epicentro de una nueva weltanschauung [12] en la que no tendrían lugar las infamias de la conspiración judía mundial y de la subversión marxista leninista.

     

      La revolución parda traería un Nuevo Orden que sólo admitiría en su Elite dirigente la jerarquía del Espíritu; serían superiores quienes lo fueran realmente por sí mismos, sin importar ninguna otra condición. Esta perspectiva estimulaba la sana competencia, insuflaba nuevas esperanzas y alentaba a todos a compartir la aventura del “despertar alemán”. Y nadie debía dudar pues el Nuevo Orden estaba garantizado, asegurado en su pureza por la figura del Führer  [13].

      Sí, al fin Alemania tenía su Führer. El era el verdadero artífice del Nuevo Orden, el Jefe que conduciría al pueblo germano a la victoria.

      Corría el año 1933, Alemania despertaba, Adolf Hitler era el Führer.

 

 

 

Capítulo VII

 

 

Tenía quince años, el Alma cargada de ilusiones y la clara percepción de la volkschwingen cuando, de la mano de Papá, llegamos al hospedaje de Rudolph Hess en Berchtesgaden.

   Se había difundido la noticia de que el Führer estaba en Haus Wachenfeld y la zona se vio invadida de periodistas y curiosos, por lo que nos fue difícil alojarnos. Finalmente lo hicimos en la modesta hostería “Kinderland” a unos dos kilómetros de la casa de Rudolph Hess.

      Pernoctamos allí y por la mañana bien temprano partimos atléticamente por un sendero nevado que seguía en sus curvas a la colina cercana. Papá, vestido a la usanza Bávara, llevaba la estrecha botamanga del pantalón montañés dentro de gruesas medias de lana que llegaban a la rodilla. Borceguíes, camisa y saco sin cuello completaban el equipo. Yo lucía un flamante uniforme gris oscuro de la Hitlerjungen, compuesto de pantalón corto, chaqueta con bolsillos y cuello marinero; cinturón de hebilla con Runa S, correa cruzada sobre el pecho y un pequeño puñal al cinto con la inscripción “Blut und Ehre” [14] grabada en la hoja; corbatín ceñido con anillo, botines de cordón y zoquetes grises.

      La casa donde se hospedaba la familia Hess, era una antigua construcción de madera de clásico estilo alpino; pequeña pero confortable. Al llamar a la puerta, fuimos atendidos por un somnoliento oficial de la SS. que ejercía la custodia durmiendo en el livingroom, junto al hogar encendido. Se llamaba Edwin Papp y era SS. Obersturmführer [15].

      –Herr Hess se encuentra aún acostado, –dijo el oficial de la SS..– Se alegrará de verlos pues los espera desde hace varios días. Siéntese en el living, por favor, mientras preparo café.

 

      Media hora después aparecía Rudolph Hess, impecablemente vestido con equipo de gimnasia: pantalón, rompevientos y zapatillas azules. Alto, fornido, de rostro cuadrado y cejas espesas, se destacaban claramente los ojos negros y brillantes que parecían atraer la atención puesta en él.

      Apenas sonriente, se detuvo un momento a mirar a Papá y luego se confundieron en un abrazo que arrancó en ambos exclamaciones de alegría y espontáneas carcajadas. Hacía muchos años que Yo no lo veía y, por lo tanto, guardaba de él un recuerdo muy vago, pero me sorprendió descubrir una timidez que no podía ni imaginar en el poderoso lugarteniente del Führer.

      Se volvió hacia mí y me observó admirado.

 

      ¿Dieser mein patekind? [16] –dijo como para sí–. ¡Cómo pasa el tiempo! ya es todo un hombre. Un nuevo hombre para un nuevo Reich.

      –Dime Kurt –se dirigía esta vez a mí– ¿no deseas quedarte en Alemania? Aquí podrías estudiar y servir a la patria.

      –Sí taufpate [17] Rudolph, –respondí alborozado– eso es lo que quiero. Mi mayor ambición es ingresar a la Escuela NAPOLA.

      –Esa sí que es una gran ambición –dijo Rudolph Hess– veremos qué podemos hacer.

      En ese momento entró Ilse Prohl de Hess a quien Papá no conocía pero que luego de hechas las presentaciones, parecía ser una amiga de toda la vida. Esto se debía a que Ilse era una mujer sencilla y enérgica, pero dueña de una gran amabilidad. Antigua militante nacionalsocialista estaba alejada de la política desde su casamiento con Hess en 1927 y manifestaba, a poco de estar hablando con nosotros, el deseo de tener hijos, que Dios parecía negar. –Recién cinco años después, nacería el único hijo de Rudolph Hess, Wolf, pero esa es otra historia–.

      Pasamos una semana en Berchtesgaden durante la cual Rudolph, Ilse y Papá intimaron en varias ocasiones, cuando ellos no iban a Haus Wachenfeld a ver al Führer que por otra parte se hallaba asediado por Goering y otros miembros del partido.

      En esas veladas, cuando Papá y los Hess intercambiaban recuerdos y anécdotas, Yo solía interrogar durante horas al oficial de la SS. encargado de la custodia. Según mi criterio de aquellos días, no existía una meta más digna de los esfuerzos de un joven alemán, que llegar a pertenecer al cuerpo de Elite de la SS..

      Un día, de los primeros que pasamos en Berchtesgaden, Papá y Rudolph se retiraron para hablar a una galería exterior, ubicada sobre una ladera y protegida por una baranda que rodeaba la casa. Normalmente no hubiera hecho caso de ellos, pero algo en los gestos, un tono de cuchicheo en la conversación, me alertó sobre la posibilidad de que estuvieran hablando de mí.

      Pensé que se referían al ingreso a la Escuela NAPOLA y una ansiedad creciente me ganó. No pudiendo resistir la tentación –delito imperdonable diría mi padre– hice algo repudiable: los espié.

      Disimulando estar parado contra una ventana que se abría en las proximidades de Papá y Rudolph Hess, traté de escuchar su conversación, que efectivamente se desenvolvía en torno al tema de mi persona. Pero no versaba sobre el ingreso a la Escuela NAPOLA, sino sobre una cuestión que me llenó de estupor.

      –... Puedes dejarme a Kurt entonces –decía Rudolph– ¿le hablaste del Signo?

      –No lo creí conveniente –respondió Papá–. Además no sabría explicarle con la suficiente profundidad ese Misterio. Tú sabes más que Yo de estas cosas; eres el más indicado para hablar con él.

      Movía la cabeza afirmativamente Rudolph Hess mientras en su rostro se mantenía esbozada esa sonrisa tímida tan característica de su persona.

      –Esperemos unos años; –dijo Rudolph Hess– si es que Kurt no pregunta antes. ¿Nunca ha sospechado nada? ¿No ha sido protagonista de algún suceso anormal?

      –No, Rudolph, salvo el asunto de los Ofitas, que ya te conté en mis cartas, no le ocurrió nada extraño después, e incluso parece haberlo olvidado, o por lo menos, el recuerdo no le afecta.

     

      En este punto de la conversación entre Rudolph Hess y mi padre poco era lo que yo entendía, pero al mencionar a los Ofitas un increíble episodio de la niñez vino a mi memoria instantáneamente. ¡Cuando tenía unos diez u once años fui víctima de un secuestro! No era un secuestro criminal con el fin de cobrar rescate, sino un rapto perpetrado por fanáticos de la Orden Ofita que sólo duró unas horas hasta que la Policía, merced a los datos que aportó un soplón profesional, pudo desbaratarlo.

 

 

 

 

Capítulo VIII

 

 

 

Las cosas sucedieron así: mis padres habían viajado hasta El Cairo –el Ingenio familiar dista unos kilómetros de esta ciudad– con el objeto de hacer compras.

   Mientras Mamá se entretenía en las vastas dependencias de la Tienda Inglesa Yo, ávido de travesuras, me fui deslizando con mucho disimulo hacia la calle. Un momento después corría a varias cuadras de la Tienda atraído inocentemente por el bullicio del “Mercado Negro”, barrio laberíntico de miserables puestos callejeros y refugio seguro de mendigos y delincuentes de poca monta.

      Ese día la marea humana era densa por las callejuelas estrechas en las que la distancia entre dos puestos de ventas apenas dejaba un pasillo al tránsito peatonal. Alfarería, frutas, alfombras, animales, de todo lo imaginable se vendía allí y ante cada mercadería se detenían mis ojos curiosos. No tenía miedo pues no me había alejado mucho y sería fácil volver o que me hallara Mamá.

      Siguiendo una callejuela fui a dar a una amplia plaza empedrada, con fuente de surtidor, en la que desembocaban infinidad de calles y callejuelas que sólo el irregular trazado de esos Barrios de El Cairo puede justificar. Estaban allí cientos de vendedores, vagos, pordioseros y mujeres con el rostro cubierto por el chador, que recogían agua en cántaros de barro cocido.

      Me acerqué a la fuente tratando de orientarme, sin reparar en un grupo de árabes que rodeaban cantando a un encantador de serpientes. Este espectáculo es muy común en Egipto por lo que no me hubiera llamado la atención, a no ser por el hecho inusual de que al verme, los árabes fueron bajando el tono del canto hasta callar por completo. Al principio no me percaté de esto pues el encantador continuaba tocando la flauta en tanto los ojos verdes de la cobra, hipnotizada por la música, parecían mirarme sólo a mí. De pronto el flautista se sumó también al grupo de silenciosos árabes y Yo, comprendiendo que algo anormal ocurría, uno tras otro daba prudentes pasos atrás.

      El hechizo se rompió cuando uno de ellos, dando un alarido espantoso, gritó en árabe –¡El Signo! mientras me señalaba torpemente. Fue como una señal. Todos a la vez gritaban exaltados y corrían hacia mí con la descubierta intención de capturarme.

      Se produjo un terrible revuelo pues siendo Yo un niño, corría entre la muchedumbre con mayor velocidad, en tanto que mis perseguidores se veían entorpecidos por di-versos obstáculos, los que eliminaban por el expeditivo sistema de arrojar al suelo cuanto se les cruzara en sus caminos. Por suerte era grande el gentío y muchos testigos del episodio pudieron informar luego a la Policía.

      La persecución no duró mucho pues el fanatismo frenético que animaba a aquellos hombres multiplicaba sus fuerzas, en tanto que las mías se consumían rápidamente.

      Inicialmente tomé por una calle pletórica de mercaderes, escapando en sentido contrario al empleado para llegar a la plaza, pero a las pocas cuadras, intentando esquivar una multitud de vendedores y clientes, me introduje en un callejón. Este no era recto, sino que seguía estrechándose cada vez más, hasta convertirse en un camino de un metro de ancho entre las paredes de dos Barrios que habían avanzado desde direcciones distintas, sin respetar la calle.

      A medida que corría, el callejón parecía más limpio de obstáculos y, por consiguiente, mis perseguidores ganaron terreno, hasta que una piedra saliente del desparejo suelo me hizo rodar derrotado. Inmediatamente fui rodeado por los excitados árabes que no tardaron un instante en envolverme con una de sus capas y cargarme aprisionado entre poderosos brazos. La impresión fue grande y desagradable y, por más que gritaba y lloraba, nada parecía afectar a mis captores que corrían ahora, más rápido que antes.

      Un rato después llegamos a destino. Aunque Yo no podía ver, entendía perfecta-mente el árabe y comprendí entonces que los fanáticos llamaban a grandes voces a alguien a quien denominaban Maestro Naaseno.

      Al fin me liberaron del envoltorio en capuchón que me cegaba, depositándome sobre un suave almohadón de seda, de regular tamaño. Cuando acostumbré la vista a la penumbra del lugar, comprobé que estaba en una amplia estancia, tenuemente iluminada con lámparas de aceite. El piso, cubierto de ricas alfombras y almohadones, contaba con la presencia de una docena de hombres arrodillados, con la frente en el suelo, los que de tanto en tanto levantaban la vista hacia mí y luego, juntando las manos sobre sus cabezas, elevaban sus ojos extraviados hacia el cielo clamando ¡Ophis! ¡Ophis!

      Por supuesto que todo esto me atemorizó pues, aunque no había sufrido daño, el recuerdo de mis padres, y el hecho de estar prisionero, me producían una gran congoja. Sentado en el almohadón, rodeado de tantos hombres, era imposible pensar en fugar y esta certeza me arrancaba dolorosos sollozos. De pronto, una voz bondadosa brotó a mis espaldas trayendo momentánea esperanza y consuelo a mis sufrimientos. Me di vuelta y vi que un anciano de barba blanca, tocado con turbante, se llegaba hacia mí.

      –No temas hijo –dijo en árabe el anciano a quien llamaban Naaseno–. Nadie te hará daño aquí. Tú eres un enviado del Dios Serpiente, Ophis-Lúcifer a quien nosotros ser-vimos. Lo prueba el Signo que traes marcado para Su Gloria.

      Me indicó en gesto afectuoso que permitiera ser tomado en brazos por él, para poder así “enseñarme la imagen de Dios”. Realmente estaba necesitando un trato afectuoso pues aquellos fanáticos no reparaban en que Yo era un niño. Abracé al anciano y éste echó a andar hasta un extremo de la sala –que resultó ser un sótano– adonde se elevaba una columna en cuyo pedestal brillaba una pequeña escultura de piedra muy pulida. Tenía la forma de una cobra alzada sobre sí misma con ojos refulgentes, debido quizá a la incrustación de piedras de un verde más intenso. La imagen me fascinó y la hubiese tocado si el anciano no retrocede a tiempo.

      –¿Te ha gustado la imagen de Dios, “pequeño enviado”? –dijo el Maestro.

      –Sí –respondí sin saber porqué.

      –Tú tienes derecho a poseer la joya de la Orden. –Continuó el Maestro mientras hurgaba en una bolsita de fino cuero que llevaba colgada al cuello.

      –¡Aquí está! –exclamó el Maestro Naaseno– es la imagen consagrada del Dios Serpiente. Para obtenerla los hombres pasan duras pruebas que a veces les llevan toda la vida. Tú en cambio no necesitas pasar ninguna prueba porque eres portador del signo.

      Con un afilado puñal que extrajo del cinto, cortó un cordón verde de un manojo que colgaba en la pared y, ensartando la réplica de plata en un lazo, la colocó en mi cuello. A continuación me miró a los ojos, de una forma tan intensa que no he podido olvidarlo nunca. Tampoco olvidé sus palabras, las que pronunció con voz muy fuerte, ritualmente. Me tenía agarrado con su brazo izquierdo y me elevaba para que fuese visto por todos, mientras con el índice de la mano derecha señalaba al Dios Serpiente. Dijo esto:

 

      –¡Iniciados de la Serpiente Liberadora! ¡Seguidores de la Serpiente de Luz Increada! ¡Adoradores de la Serpiente Vengadora! ¡He aquí al Portador del Signo del Origen! ¡Al que puede comprender con Su Signo a la Serpiente; al que puede obtener la Más Alta Sabiduría que le es dado conocer al Hombre de Barro! En el interior de este niño Divino, en el seno del Espíritu eterno, está presente la Señal del Enemigo del Creador y de la Creación, el Símbolo del Origen de nuestro Dios y de todos los Espíritus prisioneros de la Materia. Y ese Símbolo del Origen se ha manifestado en el Signo que nosotros, y nadie más, hemos sido capaces de ver: ¡niño Divino; él podrá comprender a la Serpiente desde adentro ! ¡pero nosotros, gracias a él, a su Signo liberador, la hemos comprendido afuera, y ya nada podrá detenernos!

      –Sí, Sí ¡Ya podemos partir! –gritaban a coro los desenfrenados Iniciados Ofitas.

 

 

      Pasaron los minutos y todo se fue calmando en el refugio de la Orden Ofita. Los árabes estaban entregados a alguna clase de preparativo, y Yo, entusiasmado con el serpentino obsequio y tranquilizado por el buen trato del Maestro Naaseno, no desconfié cuando éste me acercó un vaso de refrescante menta. Pocos minutos después caía presa de profundo sopor, seguramente a causa de un narcótico echado en la bebida.

      Cuando desperté estaba con mis padres, en el Sanatorio Británico de El Cairo, junto a un médico, de blanco guardapolvo, que trataba inútilmente de convencerlos de que Yo simplemente dormía.

      Con el paso de los años, fui reconstruyendo las acciones que llevaron a mi liberación. Al parecer el Jefe de Policía se movió rápidamente, temiendo que el secuestro de un miembro de la rica e influyente familia Von Sübermann, concluyera con una purga en el Departamento de Policía cuya cabeza –sería la primera en rodar– era él. Por intermedio de confidentes, mendigos, vagos o simples testigos, se enteraron sin lugar a dudas que los autores del secuestro eran los fanáticos miembros de la milenaria Orden gnóstica “Ofita”, considerados como inofensivos e incluso muy sabios.

      Esto desconcertó en un comienzo a los policías, que no alcanzaban a vislumbrar el móvil del secuestro pero, siguiendo algunas pistas, llegaron a la casa del Maestro Naaseno. Los árabes, en la euforia por transportarme hasta allí, se habían comportado imprudente-mente, penetrando todos juntos en medio de gritos y exclamaciones. Un mendigo, testigo presencial de la extraña procesión, tan deseoso de ganar la recompensa que mi familia había ofrecido, como de evitar las porras policiales, dio los datos de la casa donde entraron los raptores. Esta fue rodeada por las autoridades, pero, como nadie respondía a los llamados, se procedió a forzar la puerta, encontrándose con una humilde vivienda, totalmente vacía de gente. Luego de una prolija inspección, se descubrió, disimulada bajo una alfombra, la puerta trampa que conducía, mediante una mohosa escalera de piedra, al soterrado templo del Dios Serpiente.

      Un espectáculo macabro sorprendió a los presentes pues, tendido sobre un almohadón de seda, yacia mi cuerpo exánime rodeado de cadáveres con expresión convulsa que, como último gesto, dirigían los rígidos brazos hacia mí.

      Todos los secuestradores habían muerto con veneno de cobra. El Maestro Naaseno y el ídolo se habían esfumado.

      La impresión que recibieron los recién llegados fue muy mala pues pensaron que Yo también estaba muerto, pero salieron de inmediato de su error y fui transportado al Sanatorio Británico junto con mis padres.

      Aún conservaba colgada del cuello la serpiente de plata, siendo ésta guardada celosamente por Papá, aunque a veces, años después, me la solía mostrar cuando recordábamos aquella aventura.

      En aquel momento, mientras escuchaba a Papá y Rudolph Hess hablar de los Ofitas, todos estos sucesos se agolpaban en mi mente.

      Me había situado de costado contra la ventana, de manera que sólo podía verlos de reojo conversar, pero la voz llegaba nítida a mis oídos.

      –Esta es la joya de plata –decía Papá– con la imagen de Ophis-Lúcifer. La conservé con el cordón original; toma, ahora deberás guardarla tú.

      Era una revelación extraordinaria, –no pude evitar volverme un poco para ver mejor– pues Papá nunca dio importancia al pequeño ídolo y Yo, que no comprendía su significado, tampoco. Incluso hacía años que se había borrado de mi mente.

      ¡Y resultaba allí que Papá había simulado y restado importancia al asunto, pero en realidad atribuía cierto valor desconocido al ídolo de plata! Y lo más extraño era que lo hubiese traído oculto a Alemania, ofreciéndoselo en custodia a Rudolph Hess. Esto para mí no tenía sentido.

      Por otra parte hablaban del Signo como los árabes, ¿qué Signo? Años después del secuestro, todavía me miraba en el espejo buscando al bendito Signo que había llevado a aquellos desgraciados a la muerte; y jamás hallé nada anormal. Tampoco sospeché que Papá creyera en la existencia de aquella señal –¿o estigma?–.

      En mi cabeza un torbellino de ideas giraban desordenadas, mientras distraídamente veía a Rudolph Hess examinar la serpiente de plata.

      De pronto, introduciendo la mano por el escote del rompevientos, extrajo un cordón que le rodeaba el cuello. ¡Colgando del mismo había una serpiente de plata, exacta-mente igual a la mía!

      Rudolph Hess las había reunido en su mano para la contemplación de mi Padre y, luego de unos minutos, se colocó la suya y guardó la otra en el bolsillo. Instantes ­después ambos ingresaban al cálido livingroom sin hacer mención del tema de su conversación precedente.

      Esta actitud reservada me convenció de la inconveniencia de abordar de algún modo el asunto, pues delataría el censurable espionaje cometido. No lo pensé mucho: callaría hasta tanto no se me hablara directamente, pero me prometí hacer lo imposible para obtener información sobre el misterioso Signo.

 

 

      Eran las dos de la mañana y tío Kurt se paró con intención de marcharse a su habitación. No le reprochaba esa actitud pues había estado hablando varias horas, pero el relato despertó inquietudes e interrogantes en mi Espíritu, tornándome impaciente y des-considerado.

      –Tío Kurt –dije– es tarde, lo sé y sé también que mañana podremos continuar la charla, pero de veras necesito que respondas a dos preguntas antes de irte.

      –Ja, Ja, Ja, Ja –rió con su terrible carcajada– eres igual que Yo a tu edad: necesitas obtener respuestas para poder vivir. Es como una sed. Te comprendo neffe ¿qué quieres saber?

      –Sólo dos cosas –dije–. Primero: ¿Hay posibilidad que ese Signo que los árabes veían en ti, sea igual al que Belicena Villca vio en mí?

      –Sin ninguna duda neffe –respondió–. El Signo significa muchas cosas, pero también es una Sanguine Signum[18] y ambos tenemos la misma sangre. La sangre no es factor determinante para la aparición del Signo pero sí es “condición de calidad”; si aparece un signo en miembros de nuestra familia es el mismo signo.

      Yo había ignorado hasta hoy que hubiese otro Von Sübermann vivo con dicha marca. Papá, con quien hablé finalmente sobre ello, me contó que según una tradición familiar, un antepasado nuestro “demostró” a sus contemporáneos mediante ciertas seña-les, “ser un elegido del Cielo”, en virtud de lo cual el Rey Alberto II de Austria le otorgó el título de Barón en el siglo XV. A partir de esa Epoca, se registraron los anales familiares, siendo todo lo anterior oscuro y desconocido. En los siglos posteriores, la familia siempre se dedicó a la producción de azúcar, como dice Belicena Villca en su carta, y se mantuvo atenta a la aparición de descendientes con “aptitudes especiales”. De hecho, hubo varios integrantes de la Estirpe que demostraron poseer dones sobrenaturales, pero nadie logró resolver el enigma familiar. Solamente las últimas generaciones de la rama egipcia, pudieron acercarse a la solución del misterio, al descubrir la existencia de una marca o signo de aparición cíclica entre los miembros de la familia a través de las edades. Pero salvo esta noticia, obtenida gracias a los contactos realizados con ciertos ulemas, sabios del Islam, poco es lo que pudo saberse con más precisión.

      Para mi desesperación tío Kurt seguía acercándose a la puerta, con la firme intención de marcharse.

      –Te haré la segunda pregunta –dije–. ¿Has podido saber qué es el Signo?

      Tío Kurt hizo un gesto de fastidio.

      –¿Crees que una respuesta que Yo mismo busqué durante años puede resumirse en dos palabras? Supongo que tu pregunta apunta al Símbolo del Origen, que es la causa metafísica de nuestro signo. Si es así, sólo te diré que todo cuanto pude averiguar al respecto es menos de lo que expone Belicena Villca en su carta. Coincido plenamente con ella, y de acuerdo a lo que me fue revelado en la Orden Negra SS., que el Símbolo del Origen está ligado al Misterio del encadenamiento espiritual. El Símbolo del Origen, neffe, es análogo a un Marco Carismático: quien es abarcado por dicho marco, consciente o no, “orientado” o no hacia él, permanece inevitable-mente encadenado a la Materia; quien logra en cambio abarcar al marco, comprenderlo o trascenderlo, logra liberarse del encadenamiento, “es libre en el Origen”. Y quienes procuran mantener al Espíritu Eterno encadenado bajo tal marco, o Símbolo del Origen, son los Maestros de la Kâlachakra, la Fraternidad Blanca de Chang Shambalá. Y quienes tratan de que el Espíritu trascienda el Símbolo del Origen, tal vez comprendiendo a la Serpiente, son los Iniciados de la Sabiduría Hiperbórea, los Dioses Liberadores de Agartha.

      Esto es, en síntesis, lo que sé sobre el Símbolo del Origen. Ahora bien, si tu pregunta se refiere al Signo como marca, te diré que aún sé menos, pues al Signo sólo pueden reconocerlo quienes ya lo conocen.

      Es básico neffe, para distinguir una cosa de otra, hay que conocerla primero; el mismo principio vale para el Signo; sólo lo “ven” aquellos que tienen la Verdad en su interior, pues sólo así es posible reconocer la Verdad exterior, por eso tú y Yo no podemos ver el Signo aunque lo llevemos con nosotros, porque aún nos falta llegar a la Verdad.

      Escuchaba a tío Kurt desolado pues había abrigado la secreta esperanza de que él sabría lo concerniente al Signo y que tal vez accedería a confiarme su secreto, pero su respuesta negativa era simple y lógica: la revelación del Signo debía ser interior.

      Mi cara reflejaba el desaliento y esto hizo reír nuevamente a tío Kurt.

      –No te preocupes neffe, no es tan importante que nosotros veamos el Signo sino que lo reconozcan quienes nos deben ayudar. Y esto siempre ocurre como lo prueba tu propia experiencia.

      Pero hay algo que quizás compense la curiosidad que sientes. En los años que estuve en el Asia, obtuve una información precisa sobre nuestro Signo: su ubicación corporal.

      –¿Dónde está? –pregunté sin disimular la impaciencia.

      –En un lugar curioso neffe –respondió con evidente regocijo– en las orejas.

      Miró el reloj y sin esperar respuesta dijo –Hasta mañana neffe Arturo –y salió.

 

      En un primer momento pensé que tío Kurt se burlaba de mí, pero luego fui hasta el baño, al espejo, a mirarme las orejas. No había nada anormal en ellas, pequeñas, sin lóbulo, pegadas a la cabeza, eran, eso sí iguales a las de tío Kurt.

      Definitivamente Yo no era capaz de “ver” el famoso Signo; y me fui a dormir.

 

 

 

 

Capítulo IX

 

 

 

La siguiente mañana desperté con el recuerdo presente de los últimos conceptos expuestos por tío Kurt la noche anterior, que iban aclarando lenta pero efectivamente el Misterio en que me hallaba inmerso. Por de pronto, era ya seguro que mi tío compartía la misma filosofía oculta de Belicena Villca, la “Sabiduría Hiperbórea”, y que la misma le fue revelada durante su carrera como oficial de las Waffen SS.: ¡esto era más de cuanto Yo podía soñar al venir a Santa María!

      Y además estaba la cuestión del Signo: ¡no sólo tío Kurt conocía la existencia del Signo sino que me confirmaba que tanto él como Yo éramos portadores del mismo! No cabían dudas entonces que, al igual que los Ofitas, Belicena Villca lo había percibido, en mis orejas o donde quiera que estuviese plasmado, y ello la había decidido a redactar su increíble carta. ¡Y tanto en el caso de los Ofitas como en el de Belicena Villca, la muerte había intervenido implacablemente, como si Ella fuese un actor insoslayable en el drama de los señalados por el Signo!

 

      –Buen día Señorcito, vengo a curarle la cabeza. –dijo la vieja Juana, circunstancial enfermera–. Traje lo que me pidió. Mire, señorcito...

      Enarbolaba una navaja de refulgente filo, utensilio que había solicitado con la intención de afeitarme la cabeza, ya depilada en parte por el Dr. Palacios en torno a la herida.

      Concluída la cura, que consistía en lavar la cicatriz y teñirla con una tintura roja a base de iodo, la vieja Juana se entregó a la tarea de afeitarme la cabeza, concesión hecha al comprobar la imposibilidad de poder hacerlo Yo mismo, con una mano sola.

      Media hora después, luciendo el cráneo perfectamente rasurado como un bonzo de Indochina, tomaba el nutrido desayuno que me sirviera la solícita vieja.

      –A este paso pronto estará bien Señorcito –dijo la vieja, deleitada por la forma en que devoraba las vituallas.

      –Sí, pero con varios kilos de más –repliqué sin dejar de comer.

      A las nueve en punto subió tío Kurt a mi habitación.

      –¿Cómo estás neffe? ¿dispuesto a escuchar otra parte de mi historia?

      –Sí tío Kurt –respondí– estoy ansioso, realmente ansioso por escuchar lo que tienes que contar.

      Se acomodó en su sillón hamaca y comenzó a hablar.

      –Bien; habíamos quedado en que luego de sorprender la conversación de mi padre con Rudolph Hess sobre el Signo, decidí no hablar de ello hasta que alguno de los dos tomara la iniciativa.

      Asentí con la cabeza mientras tío Kurt retomaba el hilo del relato.

      –Al finalizar la primera semana de Agosto de 1933, partimos hacia Berlín en tren. Rudolph Hess e Ilse, en cambio, irían hasta Munich en automóvil y desde allí arribarían a Berlín en un avión, junto con el Führer, Goering y varias personalidades del Tercer Reich, que finalizaban sus vacaciones.

      En Berlín nos hospedamos en el hotel Kaiserhof, antiguo cuartel general del N.S.D.A.P.[19] y esperamos, de acuerdo a lo convenido en Berchtesgaden, noticias de Rudolph Hess. Estas llegaron a mediados de Agosto en forma de una citación para encontrarnos con Rudolph Hess en el Ministerio de Educación y Ciencia. Deberíamos estar preparados a las 7 hs. del día siguiente en el hotel, pues seríamos recogidos por un vehículo oficial.

      A las 7 en punto llegó el oficial SS. Papp, a quien conocíamos por ser custodia de Rudolph Hess en Berchtesgaden, en un coche con chofer uniformado de las S.A.

      –Herr Hess los espera en el Ministerio de Educación y Ciencia. Lo he dejado allí antes de venir a buscarlos. –Dijo el SS..

      Llegamos en unos minutos y fuimos conducidos por el SS. hasta una puerta en la que se leía “NAPOLA Dirección Nacional”. Entramos.

      En un amplio recinto, sobriamente amueblado, encontramos a Rudolph Hess con el uniforme de las S.A., a un hombre de aspecto severo y a una secretaria que tecleaba una máquina de escribir. Todos se pararon cuando llegamos.

      –Profesor Joachim Haupt, le presento al Barón Reinaldo Von Sübermann –dijo Rudolph Hess.

      –Barón Von Sübermann, estás frente a Joachim Haupt, Director Nacional de los NAPOLA –completó la presentación Rudolph Hess.

     

      Mientras se daban la mano Rudolph tomó la palabra.

      –He estado discutiendo el ingreso de Kurt con Herr Profesor y, pese a la falta de vacantes, llegamos a un acuerdo. Será incorporado al primer NAPOLA en Lissa para integrar el “Cuerpo Selectivo de Estudios Orientales”.

 

      Mi Destino estaba por lo visto resuelto. El Profesor Haupt me observaba con detenimiento; al fin habló.

      –Joven Von Sübermann, tengo entendido que domina Ud. varias lenguas. ¿Me podría decir cuáles son? –preguntó.

      –Sí Herr Profesor. Aparte de mis lenguas natales árabe, inglés y alemán, hablo francés y griego –contesté tímidamente.

      –Cinco idiomas es más que suficiente para ingresar al NAPOLA de Lissa –dijo el Profesor Haupt– pero a nosotros nos interesa su dominio del árabe. ¿Estaría Ud. dispuesto a estudiar otras lenguas del Medio Oriente o del Asia, digamos por ejemplo, turco o ruso?

      –Sí. Me gustaría aprender otras lenguas y estoy dispuesto a estudiar aquello que mejor convenga para servir a la patria, –respondí un tanto perplejo pues jamás se me hubiera ocurrido que en el NAPOLA recibiría un entrenamiento tan específico.

      –Entonces no hay más que hablar, –dijo el Profesor Haupt–. Le haré extender una orden de incorporación. El próximo lunes debe presentarse en Lissa.

 

      Se dirigió a Papá.

      –Hemos convenido con Herr que ésta sería la mejor carrera para su hijo. Normalmente en la Escuela NAPOLA se dicta el plan de estudio de segunda enseñanza oficial con especialización en letras, ciencias naturales, lenguas modernas, etc., pero por un decreto reservado del Führer, acabamos de crear una división especial de estudios asiáticos. Esta división se llamará “Cuerpo Selectivo de Estudios Orientales” y allí se formarán los futuros Ostenführer [20] quienes, más adelante, servirán en misiones especiales en el Asia. El Reichführer [21] Himmler ha presentado un proyecto sobre el plan de estudios, y uno de los requisitos a cumplir es el dominio de lenguas asiáticas. Tenemos ya Profesores de dialectos tibetanos y mongoles, y de sánscrito. El joven Kurt puede ser un buen auxiliar para el Profesor de árabe, lo que es una ventaja para todos.

      Serán tres años intensivos en el NAPOLA, que luego se complementarán, si nuestros planes se realizan, con un posterior entrenamiento en la SS.. Esta es una información confidencial que revelo a Ud. por el solo hecho de que Herr Hess avala su discreción.

      Entiendo que estando Ud. en Egipto, no podrá velar debidamente por el bienestar de su hijo ¿Pensó a quién delegará la responsabilidad de la Tutoría? –preguntó el Profesor Haupt.

      Se miraron Papá y Rudolph Hess y, acto seguido, éste movió la cabeza en muda aceptación.

      –Yo me haré cargo del joven Kurt –dijo Rudolph Hess–. Disponga los papeles necesarios para cumplir esta formalidad.

      –Entonces está todo solucionado –dijo el Profesor Haupt– ¿Está Ud. de acuerdo Barón Von Sübermann?

      –Totalmente de acuerdo. No podría hallar otro tutor mejor para mi hijo, ni hay en Alemania nadie en quien confíe más que en Rudolph –dijo Papá, que aún estaba conmovido por el gesto de Rudolph Hess.

 

      Momentos después una eficiente secretaria, preparaba un Legajo Personal a mi nombre, archivaba las declaraciones Juradas de Rudolph Hess y de mi padre y me entregaba un sobre cerrado que debía entregar en Lissa al presentarme el lunes siguiente.

      –¡Heil Hitler! –dijeron al unísono el Profesor Joachim Haupt y Rudolph Hess, al despedirse intercambiando el antiguo saludo romano, consistente en alzar el brazo derecho y chocar los talones.

      En las escaleras de piedra del Ministerio de Educación y Ciencia se produjo otra despedida, pero esta vez más dolorosa, pues Papá y Rudolph Hess se apreciaban profundamente. Las múltiples ocupaciones de Rudolph Hess, hacían a éste muy difícil concretar otra entrevista, por lo que decidieron despedirse allí mismo.

      –Hasta pronto estimado Reinaldo –dijo Rudolph a Papá, incapacitado por su habitual timidez de ser más expresivo. –Te echaré de menos. Eres de los pocos amigos verdaderos que tengo y siempre es una gran alegría estar contigo. No te preocupes por Kurt, Yo cuidaré de él; como su tutor, seré avisado de inmediato sobre cualquier novedad que pueda surgir.

      –Y tú Kurt –dijo Rudolph Hess dirigiéndose a mí– no dejes de avisarme de las necesidades o problemas que tengas. Toma esta tarjeta; –me extendió un rectángulo de cartulina con el águila del Tercer Reich en relieve –puedes llamar al teléfono que allí figura y solicitar mi presencia o transmitir tu pedido al SS. Obersturmführer Papp, a quien ya conoces.

      Descendió un escalón, según su costumbre de tomar distancia para observar a sus interlocutores, y nos miró con ojos tristes, mientras en su boca apenas se esbozaba una sonrisa tímida.

      –Hasta pronto familia Von Sübermann, ¡Heil Hitler! –dijo y, previo abrazo con Papá, partimos en direcciones opuestas.

      Empleamos el resto de la semana en adquirir ropa y diversos elementos que necesitaría para mi internación en el NAPOLA de Lissa. El siguiente lunes, luego de efectuar la presentación correspondiente a un secretario con uniforme pardo de las S.A., me despedí de mi padre para comenzar una nueva vida.

 

 

 

 

Capítulo X

 

 

 

Tres años permanecí en Lissa perfeccionándome en el “Cuerpo Selectivo”, durante los cuales sólo vi a mi familia en las ocasiones en que podía viajar a Egipto; esto es, una vez cada año en las vacaciones de verano. A Rudolph Hess me propuse molestarlo lo menos posible, pero las pocas veces que llamé al número telefónico que él me diera, no logré hablarle directamente sino por intermedio del oficial SS. Papp.

      De todos modos, nunca fui desatendido en mis escasas solicitudes, a todas las cuales accedió amablemente dicho oficial. Pero Rudolph Hess era mi tutor y, por lo tanto, el responsable de firmar las planillas de calificaciones y otros trámites burocráticos, como corresponde a cualquier padre. Jamás me enteré que esto no se cumpliera, por lo que Yo suponía que Rudolph Hess habría previsto un mecanismo automático, por el cual sería informado sobre el desarrollo de mis estudios. Finalmente verifiqué que esta teoría era correcta.

      Para algunas navidades y celebraciones especiales, que la familia Hess pasaba en la intimidad, fui invitado a estar con ellos, lo que me producía mucha alegría, pues constituían mi única familia en Alemania.

      Durante esos tres años, aparte de la instrucción secundaria normal, aprendí religiones, lenguas y costumbres del Asia y recibí intenso entrenamiento en prácticas expedicionarias y de exploración. Montañismo, equitación y técnicas de supervivencia, nos apartaban de las prácticas de deportes convencionales que realizaban los demás cuerpos estudiantiles del NAPOLA.

      Era “vox populi” entre los estudiantes del “Cuerpo Selectivo de Estudios Orienta-les”, que se nos entrenaba para futuras misiones en el Asia, pero nadie sabía dar noticias del carácter que tendrían aquellas.

      En 1936, tercer año de estudios en una carrera que duraba cuatro, fui seleccionado para recibir instrucción aérea y transferido a las Flieger H. J. (Flieger Hitlerjugen) división de las juventudes Hitlerianas especializada en vuelo de planeador. Sin embargo –éramos veinte en las mismas condiciones– se nos instruyó en el manejo de avio­nes Messerschmitt y perfeccionó nuestra deficiente práctica con armas ofensivas.

      También recibimos por esa época un cursillo sobre “El Graal y el destino de Alemania” dictado por el Coronel SS. Otto Rahn, prestigioso erudito en Historia de la Edad Media y autor en 1931 del libro “La Cruzada Contra el Graal”.

      Llegó, por fin, el egreso del NAPOLA en 1937 y la consiguiente posibilidad de encauzar una exitosa carrera profesional.

      Las opciones que se ofrecían a los graduados iban desde hacer carrera en el ejército o el partido, hasta la incorporación a la administración, la industria, o la vida académica. Quienes seguían carreras no militares, cursaban la Universidad y se doctoraban en Filosofía y Letras, en Leyes, o en Matemática y Ciencias Exactas.

      Gran parte de los graduados, aspiraban a incorporarse a la Waffen SS. para lo cual debían someterse a rigurosas pruebas de ingreso. Pero para el Cuerpo Selectivo, este ingreso era automático, pues muy grande había sido el esfuerzo que la patria depositara en nuestro entrenamiento. Y, además, éramos solamente noventa egresados los que aspirábamos al grado de Ostenführer de la SS..

      Se podría pensar que una gran alegría embargaba a todos, y eso era cierto en lo que respecta a mis ochenta y nueve compañeros. Yo, en cambio, sentía empañada mi felicidad por un extraño suceso que merece ser mencionado en este relato, por las implicaciones posteriores que tuvo.

      Al completar el plan de estudios la primera promoción del Cuerpo Selectivo, –del cual Yo formaba parte– uno de nuestros Profesores, Ernst Schaeffer, se abocó a la tarea de seleccionar un pequeño grupo para una “operación especial”. Comenzó a circular entre nosotros, el rumor de que dicha operación era en realidad una importante misión en el Asia, por lo que se produjo un consecuente estado de excitación general. No había quien no anhelara participar en la ultraconfidencial misión que, se decía, había sido encomendada por el Reichführer Himmler en persona.

      El Profesor Ernst Schaeffer dictaba cátedras de religiones orientales, especialmente Budismo, Vedismo y Brahmanismo con singular erudición, pero no era oficial de la SS. sino de la Abwer, el Servicio Secreto del Almirante Canaris. Por esta razón las conjeturas indicaban que la misión en el Asia sería una operación de espionaje, quizás en India o Rusia.

      Nuestro pequeño grupo de pilotos de la Flieger –H.J. no había sido incluido en la selección por alguna razón que ignorábamos y, aunque la rígida disciplina interna exigía absoluta obediencia y subordinación, Yo no creía faltar a ningún reglamento si me ofrecía como voluntario. No sabía el destino de la misteriosa misión, pero el entusiasmo por ser admitido me hacía pensar que el conocimiento de diez lenguas orientales sería un buen argumento para lograr mis propósitos.

      Conforme a esta convicción fui un día al encuentro de Ernst Schaeffer. Se encontraba en un aula con un grupo de seis camaradas del Cuerpo Selectivo, dándoles algún tipo de instrucción. Una sola mirada al pizarrón, de donde pendían láminas con dibujos de cuerpos humanos cubiertos de flores de loto, me bastó para saber que daba explicaciones sobre los antiquísimos conceptos fisiológicos del Tantra Yoga.

      La cara de disgusto que puso al verme fue como un presagio de que en algo me había equivocado al suponer que el Profesor podría incluirme en sus planes. No obstante el mal presentimiento que tenía, decidí jugar mi carta.

      –Heil Hitler –dije por todo saludo.

      –¿Qué desea Von Sübermann? –dijo ignorando el saludo político.

      –Perdón Herr Profesor. He sabido que Ud. selecciona personal para una importante misión en el Asia y, si bien no sé gran cosa de ella, deseo que se considere la posibilidad de incluirme. Es decir, me ofrezco voluntariamente.

      –¿Ud. Von Sübermann? –Me miraba aguzando la vista, con una expresión cínica–. ¿Y para qué desea Ud. ir al Asia Von Sübermann?

      –Creo que no me ha comprendido Herr Profesor. Yo deseo ser útil a la patria y ésta es una forma de demostrarlo. Tal vez mis conocimientos de las costumbres y lenguas de Medio Oriente, puedan servir en su misión. O mi licencia de piloto. O las lenguas del Lejano Oriente. Tengo voluntad de servir y por eso me ofrezco –dije con convicción.

      El gesto, en un principio sardónico, en la cara del Profesor, se estaba tornando agresivo y en sus ojos se traslucía un brillo de ira. Yo tampoco las tenía todas conmigo y ya sentía hervir la sangre en las venas. Al fin de cuentas, en ese 1937, yo tenía 19 años y el orgulloso Profesor, no más de 25 ó 26, es decir, edades en las que conviene medir las pa-labras y los gestos...

      –Von Sübermann –dijo con violencia– debo agradecer su buena voluntad, pero Ud. es la última persona que Yo llevaría al Asia ¿me entendió?

      –No, Herr Profesor –contesté, pues realmente no comprendía el motivo por el cual el Profesor Schaeffer me ­odiaba hasta llegar al extremo de no poder disimularlo.

      –¿No entiende Von Sübermann? –comenzó a gritar en forma descontrolada–. Pues bien, se lo diré con todas las letras. Ud. es una persona siniestra, portadora de una marca infamante. Su presencia es una afrenta en cualquier ámbito espiritual, una afrenta a Dios, que en su infinita misericordia le permite vivir entre los hombres. Debería ser marginado, apartado de nosotros o, mejor, exterminado como una rata, porque Ud., Von Sübermann, contamina de pecado todo cuanto le rodea, Ud. ... –continuaba Ernst Schaeffer con sus insultos, totalmente fuera de sí y Yo, que en un primer momento había quedado asombrado al oír una alusión al Signo, estaba reaccionando rápidamente.

      Sin pensarlo, disparé el puño derecho a la cara del Profesor, dándole de pleno en el mentón. El golpe fue bastante fuerte, pues lo envió trastabillando varios metros más allá, sobre los pupitres del aula. Los seis estudiantes, alertados por los gritos de Schaeffer, concurrieron apresuradamente en su socorro y, mientras cuatro de ellos lo ayudaban a levantarse, otros dos me sujetaban para evitar que volviese a pegarle.

      Estaba envuelto en furia pues la agresión del Profesor, me había herido en lo más profundo. Yo era inocente; nada sabía de Marcas ni Signos; estudiaba con mis esfuerzos puestos en buscar el bien de la patria y eso era sin ninguna duda un fin noble.

      No entendía el odio del Profesor Schaeffer ni su deseo de que me “exterminaran como una rata”.

      –Sin duda está loco –pensaba mientras era arrastrado hasta la puerta por los alumnos escogidos de Ernst Schaeffer.

      –¡Llévenselo! ¡Quítenlo de mi vista! –gritaba completamente fuera de sí–. ¡Es un mentiroso y un homicida! ¡Dice no entender pero en el fondo de su corazón todo lo sabe, porque él es la imagen de Lúcifer tentador! ¡Su propósito es destruir nuestra misión con su presencia maldita...!

      Minutos después todavía sonaban en mis oídos, las absurdas acusaciones de Ernst Schaeffer: Homicida, mentiroso, marca infamante, Lúcifer... ¿Dios, qué es esto?

      –¿Estás bien Kurt? –Uno de los “elegidos” me sacudía por los hombros, tratando de hacerme reaccionar. Lo miré, cegado aún por la furia y el desconcierto que la actitud del Profesor me había provocado, y recién lo reconocí. Era Oskar Feil, un buen camarada originario de Vilna, Letonia. Ambos trabamos amistad en los primeros años del NAPOLA, cuando por nuestro carácter de “extranjeros” éramos objeto de la burla de nuestros cama-radas alemanes.

      –Kurt, tranquilízate –dijo Oskar–. Debo volver al aula, pero tengo que hablar con-tigo. Espérame en el gimnasio dentro de media hora.

      Lo miré alejarse y sacudí la cabeza tratando de despejarme de esa pesadilla. No sabía que Oskar formaba parte del grupo seleccionado por Ernst Schaeffer ni sospechaba sobre qué quería hablar, pero lo esperaría pues él era uno de los pocos amigos que tenía en Lissa. Sin embargo esa media hora de espera sería tan larga como un siglo, pues mi estado de ánimo me impulsaba a irme inmediatamente de allí y retornar a Berlín, asiento de la Flieger H.J.

      Luego de lavarme la cara con agua fría y dispuesto a aguardar a Oskar, me situé en un rincón solitario del enorme gimnasio. Estaba más tranquilo cuando llegó mi kamerad.

 

      –Hola Kurt –dijo– veo que estás mejor.

      –Sí Oskar. Ya pasó todo. Siento haberme descontrolado, pero los insultos del Profesor no me dejaron otra alternativa. ¿De qué querías hablarme? –pregunté fríamente, pues ignoraba su posición sobre lo ocurrido.

      –Escúchame bien Kurt, –dijo–. Tú eres mi amigo, el único en quien puedo confiar. He sido elegido por Ernst Schaeffer probablemente por equivocación, pues nada me une a él y a su grupo. Cada día que pasa, más me doy cuenta que hay algo raro en todo esto, pero vivo simulando, llevado por el deseo egoísta de compartir la misión en Asia y obtener el beneficio profesional que reportará a todos sus miembros. Quisiera hablar con plena confianza contigo para que me aconsejes, pero debes prometerme que no dirás a nadie lo que te cuente. ¿Lo harás Kurt? ¿Puedo confiar en ti?

      –Sabes que sí Oskar –dije aliviado– ten la seguridad que nadie se enterará de nuestra conversación ni de su contenido.

      –Acepto tu palabra, Kurt –me dio la mano para sellar el pacto–. Hay en todo este asunto varios puntos extraordinarios. El primero es el lugar de la misión: El Tíbet. Evidentemente nos equivocábamos cuando presumíamos que se trataría de espionaje. En el Tíbet no hay nada para espiar; allí se va a buscar otra cosa. Y eso no es todo. Tampoco es claro el criterio puesto en la selección de nuestro grupo, pues no se han elegido los mejores sino los más obsecuentes con el Profesor Ernst Schaeffer. ¿Qué dices a todo esto Kurt? 

      –Después del incidente que he tenido hoy, no podría opinar imparcialmente sobre el Profesor Schaeffer, pero admito que hay algo anormal en todo esto –dije reflexionando sobre lo que me confiaba Oskar.

      –Si alguna duda tenía –continuó– ésta se disipó hace un rato, cuando discutió con-tigo. El no te rechazó por algún motivo profesional, sino porque algo en ti, algo espiritual, podría hacer fracasar la misión. Y ese algo es para él sumamente odioso. No me gusta nada toda esta locura. ¿Crees que debería renunciar al grupo?

      –No sé distinguir ya lo bueno de lo malo –dije con tristeza– pero veo una buena razón para que continúes en la misión al Tíbet: ¡eres la única persona cuerda de ese grupo y alguien debe contar las cosas como son a la vuelta del viaje!

      Rió Oskar con mi respuesta.

      –Creo que te haré caso –dijo– pero será a ti a quien tenga al tanto de todo lo que ocurra.

      Me sentía halagado por la confianza de Oskar.

      –Otra cosa Kurt –continuó–. Sé que dejarás pasar lo de hoy y pronto lo olvidarás, pues así es tu carácter generoso, pero esta vez seré Yo quien te aconseje: ¡habla con tu Tutor y cuéntale todo lo ocurrido hoy! Se dicen cosas increíbles sobre los poderes espirituales de Rudolph Hess; nadie mejor que él para analizar la incalificable actitud de Ernst Schaeffer. Prométeme que lo pensarás, por lo menos.

      –Lo pensaré, lo pensaré –dije sorprendido por la sugerencia de Oskar–. Te lo pro-meto, aunque recién veré al taufpate dentro de un mes, para la graduación.

      Nos despedimos y una hora más tarde, abordaba el tren a Berlín sumido en sombrías cavilaciones.

 

 

 

 

Capítulo XI

 

 

 

La ceremonia de fin de clases se realizaba, conjuntamente con otras escuelas, en un gran festival, con desfiles multitudinarios de la Juventud Hitleriana, que culminaban en el Estadio de Berlín. Allí la plana mayor del Tercer Reich, encabezada por el Führer, establecía un contacto directo con la juventud por medio de discursos y proclamas.

      Papá había venido de Egipto especialmente para asistir a la graduación, siendo invitado por Rudolph Hess para concurrrir a una fiesta a celebrarse esa noche en la Cancillería. Sería ésta, a mi juicio, la oportunidad esperada para aclarar muchas incógnitas.

      A las 10 en punto de la noche subimos las escaleras de mármol de la Cancillería. Papá, elegantemente vestido de jaquet, y Yo, con el uniforme de las Hitlerjungen, no desentonábamos entre la numerosa concurrencia que ya llenaba el gran Salón del Aguila, formando distintos corrillos rumorosos de voces y de risas. Atravesamos el salón en dirección al gigantesco hogar de mármol tallado, buscando a Rudolph Hess, mientras sobre nuestras cabezas una araña de colosales dimensiones derramaba torrentes de luz, suave-mente amortiguada por miles de piezas de cristal de Baccarat. Nunca había visto tanta gente distinguida e importante junta. Estaban allí todos los líderes de la Nueva Alemania, el Dr. Goebbels, el Mariscal Goering, el Reichführer Himmler, Julius Streicher, ... En un rincón apartado distinguimos a un grupo formado por Rosenberg, Rudolph Hess y Adolf Hitler. Papá, temiendo interrumpir una conversación reservada, me indicó que aguardáramos a unos pasos de distancia, mientras bebíamos una copa de champagne que solícitos mozos nos habían alcanzado.

      Al cabo de un momento, Rudolph Hess reparó en nosotros y, luego de cambiar una palabra con el Führer, se acercó sonriente.

      –¿Cómo están Reinaldo, Kurt? –dijo–. Vengan que les presentaré al Führer.

      Era la primera vez que veía de cerca a Adolf Hitler, honor poco frecuente para un estudiante extranjero, y aunque venía preparado sabiendo que el Führer estaría en la fiesta, no se me había ocurrido que seríamos presentados.

      –Adolf: el Barón Reinaldo Von Sübermann –dijo Rudolph.

      El Führer saludó a Papá dándole la mano efusivamente pero sin pronunciar palabra.

      Mein patekind Kurt Von Sübermann –continuó Rudolph–. Flamante egresado del NAPOLA, piloto y soldado polígloto, futuro Ostenführer de la Waffen SS.

      No pude evitar ruborizarme por la elogiosa presentación del Taufpate Hess.

      El Führer estiró la mano, mientras me clavaba una mirada helada en los ojos. Sentí que una corriente eléctrica me corría por la columna vertebral, al tiempo que una especie de vacío estomacal cosquilleaba a la altura del ombligo. Fue una sensación de un instante, pero de un efecto terrible. Aquella mirada, y el contacto de la mano del Führer, habían obrado como un agente ácido en un cubo de leche, descomponiendo y disolviendo mi estado de ánimo. Fue un instante, repito, un sólo instante en el cual me sentí explorado por dentro.

      Ya recompuesto observé con sorpresa que –algo inusual en él– una sonrisa enigmática se dibujaba en la cara del Führer.

      –¿De Egipto, eh? –dijo Hitler–. Adoro Egipto, tierra maravillosa que fascinó a Napo-león y que ha producido un Camarada invalorable como Rudolph.

      Rosenberg que a todo esto ya había sido presentado, observaba la escena con ex-presión divertida.

      –Al verlo a Ud. joven Kurt –continuó Hitler– verifico que no es casualidad lo de Rudolph. Egipto es realmente un “Centro de Fuerza Espiritual”; el enigma de la Esfinge aún tiene vigencia. Ustedes son la prueba –nos tomó a Rudoph Hess y a mí, de un brazo a cada uno– de que un Orden Superior guía el destino de Alemania. Dos germanos-egipcios, que han respirado los efluvios gnósticos de Alejandría y El Cairo, conducidos por los Superiores Desconocidos hasta aquí, para poner vuestra gran capacidad espiritual al servicio de la causa Nacionalsocialista.

      Al veros –siguió diciendo el Führer– comprendo lo Sagrada que es la tarea que hemos tomado sobre nuestros hombros, al fundar el Reich de los mil años. Nuestra causa no es sólo el mejor ideal por el que puede vivir y morir un germano, es también la causa de la libertad de la humanidad, de la lucha por salvar al mundo de las fuerzas oscuras, del combate final contra los elementalwesen[22]...

      Rosenberg y Papá asentían con la cabeza a cada afirmación del Führer, quien continuaba vertiendo conceptos místicos sin permitir que nadie interrumpiera su monólogo. Me distraje pensando en el extraño poder que había experimentado al saludar al Führer. Una poderosa Fuerza emanaba de Hitler, no sabía si voluntaria o espontáneamente, y me preguntaba si este carisma no lo habría adquirido por medio de alguna técnica secreta, de algún conocimiento oculto al que unos pocos privilegiados pueden acceder.

      –... entonces dígame joven Kurt ¿Quiénes son en definitiva los enemigos de Alemania? ¿Contra quién combatimos? –preguntaba Hitler dirigiéndose hacia mí.

      Reaccioné ante la inesperada pregunta, con la desesperación de haber desatendido una parte de la conversación. Tres pares de ojos de Rosenberg, Hess y Papá, estaban pues-tos en mí esperando la respuesta. Sin embargo lo que había alcanzado a escuchar era suficiente para mí, pues la respuesta brotó sola del fondo del inconsciente.

      –El Enemigo es uno solo, –afirmé categóricamente– es YHVH-Satanás.

      Contesté intuitivamente y de manera tan firme que no cabían rectificaciones. Miré a Papá, que se puso instantáneamente lívido, y vi la sorpresa retratada en todos los rostros.

      –Muy bien, joven Kurt, muy bien, –decía Hitler con una expresión de intensa alegría–. Ha dado Ud. la mejor respuesta. Podría haber identificado como nuestros más terribles enemigos a la judeomasonería, al judeomarxismo, al sionismo, etc., pero esos nombres sólo representan Aspectos diferentes de una misma realidad, distintas Caras de un mismo y feroz Enemigo: YHVH-Satanás, el Demiurgo de este Mundo. Sólo un Iniciado o un iluminado como Ud. o Rudolph, podrían dar una respuesta tan precisa. ¿Verdad Alfred?

      Rosenberg sonreía complacido.

      –Lo felicito joven Von Sübermann –dijo Alfred Rosenberg– es Ud. una persona de claros conceptos.

      Por supuesto que Yo estaba completamente aturdido por lo que había ocurrido. De improviso, en esa reunión con aquellas notables personas, descubría que poseía como un “oído interior”, un órgano misterioso que me permitía “escuchar” las respuestas formuladas concretamente. ¡Y estas respuestas eran correctas! Nunca había experimentado algo así y sólo podía achacar esta súbita iluminación a la presencia del Führer. El, con su extraño magnetismo, me había “despertado” el “oído interior”.

      Adolf Hitler volvió a tomar la palabra.

      –La gente no compenetrada en la Filosofía Oculta del nacionalsocialismo, suele cometer gruesos errores de apreciación al juzgar muchas de nuestras afirmaciones, creyendo ver en las mismas una superficialidad estúpida, cuando generalmente se trata de ideas sintéticas, slogans, extraídos de profundos sistemas de pensamiento. Por ejemplo, ante la afirmación del joven Kurt de que “el Enemigo es Jehová Satanás”, que es una idea sintética de hondo contenido filosófico, muchas mentes ignorantes se verían tentadas de suponer que tal concepto arranca de un grosero antisemitismo. Alegarían argumentos elementales como estos: –Jehová es el Dios de Israel, un Dios de Raza, uno entre cientos de Dioses étnicos; es pues exagerado tomarlo por el único Dios o Demiurgo (objeción, ésta sí, antisemita). O este otro: –Jehová es el Dios de Israel pero, por su carácter monoteísta, es el único Dios; entonces ¿por qué se lo identifica con el Demiurgo? ¿es por una creencia he-rética del tipo gnóstica ? (interrogantes de quienes creen que ser “cristianos” implica la adoración de Jehová y que su rechazo significa una “herejía anticristiana”). Otro argumento banal es el siguiente: –si hemos de rechazar al Demiurgo considerando su obra material como esencialmente “mala”, ¿por qué identificarlo sólo con el Jehová judío habiendo cientos de denominaciones alternativas en la mitología etnológica y en los panteones religiosos de todos los pueblos de la Tierra? (interrogantes que suelen padecer quienes ignoran totalmente qué significa Israel en la Historia de Occidente y cuál es el secreto de la dinámica racial judía).

      Objeciones como las precedentes, opondrían nuestros críticos al oír hablar de Jehová Satanás como “el Enemigo contra el cual combatimos” y, por supuesto, les sorprendería la palabra “Satanás” adherida a Jehová, cuestión que, sin duda, les arrancaría irónicas conclusiones.

      Pues bien: tales argumentos reposan en una circunstancia común: ¡la ignorancia de quienes las formulan! Por supuesto que nosotros sabemos que el Demiurgo recibió otros nombres a lo largo de la Historia. Pero si elegimos, entre ellos, el de Jehová es porque se trata del último nombre con el cual El se ha autodenominado. Y con dicho nombre lo designa aún Su “Pueblo Elegido”, Israel, el cual no es otra cosa que un desdoblamiento psíquico del mismo “Jehová Satanás”.

      Estas palabras del Führer me sorprendieron vivamente por sus implicaciones metafísicas. ¿Los judíos no constituyen una Raza como las demás, compuesta por individuos ?... era una teoría turbadora la que acababa de oír.

      –¿Se sorprende Ud., joven Kurt? –preguntó el Führer, quien sin duda advirtió de in-mediato mi turbación. Pero no me dio tiempo a responder y continuó su explicación:

      Pues aún no ha oído nada: Israel es un “Chakra” de la Tierra, es decir, es una manifestación psíquica colectiva del Demiurgo Jehová y por eso nosotros afirmamos que el judío no existe como individuo; que no es un hombre como el resto de quienes componen el género humano.

      Pero la manifestación de Jehová en una Raza Elegida, es un suceso más o menos reciente, de pocos miles de años, y la ordenación de La Materia o “Creación” data de millones de años atrás. Por eso, por la “novedad” que representa el nombre “Jehová” comparado con otros nombres del Demiurgo, que empleaban pueblos más antiguos y culturalmente más importantes en la Historia, y por la antigüedad geológica del Universo, es que parece excesivo designar con el nombre “Jehová” a un Dios cósmico. Pero se trata sólo de una apariencia. Aquí hay que imaginar un Demiurgo Primordial al que podemos cómodamente denominar El Uno, tal como hacían los estoicos. Este es quien ordena el caos y se difunde panteísticamente en todo el Universo (es El también el Brahma hindú o el Alá árabe, etc., tomadas estas denominaciones en su acepción religiosa exotérica).

      Pero el Plan Cósmico, de alguna manera hay que llamar a la idea del Universo material, se asienta en el ensueño del Demiurgo, un estado de quietud que sin embargo dinamiza el Cosmos, como el “Dios motor inmóvil” de Aristóteles en ese Gran Día de Manifestación, que se denomina también, gran manvantara. Pero para que todo “funcione” sin que requiera intervención de El Uno, “quien duerme mientras todo vive en El”, es necesario disponer de un “sistema automático de corrección”. Este es el papel que cumplen las llamadas Jerarquías cósmicas, miríadas de entidades conscientes emanadas por El Uno para que mantengan el impulso dado al Universo y lleven adelante su Plan. El primer paso de la “emanación” son las mónadas, Arquetipos superiores que fundamentan toda la estructura cósmica y hacen las veces de matriz del plan del Uno.

      Estas entidades conscientes, Angeles, Devas, Logos solares, Logos galácticos, Al-mas planetarias, etc., no son seres individuales sino que forman parte del mismo Uno y poseen, pues, mera apariencia de existir debido a los grados de libertad de que están dotados durante el manvantara. Para que algo exista individualmente, por ejemplo un ente, es necesario suponer (o sub-poner) el acto de existir a su ser real, lo que supone también la subsistencia del ente, que impide la comunicación de su esencia substancial con otros entes o su participación metafísica con otros seres, es decir, le pone término formal al ente o le concede su forma natural. El recurso para lograr dicha ilusión de existencia es la extrema mecanicidad de la realidad material fundada en las leyes evolutivas, tanto referidas a fenómenos continuos como discretos, que mantienen el movimiento progresivo de la materia y la energía en la exacta consecución del Plan del Uno.

      Dichas leyes evolutivas son conservadas por las “entidades conscientes”, ya mencionadas, y dirigidas en el sentido del Plan. Así podemos distinguir por ejemplo, “Logos solares”, es decir, “entidades conscientes” capaces de “crear” un sistema solar siguiendo el Plan del Uno, pero que en realidad son desdoblamientos temporales de El Uno. Lo mismo se puede decir de los Logos galácticos o “Almas planetarias” y hasta de los simples Angeles o Devas: ninguno de ellos existe como tales, aunque “evolucionen” sujetos a las leyes universales. Lo importante aquí es comprender que todo este espectáculo grandioso que estamos recreando es pura ilusión, una concepción metapsíquica de características colosales ideadas por El Uno para su íntima contemplación. Porque la verdad es que todo lo existente desaparece finalmente, cuando sobreviene el Gran Pralaya, la noche de Brahma, en la que todo se confunde nuevamente en El, luego de una monstruosa fagocitación.

      Pero dijimos que el Universo se rige por leyes evolutivas. Dichas leyes, que determinan el Universo Material, de acuerdo a una verdadera “arquitectura celeste”, como bien dicen los satánicos masones, ocasionan la existencia de los distintos planos del espacio o Cielos en que está constituida la realidad. Así como hay varios “Cielos” (¿cinco? ¿siete? ¿nueve?) hay “Reinos de la naturaleza” (¿tres? ¿cinco? ¿siete?) o “planetas” (¿cinco? ¿siete? ¿nueve? ¿doce?) o “Razas raíces” (¿tres? ¿cinco? ¿siete?) etc. Estos aspectos engaño-sos forman parte del Plan del Uno, y los Demonios encargados de llevar adelante dicho Plan conforman un orden jerárquico preciso, basado en la famosa “ley de evolución” que rige los Cielos –todos los Cielos, desde los atómicos, químicos, o biológicos hasta los cósmicos– en los que “evoluciona” cada mónada siguiendo los Arquetipos de cada Cielo. Es la famosa “ley de causa y efecto” que enseña la Sinarquía y que las religiones védicas de la India llaman Karma y Dharma, pero que conviene sintetizar como “ley de evolución”. Esta ley dirige el camino “de ida y vuelta de la mónada”, la cual toma varios cuerpos en los distintos Cielos a los que desciende para “evolucionar”; dicho “camino” suele ser representado como la serpiente que se muerde la cola o “uroboro”. Por supuesto que jamás se alcanza la famosa individuación monádica, pues ello sería una auténtica mutilación de la substancia del Uno y antes que tal cosa sobrevenga, ya estará todo el Universo fagocitado en Su Santo Buche. –Aquí, extrañamente, sonrió el Führer mientras me miraba intensamente. Yo me debatía interiormente frente a sentimientos encontrados. Por una parte me horrorizaba la teoría que estaba oyendo, ya conocida por haberla estudiado en el NAPOLA, pero dotada ahora de un impresionante sentido de realidad al ser expuesta vehementemente con la elocuencia irresistible del Führer. Y por otra parte me sentía halagado por el honor de recibir de labios del Führer de Alemania, una explicación personal, terriblemente extensa y curiosamente fuera de lugar en una fiesta mundana en la Cancillería. De cualquier manera, mi actitud exterior era de respetuosa atención a cada una de sus palabras, pues no quería volverme a distraer.

      –Supongo que ya conoce esta teoría teosófica que la Sinarquía enseña en sus sectas masónicas o rosacruces, y que se ha de sentir espantado frente a una concepción de-terminista en que no hay lugar previsto para la existencia individual eterna, es decir, más allá de los pralayas y manvantaras. Y justamente ese espanto, ese grito de rebelión que Ud. debe percibir brotando de su Sangre Pura, constituye una excepción a todas las reglas de la mecánica determinista de El Uno, porque habla de otra realidad ­ajena a Su Universo material. ¿Cómo puede ser eso si hemos dicho que todo cuanto existe en el Cosmos, ha sido pensado y hecho por El, de acuerdo a Su Plan y por intermedio de sus Jerarquías cósmicas y planetarias? Pues bien, joven Kurt, se lo diré brevemente: porque una parte de la Humanidad, que nosotros integramos, posee un elemento que no pertenece al orden material y que no puede ser determinado por la ley de Evolución del Demiurgo. Ese elemento, que se llama Espíritu o Vril, se halla presente en algunos hombres como posibilidad de eternidad. Sabemos de él por el Recuerdo de Sangre, pero en tanto no seamos capaces de liberarnos de los lazos que nos atan a la ilusoria realidad del Demiurgo y remontemos el Sendero del Regreso al Origen, no existiremos realmente como individuos Eternos. Me preguntará Ud. cómo es que en un Orden Cerrado como el que he descripto, pueden coexistir elementos espirituales ajenos a él y por qué, si no pueden ser determinados por las leyes de la materia y la energía, permanecen sujetos al Universo de El Uno. Es éste un gran Misterio. Pero puede Ud. considerar como hipótesis que, por una razón que ignoramos pero que podemos suponer sea una orden de un Ser infinitamente superior al Demiurgo, o una negligencia incomprensible, o un engaño colosal, alguna vez han ingresado al Universo material una miríada de seres pertenecientes a una Raza espiritual que llamamos hiperbórea. Supongamos que tales seres hubieran penetrado al sistema solar por una “puerta” abierta en otro planeta, por ejemplo Venus, y que aquí, merced a un ardid, una parte de sus Guías Hiperbóreos los hubiesen encadenado a la ley de evolución. Este encadenamiento, ya lo hemos dicho, no puede ser real pero, sin embargo, los Guías Traidores logran confundir a los Espíritus Eternos anclándolos a la materia. ¿Para qué hacen esto? Otro Misterio. Pero lo cierto, lo efectivo es que, a partir de la llegada de tales Guías al sistema solar, se operará una mutación colectiva en toda la Galaxia que modifica  el Plan del Uno. Esta modificación está edificada en la traición de los Guías y en la caída de los seres inmortales. Para que Ud. lo vea claro, joven Kurt, le diré que aquí, en la Tierra, existía un ser humano primitivo que “evolucionaba” siguiendo las leyes de las “cadenas planetarias” y los “Reinos de la naturaleza”.

      Esta evolución era lentísima y perseguía la adaptación final a un Arquetipo racial absolutamente animal, dotado de una mente racional, estructurada lógicamente por las funciones cerebrales y poseedor de un “Alma” conformada por energía de los otros planos materiales más sutiles. Este “hombre” es el que encontraron, en una etapa aún primitiva de su desarrollo, los Guías Traidores al llegar a la Tierra hace millones de años. Entonces, mediante un ingenioso sistema llamado Chang Shambalá, que Ud. tendrá oportunidad de estudiar en nuestra Orden, ellos decidieron mutar la Raza humana, encadenando los Espíritus Eternos a los seres humanos ilusorios y materiales de la Tierra. Desde ese momento existen tres clases de hombres: los animales-hombres primitivos o pasú, los semidivinos o viryas, a quienes se les adosó un Espíritu, y los Divinos Hiperbóreos o Siddhas, que son todos aquellos que logran retornar al Origen y escapar del Gran Engaño. También son llamados Siddhas Hiperbóreos a una parte de los Guías, aquellos que no traicionaron y que, encabezados por Kristos Lúcifer, intentan salvar a los viryas mediante la redención hiperbórea de la Sangre Pura, que consiste en despertar el recuerdo primigenio de la propia divinidad perdida. Estos son los Señores de Agartha... Pero nos apartamos un poco de nuestro tema principal que versaba sobre Jehová Satanás, el Enemigo contra el cual combatimos para ganar el derecho a regresar al Origen perdido. Entonces se le hará clara esta cuestión, joven Kurt, pues si Ud. recuerda que El Uno delegaba en unas “entidades ­conscientes” la ejecución de Su Plan, podemos ahora agregar que el sistema solar ha sido construido por una de tales “conciencias” a la que llamamos Logos Solar, secundada por Devas de menor jerarquía quienes ocupan determinados puestos en la mecánica del sistema. En la Tierra, una “entidad planetaria” infundía vida al planeta e impulsaba la “evolución” de los Reinos de la naturaleza de acuerdo al Plan Solar, inserto en el Plan Cósmico de El Uno. Está claro que se trata de emanaciones de El Uno enlazadas jerárquicamente: El Uno ð Logos Galáctico ð Logos Solar ð Angel planetario ð Alma colectiva o grupal, etc. ¿Quién es Dios aquí? Según el nivel de conciencia y las pautas culturales y religiosas de los hombres, puede ser cualquiera de tales “entidades conscientes”, pero siempre se trata de El Uno. Si se dice que Dios es el Sol o se concibe un Dios “creador” de todo el Universo, se está hablando de El Uno. Igual si se cree que Dios es la “naturaleza” o la “vía láctea” o la Tierra. Las diferentes cosmologías gnoseológicas que presentan los hombres en sus distintas etapas de la “evolución” para concebir el mundo, no invalidan el hecho de que siempre se alude directa o indirectamente a El Uno cuando se habla de Dios.

      Pero regresemos a la Tierra. Cuando los Guías Traidores llegan a la Tierra, se instalan en un “centro” al que denominan Shambalá, o Dejung, y fundan lo que se ha dado en llamar Gran Fraternidad Blanca o Jerarquía Oculta de la Tierra. No es un lugar localizable físicamente sobre la superficie terrestre, cuestión sobre la que Ud. deberá aprender más adelante, sino que se halla situado en un pliegue topológico del espacio. Pero lo que interesa aquí es destacar que el jefe de los Guías Traidores, se autotitula Rey del Mundo, pasando a ocupar el lugar de uno de los doce Kumaras del sistema solar. ¿Qué es un Kumara? un Angel planetario, una de esas “entidades conscientes” encadenadas por El Uno que conforman la “idea de un planeta”. Es aquí adonde debe ubicarse la clave del nombre Jehová y de su “Raza Elegida”. Porque el Espíritu planetario se llamaba Kumara Sanat, quien luego de la constitución de Shambalá y de la venida del Rey del Mundo, decide actuar como regente de El Uno en la ejecución de Su Plan, ahora modificado. Para ello se encarna, en nombre de El Uno, en una “Raza Elegida” para reinar sobre los Espíritus hiperbóreos esclavizados. Esa es la Raza hebrea. Es decir que tenemos por un lado a la Jerarquía Oculta de Chang Shambalá, con sus Demonios: los Guías Traidores y su jefe: el Rey del Mundo, quienes llevan adelante ahora la “evolución” del planeta y son quienes “guían” a las Razas por medio de una siniestra organización llamada Sinarquía. Y por otra parte tenemos la Raza hebrea que no es sino la modificación de Sanat Kumara en la Tierra para ocupar el máximo escalón de la Sinarquía, en nombre de El Uno. Los mismos hebreos en su Kabala estudian que “Israel es uno de los 10 sephiroth”, el sephirah Malkut, es decir una de las emanaciones de El Uno.

      Finalmente Jehová es el nombre cabalístico del Demiurgo El Uno que Sanat Kumara representa en la Tierra y es, como dije al comienzo de esta agradable charla, el último nombre histórico que conocemos de El. Por eso nosotros, los Antiguos Seres Hiperbóreos que aún permanecemos encadenados en el Infierno, debemos tener bien presente que “el Enemigo es Jehová Satanás, el Demiurgo de este Mundo”, como bien dijera el joven Kurt.

 

      El Führer continuaba entusiasmado su largo monólogo y, aunque ya había pasado una larga hora y llovían sobre nosotros las miradas curiosas de mucha gente que deseaba sentarse a la mesa, nadie en Alemania hubiera sido capaz de interrumpirle por un motivo tan prosaico como yantar una cena. Yo por mi parte sólo deseaba seguir oyendo sus in-creíbles revelaciones y por eso, cuando me preguntó si le había comprendido, no vacilé en hacerle presente mis dudas:

      –Hay algo que ahora me preocupa –dije inmediatamente–. Todo cuanto Ud. ha dicho, mi Führer, sobre el Demiurgo El Uno lo comprendo perfectamente y lo acepto, pero no puedo dejar de preguntarme ¿quién es entonces Dios, el verdadero Dios ? ¿o...?

      –Esa es una pregunta que no debe Ud. hacerse, joven Kurt, –afirmó categóricamente el Führer–. No mientras su mente esté sujeta a la lógica racional, pues sólo logrará entonces arribar a paradojas irreductibles. Pero es evidente que la duda ya ha germinado en Ud. y que seguirá meditando en ello. Le daré entonces una respuesta provisoria: Dios es incognoscible para todo aquel que no ha conquistado el Vril. Tenga siempre presente esta verdad, joven Kurt: desde la miserable condición de esclavo de Jehová Satanás no es posible conocer a Dios, pues El es absolutamente trascendente. Es necesario recorrer un largo camino de purificación sanguínea para saber algo sobre Dios, sobre el “verdadero Dios”, como Ud. bien dice. La mayoría de las grandes religiones, al hablar de Dios, se refieren al Demiurgo El Uno. Esto ocurre porque las Razas que pueblan actualmente el mundo han sido “trabajadas” por los Demonios de Shambalá, implantándoles ideas sinárquicas en la memoria genética de sus miembros, para poder dirigirlas hacia el gran Arquetipo colectivo que se llama Manú. Así, percibiendo la realidad tras un velo de en-gaño, se llega a esas concepciones de Dios panteísta, monista o trinitario, que sólo son apariencias de El Uno, el Demiurgo ordenador de la materia.    

      Fíjese lo que ocurre con el concepto de Dios que poseen los distintos pueblos integrantes de la antigua familia de lenguas indogermanas: casi todos los nombres derivan de las mismas palabras y es seguro que éstas designan en un pasado remoto a un Dios “Creador de todo lo existente”, es decir al Demiurgo, El Uno. En sánscrito tenemos las palabras “Dyans pitar”, que en los Vedas se utilizan para nombrar al “Padre que está en los Cielos”. Dyans es la raíz que en griego produce Zeus y Theo, con sentido similar al sánscrito y que pasa a ser en latín Júpiter, Deus pater o Jovis. Los antiguos germanos se referían igualmente a Zin, Tyr o Tiwaz como el Dios “Creador” de lo existente, palabras que también provienen del sánscrito Dyans pitar.

      Igual etimología poseen palabras que designan a Dios en las familias de lenguas turanias y semitas. En esta última familia, de importante relación con el hebreo, encontramos “El” como una antigua denominación del De­miurgo en su representante planetario “El fuerte”. En Babilonia, Fenicia y Palestina se adoró a El, Il, Enlil, nombres que los árabes transformaron en Il ah o Alah, etc. No debe extrañarle, joven Kurt, esta unidad etimológica pues lo alarmante es la “unidad de concepto” que se descubre tras las palabras mencionadas, ya que en todas las religiones y filosofías siempre se llega a dos o tres ideas de Dios aparentemente irreductibles, pero que en realidad se refieren a distintos aspectos del Demiurgo: tal la preferencia por un “Dios panteísta e inmanente”: El Uno; o “trascendente” pero “Creador de la Tierra y los Cielos”: Jehová Satanás, Júpiter, Zeus, Brahma, etc.

      El Führer me miraba ahora con los ojos brillantes y Yo adiviné que sus próximas palabras tendrían un contenido realmente importante:

      –Hubo una guerra, joven Kurt. Una guerra espantosa, de la cual el Mahabarata guarda quizás un recuerdo distorsionado. Dicha guerra involucró varios Cielos en su teatro de operaciones y produjo como su expresión más externa, lo que se ha dado en llamar “el hundimiento de la Atlántida”. Pero nadie conoce a fondo a qué se hace referencia cuando se habla de la “Atlántida”, ya que no se trata sólo de “un continente hundido”. Dicha guerra lleva ya más de un millón de años en este plano físico, durante los cuales han sido varias las Atlántidas físicas, continentales, que se han hundido, y ahora, en nuestro siglo XX, podemos decir que nuevamente se apresta a “hundirse la Atlántida”. Pero dejemos este Misterio por ahora pues tendrá que volver sobre el mismo durante sus estudios.

      Para concluir esta conversación le diré una última cosa joven Kurt. Sepa Ud. que en esa Guerra Esencial, en la que se combate por la liberación de los Espíritus cautivos, por la mutación colectiva de la Raza, contra la Sinarquía y contra Jehová Satanás, el Tercer Reich ha comprometido todo su potencial espiritual, biológico y material.

      Con estas terribles palabras el Führer pareció dar por terminada su explicación. Miré a mi alrededor y comprobé que Papá, Rosenberg y Rudolph Hess aún continuaban a mi lado.

       Un elegante mozo indicó al Führer que cuando lo dispusieran podrían pasar al pa-tio interior para tomar una cena fría. Eran las once de la noche. El Führer y Rosenberg se despidieron de nosotros y fueron a reunirse con Goering y el Dr. Goebbels en la cabecera de la mesa. Rudolph Hess invitó a Papá y a mí a ubicarnos para cenar, pero Yo no había quedado bien luego de la conversación con el Führer y, a riesgo de ser ofensivo, decidí hablar francamente con ambos.

 

 

 

 

Capítulo XII

 

 

 

Es tan difícil reunirlos a los dos –dije–. La última vez que estuvimos juntos fue hace cuatro años, al ingresar al NAPOLA. Quizás mañana o pasado partimos a Egipto y no sé cuándo habrá otra oportunidad de compartir una conversación. ¿No podríamos retirarnos un momento?

      Papá había empezado a pronunciar una protesta pero Rudolph lo interrumpió.

      –Tienes toda la razón Kurt. Vengan por aquí –señalaba una puerta– que Yo también tengo que hablarles.

      Un momento después estábamos instalados en el despacho de Rudolph Hess quien, detrás de un inmenso escritorio ministerial de roble tallado, se hamacaba en un mullido sillón. Me apresuré a iniciar la conversación.

      –Ante todo –dije– deseo que alguno de Ustedes me aclare una cuestión en la que todos parecen estar de acuerdo, inclusive el Führer como pude comprobar hoy, pero de la cual sólo tengo oscuras referencias. Me refiero a una especie de cualidad espiritual que Yo tendría, desconocida para la mayoría de la gente, pero que algunas personas son capaces de distinguir. Puede ser el misterioso Signo que mencionaban los árabes Ofitas que me raptaron cuando era niño en Egipto o la “gran capacidad espiritual” de la cual habló antes el Führer. No sé qué es, pero algunos parecen saberlo... y no gustarle, como por ejemplo al Profesor Ernst Schaeffer –Rudolph Hess arqueó las cejas al oír el nombre del hombre de la Abwer. A continuación les relaté la amarga experiencia vivida días atrás.

      Percibí un brillo de ira en los oscuros ojos de mi padrino.

      –¡La Abwer sólo ha producido traidores! Esto es algo que deberás tener presente desde ahora, Kurt. Te diré un secreto que sólo conocen cuatro personas en el Tercer Reich, incluidos el Führer y Yo; un secreto que se refiere a ti y a lo que me acabas de contar: ¡no carece de razón el Profesor Schaeffer para desconfiar de ti; de cierto, que él no podría estar seguro de llevar a cabo la altwestenoperation si tú fueses incluido en ella! Pero tú estás vinculado inevitablemente a esa expedición, quiéralo o no Schaeffer, e intuitivamente lo has captado y te has acercado a él en un mal momento. No puedo revelarte ahora los motivos de tal vinculación, pero quizás te los explique otra persona a quien pronto conocerás, uno de los partícipes del secreto. Con seguridad, tú serás en el futuro un representante personal del Reichführer Himmler, la cuarta persona en el secreto, frente a Ernst Schaeffer. ¡Y él nada podrá hacer para evitarlo! Eran nuestros planes pero, sugestivamente, te has adelantado a nosotros. ¡Nada que no tenga arreglo!

      Te preguntarás cómo es que el Führer o el Reichführer sabían de ti. Aunque tú no lo hayas notado, todos estos años has sido objeto de intensa vigilancia por parte mía y de otras personas que no conoces, pues el Tercer Reich tiene preparado un camino para ti, apropiado a tus posibilidades, que te permitirá servir a la patria como nadie lo ha hecho, a la vez que desarrollarás tus facultades espirituales. ¡Pronto, muy pronto lo sabrás todo y nos comprenderás!

      Aún no había recibido respuesta a los interrogantes, pero estaba conmovido y entusiasmado con el promisorio futuro de éxitos que me anunciaba Rudolph Hess. Eso sí, una cosa me intrigaba inconscientemente ¿a qué se debería el curioso nombre de la expedición de Ernst Schaeffer “Altwestenoperation”, es decir, Operación Viejo Oeste ? El recuerdo de este interrogante, y su increíble respuesta tendrían lugar recién dos años después, en el corazón del Tíbet.

      –Deseas respuestas y tienes todo el derecho a ello –prosiguió hablando Rudolph– pero no es éste el momento ni el lugar apropiado para tratar Misterios espirituales. En estos años habrás extrañado mi presencia, pero era mejor para ti que Yo no interviniera directamente en tu vida, para que el desarrollo psicológico se produjera normalmente; incluso convinimos eso con tu padre –Papá asintió con la cabeza–. Ahora será distinto, tendrás tu puesto y estarás cerca mío. Pero primero debes conocer nuestra Filosofía. No me refiero a la doctrina nacionalsocialista tal como aparece en el libro del Führer “Mein Kampf”[23] o en el de Alfred Rosenberg “El mito del siglo XX” sino a una “Filoso-fía Oculta” a la que nosotros –un pequeño grupo– adherimos como tú sin duda también lo harás. Debes comprender que no se trata aquí de un conocimiento estéril que puede reducirse a un “código de principios” o un “manual operativo” mediante el cual regir nuestros actos; se trata por el contrario de adquirir un conocimiento que actúa dinámica-mente sobre el Espíritu, transformándonos internamente, dotándonos de una Sabiduría milenaria que nos hace trascender el plano meramente humano de la existencia.

      Tú estás especialmente dotado para acceder a ese estado semidivino –prosiguió Rudolph, respondiendo en parte a la pregunta sobre el Signo– pues tienes algo interior que pocos hombres poseen: “la posibilidad de Ser”. Esto lo comprenderás mejor próximamente, al conocer los secretos de la Orden, pero puedo anticiparte que, tal como lo ha dicho hace un momento el Führer, no todos los hombres son iguales, no todos existen, no todos pueden “ser”. Por el contrario, para quienes disponen de la posibilidad de Ser, la lucha y el esfuerzo deben ponerse en trascender este mundo de imágenes ilusorias y perpetuarse en la eternidad, en otro plano de existencia al que sólo podremos llegar si despertamos del sueño demoníaco en el que estamos sumidos. La mayoría de los hombres que ves en el mundo, no existen realmente, o si lo prefieres viven una “existencia relativa”, ilusoria, que es un soplo para la eternidad. Su conciencia se diluye con la muerte, aunque muchos crean lo contrario, y nada sobrevive a ellos. La eternidad, querido Kurt, es para unos pocos, para una Aristocracia del Espíritu, fundada en Héroes semidivinos, en Superhombres que, a costa de librar un duro combate con el Príncipe de este Mundo YHVH-Satanás –como justamente lo has denominado– trasmutan su naturaleza inferior y ganan su lugar en el Valhala[24].

      Todo te será revelado, Kurt, porque tú eres un Héroe semidivino, un virya, lo prueba la marca de Lúcifer que tanto te preocupa y que sólo indica la pureza de tu linaje espiritual.

      –Pero, Lúcifer,... ¿no es el Diablo? –pregunté con cautela.

      Esta pregunta debería habérsela hecho al Führer, pero no tuve valor para ello.

      –¿Lúcifer, el portador de Luz Increada, el Diablo? –se indignó Rudolph Hess–. Esa es la blasfema calumnia que le ha endilgado Jehová Satanás por intermedio de sus discípulos, los judíos y algunos imbéciles cristianos y musulmanes no esclarecidos. Lúcifer es Kristos. El Kristos de la Atlántida...

          

      Respiró profundamente Rudolph Hess antes de continuar.

     

      –Dejemos por ahora esos Misterios y hablemos de ti, Kurt, –dijo Rudolph, cambian-do de tema–. Has cumplido satisfactoriamente una dura etapa de estudios y se abre para ti otro ciclo de esfuerzos. Es nuestra voluntad –miró a Papá que volvió a asentir con la cabeza– que ingreses a la Waffen SS., para tu perfeccionamiento militar y político. Pero eso es, digamos, un adiestramiento exotérico, es decir externo, por lo menos hasta que llegues al Círculo Restringido de Werwelsburg[25]. Hay otra vía paralela que deberás tomar y que también entraña esfuerzos y sacrificios. Es un sendero oculto, esotérico, que te permitirá superarte espiritualmente y resolverá tus dudas más secretas. ¿Has oído hablar de la Thulegesellschaft [26] ?

      Pensé un momento, más por compromiso que por otra cosa, pues tenía la certeza de que jamás había oído mencionar ese nombre.

      –No –respondí.

      –Es un grupo secreto de hombres Sabios, –dijo Rudolph Hess con tono respetuoso–. Te facilitaré el ingreso a la Orden y ellos te ayudarán a progresar, pero debes entender desde el comienzo lo siguiente: Las Ordenes Hiperbóreas como la Thulegesellschaft siguen una disposición circular. En las organizaciones mundanas del tipo de la francmasonería –o si se quiere simplificar: como cualquier burocracia administrativa– se avanza vertical-mente, escalón por escalón, desde la base de un triángulo hasta el vértice, que ocupa la máxima Jerarquía. En una Orden Hiperbórea por el contrario se avanza superando círculos concéntricos. Tú, por ejemplo, al ingresar a la Orden eres un círculo amplio, tal vez el círculo externo. No digo que formes parte de un círculo o que ocupes un lugar en un círculo, sino que “tú eres un círculo”. Como tú, hay otros miembros que son círculos de mayor o menor diámetro, organizados concéntricamente en torno a un centro de Poder ocupado por el máximo nivel de Sabiduría. Por eso digo que se avanza “superando círculos” y no “atravesando círculos” de distinto nivel, pues la Sabiduría Hiperbórea consiste en estrechar el círculo propio hacia el centro; en “restringir el círculo” hasta donde lo permita nuestra capacidad. ¿Entiendes patekind?

      –Creo que sí –dije sin mucha convicción–. Pero todo esto que tan gentilmente me explicas, me trae sosiego y tranquilidad. Ten la seguridad que haré lo posible por no defraudar tu confianza ni la fe de Papá.

      –Bien, entonces no hay nada más que hablar. ¿Recuerdas a Papp, el oficial SS. que conociste en Berchtesgaden? Ahora es SS. Oberführer [27]. A él te dirigirás cuando vuelvas de Egipto para saber los pasos a seguir.

 

      Rudolph Hess oprimió un botón, obteniendo como respuesta la llegada presurosa de un oficial de custodia. Ordenó a éste que dispusiera que trajeran champagne al importante despacho. El no bebía pero esto era distinto, dijo, pues debíamos brindar por mi graduación y el futuro de Alemania. A continuación se trabó en franca charla con Papá, recordando anécdotas comunes de sus días de estudiante y de Egipto.

 

 

      Así concluyó la etapa de estudiante en mi vida, neffe Arturo. Al volver de Egipto las cosas tomaron otro rumbo y, mientras cumplía con las distintas etapas de entrenamiento en las Waffen SS. para llegar en 1939 al castillo de Werwelsburg, también pasaba por distintos círculos de la Thulegesellschaft. Como los sucesos que realmente te sorprenderán, ya que se conectan con tu propia experiencia, ocurren de inmediato, a partir de 1937, trataré de resumirlos con algún detalle. Recién en 1939, al regresar de una misión terrible, infernal, que eso fue la Operación Altwesten, recibí la instrucción que en parte me permitió comprenderlo todo. Los años siguientes, especialmente a partir de 1941, los pasé cumpliendo misiones en el Asia, misiones semejantes a la que había llevado a cabo en la Operación Altwesten y análogas, también, a la misión esotérica realizada por Rudolph Hess con su histórico vuelo a Inglaterra en 1941; misiones de la misma característica estratégica que la cumplida por Belicena Villca y su hijo Noyo, es decir, misiones de diversión táctica para confundir y desviar al Enemigo; pero misiones que requieren para su ejecución la previa Iniciación Hiperbórea de sus agentes.

      Pero esta parte del relato la dejaremos para después. Son las 12 y 30 hs. y la buena de Juana ya debe tener listo el almuerzo.

 

 

 

 

Capítulo XIII

 

 

 

Efectivamente, un instante después entró la vieja trayendo en una bandeja un apetitoso puchero criollo. Chiquizuela, chorizo colorado, tocino, garbanzos, porotos, papas, zanahorias, puerro, cebolla y choclos, todo hervido y humeante, acompañado de aceite, vinagre y mostaza.

      El último relato de tío Kurt me llenó de expectativas y curiosidad. Mientras untaba los choclos con la amarilla manteca casera no dejaba de pensar en las particulares experiencias vividas por tío Kurt en el Tercer Reich y en especial su predestinada relación con Rudolph Hess, extraño lugarteniente de Adolf Hitler. Ese período de la Historia reciente, que va de 1933 a 1945, a mí como a la mayoría de los que nacimos luego de la guerra, se me escapaba en su dinámica vital. Los aliados, vencedores en una guerra que es, sin exageración, la más grande que recuerda la Historia Universal, nos presenta una imagen pueril de las naciones perdedoras y de la Epoca anterior a la guerra. Los voceros de la alianza vencedora, imposibilitados moral e intelectualmente de rebatir con argumentos tan siquiera creíbles a las Grandes Ideologías Nacionalistas de la preguerra, recurren al irracional sistema de utilizar la mentira, la calumnia, la desinformación, etc. Con la aviesa intención de confundir y desvalorizar el significado de las palabras, se denomina, por ejemplo, “Fascista” a cualquier tiranuelo sudamericano, más cercano de un capo mafioso que de un estadista genial como el “Duce”. El Fascismo, el Nacionalsocialismo, el Tradicionalismo japonés, Sistemas completos de Filosofía Política, aparecen en la pluma de los Publicistas de la Revancha, desprovistos de su contenido místico, espiritual e intelectual, reducidos a burdos esquemas totalitarios, y los líderes de estos movimientos son presentados como casos patológicos.

      Por estas razones el relato de tío Kurt tenía la doble virtud de iluminarme sobre un período oscuro de la Historia reciente, que él vivió intensamente y de permitirme verificar lo que Yo sospechaba desde que comencé a dudar de las “virtudes espirituales” de unas “Potencias aliadas” que han hundido al mundo en el materialismo y la decadencia. Esto es: que los Grandes Sistemas Nacionalistas mencionados, especialmente el Nacional-socialismo, ocultaban una corriente espiritual poderosa y secreta tras la fachada de sus respectivas organizaciones políticas. En un trasfondo esotérico, celosamente ocultado por los feroces vencedores, existía una luz espiritual, un fin no revelado que ahora se traslucía en el relato de tío Kurt. ¿Qué pretendieron hacer el Führer y demás líderes del Tercer Reich? ¿Qué intentaba realizar Rudolph Hess cuando voló a Inglaterra en Mayo de 1941? Muchas preguntas como éstas danzaron en mi cerebro durante todo el almuerzo y me estremecía de gozo al considerar la posibilidad de que tío Kurt tuviese las respuestas.

      Por otra parte un pudoroso sentimiento de humildad me asaltaba cada vez que recordaba cómo había llegado hasta allí, persuadido de estar embarcado en una aventura única, de ser protagonista privilegiado en un drama cósmico. Pues lo que me había ocurrido a mí, sin subestimar el peligro real que entrañaba, era juego de niños a la luz de la experiencia vivida por mi tío SS.. Y al pensar así, sentía que nuevas fuerzas acudían en mi auxilio para cumplir el pedido de Belicena Villca.

 

      Desde unos días atrás venía deseando abandonar el lecho de enfermo pues ya me sentía bastante repuesto. Sin embargo algo inconsciente me bloqueaba la voluntad cuando decidía vestirme y bajar a las plantas inferiores de la casa. Al principio no sabía que era lo que me impedía hacerlo, pero luego fui descubriendo con estupor que simplemente me aterraba la idea de enfrentarme con los dogos que se paseaban libremente por el parque circundante de la casa. En más de una ocasión los había observado por la ventana y, pese a su descomunal tamaño y fiera estampa, no parecían ser realmente agresivos. Debería aceptar sin reservas la explicación de tío Kurt de que atacaron inducidos por él, pero una cosa es decirlo y otra enfrentarse a esos animales luego de tan desagradable experiencia previa.

      Pero esta vez estaba firmemente decidido a abandonar el lecho de enfermo. Luego de vestirme, por primera vez en quince días, con ropa que tomé de mi equipaje, bajé lentamente la hermosa escalera de ónix que daba al amplio living-room, desconocido hasta ese momento para mí. No encontré a nadie a la vista y, sin muchos deseos de explorar la casa por mi cuenta, me acomodé en un sofá –era el mismo donde yací desvanecido la primera noche– frente a los amplios ventanales que daban al parque.

      Suponía que tío Kurt todavía estaría almorzando, pero pronto salí de mi error al verlo llegar desde el exterior de la casa. Se sorprendió y alegró al mismo tiempo de ver-me levantado.

      –¡Bueno, bueno, –dijo– veo que te sientes bien!

      –Sí tío Kurt, creo que ya es hora de hacer una vida normal –di una palmada al brazo enyesado– por lo menos mientras espero que me quiten la escayola.

      Sonreía, con expresión aprobadora.

      –Si realmente te sientes a gusto aquí, nos quedaremos conversando toda la tarde, y luego cenaremos en el comedor.

      Asentí con la cabeza. Estaba feliz, esperando un nuevo relato de mi tío y pensando que las cosas tendían finalmente a encarrilarse.

      Tío Kurt se sentó frente a mí en un sillón individual y charló sobre un tema intrascendente para dar tiempo a que la vieja Juana nos sirviera dos humeantes tazas de café.

      Finalmente dijo:

      –En Agosto de 1937 regresé de Egipto y tomé contacto telefónico en Berlin con el SS. Oberführer Papp a quien había cobrado, luego de cuatro años de agradable trato, particular afecto.

      –Hola Edwin –saludé, luego que la operadora me comunicó con Papp–. ¿Hay algo para mí?

      –Sí Kurt. Debes venir a la Cancillería para recibir instrucciones ¿Dónde estás?

      –En la Estación Central de Trenes. Dentro de treinta minutos puedo estar allí.

      –Bien, dirígite a la Oficina de Seguridad e identifícate con el SS. Oberschrarführer [28] Kruger. El te conducirá hasta mí.

 

 

      Deposité el equipaje en un cofre de la estación y partí al encuentro del SS. Oberführer Papp. No tomé alojamiento en un hotel pues quería cerciorarme sobre si no tendría que continuar viaje a alguna repartición militar (como efectivamente sucedió).

      El SS. Oberschrarführer Kruger me condujo a través de una maraña de corredores y pasillos hasta la oficina desde donde se decidía todo lo concerniente a la seguridad del Führer en el ámbito de la Cancillería.

      Era un pequeño mundo aparte que ocupaba un ala trasera del Palacio de la Cancillería, pasando un patio interior, y que reunía bajo el mando del SS. Oberführer Papp, varios sectores cuyas actividades específicas tan diferentes, convergían en el objetivo común de la Seguridad. Funcionaban allí una escuadra de la Gestapo, un equipo de Comunicaciones y Radiogoniometría, un pequeño grupo del Servicio Secreto de la SS., un laboratorio químico, una enfermería con médico de guardia permanente las 24 horas del día. Todo montado, equipado y atendido por la SS. con personal de la 1a SS.Panzer División Leibstandarte Adolf Hitler.

      –¡Hola Kurt! Me alegro de verte, muchacho. Sinceramente –dijo el SS. Oberführer Papp–. Siéntate, por favor.

      Me ubiqué en una silla frente al escritorio ocupado por Papp. La oficina era una construcción reciente de hormigón armado por lo que el techo tan bajo contrastaba con la gran altura de los pasillos atravesados para llegar hasta allí. El SS. Oberführer Papp me observaba con visible simpatía, sentado en un sillón giratorio. Sobre su cabeza un cuadro mostraba al Führer mirando a la lejanía; a ambos lados sendos archivos metálicos flanqueaban el escritorio.

      –Yo también me alegro de volverte a ver –respondí–. Estoy tremendamente feliz de estar nuevamente en Berlín.

      –Pues no será por mucho tiempo –dijo Papp sonriendo–. Creo que partes enseguida para el Ordensburg Crossinsee. Por aquí tengo las órdenes para ti. Son dos sobres... –se puso a buscar en un archivo.

      –Crossinsee queda en Prusia Oriental ¿no? –pregunté.

      –Sí, en Pomerania. ¡Acá están tus órdenes!

      Me alargó dos sobres de papel manila. Uno, más grande en el cual se leía en letras grandes “Crossinsee” contenía todos los papeles de incorporación al Ordensburg de la SS.. En el otro una inscripción manual, en delicados caracteres góticos, ordenaba que el sobre debía ser abierto en presencia del SS. Oberführer Papp. Procedí a romper el sello y extraje del interior del sobre una carta de puño y letra de Rudolph Hess. Decía así:           

     

Berlín - Agosto de 1937

Sr. Kurt Von Sübermann

Querido patekind:

         He dispuesto lo necesario para que ingreses al Ordensburg de Crossinsee y luego, al recibir la instrucción mínima seas transferido a los otros Ordensburg. Debes partir de inmediato a Pomerania e incorporarte y adaptarte a la nueva vida. Recién cuando hayas cumplido esta parte, –deja pasar un mes por lo menos– te pondrás en comunicación con la Thulegesellschaft.

        Tu contacto en Berlín se llama Konrad Tarstein; lo hallarás en la Gregorstrasse 239. El ya está al tanto del ingreso a la Orden; sólo debes presentarte dando tu nombre. En principio te unirás a la Thulegesellschaft de Berlín por lo que deberás viajar desde Pomerania a Berlín los fines de semana, pero si debieras venir en algún otro momento puedes dirigirte al SS. Oberführer Papp para que gestione el permiso correspondiente.

        Suerte patekind; recuerda mi consejo: “avanza en círculos, restringiendo el círculo”.

Rudolph Hess.

 

Nota:

      Memoriza el nombre y la dirección de tu contacto y entrega esta carta al SS. Oberführer Papp, quien tiene la orden de destruirla. Nada debe haber escrito que pueda comprometerte, comprometernos o comprometer a la Thulegesellschaft.

 

Heil Hitler.

 

     

     

     

      Leí dos veces la carta y luego se la entregué al SS. Oberführer Papp quien la destruyó ante mis ojos prendiéndole fuego con un encendedor.

      –Rudolph Hess ¿está en Berlín? –pregunté.

      –No. Se encuentra en Berchtesgaden con el Führer.

      Inmediatamente recordé que para esa misma fecha, cuatro años antes, estuvimos con Papá y Rudolph Hess en Berchtesgaden. No había, pues, nada más por hacer en Berlín y, luego de despedirme del SS. Oberführer Papp, partí hacia la estación de trenes para emprender el viaje a Prusia Oriental lo más rápido posible.

 

 

 

 

Capítulo XIV

 

 

 

Una hora más tarde, desde la ventanilla del tren norteño, veía pasar los últimos barrios de Berlín. Iba ensimismado pensando en la carta de Rudolph Hess y lamentándome no haber podido entrevistarlo para transmitirle algunos interrogantes que requerían urgente respuesta. Algo extraordinario me estaba sucediendo desde hacía algún tiempo atrás y, salvo Rudolph Hess, no me atrevía a confiarlo a nadie.

      Desde la noche de la graduación, cuando fui presentado al Führer, comencé a experimentar un curioso fenómeno psicológico. En esa ocasión respondí “YHVH-Satanás” a las preguntas del Führer ¿quién es el Enemigo de Alemania? ¿contra quién combatimos?, y creí reconocer que dicha respuesta no había sido razonada por mí, sino “captada” o algo así como “escuchada” con un oído interno.

      Para mí estaba fuera de dudas que la “Voz” oída era ­ajena, es decir que venía de afuera de mi conciencia. Pero también comprendía la imposibilidad de transmitir esta experiencia a otra persona sin correr el riesgo de inspirar desconfianza sobre mi cordura. Durante el viaje a Egipto medité en esto y llegué a la conclusión de que la presencia del Führer había desencadenado un fenómeno de descarga inconsciente siendo la Voz oída simplemente una intuición formal. O sea que de alguna manera Yo “sabía” la ­respuesta y, en un momento en que estaba psicológicamente bloqueado por la arrolladora personalidad del Führer, la “adiviné” o creí hacerlo, tomando una intuición por una percepción extrasensorial. Era una conclusión escéptica pero Yo tenía la seguridad de que dicho fenómeno sería puramente circunstancial, que no volvería a producirse. Me aferraba a esta certeza con el oculto temor de que su repetición implicase una pérdida del equilibrio racional.

      Es comprensible: en una sociedad que considera “normal” lo que es común a todos, es decir colectivo, y reprime con la alienación al que se aparta de lo “normal”, sentirse distinto puede ser peligroso en muchos sentidos. Principalmente porque la falta de “patrones” o “modelos” –eliminados sistemáticamente o autoeliminados por el miedo– para comparar nuestra “anormalidad” nos induce a temer una pérdida de la razón. Este temor a poseer dones o virtudes que nos hagan diferentes a los demás es considerado una “santa prudencia” en un mundo que glorifica la mediocridad del hombre promedio y des confía del individuo.

      De modo que, temeroso de las implicancias que tendría considerar esa experiencia como un fenómeno real, Yo atribuía la Voz escuchada a una proyección del inconsciente sobre la conciencia.

      Sin embargo el fenómeno se volvió a repetir y no una sino varias veces más con la consiguiente alarma por mi parte que temía padecer alguna especie de esquizofrenia.

      Pero, a poco que desechaba las dudas y meditaba serenamente no podía dejar de reconocer que este fenómeno distaba de ser peligroso y diría que incluso resultaba simpático. La razón de tal conclusión estaba en la “seguridad” que sentía ahora de que la Voz oída era totalmente ajena a mi propio ser. Por supuesto, se podrá argumentar que la “seguridad” que puede tener un hombre en la percepción de fenómenos pertenecientes a su propia esfera de conciencia es totalmente subjetiva. Y es cierto pues, en general, la “seguridad” no garantiza de ningún modo la verdad de su afirmación.

      Por ejemplo cuando el cazador se siente “seguro” de acertar a su presa y yerra el tiro o cuando el estudiante “seguro” de haber dado la respuesta adecuada comprueba que el Profesor lo ha calificado con un cero se puede decir que ha “fallado” la seguridad. ¿De qué depende entonces el éxito si cuando estoy “seguro” de obtenerlo puedo fracasar?

      Para responder se debe distinguir antes entre “seguridad subjetiva” y “seguridad objetiva”. La primera está más cerca de la imaginación y la segunda de la realidad. La seguridad subjetiva se apoya en la fe; la seguridad objetiva se apoya en la realidad. El que cree tomar una manzana con la mano y lo que realmente toma es una manzana, indudable-mente dispone de seguridad objetiva. Si en cambio cree tomar una manzana y en realidad toma otra cosa, su seguridad es subjetiva. Hay pues una brecha entre la seguridad subjetiva y la seguridad objetiva, que, según los individuos, puede llegar a ser un abismo.

      Pero es deseable que la seguridad experimentada en lo que se haga o piense sea lo más objetiva posible. Entonces: ¿cómo se debe hacer para cerrar la brecha que separa la seguridad subjetiva de la seguridad objetiva? Salvando el caso de una predisposición natural a la realidad objetiva, la respuesta sería que la “experiencia” previa asegura mayores probabilidades de que la “seguridad” en la concreción de un acto se realice objetivamente.

      Si se quiere comprender mejor el tema se debe distinguir también entre la seguridad del diletante y del experto. Ante una misma prueba ambos se sienten “seguros”, pero con mayor probabilidad, sólo el experto arriba al éxito en tanto que el diletante fracasa. La “seguridad” del experto se funda en la experiencia previa; la del diletante en la fe en sí mismo; pero como todo experto en algún momento inicial debió haber sido un diletante, es posible que el diletante, si persevera, alguna vez llegue a ser un experto.

      De modo que la seguridad es tanto más objetiva cuanto más vaya acompañada de la experiencia. Pero si la seguridad subjetiva es traicionada por la realidad objetiva, si se fracasa, sobreviene la decepción de la derrota. Se debe concluír, entonces, que la capacidad de sobreponerse a los fracasos es un factor condicionante para capitalizar la experiencia en favor de una seguridad objetiva.

      La seguridad, por otra parte, es una actitud psicológica fundamental para encarar las pruebas de la vida. El que se enfrenta al desafío de una prueba debe contar por anticipado con el éxito, debe estar “seguro” de ganar y un fracaso no lo ha de desanimar como para no intentarlo de nuevo. En los casos anteriores, ni el cazador deja de cazar porque falle un tiro, ni el estudiante deja de estudiar porque lo aplacen en un examen; ambos se sobreponen y capitalizan la experiencia aumentando su seguridad objetiva, siendo más “expertos”.

 

      Considerando estos conceptos puede ahora comprenderse mi actitud ante el fenómeno de la Voz: concluía que “estando preparado psíquicamente durante varios años en un riguroso entrenamiento intelectual, la seguridad que disponía en la certeza de los juicios era bastante objetiva”. Es decir que, intelectualmente, cuando estaba “seguro” de un concepto era “seguramente” correcto. Y con esa seguridad tan objetiva en los juicios, me decía que la Voz que oía no provenía de mi inconsciente, no formaba parte de mi Yo, era ajena a mi Espíritu o era, quizás, otro Espíritu.

      Debo destacar que la seguridad que tenía de estar en lo cierto iba acompañada de un profundo análisis en el que consideraba, entre otras cosas, el hecho de que la Voz era capaz de emitir conceptos que Yo de ningún modo conocía. Esto puede tener una explicación más o menos psicológica pero algunos conceptos eran muy específicos y sin embargo la Voz los utilizaba y estructuraba con gran precisión. Ergo, la Voz era “Sabia” y esto sí que no tiene explicación rebuscada salvo que se acepte lo que realmente es: que la Voz pertenecía a una entidad psíquica ajena a mí.

      Otro elemento del fenómeno que tomaba en cuenta para el análisis era el hecho de que no había sido espiritualmente “invadido” por otra entidad como ocurre en la posesión diabólica o en el espiritismo, sino que a mi conciencia llegaba solamente la Voz, nítida y enérgica, sin consecuencias psicosomáticas de ninguna especie.

      Es decir que al producirse el fenómeno Yo no “veía”, ni “sentía”, ni “gustaba”, ni “olía” nada raro; solamente oía la voz y era, repito, como si se me hubiese “abierto” mi oído interior.

      Las primeras veces que escuché la Voz fui sorprendido por el inesperado mensaje que surgía a saltos, enérgica y velozmente, disparada rítmicamente como un rayo. No aparecía siempre, sino cuando meditaba en alguna cuestión que requería cierta concentración. Para que se entienda mejor la calidad del fenómeno que me acontecía daré algunos ejemplos. Tú eres médico psiquiatra, neffe, y no deseo, dentro de lo razonable, que dudes de mi cordura pues lo que ocurría debe interpretarse como una ampliación de la capacidad de percibir, antes que como una “enfermedad”.  

      (Hice una seña de asentimiento y confianza a tío Kurt pues nadie como Yo sabía cuantas arbitrariedades se cometen en torno a las auténticas virtudes psíquicas del hombre, aquellas que se desarrollan “solas” o autodesarrollan y lo enaltecen sin afectarle en nada su equilibrio racional pues se integran “naturalmente” a la personalidad. Virtudes psíquicas que se obtienen espontáneamente, sin recurrir a absurdos “métodos ocultos” o “gimnasias de meditación trascendental” que terminan por quebrar el delicado orden mental y acaban por conducir al discípulo a la locura y la muerte).

      –Recuerdo un día –prosiguió tío Kurt– en que me encontraba leyendo el Bhagavad-Ghita [29], escrito védico perteneciente a la gran epopeya del Mahabarata, guerra mítica que envolvió en la lucha a hombres, Angeles y Dioses y de cuyo recuerdo los antiguos arios de la India escribieron y recopilaron.

 

      El Ghita trata sobre la batalla que debe librar el héroe Arjuna para recuperar el trono, usurpado por su primo. Arjuna es un miembro de la casta guerrera o sea un Kshatriya y junto a él se encuentra Sri Krishna, encarnación del Dios Vishnu.

      En la primera parte llamada “El pesar de Arjuna”, Arjuna se desplaza con su carro frente al ejército enemigo comprobando que junto con su primo se han alineado gran parte de sus parientes y amigos:

                     

    26. – Entonces, Arjuna vio allí a sus tíos, tíos-abuelos, instruc­tores, tíos maternos, sobrinos, sobrinos-nietos, suegros, amigos y Camaradas.

    27. – Viendo a los parientes y amigos reunidos allí, Arjuna sintió gran compasión y muy apesadumbrado, dijo lo siguiente:

    28. - 30.  –Dijo Arjuna:

    ¡Oh Krishna!, viendo a esos parientes deseosos de pelear, me fallan los miembros del cuerpo, mi boca está seca, estoy temblando, el cuerpo se me estremece, mi piel arde, no puedo sostener el arco. No puedo estar de pie, mi mente está en un torbellino. ¡Oh Sri Krishna!, veo signos de mal agüero.

    31. - 34. –No veo qué bien puedo lograr, matando a mis parientes en la guerra. ¡Oh Krishna!, Yo no deseo la victoria, ni la soberanía, ni los placeres. ¡Oh Govinda! ¿de qué nos servirían la soberanía, los placeres, aún la vida misma, cuando mis instructores, tíos, hijos, tios-abuelos, tíos maternos, suegros, nietos, cuñados y demás parientes para quienes deseamos esas felicidades, están reunidos aquí para luchar,       habiendo renunciado a sus bienes, y aún a sus vidas?

    35. –¡Oh Madhusudana ! (Krishna) aunque ellos me maten, Yo no quiero mataros, ni para reinar en este Mundo, ni para la soberanía de los tres Mundos.

    36. - 37. –¡Oh Yanardana ! (Krishna) ¿qué placer tendríamos matando a los Dharta-Rashtras ? Sería un acto pecaminoso matar a esos agresores. Por eso, no debemos des­truír a nuestros parientes, los Dharta-Rashtras. ¡Oh Madhaya ! (Krishna) ¿cómo podríamos ser felices, matando a nuestros propios parientes?

    38. - 39. –Aunque ellos, con la mente dominada por la codicia, no ven ningún mal en destruír a los parientes, ni pecado en ser hostiles a los amigos, ¿porqué ¡Oh Yanardana !, nosotros que vemos el gran mal que nace de la destrucción de los parientes, no desistimos de cometer ese pecado?

    - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -

    47. –Diciendo esto Arjuna tiró su arco y flechas y, con el corazón muy dolorido, quedó sentado en su carro.

 

      En la segunda parte del Ghita, llamada “El Sendero del Discernimiento”, Sri Krishna responde a las inquietantes y angustiosas preguntas de Arjuna.

 

    1. –A él (Arjuna) que estaba así abatido por el pesar y la compasión, con los ojos llenos de lágrimas y con la mente confusa, Madhusudana (Krishna) dijo lo siguiente:

    2. –Dijo el Bendito Señor:

    En este momento crítico, ¡Oh Arjuna! ¿de dónde te viene esa indigna debilidad no aria, abyecta y contraria al logro de la vida celestial?

    3. –No te portes como un eunuco ¡Oh Partha!; eso es indigno de ti; echa lejos esa debilidad de corazón y yérguete, Oh fulminador de los enemigos!

     

      A continuación Sri Krishna aconseja a Arjuna seguir el “Sendero de la Acción” (o Karma yoga) y cumplir con su Dharma, o sea con el destino del Kshatriya que es presentar batalla y combatir por la justicia sin preocuparse (a priori) por el resultado de la batalla, ni por la suerte del enemigo (aunque sean parientes y amigos).

     

    31. –Considerando tu deber, tampoco deberías vacilar, porque para un Kshatriya no hay mejor suerte que luchar por una causa justa.

    32. –¡Oh Partha! (Arjuna), son realmente afortunados aquellos Kshatriyas a quienes se les presenta la oportunidad de luchar en una guerra semejante, que les abre las puertas del Cielo.

    33. –Pero, si tú no peleas en esta guerra justa no responderás a tu reputación, faltarás a tu deber y cometerás un pecado.

     

      Esto debe ser así, dice Sri Krishna, porque la realidad es Maya, ilusión, y el “enfrentamiento” es circunstancial, sólo perceptible para el que se siente “enfrentado”. En un plano superior, espiritual, las oposiciones están resueltas, los enfrentamientos son pura ilusión. El Espíritu no puede matar ni morir, por eso dice Sri Krishna:

   19. –Aquél que piensa que este Ser (Espíritu) mata y aquel que piensa este Ser es muerto, los dos son ignorantes. El Ser no mata ni muere.

   20. –El Ser no nace, ni muere, ni se reencarna; no tiene principio; es Eterno, inmutable, el primero de todos, y no muere cuando matan el cuerpo.

   21. –Aquél que sabe que el ser es imperecedero, Eterno, sin nacimiento e inmutable ¿cómo puede matar o ser muerto?

   22. –Como uno deja sus vestidos gastados o se pone otros nuevos, así el Ser corpóreo, deja su cuerpo gastado y entra en otros nuevos.

   23. –Las armas no lo cortan, el fuego no lo quema, el agua no lo moja y el viento no lo seca.

   24. –A este Ser no se le puede cortar, ni quemar, ni mojar, ni secar; es Eterno, omnipresente, estable e incambiable; sabiendo que es así no debes lamentarte.

   26. - 27. –Pero, ¡Oh tú, de brazos poderosos! si piensas que este Ser siempre nace y muere, aún así no debes afligirte por él; porque lo que nace, muere y lo que muere renace con seguridad. Por lo tanto, no debes sufrir por lo inevitable.

 

      Sólo cuenta entonces afrontar el conflicto siguiendo el “Sendero de la Acción”, enfrentando al opuesto y cumpliendo con el Dharma. “No temas matar, –dice Sri Krishna–, ellos ya están muertos en mí”.

     

      Estaba Yo meditando sobre el precedente párrafo del Ghita, en las extraordinarias implicancias morales que surgen de este antiquísimo texto indoario cuando “escuché” nuevamente la Voz:

      –No debes engañarte por el significado superficial de los conceptos, Oh Kurt, hombre de Sangre Pura. El mensaje de Krishna está dirigido a las dos naturalezas de Arjuna, la anímica y la espiritual. A su parte anímica, a su naturaleza de animal-hombre, Krishna aconseja continuar con el argumento dramático en el que está involucrado en razón de su Karma: Arjuna es humano, está encarnado y vive circunstancias kármicas; debe cumplir el Dharma y resolver el conflicto de los Arquetipos opuestos; de ese modo rea­lizará la condena impuesta a priori por los Señores del Karma de Chang Shambalá, la condena in-comprensible de la guerra familiar que pesa sobre su corazón. Pero a su parte espiritual, a su naturaleza aria-hiperbórea, el Si­ddha Krishna sugiere trascender los opuestos, no por medio de su síntesis, cual podría ser la guerra, sino situándose en la instancia absoluta del Espíritu Eterno. El Espíritu, “el Ser”, en efecto, es Eterno o Increado, ajeno a todos los opuestos Creados, que no son más que Maya, Ilusión. Para el Espíritu no hay vida ni muerte Creada sino Ilusión y, por lo tanto, no hay pecado ni culpa, no hay deudas que saldar ni Karma: si la decisión procede del Espíritu, la acción no producirá efecto posterior sobre Sí Mísmo porque la Ilusión carece de capacidad para actuar sobre la Realidad del Ser; y esto, cualquiera sea la acción realizada, incluso matar a los parientes y amigos. Sin embargo el Kshatriya debe cumplir una condición esencial para que su naturaleza espiritual predomine sobre la parte anímica o animal: debe endurecer su corazón, debe “echar fuera esa debilidad no aria”, vale decir, debe despojarse de todo sentimiento compasivo hacia quienes no son sino actores de un argumento kármico, pura Ilusión; ellos no existen realmente, no viven, o como dice Krishna “ya están muertos en mí”. Esta es la Sabiduría de los Señores de Venus de Agartha: sólo es un verdadero Kshatriya quien posee un corazón duro como la Piedra y frío como el Hielo; y sólo un Ksahtriya tal puede realizar cualquier acción, incluso matar, sin que el Karma lo toque. ¡Ese es el Poder, Oh Kurt, hombre de Sangre Pura, del Kshatriya-Iniciado-Hiperbóreo, el hombre semidivino que tiene su Espíritu Increado encadenado al Alma Creada!

      Aquellas palabras irrumpieron como un relámpago en mi conciencia llenándome de perplejidad, ésta, por varias razones. Primero porque me acometía la seguridad –como ya dije– que la Voz era externa a mi ser. Segundo por el tono de la Voz: firme y enérgica, era a la vez una Voz confiable y amistosa. Yo sentía en su presencia que no me era posible desconfiar ni dudar de sus palabras pues esa Voz era emitida por Alguien superior a mí mismo. Alguien que se “acercaba” para ayudarme y guiarme. Y tercero porque el “contenido” de esas palabras, los “conceptos” volcados en mi conciencia no siempre eran claros y comprensibles.

      Esto último debe entenderse no en el sentido de que fueran oscuros o velados, sino que dichos conceptos aludían a cosas y situaciones desconocidas u olvidadas por mí. Digo “olvidadas” porque en ese sentimiento de veracidad que me inducía el escuchar las palabras de la Voz coexistía como una reminiscencia de un Saber perdido, de una Verdad olvidada.

      Shambalá, Agartha, Señores de Venus, conceptos brevemente familiares que alguna vez formaron parte de algún conocimiento más vasto pero que, inexplicablemente, había olvidado sin poder precisar dónde ni cuándo, con seguridad no en esta vida y tal vez no en “otra vida” sino en un “estado del Espíritu” fuera de toda vida y manifestación.

      De una cosa estaba seguro: la Verdad estaba en el pasado, un remoto pasado que, sin embargo, casi podía tocar con la punta de los dedos.

 

 

 

 

Capítulo XV

 

 

 

Cuando reaccionaba, luego de recibir uno de estos “mensajes”, mi primer impulso era “preguntar” algo más a la Voz, interrogar sobre la “interpretación” del mensaje, o sobre la misma Voz.

   Pero era inútil pues la Voz desaparecía tan misteriosamente como había aparecido y sólo obtenía el silencio por respuesta. Sin embargo, cuando no pensaba en ello, y me encontraba meditando sobre alguna cuestión del ámbito de la Historia, la Filosofía o la Religión, aparecía el Comentario Fugaz, la Palabra Sabia y Fulgurante, como una Chispa de Sabiduría.

      Esa dificultad para “comunicarme” con la Voz lejos de decepcionarme estimulaba mi curiosidad y me embarcó en una breve búsqueda de información sobre tan extraño fenómeno.

      El oído interior se había abierto cuando fui presentado al Führer, debido al poderoso influjo de su presencia, y luego partí con Papá hacia Egipto para pasar unas vacaciones, como ya dije. Era durante esos días que intenté develar el misterio de las apariciones furtivas de la Voz. Para ello comencé a leer todo cuanto se refería a casos similares al mío, comprobando con horror que hasta pocos años atrás cualquier persona que experimentaba la audición de voces se hacía sospechosa del cargo de brujería o demonología. La imagen de Juana de Arco, la “Doncella de Orleans”, ardiendo en la hoguera por seguir el dictado de una Voz interior no resultaba un aliciente muy grato para profundizar en el asunto.

      Pero me alentaba el pensar que estábamos en otro siglo, en una época abierta a la investigación y al conocimiento. A pesar de que comprobaba a cada paso que en el terreno de la experiencia psíquica abundaba la superstición o el escepticismo.

      Leyendo las obras de Allan Kardec, el fundador del Espiritismo moderno, comprobé que entre las múltiples formas de Mediumnidad descriptas como “comunes a mucha gente dotada”, figuraba una Mediumnidad Auditiva, la cual creí que podría equipararse con el fenómeno que venía experimentando.

      Según Allan Kardec un Médium es una persona que puede ponerse en contacto con el “Mundo de los Espíritus”: “¿Qué es un Médium? Es el ser, el individuo, que sirve de enlace a los Espíritus para que éstos puedan comunicarse con los hombres. Sin Médium no hay comunicación posible, ya sea ésta tangible, mental, escrita, física o de cualquier otra clase”. Y también dice: “un Espíritu es un hombre sin cuerpo físico”.

      La Mediumnidad como facultad humana se presenta en “relación a los sentidos” siendo una extensión de éstos tal que permite abarcar parte del “Otro Mundo”. Hay así una Mediumnidad Auditiva, una Mediumnidad Escribiente, etc. Sin por ello aceptar la Cosmogonía Espírita que afirma, como lo hace la Gnosis, la Alquimia, etc., una triple composición del hombre: cuerpo, Alma (o periespíritu) y Espíritu, puede uno detenerse a analizar los fenómenos que mencionan los espiritistas, casi siempre reales.

      Eso fue lo que Yo hice inútilmente en esos días de Egipto, recorriendo diversos Centros Espíritas y entrevistándome con numerosos Médiums.

      La desilusión no podía ser mayor pues, en la mayoría de los casos, el Médium era una persona de baja capacidad intelectual, incapaz de explicar claramente la naturaleza de los prodigios por él protagonizados, o por el contrario el Médium era un pícaro, demasiado avispado para brindar explicaciones y más bien gustoso de rodearse de un halo de “misterio”.

      La conclusión que sacaba de esas exploraciones se resumía en que cuando el sujeto era protagonista real de un fenómeno Mediumnímico no podía ejercer ningún control sobre el mismo, siendo en la generalidad de los casos un “mentecatto”. El Médium Escribiente no era consciente de lo que escribía, situación abyecta que sin embargo llenaba de alegría a los testigos quienes afirmaban que ello constituía la “prueba” de la veracidad del prodigio. Lo mismo podía decirse sobre las otras clases de Mediumnidad.

      El Médium Parlante, totalmente “poseído” por el Espíritu o “entidad desencarnada” –según la jerga espírita– hablaba, reía, bramaba, o se contorsionaba ante el éxtasis contemplativo de los acólitos, tan ignorantes como insensatos. Y el Médium Oyente, que despertaba mi particular interés, oía, pero no una sino un concierto de voces. Y ­éstas lo invadían en todo momento, ordenando, solicitando o suplicando determinadas acciones, muchas veces des­honrosas o groseras. Algo deprimente que nada tenía en común con mi superior experiencia.

     

      Convencido de que por ese camino sólo hallaría enfermos o fanáticos, hice lo más lógico que puede uno hacer en esos casos: me aboqué a buscar una solución a mi problema valiéndome de mí mismo, de mi propio análisis y experiencia.

      De ese modo, repasando rigurosamente los procesos psíquicos que culminaban con la aparición de la Voz, comprobé que la clave no radicaba en la interrogación mental, en “preguntar” a la Voz esto o aquello. En mi confusión, a la que contribuyó no poco el contacto y la observación de los espiritistas, Yo creía que la Voz respondía a interrogantes planteados en mi conciencia durante la meditación. Tomando arbitrariamente esta creencia por una verdad concluía que sería posible interrogar conscientemente a la Voz, es decir, que Yo preguntaría y la Voz respondería: Craso error... como verás enseguida.

      La meditación de todo esto me permitió comprender que la “interrogación” es una actitud intrínsecamente racional; es decir, que sólo es posible interrogar a partir de esa ordenación que llamamos razón. De todas las criaturas ­existentes sólo el hombre interroga y lo hace para saber, para obtener conocimiento. Expresión de su miserable ­ineptitud y del drama de su ignorancia, la interrogación, a partir de la razón, de su lógica, le permite emitir inferencias, proposiciones, y establecer juicios. Pero el conocimiento obtenido exclusivamente a partir de la razón, por la interrogación a la realidad del mundo, entraña una ­violencia y una rebeldía embozada. La interrogación lleva implícita la posibilidad de la respuesta y en esta implicación hay algo soberbio y arrogante. Interroga el que orgullosamente “sabe” que será saciado en su saber. Esta rebeldía, este orgullo, esta arrogancia, en fin, esta violencia que subyace en la interrogación es, por supuesto, totalmente inútil, toda vez que no facilita la liberación del hombre de su encadenamiento a las formas ilusorias de la materia.

      El error moral de la interrogación como “medio para conocer” se evidencia en toda su absurda contradicción cuando el hombre afirma el “derecho” a preguntar, es decir cuando establece que es jurídica y moralmente lícito el obtener conocimiento por la interrogación. Porque si es lícito y hasta aconsejable practicar la interrogación, sín límites ni vallas morales hacia la cosa cuestionada (sin tabúes), no tardaremos en ver al hombre fieramente plantado cara a cara con Dios interrogándole, posibilidad absurda que conduce inevitablemente a la negación de Dios (ateísmo), a confesar la imposibilidad de esta pregunta (agnosticismo) o a las más perturbadoras hipótesis que son sólo eso, respuestas pro-bables pero no verdaderas respuestas.

      La Gnosis, corriente filosófica a la que se refirió bastante Belicena Villca, afirmaba la posibilidad de “salvarse” por medio del conocimiento (gnosis), pero este “conocimiento” no debía ser obtenido de manera racional. Como decía Serge Hutin: “La gnosis, posesión de los Iniciados, se opone a la vulgar pistis (creencia) de los simples fieles. Es menos un ‘conocimiento’ que una revelación secreta y misteriosa”. “... La gnosis constituye una vez que ha sido alcanzada, un conocimiento total, inmediato, que el individuo posee enteramente o del que carece en absoluto; es el ‘conocimiento’ en sí, absoluto, que abarca al Hombre, al Cosmos y a la Divinidad. Y es sólo a través de este conocimiento –y no por medio de la fe o de las obras– que el individuo puede ser salvado”.

      Existe entonces otra vía para “conocer” y, aunque una conspiración oscurantista haya borrado de la Historia Oficial a la Gnosis y su Sabiduría Iniciática, fue a la manera “gnóstica” que hallé la solución para comunicarme con la Voz.

      Es que efectivamente hay una forma de obtener conocimiento “más allá” de la razón, sin caer en la mecánica de la pregunta y la respuesta, de la comparación y la conclusión, del análisis y la síntesis, en fin, de la dialéctica. Y es sumamente sencilla. Consiste en disponer el Espíritu para recordar, en forma análoga a la actitud asumida por la conciencia cuando “busca” un recuerdo en la memoria.

      En este caso no se trata de adoptar una postura contemplativa, de “mente en blanco”, sino de una acción dinámica, que “busca” sin “preguntar”.

      La sabiduría de comprender esto estriba en aceptar el hecho de que la conciencia es “orientable”, “direccionable” hacia zonas de la mente.

      Cuando deseamos recordar algo, la razón puede interrogar o no, pero el recuerdo viene inexorablemente. Por ejemplo ¿qué corbata usé en la fiesta de Juan Pérez? y la res-puesta viene automáticamente –la corbata verde–. Pero seamos sinceros ¿es una verdadera “respuesta” la obtenida? o cuando quisimos saber qué corbata usamos dispusimos la mente a “buscar” el recuerdo de la fiesta en lo de Juan Pérez y este recuerdo apareció en la conciencia como una imagen que fue prontamente traducida por la razón en forma de proposición: la corbata verde.

      Porque si en lugar de preguntar, simplemente evocamos el recuerdo de la corbata usada, ésta “aparecerá” sin ser necesariamente la respuesta a una pregunta ni tampoco una proposición.

      Cuando comprobé esto y verifiqué fehacientemente que al “recordar” la conciencia se “dirige” hacia el recuerdo, dispuse análogamente mi Espíritu para “dirigirse” a la Voz.

      Al principio no tuve éxito, principalmente porque la razón interfería con dudas y escepticismo, pero cuando me concentré bien y pude recrear en la mente los momentos fugaces en que la Voz irrumpió, entonces comencé a progresar. La Voz había aparecido y desaparecido en un instante, con una velocidad mayor que el más veloz de mis pensamientos, al punto que, a veces, no solía distinguir claramente sus palabras.

      Por eso es que debía concentrarme mucho, y evocar el recuerdo, sólo evocar, no interrogar, disponer la conciencia para que sobrevenga el recuerdo y permanecer en total inmovilidad espiritual. El que entienda comprenderá que no se trataba de una actitud contemplativa sino de una actitud enérgica (de energía), similar a la del guerrero un ­instante antes de descargar el brazo con la espada, plena de fuerza potencial. En la contemplación hay paz (quietud), en la evocación energía expectante.

      El procedimiento empleado con éxito puedo explicarlo así: Recreaba en mi Espíritu el momento en que apareció la Voz. Trataba que este recuerdo fuera lo más “exacto” posible, es decir, que me transportara psicológicamente al clímax vivido durante la experiencia. Entonces se presentaba la Voz, el recuerdo de la Voz, tan velozmente como “recordaba” que había aparecido. Pero entonces, utilizando el recientemente descubierto poder “orientador” de la conciencia, “dirigía” a ésta “hacia” la Voz (repito: como quien recuerda) y lograba así “ampliar” imperceptiblemente el Tiempo de manifestación de la Voz. Surgía la voz en el recuerdo y Yo trataba de ceñir el recuerdo en torno a ella, recortando lo accesorio, concentrándome sólo en ella, tratando de convertir la fugacidad en permanencia, sin que por esto perdiera en algo su dinámica vocal. Así iba logrando, cada vez más, “seguir” el mensaje de la Voz desde su aparición hasta su extinción.

      La aparición (comienzo) no me preocupaba, pero sí la extinción, pues iba ampliando cada vez más el momento último de la Voz, hasta que llegué a “oír” con total nitidez el tono final, el límite preciso entre la Voz y el Silencio. Llegado a ese punto sentía en la conciencia –de tan dirigida hacia la Voz– como si hubiera una prominencia cónica y aguda, como un embudo visto desde el lado en que se vuelca el líquido.

      La Voz había penetrado en mi mente por un punto –el oído interior– y hacia allí apuntaba el vértice del cono psíquico en que se convertía la conciencia al perseguir tenaz-mente el instante de la extinción final del “mensaje”.

      Fui practicando esta suerte de evocación selectiva cuando, al “examinar” (de algún modo hay que decirlo) el cono psíquico, de pronto me ví precipitado en un túnel ligera-mente espiralado y vaporoso, como un vórtice de energía brillante y lechosa que pronto concluyó con una imagen perfectamente definida y nítida. Podía verla y oírla a la vez pues de ella era de quien brotaba la Voz.

      Siguiendo la Voz en su extinción, como un eco, había arribado a su fuente de origen y ésta era deslumbrante y cegadora. Provisto ahora no sólo de un oído interior sino también de una visión interior participaba absorto de una excelsa imagen ígnea. Porque aquel maravilloso y sabio Verbo no era emitido por garganta alguna, ni provenía de una entidad humana o tan siquiera antropomorfa.

      Simplemente brotaba de una lengua de fuego que titilaba rítmicamente acompañan-do el devenir del Verbo.

      –¡Oh fuego helado y rutilante, Dios es testigo que en ti he reconocido la Divinidad del Espíritu Hiperbóreo!

      De frente a esa Presencia Divina, hecha de Fuego, Voz y Sabiduría, no cometí la necedad de interrogar, ni tuve sorpresa o deseo de saber o comprender.

      Una salvaje alegría, un gozo primordial me fue invadiendo mientras el logos ígneo resplandecía bajo la mirada interior. Y ese júbilo inefable obedecia a una certeza: había recobrado algo perdido hacía mucho tiempo, no sabia decir cuándo ni dónde. Pero con seguridad de eso se trataba pues la flamígera Presencia no me era desconocida aunque de algún modo misterioso Yo la había olvidado hasta ese momento. Y la alegría del reencuentro colmaba mi Espíritu de un placer indescriptible.

      Ignoro cuánto duró aquel primer éxtasis, pero recuerdo claramente el conocimiento que “quedó” en mi conciencia como un estrato sedimentario al fin de la experiencia. Digo “conocimiento” porque al conectarme telepáticamente con la misteriosa Voz, accedí a un Torrente de Sabiduría –no sabría llamarlo de otro modo– que al penetrar en el Espíritu disolvía toda duda, tornaba inútil cualquier interrogante y reunía y sintetizaba los opuestos. Esto sucedía así porque la Voz –auténtico Logos– cuya substancia la constituía el Fuego y el Verbo, transmitía Su Palabra por el sólo hecho de entrar en contacto con ella.

      ¿Y qué decía la Voz en aquella ocasión? Sería una torpe pretensión intentar describir con palabras semejante experiencia trascendente pero correré este riesgo y breve e imperfectamente resumiré las partes esenciales del mensaje:

      –“Yo soy un Ser perteneciente a la Antigua Raza que llegó a la Tierra con Lúcifer hace millones de años. Me han llamado Angel, pero ésa es una denominación ambigua. He sido uno de los Grandes Guías Hiperbóreos y como tal me has conocido tú en un pasado remoto que, sin embargo, es siempre presente en el Misterio de la Sangre Pura. Por mi nombre Hiperbóreo debes llamarme: Kiev; pues así me ‘conocerá’ nuevamente la Humanidad al final de la Edad Oscura o Kaly Yuga. Estás unido a mí, como otros innumerables Espíritus encadenados por el Símbolo del Origen, el lazo que vincula a lo Crea-do con lo Increado: tú, y cualquiera de ellos, puede llegar hasta mí y hasta el Origen de la Raza del Espíritu, resolviendo el Misterio del Laberinto, atravesando la Ilusión de la Formas Creadas, remontando el Sendero de la Sangre Pura, como has hecho ahora sin comprenderlo. Allí, en el Origen, existen otros Seres como Yo, pertenecientes a la Raza del Espíritu, a quienes también han llamado Angeles. Pero, en verdad, todos procedemos de Venus, de la Puerta de Venus.

      –Puedes comunicarte cuando quieras conmigo ahora que sabes regresar al Origen siguiendo el Sendero de la Sangre Pura, pero no debes hacerlo en tanto no hayas conseguido comprender el Misterio del Laberinto y seas dueño del Espacio y del Tiempo. En caso contrario mi presencia actuará como una droga que adormecerá tu incipiente conciencia espiritual. Eres víctima del Gran Engaño. Crees ser y casi no existes más allá del capricho de Jehová Satanás. Mientras no regreses conscientemente al Origen, allí donde ahora estás sin saberlo, no debes venir a mí pues podrías extraviar el camino. Primero debes ser lo que ya eres, debes retornar al Principio desde donde nunca has partido, recuperar el Paraíso que jamás perdiste. Cuando resuelvas este Misterio, marchando por el camino del Laberinto y llegando a la salida, recién podrás decir Yo Soy. Pero no temas, no estarás abandonado, serás guiado carismáticamente hasta el fin. Sigue los Círculos Cerrados de la Orden de Thule pero no te detengas en ninguno; avanza siempre, hasta llegar al Penúltimo Círculo; allí nos volveremos a ver. Y finalmente, trata de interpretar con sabiduría éste, mi consejo y guía: en el orden planetario primero el Führer; en el orden individual primero Rudolph Hess. Por lo tanto, sigue a Rudolph Hess, inspírate en Rudolph Hess”.

 

      Había conseguido resolver el Misterio de la Voz, llegando hasta su oculta fuente, el Divino Kiev, pero inmediatamente de lograda esta maravillosa hazaña psíquica se me prohibió restablecer el contacto ocasionándome una rara sensación de tristeza. Respetuosamente autoimpedido de contemplar la centelleante esfinge de Kiev a causa –lo aceptaba tácitamente– de mi imperfección, sólo deseaba salvar los obstáculos que me separaban del Penúltimo Círculo de la Thulegesellschaft donde sería autorizado a restablecer el vínculo telepático con el Origen.

      En todo esto pensaba mientras el tren me llevaba velozmente a Pomerania, lamentando no haber hallado a Rudolph Hess en Berlín para confiarle lo acontecido y consultarle sobre el Divino Hiperbóreo Kiev.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo XVI

 

 

 

Tío Kurt, lo que me has contado es maravilloso! ¡Tú solo, internamente, vale decir, sin ayuda de nadie, llegaste hasta uno de los Dioses Liberadores! –exclamé, impresionado por la similitud de su experiencia con mi percepción de aquel instante infinito, la noche del terremoto, durante el cual contemplé la Divina imagen de la Virgen de Agartha.

      –Y dime tío: –agregué, haciendo caso omiso a los gestos de protesta de tío Kurt, que pretendía continuar linealmente con su relato– ¿pudiste conservar la facultad de comunicarte con el Capitán Kiev? quiero decir: ¿lograste escucharlo más adelante? ¿lo oyes aún hoy?

      –Sí, neffe –afirmó con resignación–. Aunque pasaron varios años hasta que Yo me atreví a dirigirme directamente a El, Su Voz me guió en todo momento, salvándome la vida poco tiempo después, en Asia, como verás si me dejas proseguir el relato. Pero te anticipo una respuesta afirmativa a tu última pregunta: aún le oigo; aún me guía. El me ordenó venir a Santa María y permanecer aquí. Y si bien cumplí con Su mandato, lo hice a disgusto, y todos estos años, estos treinta y tres años, los pasé en abierta rebeldía contra los Superiores Desconocidos. Sí, neffe: El me habló muchas veces, y aún me habla, como lo hizo antes que tú llegases, cuando vibró el zumbido de las abejas, el sonido del Dorje de los Druidas, y me advirtió que sería atacado; mas Yo no he respondido a Sus mensajes. Nunca lo he hecho desde 1945.

      –¿Dios mío! ¿Por qué, tío Kurt?, ¿cómo has podido quedarte en silencio, permanecer indiferente frente a la Voz de los Dioses? –no comprendía su actitud y se lo hacía saber casi gritando. Perseguido por los Druidas, por la Fraternidad Blanca, por toda una Jerarquía de seres infernales: ¿cómo se podía despreciar la única ayuda posible, el auxilio de los Dioses Liberadores? Oh mein Gott, qué difícil se me hacía entonces entender a tío Kurt.

      –Sé que no puedes comprenderme, Arturo. Pero es que tendrías que ponerte en mi lugar, estar en mi pellejo en 1945, viendo a Alemania destruida por la Sinarquía de los Aliados y comprobando que los hombres más Sabios, los Iniciados de la Orden Negra, desaparecían sin dejar rastros en los Oasis Antárticos o a través de las Puertas Expandidas. Y mientras Ellos se iban, hasta la Batalla Final o quién sabe hasta cuando, Yo recibía la orden de quedarme en el Infierno, solo, a cumplir una misión de la cual no sabía nada en absoluto y en la que no creía. Sí, neffe, puedes llamarle falta de fe o como quieras, pero Yo no creía que mi permanencia aquí fuese realmente importante: me sentí abandonado, traicionado por los Dioses, librado a mi suerte. ¿Qué podría hacer Yo frente a la Gran Conspiración triunfante? Y sin embargo estaba equivocado. Ahora lo sé, y espero que no sea tarde para corregir mi estúpida postura. La carta de Belicena Villca me ha mostrado una parte insospechada de la Historia, un costado que otorga sentido final a mi vida. Porque, naturalmente, sólo me resta morir con honor para lavar la mancha de estos años de quietud innoble.

      Tío Kurt se torturaba inútilmente y, una vez más, era Yo el causante de su dolor. Maldecí haber preguntado y hubiese querido que la tierra me tragase allí mismo. Y no había forma de detener su subjetiva autocrítica.

      –¡Yo soy un SS., Arturo! ¡Un Iniciado de la Orden Negra SS.! –dijo con desesperación–. Y me he mantenido en una cómoda situación; oculto todos estos años, pero seguro, cómodamente seguro!: ¡maldito sea Yo y todos los oficiales SS. que hayan actuado del mismo modo! ¡Deberíamos haber luchado, formado conciencias jóvenes, revelado la Sabiduría Hiperbórea! Pero preferimos callar, asumir una actitud cobarde que pretendía ser prudente: Imagínate, Arturo: ¡si ni a los Dioses fui capaz de responder, cuánta menos voluntad tendría para esclarecer a nadie! ¿Y sabes por qué? ¡porque en el fondo no creímos en las nuevas generaciones, ni en el Triunfo del Führer, ni en la Batalla Final! Tal vez, y digo sólo “tal vez”, seamos en parte disculpados porque en nuestra convicción ha de haber intervenido la mano del Enemigo, el Poder de Ilusión de la Fraternidad Blanca. Fuimos incrédulos y egoístas, y no debemos esperar perdón de los Dioses pues Ellos no son jueces. En verdad, estamos obligados por nosotros mismos, por nuestro honor...

      Hasta hoy, neffe, viví adoptando el papel de víctima, afirmando con intransigencia que nada se podía hacer contra la Sinarquía salvo aguardar la Batalla Final, el Fin del Mundo, el Apocalipsis, una intervención Divina. Y esto lo decía con ironía, sin creer que la Parusia fuese a ocurrir, que Yo llegase a verla. Y en mi desdén, y en la indiferencia de tantos otros que quizás obran igual que Yo, condenamos a la ignorancia a quienes con seguridad deberán participar en la Guerra Esencial, en la Batalla Final de la Guerra Esencial. ¡Oh, Dioses, que necios hemos sido! No lo había comprendido hasta hoy, hasta que tú viniste y me expusiste tu vida predestinada, hasta que tú me relataste los años de búsqueda y me mostraste la imposibilidad de hallar la Verdad en alguna parte: ¡cuánto camino a ciegas te podrías haber ahorrado si me hubieses conocido antes! A mí, a Oskar, o a cualquiera de los que conocíamos la Verdad! ¡Oh, Arturo ¿qué hemos hecho?! Salvamos nuestras miserables vidas pero al costo de perder el honor, de abandonar a los jóvenes a sus propias fuerzas, de permitir que fuesen corrompidos y destruidos por el Enemigo...

      –Pero tío Kurt –dije tratando de calmarlo– tú recibiste una orden del Capitán Kiev: debías permanecer oculto por motivos estratégicos, quizás aguardando la carta de Belicena Villca. Puede ser que otros SS. hayan actuado egoístamente, como dices, mas Yo encuentro muy significativa tu historia, la mía, y la de Belicena Villca. Veo todo muy sincronizado, muy coincidente, y se me ocurre que los ­Dioses lo tenían calculado de antemano. Así, pues, que no debes amargarte en vano: las cosas tendrán sentido, tus treinta y tres años en Santa María tendrán sentido, si cumplimos con el pedido de Belicena Villca y hallamos a su hijo y a la Espada Sabia, si mostramos su carta a Nimrod de Rosario y nos incorporamos a su Orden de ­Constructores Sabios.

      –Tal vez tengas razón. Pero he comprobado mi error y nada me impedirá pagar la deuda de honor que debo a los que venían tras de mí. ¡La deuda es contigo, Arturo, lo sé! Y por eso estoy dispuesto a morir si es preciso; a morir con honor, como muere un oficial SS.. Sí, Arturo, considéralo como un juramento: ¡te protegeré de los Druidas, pondré a tu disposición todas las facultades y poderes que desarrollé en la Orden Negra, y moriré por ti si es necesario, para que tú cumplas la misión que te encomendara Belicena Villca!

 

      Fue inútil que intentara persuadir a tío Kurt que la situación no era tan grave, que nadie iba a morir. Sólo logré convencerlo de mi ingenuidad. De todos modos, una cosa era clara: increíblemente, poseía la facultad de comunicarse telepáticamente con el Capitán Kiev, uno de los Señores de Venus que Belicena Villca mencionara reiteradamente en su carta.

 

 

 

 

Capítulo XVII

 

 

 

Me prometí a mí mismo no interrumpir más a tío Kurt. Su relato prosiguió así:

   –De acuerdo a los papeles firmados y sellados que contenía el sobre entregado por el SS. Oberführer  Papp ya era miembro de la Schutzstaffeln (Escalones de Guardia o SS.) y marchaba a recibir entrenamiento al Ordensburg de Crossinsee incorporado con el grado de SS. Obersturmführer [30]. A la d se ingresaba normalmente, para la ­­carrera de oficial, con el grado SS. Untersturmführer [31] pero los graduados del NAPOLA, por su preparación militar previa, eran incorporados con un grado más. Por esta razón yo entraba como SS. Obersturmführer de la legen­daria 1a Panzer División Leibstandarte Adolf Hitler y porque los Ostenführer del Cuerpo Selectivo de Estudios Orientales del NAPOLA tenían su asiento natural en el Leibstandarte.

      Los oficiales SS. recibían instrucción en centros especialmente preparados al efecto, en distintos lugares de Alemania. Eran los Ordensburg, castillos-monasterios rodeados de bosques y parques, autosuficientes con respecto al fin pedagógico para el que habían sido dispuestos. Tres Ordensburg dependían del N.S.D.A.P. y uno, el castillo de Werwelsburg, pertenecía exclusivamente a la Waffen SS..

      Crossinsee en Prusia Oriental se ocupaba del entrenamiento físico y mental y de completar la instrucción puramente militar. Vogelsang en Renania impartía la enseñanza política y mística y, por último, Sonthofen en Baviera, se ocupaba de la formación superior de los oficiales SS. en Política, Diplomacia o Artes Militares. A estos tres burgos, Crossinsee, Vogelsang y Sonthofen, se concurría en ese orden pudiendo permanecer uno o más años en cada uno de ellos de acuerdo a la particular carrera seguida. Pero a Werwelsburg sólo ingresaba una auténtica Elite, extraordinariamente seleccionada, que aspiraba a recibir la Iniciación al Conocimiento Más Oculto de la Orden Negra, cuyo Gran Maestre era el Reichführer Heinrich Himmler.

      En mi caso particular, existían órdenes expresas, de Rudolph Hess, de acelerar la estadía en Crossinsee y Vogelsang por lo que sólo asistí tres meses al primer burgo y tres meses al segundo. En Sonthofen estuve seis meses y luego pasé tres meses en Bernau, cerca de Berlín, un centro secreto del S.D.[32] donde se impartía enseñanza en técnicas de contraespionaje. En total quince largos y duros meses de estudio que culminaron a fines de 1938 cuando, con el grado de SS. Hauptsturmführer [33] abandoné definitivamente las aulas y bibliotecas oficiales en calidad de alumno.

      Desde mi llegada a Alemania, en 1933, habían pasado seis años durante los cuales recibí una educación de Elite, tan específica y bien concebida para lo que se deseaba obtener de mí, que es difícil imaginar cómo podría haberse mejorado.

      En esa fecha –continuó tío Kurt– Alemania y sus aliados iban a entrar en la Guerra Total contra las Potencias de la Materia, guerra que fue más terrible que la del Mahabarata, y, al agotarse los tiempos, tuve oportunidad de actuar en bien de mi patria y de la Humanidad. En efecto, neffe: antes de que estallase el conflicto recibí mi primera misión, una empresa tan extraña que costaría encuadrarla dentro de las operaciones militares, especialmente en la actualidad, cuando los ejércitos “profesionales” son máquinas bien aceitadas y los soldados simples robots. Pero es que la Waffen SS. no era una organización meramente militar sino la expresión externa de la Orden Negra, una Orden de Iniciados Hiperbóreos: existían, pues, junto a las operaciones clásicamente militares, misiones de neto carácter esotérico. Una de ellas era la Operación Altwesten que había emprendido en 1937 el Profesor Schaeffer, financiada y dirigida por la SS.. Como lo había anticipado Rudolph Hess, mi Destino estaba ligado a aquella expedición al Tíbet y nadie, ni el traidor Schaeffer, podrían impedir que participase de ella. Sin embargo en 1937 el grupo ya había partido y sólo un año después me incorporé a ellos en el Tíbet.

      Las circunstancias previas no fueron menos extrañas, pero te las narraré luego que hayamos cenado –dijo sorpresivamente tío Kurt. Miró su reloj y se llevó la mano a la frente con asombro–. ¡Soy un desconsiderado! Hace cinco horas que te entretengo sin contemplar que ésta es la primera vez que dejas la cama en quince días. ¿Realmente estás bien? Dime la verdad pues quizás sea mejor que te acuestes y te haga subir la cena.

      –Estoy muy bien tío Kurt –dije– y si quieres saber la verdad, lo que siento ahora es hambre. Así que ¡vayamos a cenar!

      Reía gozoso tío Kurt mientras nos dirigíamos al comedor. Una hora más tarde volvíamos a ubicarnos en los sillones luego de haber tomado una cena fría y liviana, a base de fiambres y ensaladas, durante la cual hablamos de diversos temas desvinculados completamente de la narración interrumpida.

      Al fin, mientras bebíamos una taza de café, decidió tío Kurt continuar el relato.

 

      –Es una hermosa noche de verano –dijo–. Cielo despejado, temperatura agradable, silencio y fragancias del campo. ¡Te propongo que nos sentemos bajo los sauces neffe! Verás que disfrutas la frescura de la noche en tanto avanzamos con el relato.

      –Oh no, –respondí–. Será mejor que retornemos al living-room. Allí estaremos más cómodos.

      Lamentaba estropear el entusiasmo de tío Kurt pero no deseaba enfrentarme a los dogos. Sabía que tarde o temprano tendría que hacerlo pero procuraría que fuera de día. ¿Los dogos nuevamente de noche? La idea me llenaba de aprensión, pero tío Kurt no debió notarlo pues encogiéndose de hombros se dirigió al living seguido por mí.

     

      –Tres o cuatro semanas después de llegar a Crossinsee retorné a Berlín –continuó narrando tío Kurt– para entrevistar a Konrad Tarstein, mi contacto en la Thulegesellschaft.

      La Gregorstrasse 239 correspondía a un vetusto caserón de dos plantas que debía contar con más de dos siglos de azarosa existencia y su único habitante, Konrad Tarstein, resultó ser un típico berlinés pequeño burgués, calvo, de baja estatura, dotado de gruesa barriga, quien hacía juego perfectamente con la decrepitud del lugar.

      Es probable que semejante lugar y sujeto –pensé– tuviesen por objeto despistar a posibles espías o decepcionar a inquietos aspirantes. Yo sufrí el segundo efecto al golpear una mohosa argolla que giraba dentro de un puño de bronce dudosamente fijado a la destartalada puerta.

      –¿Sí? –preguntó una voz chillona que emergía de algún lugar indefinido.

      –Soy Kurt Von Sübermann –dije, dirigiéndome a la diminuta mirilla que al fin había descubierto en uno de los paneles de la puerta, desde donde un par de ojillos hui­dizos me observaban impacientes. –Me envía Herr Rudolph Hess...

      Se abrió la puerta y una figura rechoncha y pequeña apareció, con la mano cortés-mente extendida para saludar.

      –Soy Konrad Tarstein –dijo–. Pase, lo estaba esperando.

      El interior no mejoraba para nada la impresión inicial. Amueblada con manifiesto mal gusto, en una descuidada mezcla de formas y estilos, unos minutos en la casa bastaban a cualquiera para desalentarse de que allí hubiese o pudiese tratarse algo importante. Y sin embargo yo esperaba mucho de la Thulegesellschaft en la que, según Rudolph Hess, hallaría respuesta a todos mis interrogantes.

      Sentado en un ridículo sillón Luis XV, que nada parecía tener que hacer allí, frente a una mesa normanda y unas sillas fraileras, observaba con sorpresa que Konrad Tarstein se aprestaba a llenar una ficha. Era lo más alejado de una actividad espiritual que yo podía imaginar y por eso titubeé al dar mis datos personales, actitud que Tarstein interpretó erróneamente como producto del temor.

      –No tema –dijo Tarstein– los libros de la Orden nunca podrían ser hallados. Puedo asegurarle, Herr Von Sübermann, que jamás ha ocurrido una filtración importante sobre detalles del Culto o la identidad de nuestros miembros. Hemos sufrido deserciones y alguna traición menor, pero siempre en los niveles superficiales de la Orden, y por gente que no poseía un conocimiento muy preciso de la organización interna.

      –¿Recibe muchos aspirantes Señor Tarstein? –pregunté.

      Konrad Tarstein levantó la vista de la ficha y me observó unos largos minutos con curiosidad. Al fin, como si cayera en la cuenta de un olvido u omisión, se llevó una mano a la frente en tanto su rostro se iluminaba con una sonrisa.

      –¡La parquedad de Rudolph Hess! –dijo como si pensara en voz alta–. Su eterna y tímida parquedad. Debí suponer que Ud. no estaría avisado de que esta entrevista no forma parte de ninguna práctica regular en la Thulegesellschaft. Dígame Kurt Von Sübermann ¿Qué información recibió de Rudolph Hess para llegar hasta aquí?

      Le respondí en forma completa sobre todo cuanto sabía acerca de la Thulegesellschaft: lo que había dicho Rudolph Hess en nuestra charla de la Cancillería, la noche de la graduación, y la referencia a un “contacto” en Berlín, Konrad Tarstein, expuesta en su carta que llegó a mis manos por mediación del SS. Oberführer Papp.

      Mientras hablaba me asaltaba la duda de que se hubiese producido un inesperado malentendido, a causa de algún error cometido por mí en la interpretación de las instrucciones. Pero por más que reflexionaba no encontraba ningún motivo que pudiese haber provocado la sorpresa de Tarstein ante mi pregunta sobre la recepción de otros aspirantes a la Thulegesellschaft. ¿O es que, efectivamente, no venían jamás otros aspirantes a la Gregorstrasse 239? Esto me lo confirmó, finalmente, Konrad Tarstein pocos minutos después. Aprobó con un gesto de su calva cabeza todo cuanto dije y, luego de guardar la ficha en un maletín de cuero, me invitó a pasar a un ambiente interior del enorme caserón.

      La sala donde estábamos se conectaba con la puerta de calle por medio de un pasillo desde el pequeño hall. A la derecha se veía una escalera de fina madera lustrada y alfombrada, que, mediante una curva de noventa grados, conducía a la planta superior y se continuaba en la baranda, la cual se extendía lateralmente a lo largo de un pasillo, perfectamente visible desde abajo. Hacia el frente de la sala se abrían dos puertas de grandes marcos de madera tallada. Tomando por la puerta de la derecha accedimos, con Tarstein, a un patio abierto, rodeado de galerías con pequeñas columnas bajo arcos normandos, en cada uno de los cuales se abrían sendas puertas. Siguiendo la galería de la izquierda, recorrimos la distancia de un lado del patio embaldosado y continuamos a través de una puerta cancel transversal que nos condujo a otro patio, éste cerrado con una campana de vidrio, en tanto la galería se extendía a lo largo de este patio para morir en la pared del fondo.

      Antes de llegar allí, entramos en la última de las incontables puertas que daban a las galerías traspuestas. El sitio al que habíamos arribado, luego de tan laberíntica excursión, era en verdad sorprendente. Al cerrar la puerta que daba a la galería, diríase que entrábamos a un moderno apartamento, más propio de estar en un rascacielos de la Bernaverstrasse que allí, en el corazón de una decadente mansión del siglo XVIII.

      –¿Le sorprende Sr. Kurt? –preguntó sonriendo Konrad Tarstein–. Hice remodelar un ala de esta antigua casa para vivir con cierta comodidad. Nada del otro mundo, más bien sencillo, pero cómodo para quien ya tiene recorrido gran parte del camino final.

      ...Vea Kurt, ésta es la cocina, moderna y bien instalada; éste, el comedor y living-room. Por aquí, por favor. Vea, éstos son los dormitorios, hay dos porque suelo recibir a un matrimonio de viejos amigos como huéspedes. Pase por aquí Kurt; vea, éste es el principal ambiente, adonde paso gran parte del día y la noche.

      Nos hallábamos ante un cuarto de grandes dimensiones, con las cuatro paredes cubiertas de estanterías con libros. En el centro, bajo una lámpara cuadrada y de altura regulable que colgaba del techo, una mesa tapada de libros, algunos abiertos, otros apilados, y varios manuscritos, dejaba adivinar el lugar de trabajo o estudio de Konrad Tarstein.

      Algo abrumado por el particular espectáculo que estaba presenciando y conteniendo los deseos de ir de inmediato a examinar los lomos de los libros, que evidentemente eran muy antiguos, contuve mi ansiedad y pregunté:

      –¿Por qué aquí? ¿Por qué construir una casa dentro de otra casa? ¿No era más factible adquirir otra propiedad más cómoda en un barrio más respetable?

      –Calma, calma, Kurt, –dijo Tarstein– esto ha sido hecho así por una importante razón: No podemos abandonar esta propiedad que es muy querida para nosotros. En ella han pasado cosas muy importantes para la Alemania y la Humanidad. Por eso, aunque pocos son los que suelen visitarla, nosotros la mantenemos intacta, sin cambiar nada de su antiguo y desconcertante mobiliario. Hace treinta años, en 1908, funcionaba aquí una agrupación secreta cuyos miembros fundaron en 1912 la Germanenorden que luego daría lugar a la Thulegesellschaft y al N.S.D.A.P. ¿Entiende ahora por qué debemos conservar esta casa?

      –Porque aquí empezó todo, –dije con admiración.

      –Exacto, aquí empezó a escribirse la historia del próximo milenio. ¡¡Aquí, sola-mente aquí, vinieron un día los Superiores Desconocidos a sellar la fundación del Tercer Reich!! Antes caerá Berlín de sus cimientos que pueda tocarse un alfiler en esta casa sa-grada.

      Cuando Konrad Tarstein hablaba en esta forma, su chillona voz adquiría tonos proféticos y se tornaba magnética y atrayente, haciendo olvidar por momentos el estrafalario aspecto de quien la emitía.

      –Vamos a tomar una taza de té –propuso Tarstein– y le impondré de algunas cosas que debe saber de la Thulegesellschaft y del arreglo que hemos hecho con Rudolph Hess sobre su ingreso.

      Le acompañé lamentando dejar aquella fascinante biblioteca, hasta la flamante cocina. Abandonamos la biblioteca por otra puerta, adyacente de la que habíamos entrado, y fuimos a dar nuevamente a la galería y al patio. Comprendí, así, que la casa de Konrad Tarstein se extendía en toda esa ala de la vetusta mansión, frente al segundo piso.

      –¿De cuántos cuartos cuenta la casa? –pregunté mientras azucaraba el aromático Té de Shanghai.

      –Contando ambas plantas, unos... treinta o treinta y dos ambientes –respondió enigmáticamente–. ¿Quién podría saberlo?

      Me miró un largo instante, como dudando si debía detenerse allí o completar la respuesta. Al fin algo en él pareció relajarse, y optó por la segunda alternativa.

      –Mire Kurt, Yo no sé si estará ya preparado para aceptar ciertos hechos que escapan a la normal comprensión del hombre corriente. De todos modos, puesto que pretendemos hacer de Ud. un Iniciado Hiperbóreo, tarde o temprano tales hechos no le resultarán para nada sorprendentes: es sólo cuestión de tiempo que los comprenda. Así que, le daré una información que para cualquier mente racional sería lógicamente increíble, pero no lo será para nosotros pues corresponde a la más rigurosa verdad, perfectamente comprobable por todo Iniciado: en esta casa, hoy pueden haber 32 ambientes pero mañana, tal vez, hayan 35, 40 ó más; o tal vez menos, 20, 25, 30, ¿quién podría saberlo?

      Naturalmente, neffe, aquella revelación me produjo la incomprensión que preveía Tarstein. No olvides que sólo tenía 19 años y que aún me hallaba conmocionado por la recientemente adquirida facultad de oír la Voz de Kiev, el Señor de Venus. Sin embargo no me sobresalté y tomé sus palabras con tranquilidad. Konrad Tarstein prosiguió, aparentemente satisfecho por el efecto nulo que causaban sus datos.

      –Esta no es una casa común, Kurt. No señor, Ud. se encuentra dentro de lo que nosotros llamamos una plaza liberada, un oppidum, es decir, un espacio ganado al Enemigo. Aunque Ud. vea sólo paredes rodeando al área edificada, ellas sólo encubren a un cerco estratégico denominado Arquémona o vallo obsesso, que separa y aísla a la plaza del Valplads o territorio enemigo, vale decir, del campus belli. Ud. no puede percibir el Arquémona porque aún no está Iniciado y su Alma le bloquea la visión espiritual: solamente su Espíritu Increado es apto para captar el cerco carismático del Arquémona. Pero ya lo verá, Kurt, ya lo verá. ¡Y entonces comprenderá que es real lo que parece imposible, y que la casa no es geométricamente estable porque su estructura no participa exclusivamente de los Arquetipos Creados, como toda casa, sino que en ella interviene un elemento increado, el Infinito Actual !

      Luego de ese anuncio, Tarstein suspiró y dijo:

      –Aquí, Kurt, el Tiempo transcurre de otro modo, desincronizado del Tiempo exterior, del Tiempo del Mundo. Por eso, en este espacio liberado de la plaza, y con este tiempo propio, la construcción no puede ser estable y no sólo sus sectores varían, sino que lo hacen en sincronía con el Tiempo interior: siglos y milenios de distancia se podrían salvar al atravesar una de estas puertas. Por una de tales aberturas del tiempo y del espacio, llegaron alguna vez mis Antepasados, los Señores de Tharsis de la rama germana, quienes pertenecían a una Orden medieval conocida históricamente como Einherjar : debe saber Ud. que mi apellido Tarstein, significa “piedra de Tharsis”, en memoria de una Casa legendaria que remonta sus orígenes raciales a los Atlantes blancos, los sobrevivientes blancos de la Atlántida. Sé que ésto le parecerá fantástico, pero Yo desciendo de una Estirpe que permaneció oculta durante siglos debido a la tenaz persecución, persecución mortal, a que la sometieron las Potencias de la Materia, vale decir, esa Jerarquía Oculta dirigida por tenebrosos seres extraterrestres radicados en Chang Shambalá.

      Seré más claro: mi familia, la rama germana de los Señores de Tharsis, era oriunda de Suabia, país donde se habían asentado con el mayor secreto en el siglo XIII, huyendo de un legendario ataque de los Demonios que casi extermina toda nuestra Estirpe. Allí se mantuvieron durante cuatro siglos, conservando la Sabiduría Hiperbórea que había sido confiada en tiempos remotos a nuestra Casa. En el siglo XVI, un Pontífice Hiperbóreo procedente de Inglaterra, fundó en la corte del Emperador Rodolfo II, en Praga, la Orden Einherjar, que tenía como objetivo desarrollar y aplicar en todo momento de la Historia un método exacto para localizar el advenimiento del Señor de la Voluntad Absoluta, el Enviado del Señor de la Guerra, es decir, el Führer de la Raza Blanca. En aquel momento, el Pontífice decidió que la mejor Estrategia para el sostenimiento y perdurabilidad de la Orden exigía que sus miembros perteneciesen siempre a ocho linajes escogidos entre las Estirpes de Sangre Más Pura de Europa. El caso fue que uno de los Príncipes convocados por el Pontífice pertenecía a mi familia, en tanto que otro provenía de la Casa de Branderburgo, de un linaje colateral de los Hohenzollern. La Orden trabajó en secreto durante los siglos siguientes, formando Iniciados Hiperbóreos y aguardando los tiempos de la llegada del Gran Jefe de la Raza Blanca. Su base de acción más importante la constituyó el margraviato de Branderburgo, que era desde el siglo XII un principado hereditario enfeudado con el Emperador. Y justamente, la presencia de la Orden no es ajena al posterior ascenso de la Casa de Branderburgo por sobre los restantes principados de Europa, hasta la obtención de la investidura de Rey alcanzada por Federico Guillermo III en 1791. Nace entonces Prusia, el Estado donde el principio rector nacional era el honor, donde la familia se organizaba en torno a la figura autoritaria y ejemplar del padre, donde el orden imperaba en todas las clases sociales, nobleza, burquesía y campesinado, porque se afirmaba en las nociones fuertemente arraigadas del cumplimiento del deber, del ahorro, de la incondicional obediencia de los subalternos, en la entera subordinación de los funcionarios, y en la más rígida disciplina militar.

      Pero, por sobre todo, Prusia fue desde el comienzo un Estado militar: dos tercios de su presupuesto se dedicaba al sostén del poderoso ejército nacional que infrigió derrotas a Francia, Austria, Rusia, etc., e impuso respeto y admiración por el austero y señorial “modo de vida” prusiano. Y junto con el arte de la guerra, se cultivaba aquí la filosofía, la literatura, la música. Mas nada de esta revolución ocurría por casualidad: la Orden estaba ensayando, en una sociedad de Sangre Pura, el Nuevo Orden que el Führer, en su próxima venida, aplicaría a Alemania entera y al Mundo. Es por eso que el Führer no ha ocultado jamás su deuda con Prusia y ha hecho pública su simpatía por Federico II de Prusia y por Bismarck, el Canciller de Hierro.

      Pues bien, Kurt: la antigua Orden Einherjar estaba tan fortalecida en el siglo XIX, que uno de sus Iniciados llegó a ser coronado Rey de Prusia en 1840. Me refiero a Federico Guillermo IV, llamado cortésmente “Damián de Branderburgo” por su amor a la Elocuencia y en recuerdo del famoso retórico de Efeso. Fue el mismo Rey que hizo reconstruir Marienburg, el castillo que sirviera de residencia en la Edad Media a los Grandes Maestres de la Orden Teutónica; esta obra de restauración, como Ud. sabrá, es proseguida en la actualidad por una división especial de la SS., cumpliendo órdenes directas del Reichführer Himmler. Y fue ese mismo Rey quien, considerando que el antiguo peligro había cedido, y que los Demonios no podrían impedir ya que el Nuevo Orden se impusiese en el Mundo, autorizó la creación del apellido Tharstein o Tarstein, contracción de Tharsisstein, acompañado del título nobiliario de Conde y el derecho a exhibir en el Castillo de la Casa el escudo de armas familiar. El Castillo de Tarstein se encuentra muy cerca de aquí, Kurt, a unos 100 km. de Berlín, mas Yo no lo frecuento desde hace muchos años pues me hallo totalmente entregado a trabajar para la Thulegesellschaft y la Orden Negra SS.

      Venga Kurt; le mostraré algo muy secreto, y relacionado con este tema.

      A continuación, me condujo por el pasillo exterior hasta un cuarto cercano, herméticamente clausurado con doble cerradura. Una vez adentro, se reveló ante mi vista otra nutrida biblioteca: en dos paredes debían estar depositados unos cuatro mil libros, muchos de ellos de evidente antigüedad; en otra pared, una estantería rebosaba de documentos y rollos.

      –Todo este material tiene una característica común: –explicó– se refiere a los “Druidas” y al “druidismo”. Varios de esos documentos son muy secretos y han sido obtenidos a alto precio: proceden de toda Europa y corresponden a todas las Epocas, hasta hoy. Es, con seguridad, la más completa colección que nadie ha reunido jamás sobre los Druidas.

      –Pero –exclamé sorprendido– ¿los Druidas no fueron personajes históricos ya desaparecidos? ¡Habla Ud. como si aún existiesen!

      –Hace un momento le mencioné el hecho de que mi familia, la Casa de Tharsis, se vio obligada a huir hace siete siglos por causa de “un ataque de los Demonios”; pues bien: esos “Demonios” eran Druidas, o “Golen”, como los denominaban mis antepasados. Y a partir de entonces, que yo sepa, nunca ha decrecido su poder. Por el contrario, se podría afirmar que hoy es más fuerte que nunca. Pero tenga presente esto, Kurt: si la Estrategia del Führer ­triunfa, y algún día el Tercer Reich acaba reinando sobre la Humanidad, una de nuestras grandes batallas esotéricas deberemos librarla contra los Golen, que en Europa se constituyen en pilar de la Sinarquía.

      –Pero ¿quiénes son? ¿dónde están? –pregunté atónito.

      –En la Edad Media su centro de acción era la Iglesia Católica –respondió pensativa-mente– donde, al parecer, fueron combatidos encarnizadamente por miembros de mi familia. Luego del siglo XIV, más concretamente luego de la destrucción de la Orden del Temple que obedecía a su ­inspiración, se difundieron y fortalecieron en diversos estamentos de la sociedad europea. Hoy en día apenas existe organización donde no estén infiltra-dos los Golen.

      Sé que con esta respuesta no le aclaro mucho. Pero más adelante le describiré la compleja estructura de la Sinarquía y entonces podrá comprender funcionalmente el papel que desempeñan en la actualidad y podrá identificarlos con facilidad. Si le he mostrado ahora esta biblioteca y le he mencionado a los Golen, no es para responder a la natural curiosidad que ello le despertaría, sino para hacerle una seria advertencia. ¿Ha oído hablar de la caza por especies ?

      –Pues, creo que sí. ¿No es la que consiste en que cada cazador debe cobrar una pieza de una especie determinada? ¿Como un juego, en el que un cazador debe cobrar, por ejemplo, una liebre, otro un conejo, un tercero un faisán, el cuarto un pavo, etc.?

      –Exactamente, Kurt –confirmó Tarstein–. Escuche esto, entonces, y grábeselo bien en el cerebro: análogamente a la caza por especies, de entre los cazadores de la Sinarquía, los Druidas están encargados de cobrar las piezas de su especie.

      Me quedé mirándolo sin comprender; o sin querer comprender. El repitió:

      ... de su especie, Kurt Von Sübermann.

 

 

 

      No sabría decir qué me resultaba más asombroso, si la historia que había narrado Tarstein, sin dudas verdadera, o el saber que estaba frente a un Conde, un Noble de linaje antiquísimo: por su apariencia ciudadana, por su trato humilde y caballeresco, por su indumentaria de dudosa calidad, difícilmente lo hubiese sospechado. Yo también heredaba un título nobiliario; sin embargo algo interno, una intuición inexplicable, me decía que su Sangre era más Pura, que su Estirpe era más antigua, que su nobleza era superior a la mía. De su advertencia, sobre el peligro de los Druidas, por supuesto, no hice el menor caso.

      Antes de salir tomó unas hojas mecanografiadas de la estantería de documentos y me las alargó. “Son –me dijo– la trascripción del artículo ‘Druidism’ de la Enciclopedia Británica: leálo; le refrescará la memoria”. Echó llave a la biblioteca druídica y regresamos a la cocina.

      Bebía otra taza de té, aún confundido por las revelaciones de Tarstein, cuando éste, que había salido un momento antes, regresó.

      –Fui hasta mi estudio para buscar este manuscrito –me enseñó un libro, hábilmente encuadernado, y escrito a mano con exquisitos caracteres góticos–. Su título es “Historia Secreta de la Thulegesellschaft”. Lo escribí empleando conocimientos que son del todo secretos y que en Alemania sólo unos pocos Iniciados conocen en parte. Ud. lo podrá leer más adelante, pero no lo deberá sacar de esta casa pues es el único ejemplar que existe y los secretos allí contenidos podrían cambiar la organización política del Planeta si cayesen en poder del Enemigo. Aquí se explica, por ejemplo, cómo hicieron los Iniciados de la Orden Einherjar para determinar que Adolf Hitler era al Führer de la Raza Blanca y cómo lo guiaron hacia el Poder; y las Ordenes intermedias que tuvieron que fundar, como la Germanenorden y la Thulegesellschaft, hasta llegar a la Orden poseedora de la Sabiduría Hiperbórea en el Más Alto Grado, es decir, la Orden Negra SS..

      Es de imaginar la avidez con que observé aquel manuscrito, deseando tener la posibilidad de leerlo allí mismo. Las palabras sonaban misteriosas en la boca de Tarstein, y esta impresión se acentuaba debido a la irrealidad del lugar, en donde se atravesaban los siglos con sólo recorrer unos metros de pasillo.

      –A su taufpate Hess –continuó Tarstein, cambiando de tema– lo conozco desde que apareció en Munich en 1919. Era un joven estudiante de geopolítica cuando ingresó, ese año, a la Thulegesellschaft. Sin embargo reconocimos en él a uno de los grandes Espíritus de Alemania, a quien venía a ser el Escudero del Rey Arturo. Un Parsifal cuya misión no sería esta vez, la búsqueda del Gral sino el sacrificio de sentarse en el asiento peligroso durante la crisis del Reino, ese puesto número trece en la tabla redonda que sólo puede ocupar un Loco Puro, un Caballero capaz de hacer una Locura de Amor para salvar el Reino. Por eso Rudolph ha estado siempre cerca del Führer, aguardando su hora, como el fiel Caballero.

      Y todos debemos desear que nunca llegue su oportunidad, pues cuando Parsifal emprenda su misión ello querrá decir que el Rey Arturo está herido, y que el Reino es terra gasta.

      Asentí con un gesto ante la mirada inquisidora de Tarstein, pero esta muda respuesta no lo impresionó en lo más mínimo.

      –No entiende completamente lo que le digo ¿No? Así debe ser, pues: ¿quién será capaz de comprender al loco puro?; su misión no es terrena; la victoria, si triunfa, sólo se puede festejar en otros Cielos. Pocos serán, sí, los que aplaudan al héroe anónimo que hay en Rudolph Hess. Y, sin embargo, de él depende en gran medida el triunfo del Führer.

      ¡Cuánto significado tendrían estas palabras, que Tarstein me decía en aquella primera visita a la Gregorstrasse 239, cuatro años después, cuando en 1941 Rudolph se aprestase a enfrentar valientemente a los elementalwesen ! Pero aquel sábado de 1937 la guerra, y todo el horror que vendría, aún estaban lejanos, en un futuro que Yo no podía sospechar.

      Por otra parte, los comentarios de Tarstein me causaban un cierto orgullo, en su calidad de ahijado del ponderado Rudolph Hess, y con una sensación placentera sonreía tontamente, sin profundizar el sentido oculto que había tras la simbología de la leyenda artureana.

                                                                                                                                                      

     

      No me extenderé sobre esta primera visita pues no fue mucho más lo que hablamos. Al cabo de una hora, según recuerdo, partí de allí sumido en un mar de dudas pero con el firme propósito de continuar hasta el final.

      Rudolph Hess había interpuesto su influencia para hacerme llegar hasta Konrad Tarstein, quien quiera que éste fuese, y no estaba dispuesto a defraudarlo.

 

 

      Una hora después, en el tren, leía el artículo de la Enciclopedia Británica: no era mucho lo que decían los ingleses sobre los Druidas.

      “Druidismo era la fe de los habitantes Celtas de la Galia hasta la época de la romanización de su país y de la población Celta de las Islas Británicas hasta la romanización de la Gran Bretaña, o bien en partes alejadas de la influencia romana hasta el período de la introducción del Cristianismo”.

      “Desde el punto de vista de las fuentes disponibles, el tema presenta dos campos marcados para la investigación, el primero de ellos Pre-Romano y Galo-Romano, y el segundo Pre-Cristiano y cristiano primitivo Irlandés y de Pictland. De acuerdo a las condiciones actuales de conocimiento es difícil evaluar la interrelación del paganismo druídico”.

      “Galia (Gaul): la primera mención acerca de los Druidas la ha-ce Diógenes Laercio (Vitae, intro., I y 5) y fue encontrada en un trabajo perdido de un autor griego, Sotión de Alejandría, escrito alrededor del 200 Antes de Jesús-Cristo, época en que la mayor parte de la Galia fue Celta por más de 200 años y en que las colonias griegas habían ocupado durante un tiempo aún mayor la costa del Sur”.

      “Los Druidas galos, que posteriormente fueron descriptos por César, constituyeron una Orden antigua de oficiales religiosos, pues cuando Sotión escribía Ellos ya poseían su reputación de filósofos en el mundo exterior. De todas maneras, el relato de César es la fuente principal de la presente información y es un documento especialmente valioso ya que el amigo y consejero de César, el noble Audeano Divitiacus [34], era Druida. La descripción que hace César de los Druidas (Commentarii de bello Gallico, VI) enfatiza sus funciones judiciales y políticas”

      “A pesar de que oficiaban en Sacrificios y enseñaban la Filo-sofí de su Religión, eran más que Sacerdotes: en la Asamblea anual de la Orden, que tenía lugar cerca de Chartes, no era para rendir Sacrificios que la gente concurría desde lugares remotos sino para presentar sus disputas en un juicio justo. Su poder era mayor aún: no sólo decidían en las discusiones de menor importancia pues su función incluía la investigación de las acusaciones criminales más graves, así como también las disputas entre tribus”.

      –¡Himmel!, exclamé, mientras suspendía un momento la lectura: ¿será que me encuentro tan sugestionado por la Doctrina del Führer, que veo judíos por todas partes? Pues ¡a qué negarlo! aquellos Sacerdotes-Jueces, con su blanco efod, se me antojaban Levitas de pura Raza hebrea–. ¡No estás equivocado! –afirmó en mi mente la Voz de Kiev–. ¡Los Druidas son hebreos! ¡Algún día conocerás la Verdad!

      Seguí leyendo:

      “Esto, y el hecho que reconocían un Archidruida investido del poder supremo, nos demuestra que su sistema se concebía en una base nacional y que además estaban habitualmente lejos de los re-celos entre las tribus; y si a esta ventaja política le agregamos su in-fluencia sobre la opinión pública, a la que formaban en su calidad de principales instructores de los jóvenes, y, finalmente, la formidable sanción religiosa detrás de sus decretos, es evidente que ante el choque con Roma los Druidas deben haber controlado totalmente la administración civil de la Galia”.

      Este poder omnímodo, tanto en la paz como en la guerra, esta intermediación entre el Cielo y la Tierra, esta capacidad de “formar al pueblo” en todos sus estratos, esta potestad de legislar y juzgar, ¿no era análoga a la de un Aarón, un Josué, un Samuel, unos Levitas, es decir, aquella tribu de Israel a quien Jehová encargó la misión de ­oficiar el Culto de la Ley  ? Preguntas sin respuesta por ahora; pero preguntas que daban paso a muy sugestivas intuiciones. Así seguía el artículo:

      “Del druidismo en sí es poco lo que se dice, excepto que los Druidas enseñaban la inmortalidad del alma humana, sostenían que ésta pasaba a otros cuerpos ­después de la muerte. Esta creencia fue identificada por otros autores posteriores, tales como Diodorus Siculus, con la Doctrina de Pitágoras, pero probablemente ello sea incorrecto ya que no existe evidencia de que el sistema religioso druídico incluyese la noción de una cadena de vidas sucesivas como forma de purificación ética, o de que estaba formada por una doctrina de retribución moral, siendo la liberación del Alma la última esperanza, y esto parece reducir el credo druídico al nivel de una especulación religiosa común”.

      Muy contradictorio, pensaba Yo en el tren. Es bastante improbable que unos pueblos bárbaros, como eran los celtas, se sometiesen por millones a la conducción religiosa, moral y judicial, de Sacerdotes-Jueces, retirados en los bosques, que sólo sustentaban una “mera especulación religiosa común”. Algo patente debían exhibir los Druidas, algo superior a una mera especulación racional, algo que para los celtas era la Verdad.

      “De la Teología del druidismo, César nos cuenta que los Galos, de acuerdo a la enseñanza druídica, decían descender de un Dios que correspondía a Dis en el panteón latino, y es posible que lo considerara como el Ser Supremo; también nos dice que ellos adoraban a Mercurio, Apolo, Marte, Júpiter y Minerva, y que en cuanto a estas deidades tenían las mismas creencias que el resto del mundo. En resumen, los comentarios de César implican que aparte de la doctrina de la inmortalidad, no había nada en el credo druídico que hiciese de su fe algo extraordinario, por lo tanto podemos deducir que el druidismo profesaba todos los dogmas conocidos de la antigua religión Celta y que los Dioses de los Druidas eran las deidades múltiples y conocidas del panteón Celta”.

      Aquí el autor inglés del artículo se pasaba de la raya. En ninguna parte, antes de éste último párrafo, había dicho o sugerido que los Druidas fuesen algo diferente de los celtas, salvo “que formaban una Orden oficial de Sacerdotes”. Pero ahora, claramente, daba a entender que en verdad ignoraba las creencias de los Druidas y suponía que eran las mismas que sostenían los antiguos celtas. ¿Entonces quiénes eran los Druidas, si no eran celtas? ¿Y por qué los celtas habrían cambiado su Religión tras la, ahora muy probable, llegada de los Druidas? Preguntas sin respuesta. Preguntas para Konrad Tarstein.

      “La Filosofía del druidismo no parece haber sobrevivido a la prueba de su contacto cultural con las creencias romanas y era sin dudas una mezcla de Astrología y Cosmogonía mítica. Cicerón (De Divin., i, xli, 90) dice que Divitiacus se jactaba de poseer un gran conocimiento de physiología, pero Plinio decidió eventualmente (Natural History, xxx, 13) que el saber de los Druidas no era más que un montón de supersticiones. En cuanto a los Ritos religiosos, Plinio (N.H., xvi, 249) ha hecho un impresionante relato de la ceremonia de recoger los muérdagos, y Diodorus Siculus (Hist., v, 31, 2-5) describe sus adivinaciones por medio del sacrificio de una víctima humana. César ya había mencionado que muchos hombres eran que-mados vivos en jaulas de mimbre. Es posible que estas víctimas hayan sido malhechores y también que tales sacrificios fuesen expiaciones en masa ocasionales, más que la práctica común de los Druidas”.       

      ¿Me equivocaba, o la Enciclopedia trataba, con un argumento subjetivo, de dejar bien parados a los asesinos Druidas? Porque una cosa es ser verdugo, tarea desagradable pero socialmente necesaria, y otra muy distinta ser Sacerdote sacrificador de víctimas humanas: a los verdugos los puede justificar el hombre, pues el ajusticiado es culpable de faltar a la ley; matar al que falta a la ley común es comúnmente comprensible: simple-mente se elimina a aquél que es incapaz de convivir en comunidad; mas los Sacerdotes matan para aplacar a un Dios del cual ellos son sus representantes, y propician un sacrificio humano que es comúnmente incomprensible; sólo Ellos lo presentan como necesario y sólo El Dios los puede justificar. Me daba cuenta, entonces, que se trataba de un gran favor el que le hacían los ingleses al presentar los crímenes de tan siniestros Sacerdotes como naturales actos de justicia.

      “El advenimiento de los Romanos llevó rápidamente a la caí-da de la Orden druídica. La rebelión de Vercingetorix debe haber terminado con su organización entre las tribus, pues, aunque algunas de ellas se mantuvieron apartadas del conflicto, muchas se pusieron del lado de los Romanos. Empero, más adelante, al comienzo de la Era Cristiana, sus prácticas crueles fueron la causa de un conflicto directo con Roma, que llevó finalmente a la supresión oficial del Druidismo”.

      Y seguían las contradicciones. Un pueblo juridicista como el romano ¿cómo no comprendía que los asesinatos rituales de los Druidas eran positivos actos de justicia, según la convicción que el articulista expresaba renglones más atrás? ¿O quizás el redactor, conocedor de la Historia, luchaba entre su deber de exponer los hechos verdaderos y una orden de los Directivos de la Enciclopedia, o de otras personas de singular influencia, por la que se lo obligaba a exaltar lo bueno del druidismo, muy poco por cierto, y a ocultar lo malo, que era demasiado, o a edulcorar lo inocultable ? Como verás, neffe, ésta era la teoría de Konrad Tarstein.

     “Al final del siglo I D. de J.C. su status decayó hasta convertir-los en simples Magos, y en el siglo II ya no se hace referencia a ellos. Un poema de Ausonius muestra que en el siglo IV todavía había gente en la Galia que alardeaba de su descendencia druídica”.

     “Islas Británicas: en Gran Bretaña hay una sola mención de los Druidas como contemporáneos del clero Gálico y es la referencia que hace Tacitus (Annals, xv, 30), de donde se conoce que había antepasados de ese nombre en Anglesey en 61 A. de J.C., pero no hay mención alguna de los Druidas en toda la Historia de la Inglaterra Romana, y se podría preguntar si alguna vez hubo Druidas en las provincias del Este que hayan sido sometidos a la influencia Germana, antes de la invasión Romana”.

     “Por otro lado, seguramente habría Druidas en Irlanda y Es-cocia, y no hay razón para dudar que la Orden pudiese por lo me-nos remontarse al siglo I ó II A. de J.C.; la palabra drai (Druida) se encuentra únicamente en los glosarios Irlandeses del siglo VIII D. de J.C., pero existe una tradición firme en la Historia Irlandesa actual de que los Druidas y su Ciencia (druidecht) eran de un origen aborigen o Picto. Con ­respecto a Gales, aparte de Druidas en Anglesey, es poco lo que se puede decir excepto que los primeros vates (los Cynfeirdd) muy pocas veces se hacían llamar derwyddon”.

     “El Druida Irlandés era una persona muy notable, y figura en las primeras sagas como profeta, maestro y mago; no poseía, sin embargo, los poderes judiciales atribuidos por César a los Druidas Galos y tampoco parecía pertenecer a una colegiatura nacional con un Archidruida a la cabeza”.

        “Además en ningún texto se menciona que los Druidas Ir-landeses presidieran sacrificios, a pesar de que se dice que ellos llevaban a cabo adoraciones idólatras, celebraban funerales y ritos bautismales. Son mejor descriptos como adivinos, que en su mayoría eran si­cofantas (sic) de los príncipes”.

        “Origen: se puede evitar una confusión si se establece una distancia entre el origen de los Druidas y el origen del druidismo; en cuanto a los oficiales, resulta posible que su Orden fuera pura-mente Celta, y que se originase en Galia, tal vez como resultado del contacto de la sociedad desarrollada de Grecia; pero el druidismo, por otro lado, es probablemente en sus términos más simples la fe pre-Celta y aborigen de Galia y las Islas Británicas que fue adoptada con pocas modificaciones por los emigrantes Celtas. Es fácil entender que esta fe puede adquirir la especial distinción de antigüedad en los distritos remotos, tales como Gran Bretaña, y este punto de vista explicaría la creencia expresada por César de que la disciplina del Druidismo sea de origen insular”.

     “La etimología de la palabra Druida es todavía dudosa, pero la vieja opinión ortodoxa que toma dru como prefijo tonificante y vid con el significado de saber ha de dejarse de lado en favor de una derivación más probable de la palabra roble. Otra derivación, de Plinio, que hace proceder Druida del griego ( deuV ) es, de todos modos, muy improbable”.

     “En los Siglos XVIII y XIX tuvo lugar un gran resurgimiento del interés por los Druidas, impulsado en su mayor parte por las teorías arqueológicas de Aubrey y Stukeley, y en general por el Romanticismo. Uno de los resultados de este interés fue la invención del “neo-druidismo”, una extravagante mezcla de teología helio-arcaica y bardismo Galés, y otro ha sido que más de una sociedad ha clamado ser hereditaria de la fe y del conocimiento tradicional de los primeros Druidas. La Antigua Orden de Druidas Unidos, sin embargo, una sociedad amistosa, fundada en el Siglo XVIII, no hace reclamos al respecto”.[1]

 

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[1] Trascripción literal del artículo de la Enciclopedia Británica:

DRUIDISM: was the faith of the Celtic inhabitants of Gaul until the time of the Romanization of their country, and of the Celtic population of the British Isles either up to the time of the Romanization of Britain, or, in parts remote from Roman influence, up to the period of the introduction of Christianity.

   From the standpoint of the available sources the subject presents two distinct fields for inquiry, the first being pre-Roman and Roman Gaul, and the second pre-Christian and early Christian Ireland and Pictland. In the present state of knowledge it is difficult to assess the interrelation of druidic paganism.

   Gaul.- The earliest mention of druids is reported by Diogenes Laertius (Vitae, intro., I and 5) and was found in a lost work by a Greek, Sotion of Alexandria, written about 200 B.C., a date when the greater part of Gaul had been Celtic for more than two centuries and the Greek colonies had been even longer established on the south coast.

   The Gallic druids which were subsequently described by Caesar were an ancient order of religious officials, for when Sotion wrote they already possessed a reputation as philosophers in the outside world. Caesar's account, however, is the mainspring of present information, and it is an especially valuable document as Caesar's confidante and friend, the Aeduan noble Divitiacus, was himself a druid. Caesar's description of the druids (Comentarii de bello Gallico, vi) emphasizes their political and judicial functions.

   Although they officiated at sacrifices and taught the philosophy of their religion, they were more than priests; thus at the annual assembly of the order near Chartres, it was not to worship nor to sacrifice that the people came from afar, but to present their disputes for lawful trial. Moreover, it was not only minor quarrels that the druids decided, for their functions included the investigation of the gravest criminal charges and even intertribal disputes.

   This, together with the fact thay they acknowledged the authority of an archdruid invested with supreme power, shows that their system was conceived on a national basis and was independent of ordinary intertribal jealousy; and if to this political advantage is added their influence over educated public opinion as the chief instructors of the young, and, finally, the formidable religious sanction behind their decrees, it is evident that before the clash with Rome the druids must very largely have controlled the civil administration of Gaul.

   Of druidism itself, little is said except that the druids taught the immortality of the human soul, maintaining that it passed into other bodies after death.This belief was identified by later the writers, such as Diodorus Siculus, with the Pythagorean doctrine, but probably incorrectly, for there is no evidence that the druidic belief included the notion of a chain of successive lives as a means of ethical purification, or that it was governed by a doctrine of moral retribution having the liberation of the soul as the ultimate hope, and this seems to reduce the druidic creed to the level of ordinary religious speculation.

   Of the theology of druidism, Caesar tells us that the Gauls, following the druidic teaching, claimed descent from a god corresponding with Dis in the Latin pantheon, and it is possible that they regarded him as a Supreme Being; he also adds tath they worshipped Mercury, Apollo, Mars, Jupiter and Minerva, and had much the same notion about these deities as the rest of the world. In short, Caesar's remarks imply that there was nothing in the druidic creed, apart from the doctriny of immortality, that made their faith extraordinary, so that it may be assumed that druidism professed all the known tenets of ancient Celtic religion and that the gods of the druids were the familiar and multifariours deities of the Celtic pantheon.

   The philosophy of druidism does not seem to have survived the test of Roman acquaintance, and was doubtless a mixture of astrology and mythical cosmogony. Cicero (De Divin., i, xli, 90) says that Divitiacus boasted a knowledge of physiologia, but Pliny decided eventually (Natural History, xxx, 13) that the lore of the druids was little else than a bundle of superstitions. Of the religious rites themselves. Pliny (N.H., xvi, 249) has given and impressive account of the ceremony of culling the mistletoe, and Diodorus Siculus (Hist., v, 31, 2-5) describes their divinations by means of the slaughter of a human victim. Caesar having already mentioned the burning alive of men in wicker cages. It is likely that these victims were malefactors, and it is accordingly possible that such sacrifices were rather occasional national purgings than the common practice of the druids.

   The advent of the Romans quickly led to the downfall of the druidic order. The rebelion of Vercingetorix must have ended their intertribal organization, since some of the trives held aloof from the conflict or took the Roman side; furthermore, at the beginning of the Christian era their cruel practices brougth the druids into direct conflict with Rome, and led, finally, to their official suppression.

   At the end of the 1st century their status had sunk to that of mere magicians, and in the 2nd century there is no reference to them. A poem of Ausonius, however, shows that in the 4th century there were still people in Gaul who boasted of druidic descent.

   British Isles - There is one mention of druids in Great Britain as contemporaries of the Gallic clergy, and that is the reference to them by Tacitus (Annals, xiv, 30) from which it is learned that there were elders of that name in Anglesey in A.D. 61; but there is no mention of the druids in the whole of the history of Roman England, and it may be questions whether there ever were any druids in the eastern provinces that had been subjected, before the Roman invasion, to German influence.

   On the other hand, there were certainly druids in Ireland and Scotland, and there is no reason to doubt that the order reaches back in antiquity at least to the ist or 2nd century B.C.; the word drai (druid) can only be traced to the 8th-century Irish glosses, but there is a strong tradition current in Irish literature that the druids and their lore (druidecht) were either of an aboriginal or Pictsih origin. As to Wales, apart from the existence of druids in Anglesey there is little to be said except that the earliest of the bards (the Cynfeirdd) very occasionally called themselves derwyddon.

   The Irish druid was a notable person, figuring in the earliest sagas as prophet teacher and magician; he did not possess, nevertheless, the judicial powers ascribed by Caesar to the Gallic druids, nor does he seem to have been a member of a national college an archdruid at its head.

   Further, there is no mention in any of the texts of the Irish druids presiding at sacrifices, though they are said to have conducted idolatrous worship and to have celebrated funeral and baptismal rites. They are best described as seers who were, for the most part, sycophants of princes.

   Origin - Some confusion is avoided if a distinction is made between the origin of the druids and the origin of druidism. Of the officials themselves, it seems most likely that their order was purely Celtic, and that it originated in Gaul, perhaps as a result of contact with the developed society of Greece; but driudism, on the other hand, is probably in its simplest terms the pre-Celtic and aboriginal faith of gaul and the brithish Isles that was aposted with little midificacion by the migrating Celts. It is easy to understand that this faith might acquire the special distinction of antiquity in remote districts, such as Britain, and this view would explain the belief expressed to Caesar that the disciplina of druidism was of insular origin.

   The etymology of the word druid is still doubtful, but the old orthodox view taking dru as a strengthening prefix and uid as meaning “knowing”, whereby the druid was a very learned man, has been abandoned in favour of a derivation from an oak word. Pliny's derivation from Greek deuV is, however, improbable.

   A great revival of interest in the druids, largely promulgated by the archaeological theroies of Aubrey and Stukeley and by romanticism generally, took place in the 18th and 19th centuries. One outcome of this interest was the invention of neodruidism, an extravagant mixture of helio-arkite theology and Welsh bardilore, and another result is that more than one society has professed itself as inheriting the traditional knowledge and faith of the early druids. The United Ancient Order of Druids, however, a friendly society founded in the 18th century, makes no such claim).

 

 

      Tío Kurt me había alcanzado un artículo de la Enciclopedia Británica, idéntico al que Tarstein le hiciera leer en Alemania, en 1937. Considerando lo que había aprendido últimamente sobre los Druidas, desde que éstos asesinaran a Belicena Villca, y luego de leer su carta y recibir las explicaciones magistrales del Profesor Ramirez, es natural que compartiese el criterio de Konrad Tarstein, en el sentido de que aquel artículo era suma-mente resumido y ambiguo para justificar su inclusión en una obra tan prestigiosa: la primera edición de la Enciclopedia Británica databa de 1771, por lo que cabía esperarse que en 1930 hubiesen reunido suficiente material sobre los Druidas como para componer un artículo más extenso y completo. Pero resultaba obvio que los ingleses no deseaban profundizar sobre la historia de unos antiguos y olvidados Sacerdotes, que podían matar hoy mismo con renovada eficacia.

      –En la segunda visita que hice a Konrad Tarstein –recordó tío Kurt– aprobó mis razonamientos y me aseguró que lo ocurrido en el artículo era el hecho más común, y que deseaba alertarme sobre ello; por eso me lo había dado: para ponerme sobre aviso de que una increíble conspiración europea negaba la información o la distorsionaba, con la finalidad de evitar que miradas indeseables pudiesen caer sobre un tema que las más poderosas fuerzas sinárquicas estaban interesadas en ocultar. Y me volvió a alertar sobre la, por entonces incomprensible, circunstancia de que Yo constituía la presa que Ellos se propondrían cazar.

      En fin, neffe; con respecto a la información era fácil comprobar que Tarstein estaba en lo cierto y que no admitía una explicación sencilla de la ocultación druídica que se efectuaba en Inglaterra. Esto saltará a la vista si realizas una comparación esclarecedora. Por ejemplo, lee el artículo “Druida” del Diccionario Enciclopédico de Montaner y Simón, el cual está editado en Barcelona a fines del siglo XIX, y no te quedarán dudas de que la publicación inglesa está afectada por un extraño raquitismo, aunque en el ensayo español se advierte el mismo propósito de dejar bien parados a los Druidas.

      Acto seguido, tío Kurt puso en mis manos el Tomo VII del Diccionario Enciclopédico, obra en 25 tomos que indudablemente tenía menor envergadura que la Enciclopedia Británica. Busqué el artículo aludido y leí:

 

     

DRUIDA (del lat. druida; del címrico druiz o deruiz, de dervo, encina): m. Sacerdote de los antiguos galos y britanos.

 

Druida: Hist. Mucho se ha discutido sobre la etimología de la palabra druida. Los etimólogos han acudido hasta a los diccionarios hebreos para ver si en ellos hallaban algo que les diera alguna idea sobre ella. El nombre de druida es un apelativo como la mayor parte de los sustantivos radicales de todas las lenguas. En lengua gala draoi o druidas significa adivino, augur, mago, y druidheatch adivinación y magia. Se ha dicho también que esta palabra se deriva de la voz griega druV que significa encina, porque habitaban y enseñaban sus doctrinas en los bosques, y porque, como dice Plinio el Viejo, no hacían sus sacrificios sino al pie de una encina; pero esta etimología, aunque tenga en su favor la razón de la antigüedad, puesto que es de los tiempos de Plinio, no por eso deja de parecer puramente caprichosa, pues no es muy natural que los druidas fueran a tomar su nombre de una voz extranjera. Otros sos-tienen que la palabra druida se deriva de la voz británica dru o drew, que también significa encina, y que de ésta se deriva la voz griega druV. De las muchas etimologías orientales que se han presentado parece la más aceptable la forma sánscrita druwidh, que significa pobre indigente, porque los druidas, como los sacerdotes de todas las naciones, debían hacer voto de pobreza. Los argumentos en favor del origen oriental de los druidas son muy dignos de ser atendidos, ya que no por otras razones, porque ha sido aceptado por muchos escritores de la antigüedad. Diógenes Laercio y Aristóteles colocan a los druidas y a los caldeos al lado de los magos persas y de los indios, opinión que con ellos comparten gran número de escritores. La divinidad de los brahmanes tiene una gran semejanza con la divinidad druídica. La importancia que los druidas concedían a los bueyes es otra coincidencia singular; los misterios druídicos tienen también gran analogía con los misterios de la India. En la vara mágica de los druidas se ve el bastón sagrado de los brahmanes. Unos y otros tenían los mismos objetos consagrados: usaban tiaras de tela, y el círculo simbólico de Brahma, como la media luna, símbolo de Siva, eran ornamentos druídicos. Gran-des eran también las analogías entre la idea que tenían los druidas de un Ser Supremo y la que se encuentra en las obras sagradas de la India; así que no parece muy aventurado suponer grandes relaciones entre druidas y sacerdotes indios y pérsicos.

     Hubo druidas no solamente en la Bretaña habitada por pueblos galos, sino también en la Galia cisalpina y en el valle meridional del Danubio, habitado también por pueblos galos; pero no los hubo en Germania, como sin ningún fundamento pretenden los que dicen que los germanos son los hermanos de los galos y los denominan con el apelativo imaginario de celtas; o más claro y terminante, los sacerdotes de los germanos no llevaban el nombre de druidas.

     Según César, en su obra De Bello Gallico, en cuyo libro VI se ocupa de los usos y costumbres de los galos y los germanos, la ciencia druídica fue inventada en Bretaña y de allí pasó a la Galia. Aunque es evidente que las Galias estuvieron habitadas antes que la Bretaña y la Irlanda, es, en rigor, posible que la organización jerárquica del cuerpo de los druidas y el sistema de su doctrina fuera inventado en Bretaña. Sin embargo, es más creíble que hubiera varias escuelas de druidas en el Continente y en las islas, y que una o algunas de la Bretaña gozaran de mayor celebridad por ser más completa la instrucción que en ella o en ellas se diera. En efecto, César no dice que todos los que querían entrar en la clase de druidas estuvieran obligados a ir a estudiar a Bretaña, sino que iban allí los que deseaban recibir una instrucción más completa. Una nueva prueba de que la Bretaña no era el centro principal de la organización de los druidas, es que sus asambleas generales las celebraban en un bosque consagrado, en el país de los carnutos, que estaba considerado como el centro de la Galia. Se ha creído que este bosque estaba en los alrededores de Dreux, y que esta ciudad tomaba su nombre de los druidas; pero esto no pasa de ser una suposición, puesto que el nombre de Dreux (Duro-Cath o Caz) significa un fuerte cerca de un río.

     En la obra ya citada De Bello Gallico, dice César que todos los hombres que pertenecían a las clases elevadas en la Galia, figuraban, ya entre los nobles, ya entre los druidas. Estos eran los encargados de la dirección religiosa del pueblo, así como también los principales intérpretes y guardadores de las leyes. Tenían los druidas poder para imponer los más severos castigos a aquellos que se negaban a someterse a sus decisiones.

     De entre las penas que podían imponer la más temida era la de expulsión de la sociedad. Los druidas no formaban una casta hereditaria, estaban exentos del ser-vicio en el campo y del pago de tributos, y por estas excepciones y privilegios to-dos los jóvenes de la Galia aspiraban a ser admitidos en la Orden. Las pruebas a que un novicio debía sujetarse duraban a veces veinte años. Toda la instrucción o ciencia druídica se comunicaba oralmente, mas para ciertas proposiciones tenían un len-guaje escrito, en el cual usaban los caracteres griegos. El presidente de la Orden, cuyo cargo era electivo y vitalicio, ejercía sobre todos los individuos que la formaban una autoridad suprema. Enseñaban los druidas que el alma era inmortal. La Astrología, Geografía, Teología y Ciencias físicas eran sus estudios favoritos. Los galos no hacían sacrificios humanos sino en casos muy raros, y en ellos se sacrificaba a grandes criminales. Todo lo que se sabe sobre las doctrinas religiosas enseñadas por los druidas se reduce a algunos fragmentos que se encuentran en varias obras de escritores de la antigüedad, y particularmente en César, Diódoro de Sicilia, Valerio Máximo, Lucano, Cicerón, etc. De estos fragmentos resulta que creían, como ya se ha dicho, en la inmortalidad del alma y su existencia en otro mundo, no siendo la muerte más que el punto o momento de separación de dos existencias. De esta creencia es natural que se derivara la del premio y castigo en la otra vida, creencia que explica naturalmente el valor indomable de los galos y su desprecio a la muerte. Enseñaban la posición y el movimiento de los astros y la magnitud del Cielo y de la Tierra, es decir que se dedicaban al estudio de la Astronomía, y sin duda alguna al de la Astrología. Cicerón dice que se consagraban también al estudio de los secretos de la naturaleza y al de la Fisiología. De esto nació su pretensión de poseer la ciencia de la Adivinación y de la Magia. Su estudio más importante fue el estudio teológico, mas sobre él no se poseen datos ciertos, siendo muy poco conocido su sistema teológico, porque los escritores griegos y latinos, al hablar del nombre y las funciones y atributos de las divinidades druídicas, los refirieron a su propia teogonía; así que sólo pueden hacerse conjeturas a las cuales el estudio etimológico puede dar algunas probabilidades. César dice que su divinidad principal era Mercurio, que presidía las Artes, los viajes y el Comercio. Seguían después, por orden de importancia, Apolo, Marte, Júpiter y Minerva. Lucano y otros escritores colocan a la cabeza de los dioses a Teutates, y después de él a Hesos, Belenos, Taranos y a Hércules Ogmios. Añade César que los druidas pretendían descender de Dis, nombre que traducía como significando Plutón, y que a este origen se debía que contasen por noches y no por días. Esta opinión es evidentemente errónea, y el error nació de que Dis o Día era entre los galos uno de los nombres del Ser Supremo, al cual llamaban también Esar o el Eterno y Abais o Aiboll, el infinito. Belenos o Beal o Beas, era uno de los nombres del Sol, al cual llamaban también Ablis o Atheithin el caluroso, y Granius o Grianu el luminoso. Teutates o Tuitheas era el dios del fuego, de la muerte y de la destrucción.

     Al tratar de las creencias religiosas de la Galia es preciso citar la opinión del insigne escritor Thirrey. Según él, las creencias religiosas de los galos se referían a dos cuerpos de símbolos y de supersticiones, a dos religiones completamente distintas: una muy antigua, fundada sobre un politeísmo derivado de la adoración de los fenómenos naturales, y la otra el druidismo, introducido últimamente por los inmigrantes de la raza címrica, fundada sobre un panteísmo material metafísico y misterioso. Las principales divinidades de los pueblos celtas eran las ya citadas y Ogmo Ognius, dios de la ciencia de la elocuencia, representado bajo la figura de un viejo armado de maza y arco, seguido de cautivos sujetos por las orejas con cadenas de oro y ámbar que salían de la boca del dios. Además de las divinidades principales tenían los druidas otras divinidades asimiladas ya a Marte, como Camul, Camulus, Segomon, Belaturcadus y Catuix, ya a Apolo, como Mogounus y Granus, y también otras divinidades que eran la deificación de los fenómenos naturales, como Tarann, Tarannis, el trueno; Kerk Circius, viento impetuoso del Nordeste, o deificación de montañas, bosques, ciudades, como Pennin, dios de los Alpes; Vosege, Vosegins, dios de los Vosgos, Ardaena, Arduinna, asimiladas a Diana, diosa del bosque de los Ardennes; Nemansus, Vesontis, Luxovia, Nennerius, Bornonia, Damona, divinidades locales de Nimes, de Besancón, de Luxeui, de Neris, de Borbón, Lancy. Epona era la diosa protectora de los palafreneros y de los domadores de caballos.

     Los druidas eran muy venerados por el pueblo; llevaban una vida austera y alejada del consorcio con los demás hombres; vestían de un modo singular; por lo común usaban una túnica que les llegaba hasta más abajo de la rodilla. Dotados del poder supremo imponían penas, declaraban la guerra y hacían la paz; podían deponer a los magistrados y aún al rey, cuando sus acciones fueran contrarias a las leyes del Estado; tenían el privilegio de nombrar a los magistrados que anualmente gobernaban las ciudades, y no se elegía a los reyes sin su aprobación. César dice que únicamente los nobles podían entrar en el orden druídico, mientras que Porfirio sos-tiene que bastaba gozar del derecho de ciudadanía. Es, sin embargo, difícil creer que un cuerpo tan poderoso como el druídico admitiera en su seno a individuos que no pertenecieran a una casta determinada. Formaban los druidas el primer orden de la nación; eran los jueces en la mayor parte de las cuestiones públicas y privadas; conocían de todos los delitos, del asesinato, de las cuestiones hereditarias, de las cuestiones sobre la propiedad, y sus sentenciados a esta pena estaban considerados como infames e impíos; se veían abandonados de todos, hasta de sus parientes; todo el mundo huía de ellos, a fin de no verse manchados con su contacto, y perdían todos sus derechos civiles y la protección de las leyes y de los Tribunales. La veneración que se daba a los druidas era tan grande, que si se presentaban entre dos ejércitos combatientes cesaba el combate inmediatamente, y los combatientes se sometían a su arbitraje.

     Como antes se dijo, según opinión de los escritores de la antigüedad, la doctrina druídica no estaba escrita, se transmitía oralmente, y los novicios estaban obligados a estudiar durante veinte años para poseer la ciencia. Parece, sin embargo, que este aserto es erróneo, y que el ­error proviene del cuidado con que los druidas ocultaban su ciencia a los profanos. Con la edad se debilita la memoria inevitablemente, y si nada hubieran escrito tendría que resultar, forzosamente, que los jefes, es decir, los más ancianos, se encontrarían inferiores a los más jóvenes en los detalles de su doctrina. Los druidas tenían una escritura sagrada que, según la tradición, se llamó Ogham. Es, pues, probable que tuvieran libros escritos con aquellos caracteres, que quizá fueran, como se indicó más arriba, caracteres griegos, pero esto no quiere decir, como han creído algunos, que escribieran en griego. Desgraciadamente no ha llegado hasta la época presente ninguno de aquellos libros. Los que escaparon a los edictos de los emperadores romanos en la Galia y Bretaña fueron destruidos por los primeros propagandistas cristianos, por San Patricio en Irlanda y San Colombán en Escocia.

     El cuerpo de los druidas se dividía en varias clases: los druidas propiamente dichos, los adivinos, los saronidos, los semnoteos, los siloduros y los bardos. Respecto a estos últimos opinan algunos autores que no deben figurar entre los druidas, y otros afirman que los bardos fueron una corporación de ministros dedicados al culto religioso, que precedió al orden o corporación de los druidas. Los bardos, lo mismo que los escaldos de los germanos, no eran sino poetas agregados a los jefes, y que estaban encargados de cantar los grandes hechos de los héroes, de impro­visar alabanzas y elogios, oraciones fúnebres y cantos de guerra. ¿Celebraron también los misterios de su religión como hicieron los escaldos? Pregunta es ésta a la que no es posible con­testar, porque entre los cantos de los bardos que se han conservado no hay ninguno que contenga nada relativo a los dogmas ni a las ceremonias de religión alguna. La adivinación era el atributo común de los druidas, todos eran adivinos, y no hay razón para dividirlos en clases, bajo este aspecto, a no ser por el ejercicio de las diferentes funciones que desempeñaban. Los semnoteos, palabra derivada de sainch (éxtasis) eran los extáticos o contempladores; los siloduros eran los instructores o institutores, y tomaban su nombre de la palabra realadh, que significa enseñanza, y por último los saronidos no debieron formar una clase especial, sino que debió llamarse así a los jefes, pues el nombre saronidos se deriba de sar-navidh o sar-nidh, que significa muy venerable; es, pues de creer que saronido fuera un título y no una clase nueva en el orden druídico.

     Hubo también druidesas, ora fuesen las mujeres o hijas de los druidas, ora simplemente agregadas a la corporación, pues no es posible admitir que los druidas permitiesen el ejercicio de la magia, adivinación y sacerdocio a mujeres que no pertenecieran al cuerpo druídico y estuviesen sometidas a su disciplina. Y es indudable que las hubo, pues la Historia habla de vestales galas de la Isla de Sen, adivinadoras y magas. Las que predijeron a Aurelio y a Diocleciano que serían emperadores, y a Alejandro Severo su funesto destino, eran druidesas. Una inscripción hallada en Metz da el nombre druidesa a la sacerdotisa Avete (Druis antistisa).

     Según opinión de Thierry el druidismo estaba ya en decadencia antes de la época de César. Desde hacía algún tiempo, los nobles por una parte y el pueblo por otra, celosos del gran poder de los druidas, consiguieron ir reduciendo paulatina-mente su influencia política.

     Reynaud, uno de los escritores que mejor han ido estudiando el druidismo, sostiene que los antiguos druidas fueron los primeros que enseñaron con gran claridad la doctrina de la inmortalidad del alma, y que tenían una concepción tan perfecta de la verdadera naturaleza de Dios, como los mismos judíos. Si después transigieron con el culto a otras divinidades, fue con el objeto de conciliar el druidismo con las ideas profesadas por las clases ineducadas más dispuestas a creer en semidioses y divinidades que a concebir un solo Dios. Según el mismo Reynaud, declinó y desapareció al fin el druidismo, porque le faltaba un elemento de vida necesario en toda religión: el amor o la caridad. El cristianismo dio ese elemento y desapareció el druidismo; pero desapareció después de haber cumplido una misión importante: la conservación en una parte de Europa de la idea de la unidad de Dios. Si esta teoría, apoyada en datos muy incompletos, o en razonamientos más o menos acertados para probar entre los galos de ciertas ideas sobre la verdadera naturaleza de Dios y su relaciones con el hombre, que degeneraron después en grosera superstición, es o no cierta, cuestión es que no debe ser discutida aquí.

 

 

 

 

Capítulo   XVIII

 

 

 

Como te imaginarás, neffe Arturo, recién ahora, al leer la carta de Belicena Villca, he logrado comprender aquella referencia hecha por Konrad Tarstein a que su familia constituía la “rama germana” de la Casa de Tharsis. Evidentemente, él era uno de los descendientes de Vrunalda de Tharsis, y, según sus confidencias posteriores, que eran muy parcas con respecto a este tema, era también el último retoño de su Casa; mas no sabría decir si con ello quería decir “el último Iniciado” o realmente aludía a que representaba el último miembro de su linaje. Pero una cosa es cierta: que la profecía del Capitán Kiev, que Belicena Villca trascribe en el Día 50 de su carta, se había cumplido estrictamente, dado que la Orden Einherjar, no sólo administró al Führer la Iniciación Hiperbórea, sino que alguien perteneciente a la “rama vrunaldina de la Casa de Tharsis”, “¡Qué Honor el suyo!”, estaría “junto al Gran Jefe Blanco cuando él declarase la Guerra Total a las Potencias de la Materia. ¡Porque la Sabiduría Hiperbórea de esa Estirpe, de esa Sangre de Tharsis, causará la Primera Venida del Enviado del Señor de la Guerra!”.

      Sí, Arturo, la profecía de Kiev se cumplió matemáticamente, y no hay por qué dudar que la segunda predicción, la que se refiere a los descendientes de Valentina de Tharsis, no se haya de cumplir también. Vale decir que la misión de Belicena Villca y su hijo Noyo debe tener éxito para que propicie la Segunda Venida del Führer: “esa Estirpe de Tharsis ¡qué Gloria la suya! participará activamente en la Batalla Final. ¡Porque la Sabiduría Hiperbórea de esa Estirpe, de esa Sangre de Tharsis, causará la Segunda Venida del Enviado del Señor de la Guerra!”

      Belicena Villca, la última Iniciada descendiente de Valentina de Tharsis ha muerto asesinada por los Druidas. Pero su hijo Noyo, según todos los indicios, ha logrado llevar a cabo su misión. Si esto es así, Arturo, ¡Qué cerca estamos de la Batalla Final! ¡Qué próxima está la Segunda Venida del Führer! ¡La Guerra Esencial se librará una vez más sobre la Tierra y los Dioses Liberadores regresarán para guiar a los hombres despiertos hacia el Origen Infinito de su Espíritu Eterno! ¡Oh, Arturo, tu presencia, y el mensaje del que eres portador, ha cerrado un círculo de mi vida, abierto más de cuarenta años atrás, y me ha devuelto la fe en los ideales de la Orden Negra! ¡Por ello, nunca dejaré de agradecerte!

      –Calma tío Kurt, calma –supliqué–. No es a mí a quien debes agradecer sino a los Dioses, a esos misteriosos hermanos de Raza que nos han guiado hacia la triple coincidencia entre Belicena Villca, tú y Yo. Es claro que todos nosotros participamos de una misma historia, desempeñamos papeles en un mismo libreto, somos personajes de un mismo argumento. Debes terminar de contarme tu vida para intentar, después, planear la forma actual de nuestros movimientos, para ajustarnos a la Gran Estrategia de los Dioses, que sin dudas esperan algo de nosotros y por eso nos han reunido, en fin, para no cometer errores irreparables.

      –Tienes razón, neffe. Pero proseguiremos mañana, pues el tiempo se ha pasado sin notarlo y ya son las 2 de la madrugada. Sólo agregaré algo sobre la extraña referencia que hiciera Tarstein de la “locura” mística de Rudolph Hess. Te adelanto que, en efecto, cuando mi taufpate decide realizar su histórico vuelo y lanzarse con paracaídas en Inglaterra, su acto no puede más que calificarse de “locura”. Esto desde el punto de vista político, y aún estratégico militar. Pero diferente será la opinión de quien observe los hechos con perspectiva esotérica e iniciática. Porque la “locura” de Rudolph es análoga a la locura de Belicena Villca cuando decide desarrollar una táctica de distracción para posibilitar los movimientos de su hijo Noyo: ella sabía perfectamente que su acto era arriesgadísimo, que atraería la persecución de los Golen y estos ­acabarían por capturarla y ejecutarla: lo sabía y sin embargo no vaciló en actuar, en sacrificar su vida, para que triunfase la Estrategia de los Dioses Leales. Del mismo modo, Rudolph se entrega a los Golen Druidas de la Orden Golden Dawn, es decir, a su representante, el Golen Duque de Hamilton, pues se propone distraer al Enemigo para favorecer los movimientos del Führer. ¿Qué ganaría el Führer luego de la “locura” de Rudolph Hess? Pues, un objetivo humanamente invalorable: después de la “captura” de Rudolph Hess, los Druidas no podrían ya “abrir” una Puerta hacia Shambalá en Inglaterra, quedarían aislados de las Moradas de los Dioses Traidores y de la Fraternidad Blanca, y sólo desde Asia podrían reestablecer ese contacto.

      –Te preguntarás por qué se produjo tal efecto, en virtud de qué Poder consiguió Rudolph ese milagro, y te anticiparé que ello ocurrió por su sola presencia, gracias al Signo del Origen que él, al igual que tú y Yo, ostentaba sin advertirlo. Así fue, neffe; y más adelante te narraré con detalles la verdadera operación esotérica que significó el viaje de Rudolph a Inglaterra, hecho que ha sido estúpidamente interpretado después de la guerra. Pero mucho antes, mañana tal vez, conocerás la Doctrina que sustentaba la Orden Negra sobre el Poder del Signo del Origen.

 

      Nos retiramos a nuestros cuartos en el mayor silencio, cada uno inmerso en sus propios pensamientos. Yo, desde luego, no salía del asombro al comprobar en qué forma perfecta encajaban las historias de Belicena Villca y tío Kurt. Y no dejaba de preguntarme cómo terminaría aquella aventura, ahora que indudablemente contaría con el apoyo de tío Kurt para buscar al hijo de Belicena Villca.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo XIX

 

 

 

Eran las 9 de la mañana y afuera caía una tenue llovizna.                 

Ambos habíamos dormido poco y lo sabíamos. Pero ambos, también, presentíamos que se nos acababa el tiempo, que esa tranquilidad que disfrutábamos no duraría mucho.

      Tío Kurt sorbió el último trago de su café y siguió con el relato.

      –En el nórdico Ordensburg de Crossinsee, como ya dije, permanecí tres meses. Al mes de estar allí visité por primera vez a Konrad Tarstein y los siguientes dos meses concurrí a la Gregorstrasse 239 todos los sábados merced a que el SS. Oberführer Papp había gestionado para mí una comisión permanente en Berlín los fines de semana. No me resultaba difícil así el viaje desde Prusia a Berlín, pero temía, en esos días, no poder hacerlo con la misma facilidad desde el Ordensburg Vogelsang bastante más lejos, en el Occidente renano.

      En aquellos dos meses, a medida que Tarstein me iba instruyendo en los secretos de la Thulegesellschaft, Yo experimentaba hacia él un afecto y una admiración cada vez mayor. Pronto quedó totalmente sepultada la pobre impresión inicial ante su fascinante personalidad y debo decir que no hubiese vacilado en golpear a cualquier insolente que osa-se expresar en voz alta algo de lo que Yo mismo, el primer día, había pensado sobre Tarstein. ¡Así de irreflexiva es la juventud!

      El “arreglo” que Rudolph Hess y Konrad Tarstein habían hecho acerca de mi persona consistía en que debía concurrir a la Gregorstrasse 239 durante un cierto tiempo con el fin de ser instruído en la Sabiduría Hiperbórea, que esa era la “Filosofía Oculta” de la verdadera Thulegesellschaft. Esta preparación, que me capacitaría para recibir la Iniciación Hiperbórea, sería impartida por el propio Tarstein, un raro honor según se me hizo notar muchas veces, que jamás se concedía a nadie. Es que Tarstein era, según fui comprendiendo con el tiempo, uno de los hombres más importantes de Alemania por su jerarquía secreta en la Thulegesellschaft.

      Según Konrad Tarstein para recibir la Iniciación Hiperbórea debía purificarme previamente. Con ese fin fue introduciéndome en ese maravilloso conocimiento que es la Sabiduría Hiperbórea. Pero, debo aclarar, esta enseñanza no constituye un mero saber, una información suspendida en la memoria para ser utilizada en los juicios racionales. Por el contrario Tarstein recomendaba no memorizar en lo más mínimo y, de ser posible, olvidar lo conversado, pues el objetivo de la instrucción apuntaba a despertar la Memoria de Sangre, fenómeno que sólo se podría lograr si el conocimiento adquirido actuaba gnósticamente sobre la cepa hiperbórea primordial que constituye la Divinidad del virya.

      Es así como fui testigo asombrado –asombrado en todos los grados del asombro, hasta el espanto– de relatos y explicaciones que sobrepasan lo imaginable, por lo menos lo que Yo podía imaginar, en esa fantástica Cosmogonía Hiperbórea de la Thulegesellschaft. Si hubiese una escala heresiológica para medir aquellas ideas que se desvían pro-fundamente de la “Cultura Occidental” en su concepción judeocristiana, podría afirmar que muchas de las exposiciones de Tarstein ocuparían un lugar destacado en dicha escala de herejías. Porque si una herejía es lo que contradice a un Dogma (por eso hay herejías católicas, budistas, islámicas, etc.) ¿qué decir de una filosofía que cuestiona la totalidad de la existencia humana con todos sus Dogmas, Filosofías, Religiones y Ciencias, que intenta cambiar el rumbo histórico, que afirma la posibilidad de la trasmutación del hombre semidivino o virya en Siddha inmortal, que, en fin, ha declarado la guerra a las potencias materiales de Jehová Satanás, dueñas del Mundo, de la Historia y de la mayoría de los hombres? Convengamos en que en la Heresiología tales ideas ocuparían un lugar distinguido.

      Esto lo digo porque al abrazar conceptos que se apartan u oponen a la “Cultura Occidental” debe uno ser consciente del grado de “apartamiento” u “oposición” en que se sitúa con respecto a ella para conducirse prudentemente y evitar futuros males...

      Y Yo era consciente que las cosas que oía y el efecto que causaban en mí pre-anunciaban cambios de conducta irreversibles. Sin embargo eso no me preocupaba por-que tenía una meta que eclipsaba toda prevención personal y hacía aparecer como puro egoísmo cualquier intención de retroceder. Esa meta, ese objetivo para el cual volcaba todos mis anhelos, era la patria alemana: Ein Reich, Ein Volk, Ein Führer [35].

 

      Comprenderás ahora, neffe, que vivía y actuaba dentro de una Mística Hiperbórea y que el vínculo carismático con el Führer era cada vez mayor, en la medida en que profundizaba el Misterio de la Thulegesellschaft.

      En mis primeras visitas a la Gregorstrasse 239 me sentí tan confiado en Konrad Tarstein, que una tarde no vacilé en referirle mi extraña experiencia con la Voz del Hiperbóreo Kiev. Esta confidencia no pareció impresionarle pues me observó un largo rato en silencio y luego me dijo:         

      –Dígame Kurt ¿ha hablado a alguien más de esa percepción?

      –No –respondí–. Pensaba hablarle de ello al Taufpate Hess pero aún no he podido verlo desde que regresé de Egipto.

      –Entonces haremos un trato: –afirmó Tarstein– a nadie revelará que está en posesión de ese carisma fuera de su propio Círculo en la Thulegesellschaft.

      –Lo prometo –dije prestamente– pero ¿quiénes componen mi Círculo?

      –Ay, joven Kurt, debería saber que un Círculo de la Thulegesellschaft no lo determina un número de personas, como en las organizaciones exotéricas que fomenta la Sinarquía, sino una relación cualitativa denominada vinculación carismática. La vinculación carismática es independiente del número y, como todo Círculo cerrado de la Thulegesellschaft existe como tal merced a la vinculación carismática, son integrantes del Círculo aquellos que experimentan esa relación.

      –Pero ¿cómo se reconocen realmente los miembros de un Círculo? –pregunté un poco desconcertado ante semejante galimatías.

      –El reconocimiento es interior. Simplemente se sabe que tal o cual virya pertenece a su propio Círculo. Por supuesto que en Círculos externos, constituidos por miembros no Iniciados, se practican algunas formas tradicionales de las Sociedades Secretas para la reunión y reconocimiento, es decir “el Santuario” y “el santo y seña”; pero esto se hace provisoriamente, atendiendo a la urgencia que requieren ciertas investigaciones. El verdadero Espíritu de la Thulegesellschaft no está en los Círculos externos, que serán pronta-mente eliminados luego de la Guerra Total, sino en los Círculos internos, los que son rigurosamente Hiperbóreos. En ellos, repito, el reconocimiento es interior, se sabe con la sangre.

      –De modo que Yo no podría reconocer a los miembros de mi Círculo...

      –... en tanto no reciba la Iniciación Hiperbórea –completó Tarstein.

      –... y como Yo prometí no hablar sobre mi carisma...

      –... no lo hará –continuó nuevamente Tarstein– mientras no reciba la Iniciación.

      –Pues me siento algo trampeado –dije sonriendo.

      –No debe tomarlo a mal Kurt, pero esto es asunto de la más alta reserva . Debe Ud. agradecer a la confianza que nos inspira el que no dispongamos su inmediata separación e internación mientras dura la instrucción que le estamos brindando. Si el Enemigo, es decir la Sinarquía, sospechase simplemente de su carisma sería ejecutado sin esperar confirmación. Y eso es algo que ni la Thulegesellschaft ni la SS. pueden permitir. Lo suyo es importante Kurt.

      –¿Es tan importante? –pregunté impresionado por la velada amenaza que adivinaba tras las amables palabras de Tarstein.

      –Muy importante Kurt. Véalo de esta manera: tiene el Signo de Lúcifer, posee notables cualidades psíquicas y es un Ostenführer de la SS. ¿no le parece demasiado para ser casual? ¡Pues ello no es casual!

      Me observó un largo rato como dudando sobre si debía continuar. Al fin dijo:

      –Es Ud. la persona que esperábamos desde hace veinte años para encabezar una misión especial. Tan importante, Kurt, tan importante, que tal vez el destino del Tercer Reich y ¿por qué no? el de la Raza Aria dependan de ella.

      Estaba anonadado por esta revelación y, en mi confusión, pensé ser víctima de una broma. Pero por más que escrutaba el impasible rostro de Konrad Tarstein no hallaba nada que confirmara esta suposición.

      –Yo... –balbuceé– jamás soñé formar parte de una misión de tal naturaleza. Además no creo merecerla.

      ¿Formar parte? –interrumpió Tarstein excitado– ¿formar parte, dice? Ja, Ja, Ja –reía frenéticamente– Ud. no formará parte Kurt, Ud. solo llevará a cabo la misión.

      ¿Quién más podría hacerlo? –preguntó como para sí mismo.

      Ya lo sabrá todo Kurt –continuó ahora mirándome a los ojos–. Pero tenga presente que aquí no se trata de elegir. Ni Ud., ni Yo, ni nadie puede elegir porque la elección ya ha sido hecha, en otra esfera de conciencia, en otro Mundo. No nos queda más que afrontar nuestro Destino, que es también el destino de la humanidad, y agradecer por haber sido señalados para tan augusta tarea. Nuestro Dios, Kristos Lúcifer, es el Más Bello Señor, pero también es el Más Intrépido, Padre del Valor; no debemos ni soñar en defraudarlo.

      –Nada querría Yo más que servir a la patria y a la humanidad –dije atolondrada-mente– pero es que me sorprende todo lo que dice Ud. No comprendo cómo puedo ser una pieza tan importante en este juego y me abruma la responsabilidad. ¿Cómo vivir sabiendo que en mis manos está el obtener algo que es precioso para el Tercer Reich y la Raza Aria? Yo, como todo Camarada, y más siendo Oficial SS., estoy dispuesto a morir por nuestras divisas cuando así sea dispuesto pero, a partir de ahora, no desearía vivir con la angustia de fallar antes de tiempo, de no llegar a cumplir. ¿Comprende Tarstein? me aterra el tiempo que falta para el desenlace. Si hay algo tan importante para hacer quisiera realizarlo cuanto antes.

      –¡¡Pues debería tener paciencia!! –afirmó Tarstein, casi gritando–. Aunque falte un minuto o un siglo Ud. no debe demostrar ninguna alteración ni conducta impropia del Kshatriya.

      Recuérdelo, es Ud. un Caballero, un Monje Guerrero, debe comportarse en consecuencia. Pronto será Iniciado y luego cumplirá su Destino.

      Asentí turbado por la merecida reprimenda que recibí de Tarstein. Pero ese día no hablamos más del asunto.

 

 

 

 

Capítulo XX

 

 

 

Bueno, neffe –dijo tío Kurt luego del almuerzo, con los ojos extrañamente brillantes– nos estamos acercando a la parte más importante de mi vida, al momento en que recibí la Iniciación y me fue confiada aquella insólita misión, esa operación que tanto valorizaba Tarstein y que aún me resultaba incomprensible.

      –En aquel tiempo, con Tarstein de instructor, aprendí mucho. El parecía saberlo todo y Yo solía sentirme avergonzado pues, tras tantos años del NAPOLA, sólo era capaz de seguirlo atentamente en sus exposiciones pero me sentía incompetente para completar por mi cuenta nada de lo que decía. Sin embargo Tarstein acudía a consolarme a su manera paradójica:

      –No se preocupe Kurt, es sólo confusión, impureza sanguínea. Pero va más a prisa de lo que cree. Pronto lo sabrá todo, despertará y, entonces, si lo desea, podrá dominar tanta Ciencia como el más grande Sabio. Claro que nuestra Ciencia Hiperbórea es una Ciencia maldita para este mundo satánico. Pero eso no debe preocuparle pues el Siddha es realmente uno y no tiene necesidad de nada más que de Sí Mismo. Para la Sabiduría Hiperbórea existen tres clases de hombres. El pasú, que fue concebido por el Demiurgo ordenador de la materia, Jehová Satanás, y que sólo bajo ciertas reservas puede ser considerado “hombre”, siendo más acertado llamarle animal hombre. También está el virya, que es básicamente un pasú de linaje hiperbóreo, es decir, un pasú que ha mezclado su sangre con un Siddha inmortal, Misterio éste que comprenderá en el transcurso de su instrucción. Los viryas están en mayor o menor medida extraviados o perdidos por la confusión de Sangre y sólo el recuerdo contenido en la Sangre podría purificarlos. A eso apunta la Estrategia del Führer; a eso y a poner fin al Kaly Yuga o Edad Oscura.

      Tenga presente que un pasú jamás podrá ser virya semidivino, pero que un virya puede descender completamente al nivel de pasú por una definitiva confusión sanguínea. Y finalmente están los Siddhas Leales, aquellos que vinieron con Kristos Lúcifer a la Tierra hace millones de años y pertenecen a una Raza “Hiperbórea”, otro Misterio que más adelante comprenderá con claridad pues los términos “hiperbóreo” y “Thule” casi nada tienen que ver con las leyendas de la Antigüedad.

      Así pues son Siddhas, viryas y pasú, en el sentido hiperbóreo que le he dado y no como vulgarmente se entienden estos términos en el Tíbet, las tres “categorías” de hombres con las que deberá acostumbrarse a razonar de aquí en más. A esto agréguele un importante concepto: “la Sinarquía organiza y planifica el mundo para los pasú y viryas perdidos. La Sabiduría Hiperbórea enseña cómo debe purificarse el virya para recuperar el Vril y trasmutarse de semidivino mortal en Divino Hiperbóreo Inmortal”.

      He de decirle algo, Kurt, que debe llenarlo de legítimo orgullo. Su análisis para-psíquico de “oír la Voz de Kiev”, aún cuando no haya seguido las pautas de la Sabiduría Hiperbórea para conquistar dicho carisma le ha conducido a la conclusión correcta. Me refiero a que su afirmación de que es necesario “disponer el Espíritu para recordar”, como la mejor actitud ante el peligro de racionalizar el fenómeno psíquico formulando un interrogante equivalente, coincide estrictamente con nuestra filosofía. Es “disponiendo el Espíritu para recordar” como se accede al Recuerdo de Sangre. Y este paso pre-vio, inevitable para obtener la Iniciación Hiperbórea, Ud. lo ha dado solo, hazaña que debe, como ya dije, enorgullecerlo.

     

      Por estas últimas palabras podría pensarse que Tarstein, versado en temas de Ocultismo, era una persona soñadora e indigna de crédito en cuestiones rigurosas, como suele acontecer generalmente. Y nada sería más erróneo que tal apreciación pues si bien no he conocido a nadie que supiera como él de Ocultismo, Filosofía Hermética o Religiones, eso era sólo una parte de su inmenso saber. En aquellos años 30 Alemania, en pleno despliegue industrial, era un gigante de Ciencia. Y Konrad Tarstein lo sabía todo. Era un erudito del saber germano en todos sus matices: dominaba las matemáticas superiores en su más alto nivel, la química, la física, la biología, las múltiples tecnologías industriales, etc. Para no hablar del campo humanístico donde su dominio de las Filosofías antiguas y modernas, la Lógica, la Filología, la Psicología, etc., era temible. ¿Cómo definir a un hombre así? Y lo más difícil: ¿cómo transmitir su pensamiento sin deformarlo? Efectivamente, neffe, Yo no hubiese sido capaz de exponer, ni a ti la Sabiduría Hiperbórea; y si ahora puedo hablar contigo de ella es gracias a esos extraordinarios Iniciados, Belicena Villca y Nimrod de Rosario. Recuerda que Oskar Feil afirmaba que sólo a la de Tarstein podía comparar la Sabiduría Hiperbórea de Nimrod de Rosario: estoy seguro que lo mismo habría dicho Belicena Villca. Gracias a ellos, neffe, podré confiarte esta parte de mi vida, que se-ría incomprensible para cualquier interlocutor que desconociese los fundamentos de la Sabiduría Hiperbórea.

      Seré, pues, breve, dado que entiendes perfectamente a qué me refiero. Konrad Tarstein me instruyó profundamente en la Sabiduría Hiperbórea y un día, en una sala subterránea del Castillo de Werwelsburg, recibí la Iniciación Hiperbórea. En la Cámara Hiperbórea especialmente construida para tales ceremonias, un Alto Iniciado de la Orden Negra, supongo que un Pontífice, efectuó el ritual frente a un público de sólo ocho Iniciados. Y allí me enfrenté con la Muerte, con la Muerte Kâlibur de Pyrena, como diría Belicena Villca. Vale decir, con el Arquetipo de la Muerte, la Muerte que mata la Vida Tibia; y luego con la Muerte Fría Kâlibur, la Verdad Desnuda de Sí Mismo que se encuentra tras el Fin de la Vida Tibia. Y al regresar a la Vida Tibia, después de hundirme en la negrura infinita de Sí Mismo, comprobé que la angustia de la Muerte había huido de mí para siempre. El temor animal a morir, el instinto de conservación estaba definitivamente superado por la Sabiduría de la Vida Eterna. Una voluntad de acero se adueñó definitivamente de mi naturaleza animal y supe que nada podría detenerme, es decir, nada que implicase la Muerte, la amenaza de la Muerte. Era pura Voluntad Resuelta: avanzaría hacia donde se me ordenase y repito, nada podría detenerme.

      Fue entonces cuando se me reveló el objetivo de la misteriosa misión para la que me habían preparado durante tantos años. Y una vez más, el encargado de la revelación fue Konrad Tarstein.

      –No será difícil que comprenda en qué consiste la misión –me dijo Tarstein– cuan-do lo ponga al tanto de ciertos hechos que están ocurriendo. Digame, Kurt ¿Ud. sabe de dónde proceden las fuerzas que sostienen a la Sinarquía, a la Conspiración Judía Mundial? Me refiero a las fuerzas psíquicas, naturalmente, puesto que las fuerzas económicas o políticas son sólo expresiones exteriores de aquéllas.

      –Bueno, según le oí afirmar al Führer, y tal como Ud. mismo me lo ha explicado, tales fuerzas provienen de un Centro Oculto llamado Chang Shambalá, donde mora una Jerarquía de Seres Infernales dedicados a imponer en la Tierra el Plan de Jehová Satanás. En la Orden Negra existen pruebas al respecto. Por ejemplo está probada con documentos la participación de la Jerarquía en la fundación de la Masonería, de la Orden Rosacruz, de la Sociedad Teosófica, etc. Sin ir más lejos, tenemos copia de la carta que el Supremo Sacerdote de Chang Shambalá, Rigden Jyepo, le envió a Lenin a través de Nicolás Roerich, felicitándolo por el éxito de la Revolución bolchevique: detrás de Lenin y los conspira-dores de Octubre, actuaba la Logia Transhimalaya, fundada por la Fraternidad Blanca. Sí, Camarada Tarstein: detrás de la Sinarquía se encuentra Chang Shambalá, los Maestros y Sacerdotes de la Jerarquía Oculta o Fraternidad Blanca de Chang Shambalá.

      –Correcto, Kurt. Y ahora complete el concepto, por favor: ¿qué es Chang Shambalá? ¿un lugar físico en la Tierra, o una Construcción extraterrestre?

      –Como Ud. bien sabe, Shambalá es una Construcción extraterrestre, extendida entre la Tierra y el Sol, sobre dimensiones del Espacio que la tornan invisible para el hombre corriente –respondí un tanto asombrado por tan obvias preguntas–. Sus Constructores fue-ron los Dioses Traidores, los fundadores de la Fraternidad Blanca, y los Iniciados de la Jerarquía aprenden una Ciencia llamada “Kâlachakra” que les permite abrir las Puertas de Shambalá, Puertas que se encuentran en todas partes.

      –¡Perfecta respuesta, Kurt! Ahora comprenderá cuál es su misión: Ud., Kurt, es la Llave que puede cerrar esas Puertas.

      De cierto que entonces comprendía menos que nunca. Pero Tarstein se disponía a aclarar el enigma.

      –En rigor de la verdad, Kurt, la Llave que cierra esas Puertas Malditas es el Signo del Origen, el Signo que tiene el Poder de recordar a los Dioses Traidores su Traición Primor-dial, el Signo que puede comunicarles el Símbolo del Origen y enfrentarlos a la Verdad Absoluta del Espíritu, el Símbolo del Origen que puede disolver la Mentira absoluta de la Creación Material que ellos sostienen. Por ese Poder de revelar la Verdad Absoluta, quienes sostienen la Mentira Absoluta, han resuelto no enfrentarse jamás al Signo del Origen, es decir, mientras dure la Mentira del Universo material. Y por eso el Signo del Origen es Llave de las Puertas de Shambalá, una LLave que cierra con su sello infranqueable la Ruta de los Demonios. Y Ud., Kurt, manifiesta como nadie el Signo del Origen, aunque no sea capaz de advertirlo por sí mismo; pero eso no afecta estratégicamente su misión: su sola presencia basta para cerrar las Puertas Malditas; los Demonios no están dispuestos a contemplar el Signo que Ud. es capaz de proyectar. Desde luego, lo matarían al acercarse a la Puerta, si no fuese porque ahora Ud. está más allá de la Muerte. ¿Me comprende, Kurt? ¡Si Ud. se sitúa frente a una Puerta de Shambalá, y se mantiene fuera del alcance de los Demonios practicando la Via de la Oposición Estratégica que lo independiza del Tiempo y del Espacio, la Puerta deberá ser inexorablemente clausurada!

      Ahora sí entendía algo: con mi sola presencia, Yo causaría el cierre de una de aquellas Puertas que conducía a la Ciudad Maldita, morada de los Demonios de la Fraternidad Blanca. Pero aún no comprendía el objetivo de la misión ¿a qué puerta se refería Konrad Tarstein? Un instante después, la explicación de Tarstein me llenaría de estupor.

      –Y ahora que ya hablé de su facultad, de ser Signo Clave, iré directamente a los detalles de la misión, a lo que la Orden Negra, el Tercer Reich y el Führer esperan de Ud. ¿Recuerda al Profesor Ernst Schaeffer? –preguntó con ironía; mas no me dio tiempo a responder– Sí, creo que no lo ha olvidado. No después del incidente que protagonizó el año pasado al ofrecerse como voluntario para la Operación Altwesten y de la cual estoy enterado en todos sus detalles. Ud. no podía saberlo entonces, pero su participación en esa operación es la última cosa en el mundo que aceptaría Ernst Schaeffer. Lo comprobará si tiene en cuenta la facultad que dispone, de cerrar las Puertas de Shambalá, y posee la respuesta a esta pregunta: ¿sabe en qué consiste la Operación Altwesten ?

      –Camarada Tarstein, Ernest Schaeffer ya partió hace un año hacia el Tíbet. Supongo que Ud. sabrá que en la expedición iba un buen amigo mío, Oskar Feil, quien me suministró toda la información que poseo –dije, advertido en el acto de que no me convenía mentir al bien informado ­Tarstein–. Lo siento si falté a alguna regla, pues sé que la operación es ultrasecreta, pero no he de negarle que mi ­desconfianza hacia Schaeffer no puede ser mayor: incluso mi Taufpate Rudolph Hess confirmó que sobre él pesaban ciertas sos-pechas y me sugirió que, pese a todo, Yo formaría parte de la expedición. Pero lamentablemente eso no ha ocurrido, ignoro si para bien o para mal, y ya no tiene arreglo debido al tiempo que llevan en el Asia. De todos modos, desearía asumir toda la responsabilidad por cualquier falta que pudiese haber cometido Oskar Feil al mencionarme la Operación Altwesten, pues sólo mi curiosidad y las dudas que albergo sobre la conducta de Schaeffer son culpables de sus confidencias.

      –Tranquilícese, Kurt, que nadie lo está acusando de espionaje. Respóndame, simple-mente ¿qué sabe de la Operación Altwesten ?

      –Pues casi nada, Camarada Tarstein. Sólo estoy al tanto del camino recorrido por la expedición hasta ahora, merced a las cartas secretas que Oskar ha logrado enviarme desde distintos puntos del Asia. La última fue despachada hace tres meses en Lhasa, en el Tíbet, con un mensajero que la hizo llegar a Alemania a través de uno de nuestros consulados en la India. En ella me informaba que se aprestaban a partir hacia el Noroeste, guiados por dos misteriosos “lamas del Bonete Kurkuma”, y que llevaban salvoconductos del Dalai Lama. Es todo lo que sé. El destino final no conseguí averiguarlo pues ni Oskar lo sabe, pero es evidente que no se trata de una exploración hacia el Oeste, como indica su nombre, sino hacia un sitio ubicado directamente en la dirección opuesta. Parece que Schaeffer no confía plenamente en él e incluso lo ha aislado del resto de los Oficiales.

      –Es cuanto deseaba oír, Kurt. Yo le diré sin más adónde se dirige Ernst Schaeffer: hacia la Puerta de Shambalá. Va a solicitar al Rey del Mundo, en nombre de unas pretendidas “Fuerzas sanas de Alemania”, su intervención para poner fin al Tercer Reich.

      –¡Traición! –grité.

      –Ja, Ja –rió con nerviosismo ante mi exclamación–. Se sorprendería Ud. si supiera la magnitud, la multiplicidad y los alcances de las traiciones que corroen al Tercer Reich y conspiran contra la conducción del Führer. Pero es natural que así ocurra, puesto que el enfrentamiento que el Nacionalsocialismo plantea a las Potencias de la Materia es Total: todo hombre está sometido a la tensión esencial entre el Espíritu y la Materia; y muchos serán los que cederán ante la Ilusión de la Materia, frente a la forma judaica de la Ilusión de la Materia, es decir, el dinero, la paz, la democracia, la libertad, la ley, etc. Sólo los hombres espirituales serán capaces de superar esta Ilusión: la superarán con la sola fuerza de su Voluntad Graciosa, con el acto de su Honor, con el valor de su Sangre Pura.

      La de Ernst Schaeffer es una más de tales traiciones. Sólo que a nosotros nos afecta particularmente por tratarse de un hecho esotérico, de una circunstancia que podemos comprender de manera eminente. Sí, Kurt: la de Schaeffer es una traición enorme pero no es la mayor de las traiciones que debe afrontar el Führer. Sin embargo, hace bien en tomarla en serio, porque de Ud. depende que sus Planes desleales triunfen o fracasen.

      –¿Cómo podría Yo intervenir, e influir en los planes de Schaeffer, desde Berlín? –pregunté aturdido.

      –Pues no será Berlín desde donde actuará, Kurt, sino desde el Asia. ¡Partirá Ud. de inmediato hacia la India! Mañana se presentará al S.D. y recibirá órdenes del d Oberführer Papp: ¡él le demostrará cómo es posible alcanzar a la expedición de Schaeffer antes que llegue a la Cordillera Kuen Lun! Pero ahora le anticiparé algo que, no lo dudo, lo motivará a Ud. profundamente. Ante todo, le diré que la Orden Negra tiene, desde el principio, excelentes espías en el grupo de Ernst Schaeffer: es por sus informes que hemos sabido del “incidente” con el profesor y de su amistad con Oskar Feil. Bien; es sobre éste último que deseaba hablarle:

      Tómelo con calma, Kurt, pero la verdad es que Oskar Feil corre mortal peligro. Ciertamente, Schaeffer no ha confiado nunca en él, y si le ha permitido integrar la operación es porque planea eliminarlo en el Asia: ¡sólo Ud., si llega a tiempo, podrá quizás salvarlo!

      –Pero ¿por qué llevarlo al Asia? Si desconfiaba de Oskar ¿por qué no se deshizo de él en Alemania? –grité desesperado.

      –Ay, Kurt. Lamento tener que darle estas noticias. Sosténgase fuerte, pues lo que va a oír es impresionante: su Camarada ha sido elegido para ser sacrificado. Sí; no me mire de ese modo: ¡está confirmado! Aunque todavía es posible evitarlo. El caso es que, en su trayecto hacia el Lago Kyaring, más allá del Río Azul, Schaeffer habrá de cruzar el Cancel de Shambalá, el último pórtico antes de llegar a la Puerta de Chang Shambalá. Y dicho pórtico se halla custodiado hace milenios por una tribu de crueles guardianes, quienes están dirigidos por los malignos lamas Jafranpa o “lamas del Bonete Kurkuma”, miembros de la Fraternidad Blanca. En el Tíbet, la verdadera autoridad religiosa no la ejerce el Dalai Lama sino su instructor de máxima jerarquía en la secta Gelugpa: un Rimpoche, es decir un lama “precioso”. A los Gelugpa, o “lamas del Bonete Amarillo”, están sometidas todas las demás agrupaciones lamaistas, incluida la Jafranpa: sólo los Bodhisattvas, los Mahatmas, los Inmortales, están por arriba de ellos. Los Gelugpa protegen a los lamas del Bonete Kurkuma y por eso Schaeffer dispone de salvoconductos del Dalai Lama. Sin embargo, tales pases tienen un valor relativo, pues si bien el poder religioso del Dalai Lama abarca todo el Tíbet, su poder político está limitado por las fronteras chinas: y El Cancel de Shambalá se encuentra actual-mente en territorio de China.

      Los lamas del Bonete Kurkuma son expertos en la Ciencia de la Kâlachakra, o “Rueda del Tiempo”, la Sabiduría que permite comprender y dominar las conexiones kármicas, rten abel, y sincronizar la Rueda de la Vida, Bhavachakra o Sridpai Khorlo, con el ritmo de los Planes de la Fraternidad Blanca. Son, entonces, fervorosos adoradores de los Señores del Karma y de su jefe, Rigden Jyepo, el Señor de Shambalá, el Rey del Mundo, Jehová Satanás. ­Ellos exigen a todo lama peregrino que solicite autorización para franquear el Cancel de Shambalá, el Yajnavirya, es decir, un sacrificio humano. Como comprenderá, Ernst Schaeffer no dio ningún motivo para que se lo exceptuara de tal obligación.

      En síntesis, Kurt: Oskar Feil fue seleccionado por Ernst Schaeffer para ser entregado a los Lamas del Bonete Kurkuma. Ellos ofrendarán su vi-da a Rigden Jyepo mediante el degollamiento ritual Yah-Sa.

 

      Horas después de esta conversación con Konrad Tarstein, mientras viajaba a Renania para retirar mis pertenencias de Werwelsburg, me miré en un espejo del tren y aún tenía los ojos inyectados en sangre. Durante la reunión, cuando Tarstein me reveló la muerte que esperaba a Oskar, hubiese destrozado a Ernst Schaeffer con mis manos, de haber podido darle alcance en ese momento.

      Konrad Tarstein se ocupó de advertirme que no era esa la conducta que la Orden Negra solicitaba de mí. Todo lo contrario: mis órdenes consistían en localizar la expedición de Schaeffer lo antes posible e incorporarme a ella sin violencia. Para eso iría munido de las correspondientes autorizaciones oficiales: un decreto secreto del Führer y un pase del Reichführer Himmler. Además me acompañarían dos agentes secretos de la SS.. Se trataba de dos SS. Haupsturmführer que asociaban las paradójicas virtudes de poseer, ambos, un doctorado en leyes, y haberse desempeñado por cinco años en la Gestapo, donde se convirtieron en asesinos expertos.

      Según Tarstein, la mejor Estrategia exigía que Yo me plegase a la expedición y manifestase allí el Signo del Origen. Tal demostración sería suficiente para hacer fracasar la Operación Altwesten. Y ello se lograría sin efectuar ninguna maniobra esotérica, sin emplear ninguna técnica mágica: bastaría el solo acto de mi presencia para que los Demonios cerrasen la Puerta de Shambalá.

 

 

 

 

Capítulo XXI

 

 

 

El Oberführer Papp, antiguo conocido, me impuso de los detalles de la misión. La partida sería en cuatro días, pues ya tenían todo listo: víveres, equipos, armas, documentación falsa, etc. En verdad, recién entonces lo vi con claridad, aquella operación estaba preparada desde mucho tiempo atrás y, al parecer, sólo de-pendía de mí para ponerse en ejecución. Vale decir, que todos los que participaban de la operación, o de su secreto, el Führer incluido, estaban aguardando mi Iniciación, esperan-do el momento en que Yo adquiriese conciencia espiritual de la Clave del Signo y me pudiesen exponer la misión en el Asia. Creo que jamás sentí tanta vergüenza como entonces: Yo, el estúpido y arrogante aprendiz de Iniciado, había perdido meses, meses precio-sos, tratando de profundizar racionalmente en la Sabiduría Hiperbórea de la Orden Negra; al fin, comprendiendo que transitaba por un callejón sin salida, que era presa de una trampa de la lógica, busqué en mi Espíritu la Verdad última que la razón, y el conocimiento racional, me negaban; y propicié así el Kairos Iniciático, de acuerdo a la confirmación que de él hicieron los Iniciados de la Orden Negra; luego fui Iniciado y Konrad Tarstein me explicó el carácter de la misión “Clave Primera”, tal su denominación codificada, y describió la facultad que Yo debería emplear para “cerrar la Puerta de Shambalá”, puerta que Ernst Schaeffer se proponía abrir y que tal vez estuviese abriendo en ese momento.

      Esos pensamientos, y esta posibilidad, me angustiaban sobremanera, y diría la ver-dad si afirmara que aún aquellos cuatro días para partir se me figuraron interminable-mente largos.

 

 

      La primera etapa era en avión. Volaríamos desde Berlín hasta Tanzania, en la costa oriental de Africa, haciendo escala en diversos países africanos o colonias de aliados de Alemania, tales como España e Italia. En Tanzania, en la región de lo que fuera hasta la Primera Guerra Mundial el Estado de Zanzibar, nos arrojaríamos en paracaídas sobre la granja de una antigua familia de colonos alemanes que trabajaban ahora para el Servicio Secreto. Debía seguirse tal ruta porque la misión estaba calificada como “operación ultra-secreta de la Waffen SS.” y porque se efectuaba el vuelo en un avión militar especialmente adaptado para el caso: se trataba de un Dornier, o “lápiz volante”, al que se había reemplazado su clásica carga de bombas por tanques suplementarios de combustible.

      En Tanzania, pues, descendimos sin problemas tanto nosotros como la carga de armas y equipos. Los colonos nos esperaban desde hacía tiempo y habían adquirido para nosotros un cargamento de hilos de algodón, en el que se apresuraron a ocultar los objetos comprometedores. Un día después, y luciendo un atuendo de indudable confección levantina, muy apropiado para el papel de comerciantes egipcios que debíamos representar, los colonos nos condujeron a la isla de Zanzibar en un lanchón de regulares dimensiones. En el puerto estaba anclado el buque italiano Tarento, que participaba secreta-mente de la operación y nos transportaría hasta Dacca, en el N.E. de la India.

      En Zanzibar cambió completamente nuestra identidad. Tanto Yo, como los dos d Haupsturmführer, seríamos a partir de allí “comerciantes egipcios”. Era una jugada arriesgada, puesto que Egipto estaba en poder de los ingleses, pero nuestros pasaportes e historias fraguadas tenían pocas fallas y parecía difícil que despertásemos tantas sospechas como para iniciar una investigación. Yo mismo era verdaderamente egipcio y hablaba tan bien el inglés como el árabe, idioma que también dominaban mis Camaradas, aunque no así el inglés, al que imprimían fuerte acento alemán. Empero y llegado el caso, bastaría con que se expresasen correctamente en árabe, puesto que en Egipto nadie estaba obliga-do a saber inglés.

 

      El Tarento cruzó el Océano Indico, con una sola escala en Ceilán, y luego se internó en el Golfo de Bengala con rumbo a Calcuta y Dacca. Finalmente ascendió por el Río Dalasseri, que es un brazo del Brahmaputra, y se fondeó frente a su orilla izquierda, en el puerto de Dacca, importante ciudad de lo que fue la Presidencia del Bengala Propio, luego Provincia de Bengala, después el Estado islámico del Pakistán oriental, y hoy Bangla Desh. El cargamento de hilo africano, con su precioso contrabando, pudo ser desembarcado sin inconvenientes y almacenado en un depósito que alquilamos al efecto.

      No planeábamos permanecer demasiado tiempo en Dacca: el suficiente para vender o cambiar los hilos por las ricas sedas y muselinas bengalíes, aprovisionarnos de víveres, y contratar porteadores. Nuestra siguiente meta era la ciudad de Punakha, capital de Invierno del País de Bután. Allí nos aguardaba el SS. Standartenführer Karl Von Grossen y su ayudante, el SS. Obersturmführer Heinz Schmidt, ambos de la División III de la R.S.H.A.[36], ­llamada “Servicio Extranjero de Información” o “S.D. exterior”. Von Grossen era el jefe de la “Operación Clave Primera” y, aunque tenía como superiores inmediatos a Schellemberg y Heydrich, para esta misión fue puesto bajo el mando directo del Reichführer Himmler. Se había adelantado hacía ya muchos meses y mantenía, de algún modo extraño, bajo permanente observación a la caravana de Ernst Schaeffer. Tenía fama de hombre inteligente y rudo. También había sido policía, como mis asistentes Kloster y Hans, revistando varios años en la Gestapo de Baviera. Más luego solicitó el pase al S.D. exterior para hacer valer su doctorado en Historia. Era experto en Historia y Geografía del Asia, además de especialista en tácticas de despliegue rápido, conocimientos que explican porqué el Reichführer Himmler lo eligiera para comandar la Operación Clave Primera.

 

      Tres días después salimos de Dacca hacia el Norte, tomando por un camino que bordea la orilla izquierda del Brahmaputra hasta Bonarpara y luego se desvía en dirección a Rangpur, la residencia del Rajá de Assam. Nos hallábamos en Otoño de 1938 y el clima agobiante de esas regiones pantanosas, surcadas por incontables ríos y sólo aptas para el cultivo del arroz, nos hacían desear el ascenso a las zonas altas y frías de Bután. Los dos SS. Haupsturmführer, Hans Lechfeld y Kloster Hagen, marchaban al frente, precedidos por quince porteadores arios puros, de Raza holita, con todo el cargamento; Yo cerraba la columna. Exhibíamos sólo tres fusiles Mauser de la Primera Guerra Mundial, armas acordes con nuestra supuesta profesión de comerciantes, en tanto ocultábamos entre las ropas las pistolas Luger de servicio y en las mochilas las temibles metralletas Schmeisser.

      Acampamos un día en los montes Garro y cruzamos el Assam sin detenernos más que lo indispensable. Pronto nos encontramos a más de 2.000 mts. de altura, alegrándonos de dejar atrás las regiones tropicales, infestadas de animales salvajes y por los no menos salvajes bandidos de las tribus angka, michi, dafla, abors, etc. Una senda que serpenteaba por la ladera oriental del Himalaya nos conducía lentamente hacia el Bután.

     

      En la aldea de Taga Dzong nos recibieron con gran alborozo, como si fuésemos embajadores de alguna potencia occidental, lo que nos causó gran contrariedad pues no deseábamos llamar la atención de los ingleses ni de ningún verdadero diplomático de la nación que fuese. Sin embargo, el misterio pronto se aclaró, al comprobar que dos enviados de Von Grossen esperaban nuestra llegada desde hacía meses para guiarnos hasta Punakha: eran dos lopas, funcionarios del Deb Rajá de Bután.

      Acompañados por los delgados pero vigorosos lopas, también de Raza aria, atravesamos numerosos valles pequeños, enclavados entre cordilleras de enorme altitud. Tras cada escalón de la ladera himaláyica ascendíamos cientos de metros, no siendo infrecuentes los pasos, o dvaras, de 4 ó 5 mil metros. Los lopas hablaban bodskad, la lengua tibetana que Yo, como Ostenführer, comprendía perfectamente. En el dialecto de Jam nos explicaron que no iríamos directamente a Punakha pues allí, junto al Deb Rajá, se hallaba una guarnición inglesa: Karl Von Grossen estaba en un monasterio cercano, bajo la protección del jefe espiritual del País, el Dharma Rajá.

 

      Al fin, arribamos al monasterio taoísta, construido sobre un monte cubierto por nieves eternas y desde el cual partía un escabroso sendero, sólo apto para peatones, que atravesaba el Himalaya y conducía al Tíbet. Von Grossen y su ayudante nos salieron al encuentro.

      –¡Heil Hitler! Temía que no llegasen a tiempo –nos dijo por todo saludo.

      –¡Heil Hitler! –respondí– El SS.Haupsturmführer Doktor Kloster Hagen y el SS. Haupsturmführer Doktor Hans Lechfeld, –presenté a mis acompañantes– y Yo, SS. Sturmbannführer Kurt Von Sübermann. ¡Sieg Heil, main Standartenführer !

      Von Grossen me observó atentamente, con curiosidad científica.

      –¿Así que Ud. es el misterioso Iniciado de quien puede depender el Destino del Tercer Reich? –se preguntó con asombro– ¡Me lo imaginaba de otra forma!

      –¿Cómo? –exclamé, perturbado por la indiscreta franqueza del Standartenführer.

      –No lo tome a mal –dijo sonriendo por primera vez– pero es que aquí se ha hablado mucho de Ud., quizás más que en Alemania. Ud. sabe: esta gente tiene facultades psíquicas muy desarrolladas y durante varias semanas le han captado mientras se aproximaba. ¡No exageraría en lo más mínimo si le afirmo que todo el Tíbet espiritual conoce en este momento su llegada a Bután! Pues bien, Von Sübermann: ha sido Ud. observado psíquicamente y descripto de muy diversas formas, de allí mis dudas. Hay quienes sostienen que es Ud. un Gran Santo, y otros, por el contrario, que hacen de Ud. un terrible Guerrero. –Nuevamente, la interrogación se había pintado en su rostro–. Pero nosotros sabemos que Ud. es lo último ¿No?

      Existía un dejo de duda en la voz de Von Grossen que me molestó sobremanera.

      –¡En efecto, Kamerad Von Grossen! Según la Regla de la Orden Negra Yo soy un Guerrero, un Guerrero Sabio. Ignoro qué apariencia suponía que debía tener, pero no le quepan dudas que soy capaz de matar de la manera más terrible. Y que mataré de ese modo al que intente frustrar mi misión.

      –¡Bravo! –exclamó Von Grossen con evidente sinceridad– Lo repito: debe Ud. disculpar mi sorpresa pero, tras tantos meses de espera, y oyendo las historias más disparatadas de boca de los lamas, ya no sabía a ciencia cierta qué clase de hombre esperaba. ¡Me alegro que sea Ud. un completo oficial SS., Von Sübermann!

 

      Karl Von Grossen y Heinz Schmidt, que no dijera una palabra ni la diría más adelante pues era por demás de parco, nos habían alcanzado cinco km. antes del Monasterio. En ese momento llegamos y fuimos invitados a pasar a una confortable sala, donde ardía leña y guano en un hogar de piedra; afuera reinaba una temperatura de diez grados bajo cero.

      En realidad no estábamos en un simple monasterio de lamas, como había supuesto, sino en una pequeña ciudadela rodeada de disuasiva muralla: tras los muros existían tres edificios de muy diferente arquitectura. El más imponente, era al Palacio del Dharma Rajá, donde residía en Invierno el Jefe espiritual de Bután. El segundo en importancia se trataba de una antiquísima Pagoda, quizá la construcción más vieja del conjunto. –Es un Templo tallado magníficamente en una sola y colosal pieza de piedra ­–nos explicó Von Grossen cuando atravesamos el patio exterior–. Data de los tiempos en que esta región estaba dominada por los Sacerdotes Budistas de Manipur: el Templo se dedicaba al Culto del Manú Vaivasvata, quien rige el presente mânvântâra o Manuantara, es decir, el ciclo de existencia de una Humanidad de animales-hombres. Posteriormente el País fue conquistado por una tribu lopa al mando de Iniciados taoístas, quienes eran profundamente iconoclastas y odiaban a todos los Sacerdotes, sin distinción de Culto. Ellos, naturalmente, clausuraron el templo luego de pasar a cuchillo a sus últimos mora-dores. De no haber sido así, ahora se veneraría aquí a Maitreya, la próxima reencarnación del Manú, quien no sería otro que el Meshiah que esperan los judíos. Pero las Ordenes de Sacerdotes budistas no han olvidado este lugar y permanentemente acechan, buscando la oportunidad de reconquistarlo.

      La tercer construcción, en la que nos hallábamos, era el Monasterio propiamente dicho y consistía en un laberíntico edificio donde habitaban por igual una numerosa comunidad de monjes y monjas tibetanas. Aquella composición de Iniciados mixtos me sorprendió y así se lo hice saber a Von Grossen.

      –Es que los actuales ocupantes constituyen una Sociedad Secreta que no es ni hinduísta, ni budista, ni taoísta, sino que se halla “más allá” de tales sistemas religiosos: y “más allá” no significa “por arriba” o “sobre”, sino fuera. Es decir, que la Sabiduría que ellos poseen se halla fuera de los sistemas religiosos. No sostienen, pues, un mero sincretismo sino una Sabiduría espiritual verdadera, posiblemente lo mismo que Uds. en la Orden Negra, y nosotros en el Instituto Ahnenerbe, denominamos Sabiduría Hiperbórea. De hecho ellos adhieren totalmente al Nacionalsocialismo, aunque no les interesa tanto la política como la Filosofía de la SS. y la presencia terrestre del Führer, a quien llaman “El Señor de la Voluntad”.

      Los cinco oficiales SS. ocupábamos sillas en torno al extremo de una mesa de notable longitud: un grupo minúsculo en un sitio donde cabían más de cincuenta comensales. Von Grossen estaba sentado en el centro, de espaldas al crepitante hogar. Los porteadores holitas descansaban en una cuadra cercana. La conversación se interrumpió al hacer su entrada tres monjes ataviados con negras túnicas de lana de yak. Llevaban la cabeza cubierta con una capucha cosida a la misma túnica, lo que les ensombrecía la cara, aunque se podía apreciar que los tres tenían el cabello largo y eran de Raza tibetana, posiblemente lopas. Dos aparentaban ser muy jóvenes y fuertes, y eran de distinto sexo: un yogui y una yoguini, Iniciados en Artes Marciales, que se movían con gracia felina. El tercero, un anciano de edad indefinida, dirigió unas palabras a Von Grossen en bodskad de Jam.

      El SS. Standartenführer se apresuró a presentarlo:

      Kameraden: frente a Uds. el Guru Visaraga, jefe de este Monasterio, junto a sus dos principales sadhakas.

      Saludaron con una inclinación de cabeza, a la que respondimos absurdamente mediante la venia nazi.

      –A pesar de ser los anfitriones –aclaró Von Grossen– solicitan permiso para permanecer a nuestro lado. Les he contestado afirmativamente, pues son gente de absoluta confianza. Prosigamos, entonces, tratando nuestros negocios.

      Los monjes tomaron asiento y Von Grossen continuó tranquilamente hablando en alemán. Y durante el tiempo que duró la conversación, pude comprobar con desagrado que no me quitaban los ojos de encima, como si algo en mi aspecto atrajese irresistible-mente su atención y los hubiese hipnotizado.

      –Como les decía –explicó Von Grossen– estos monjes ­constituyen una Sociedad Secreta conocida como “Círculo Kâula”. Su Sabiduría es el Kula, el tantrismo “de la mano izquierda”, un sistema de yoga que permite trasmutar y aprovechar la energía sexual, pero que requiere la participación física de la mujer. De allí la población mixta que a Ud. le ha sorprendido, Von Sübermann. Los kâulikas son temidos en el Tíbet pues se los considera “Magos Negros”, pero a mi modo de ver lo único negro que tienen es la túnica. Bromas aparte, es evidente que tal calificación procede de sus más enconados enemigos, los miembros de la Fraternidad Blanca, una misteriosa organización que está atrás del Budismo y de otras religiones, y que es muy poderosa en estas regiones: es por oposición y contraste a la “blanca” Fraternidad que los kâulikas son llamados “negros”, ya que ellos son ascetas de elevada moral. Todos los hombres y mujeres que Ud. ha visto aquí son sadhakas vamacharis [37].

      Los Iniciados e Iniciadas en el Camino del Kula realizan periódicamente un Ritual denominado “de los Cinco Desafíos”, en el que practican “cinco actos prohibidos a los Maestros de la Kâlachakra”, lo que explica por qué son ­odiados por los Gurúes de Shambalá. Vulgarmente, el Ritual secreto es conocido también como “Pankamakâra” o “de las cinco M”, porque con esa letra comienzan los cinco nombres de las “cosas prohibidas”: madya, vino; mâmsa, carne; matsya, pescado; mudrâ, cereales; maithuna, acto sexual. Según sus enemigos budistas, por practicar este Ritual los kâulikas se sitúan en el vâmo mârga, o “Camino de la Izquierda”, el sendero de los Kshatriyas, que conduce a la Guerra y no a la Paz, a Agartha y no a Shambalá, a la unificación absoluta de Sí-Mismo y no a la aniquilación nirvánica del Yo identificado con El Uno Parabrahman. Lo cierto es que por medio de técnicas secretas de su Tantra sexual, los kâulikas desarrollan increíble poder sobre la naturaleza animal del cuerpo humano e, incluso, consiguen obtener la liberación espiritual.

      Resumiendo, Von Sübermann, los kâulikas son yoguis perfectos, Iniciados capaces de alcanzar en el éxtasis del acto sexual el Infinito y la Eternidad del Espíritu, y de situar su núcleo de conciencia más allá de Mâyâ, la Ilusión de las formas materiales.

      Del taoísmo primitivo poco ha quedado, aunque formalmente, a fin de evitar persecuciones, los monjes se definen a sí mismos como “taoístas”, Religión más potable para los Príncipes budistas e hinduístas de los países vecinos. Pero en los shastras de Lao Tsé que se conservan en este Monasterio la palabra “Tao” ha sido sustituida por “Vruna”, vale decir, por Shakti, el Espíritu Eterno e Infinito del hombre. No olvide, Von Sübermann, que aquí estamos frente a una Sabiduría que proviene de una fuente distinta de Chang Shambalá, y por eso la Shakti significa “Espíritu Puro”, un concepto semejante a la “Gracia” de la teología occidental.

      Vruna es una antigua palabra indoaria que significa “Espíritu Eterno, Infinito e Increado”: de ella derivan los signos que representan tales sentidos, es decir, las Runas, reveladas a los arios por Wothan; también el Dios Varuna registra la misma raíz. Empero, y de acuerdo a las más remotas tradiciones de la Raza Blanca, la misma “Vruna” procede a su vez de la palabra atlante Vril, que tenía idéntico significado. Ya ve, Von Sübermann, que el “Vril” propuesto en Alemania como ideal espiritual del Caballero Iniciado SS., es un estado representado aquí por Vruna, el poder tántrico de situarse más allá de Kula y Akula, y como el aunténtico Tao espiritual está más allá de Ying y Yang. Para el hombre espiritual, el Vril como Vruna reviste siempre la forma de una Diosa Antigua, una Shakti Divina, que no es otra más que la imagen olvidada de la Pareja del Origen. Los kâulikas creen que una vez alcanzada la Vruna, lo que sólo se consigue luego de pasar por la muerte ritual, el Espíritu libre se encuentra frente a la Verdad del Origen, se reencuentra con su pareja original, y se consuman las Bodas del Espíritu, luego de las cuales se recupera la Eternidad. El kâulika, vivo o muerto, experimenta desde entonces un Amor helado que no es de este Universo y queda reintegrado a una Raza de Dioses Vrúnicos, Señores del Vril.

      En síntesis, aquí los kâulikas siguen el Sendero Kula, que comienza en la mujer de carne y termina en la Pareja Original, en lo profundo de Sí Mismo: al final de ese peligroso camino, el kâulika, enfrentado definitivamente con la Verdad, corridos los velos de todos los Misterios, es Shiva, el Destructor de la Ilusión, el Guerrero por excelencia. Para nosotros, Von Sübermann, Shiva es Lúcifer, es Caín, es Hermes, es Mercurio, es Wothan: para nosotros, Shiva es el prototipo del Caballero d.

 

      El Guru Visaraga y sus sadhakas continuaban observándome con delectación. El extraordinario informe brindado por Karl Von Grossen me acababa de revelar por qué había sido elegido para presidir aquella operación: a sus dotes y conocimientos militares, el Standartenführer sumaba una gran comprensión de las costumbres y creencias religiosas del Asia. Decidí hacerle una pregunta concreta, sobre el objetivo principal de la misión.

      –Mucho le agradezco sus valiosos datos –dije– pero hay algo que me preocupa des-de que arribamos. Entonces Ud. dijo: “creí que no llegarían a tiempo”. ¿De qué tiempo disponemos, Herr Von Grossen?

      –Poco, muy poco, Von Sübermann. Pero será suficiente, si partimos cuanto antes y redoblamos la marcha, para alcanzar a Schaeffer antes del lago Kyaring ¿Está Ud. enterado que allí será entregado a una secta de fanáticos asesinos uno de los integrantes de la expedición, el oficial Oskar Feil?

      –Sí –respondí–. Fui informado en Berlín. Lo que me intriga es cómo ha podido saberlo Ud., de qué medios se vale para conocer en todo momento la ubicación de la expedición de Schaeffer.

      –No es ningún secreto, ni se trata de ningún procedimiento misterioso o sobrenatural: es espionaje liso y llano; el caso más clásico de espionaje que ha estudiado en el Curso de Seguridad. Como Ud. ya sabe, desde que la Operación Altwesten se gestó en Alemania, fue infiltrada por el S.D.: tenemos allí dos hombres del Servicio Secreto que no han despertado sospecha alguna en el desconfiado Ernst Schaeffer. Sin embargo, ellos nada hubiesen podido hacer si no contásemos a nuestro favor con el apoyo del Círculo Kâula, cuyos tentáculos se extienden por todo el Tíbet. Son los fieles kâulikas quienes transportan los mensajes de nuestros espías a través del Himalaya y nos facilitan permanente-mente la localización de la expedición. Ya le dije, Von Sübermann, que en estos países los kâulikas son muy temidos, y su fama favorece la colaboración de los supersticiosos pobladores. Fama que, en este sentido, ellos no ­desmerecen en absoluto, pues más que ascetas son monjes guerreros y los traidores pueden estar seguros de que tarde o temprano morirán en sus manos. Así, pues, una vasta red de espionaje se ha tendido en torno de nuestro objetivo.

      Conviene que sepa, Von Sübermann, que el Dharma Rajá, el Jefe espiritual de todo el país de Bután, es secreto partidario del Círculo Kâula y por eso ha destinado el Palacio contiguo como Residencia de Invierno. Odia intensamente a los ingleses, a los que considera “representantes de los Demonios”, y ha ordenado que se nos preste la mayor ayuda posible mientras permanezcamos en su País. El segundo hombre importante es el Deb Rajá, a quien se ha encargado de la Administración y los asuntos de Estado, por lo que de-be permanecer en Punakha y soportar a los ingleses, a los que odia tanto como el Dharma Rajá. De todos modos, nosotros contamos con salvoconductos oficiales que nos permitirán llegar al Tíbet y aún movernos en ese país, presentándonos como funcionarios y comerciantes al servicio del Rajá.

      –De acuerdo a lo dicho –prosiguió Von Grossen– disponemos de muy poco tiempo. Deberíamos partir mañana mismo si fuese posible. Ernst Schaeffer ha salido de Lhasa hace tres semanas, siguiendo la ruta hacia Chamdo, pero su marcha es lenta pues no desea que algún malentendido malogre su visita a Chang Shambalá: sabe que sus movimientos son permanentemente vigilados desde la Torre Kampala. Su cautela se torna más comprensible, también, si se considera que debió permanecer un año en Lhasa, en el Palacio del Dalai Lama, hasta que recibió la autorización para acercarse a Chang Shambalá: debe todavía atravesar el Cancel y persuadir a sus Guardianes de que, en efecto, cuentan con el aval de los Maestros. Se comprende, entonces, que trate de evitar errores y se aproxime lentamente a su infernal destino.

      Por nuestra parte, debemos partir lo antes posible pues se acerca el Invierno y pronto los pasos del Himalaya se convertirán en glaciares. Empero, una vez en el Tíbet, nos apartaremos de la ruta comercial tomada por Schaeffer y adelantaremos jornadas hasta darle alcance.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo XXII

 

 

 

Karl Von Grossen tenía todo previsto para ­salir de inmediato cuando nosotros llegásemos. No obstante, pese a los esfuerzos, no se podría iniciar la marcha hasta dos días después. El día siguiente a nuestra llegada lo pasé, pues, entretenido en recorrer el Monasterio y examinar la maravillosa obra escultórica de la Pagoda. Allí me ocurrió un simpático hecho que, asombrosamente, te ha afectado a ti, neffe Arturo, más de cuarenta años después...

      Al penetrar en la nave de la ciclópea roca tallada, me vi rodeado de improviso por un grupo de monjes kâulikas. Hasta ese momento habían estado entonando un mantram frente a una gigantesca estatua de Shiva danzando sobre el Dragón Yah: al notar mi presencia fueron silenciando poco a poco sus bijas y luego, al igual que los árabes que me secuestraron en El Cairo, se precipitaron como hechizados junto a mí. Mas entonces Yo estaba prevenido pues largos años había pasado en los Ordensburg y en la Orden Negra bajo la instrucción de Konrad Tarstein para ignorar lo que les sucedía a aquellos Iniciados. Era el Signo del Origen, el Signo invisible para mí que en los kâulikas causaba el efecto carismático de elevarlos espiritualmente hacia el Origen de Sí Mismo: por eso ellos deseaban situarse cerca mío, contemplarme, sostener la percepción de lo Increado. Nada más que eso querían y por eso Yo permanecí inmutable en el sitio, mientras aquellos Iniciados se ausentaban de la irrealidad del Mundo y accedían a la Realidad del Espíritu.

      Así permanecimos un rato, en absoluto silencio: una nueva corte de estatuas para aquel gélido panteón. Yo comprendía su lengua y había intentado hablarles, pero fue inútil pues en su estado místico consideraban casi un sacrilegio dirigirme la palabra. Luego de un tiempo prudencial comencé a pensar la forma de librarme de ellos, cuando advertí que se acercaba, inusualmente sonriente, el Guru Visaraga. Todos los monjes se apartaron a su paso y él, tomándome del brazo izquierdo, me sacó de tan difícil situación. Lentamente me condujo al patio, seguido a regular distancia por los alucinados monjes.

      En el patio lo aguardaban los sadhakas que vimos la noche anterior, soportando cada uno la rienda de un enorme mastín. Llevaban correa al cuello, sin bozal, de donde se sujetaba la mencionada rienda, y sin embargo no proferían ni un ladrido: mudos, silenciosos como los monjes que me rodeaban, aquellos terribles canes me observaban sin pestañear.

      Entonces el Guru Visaraga habló. Y sus palabras aún resuenan en mis oídos con extraña nitidez.

      –Oh Djowo: Vos sois para nosotros un Shivatulku, es decir, una manifestación de Shiva. Estos perros que veis aquí, son un obsequio de nuestra comunidad para quien exhibe tan claramente el Signo de Bhairava: la hembra se llama “Kula”, y el macho “Akula”.

      Era el último regalo que hubiese esperado recibir de los kâulikas. Iba a protestar pero el Guru no admitía réplica: –¡Vielen dank! dije solamente.

      –Vuestro compañero Von Grossen, que compartió varios meses nuestra mesa, nos ha confiado que los Iniciados de la SS. sois capaces de detener a un mastín enfurecido por medio de un grito.

      Asentí con un gesto:

      –En efecto –dije–. Todo Iniciado SS. debe demostrar que es capaz de imponer el Señorío del Espíritu sobre todas las criaturas animales de la tierra, por más salvajes que sean.

      –Ah –suspiró el Guru–. Nos resulta difícil imaginar vuestro mundo así como a vosotros se Os torna casi imposible representar el nuestro. Más que las Razas, nos separa un Universo de Símbolos, un Muro de Ilusión plantado por el Gran Engañador. Vosotros a menudo os conformáis con palabras vacías, vale decir, os contentáis con palabras que re-presentan ideas, ideas que tienen poco peso en la realidad, ideas que son tan ilusorias como las restantes formas de Maya. El Signo que vos portáis os hace distinto al resto de los mortales. Sin embargo ni vos, ni vuestros Gurúes, sabéis cómo demostrar esa supremacía. Pues bien, con esta simple pareja de dogos, Oh Bhattaraka, vos haréis lo que nadie, salvo que porte también el Signo de Shiva, es capaz de hacer en este Mundo: Os revelaremos un Kilkor [38] que os permitirá comandar mentalmente a ambos mastines a la vez.

      Lo de dirigir a un perro con la mente sería efectivamente increíble para cualquier mentalidad racionalista, mas Yo lo consideraba posible y lo tomaba con naturalidad; lo que me resultaba incomprensible era aquello de controlar a “ambos mastines a la vez”. El Guru Visaraga, que continuaba explicando las características del siniestro regalo, no tardó en aclarar todas mis dudas.

      –No os dejéis engañar por su aspecto fiero –afirmó con vehemencia–. No son animales comunes sino una pareja especialísima de perros daivas [39], balanceados en nuestro Monasterio gracias a fórmulas antiquísimas que posee el Círculo Kâula: los perros daivas son manifestaciones de la pareja arquetípica de perros celestes; cada uno es el exacto reflejo del otro, y ambos emanan perfectamente del Perro del Cielo; incluso sus cuerpos etéricos pertenecen a la misma Alma Grupal. Son como pares de principios opuestos manifestados y, normalmente, uno neutralizaría al otro sin remedio. Durante una guerra muy antigua, quizás anterior a la que narra el Mahabarata, los Gurúes entrenaban a los perros daivas como arma, para que atacasen en pareja y no pudiesen ser detenidos por los enemigos de varna inferior: sólo los Kshatriyas, los Héroes espirituales, los que por su Sangre Pura se encontraban “más allá” de los principios opuestos Kula y Akula, lograban detener a los perros daivas. ¡Es lo que vos, que ostentáis el Signo de Shiva, podéis hacer hoy con Kula y Akula!

      Ya veis –concluyó el Guru– que aunque vuestro poder de detener a un mastín enfurecido mediante voces de mando os pueda parecer una hazaña inimitable, y tal vez lo sea en Occidente, nada podríais hacer contra una pareja de perros daivas. Desde luego, hablo de los Iniciados SS. en general. Porque vos, Dulce Peregrino, sois distinto a todos, poseéis el antiguo Tao, la quietud activa de Shiva meditando: ¡Vos podéis dominar a los perros daivas con la mente porque Vuestro Espíritu está más allá de Kula y Akula!

 

 

      Imagínate, neffe Arturo, ocho varas con un trisula o tridente en cada extremo, es decir, ocho varas y dieciséis tridentes, dispuestas paralelamente una junto a otra y sepa-radas por pequeñas distancias. Imagínate luego otro conjunto igual, pero con las varas ordenadas perpendicularmente a las anteriores. Aplica finalmente un conjunto sobre otro para formar una rejilla, y obtendrás la forma básica del Yantra que me enseñó el Guru Visaraga: una reja cuadrangular con ocho tridentes de lado y cuarenta y nueve cuadrados interiores.

      Después de la explicación referida, el Guru, siempre acompañado por la pareja de sadhakas y los feroces canes, me condujo a una estancia iluminada por cientos de velas y cuyo piso no estaba pavimentado en modo alguno. De una de las múltiples repisas cubiertas de velas, tomó unas bolsas llenas de fina arenilla de colores varios y, con singular maestría, las fue derramando en el suelo hasta formar el Kilkor descripto.

      Me preguntó si sería capaz de recordarlo. Asentí con un gesto y entonces dijo:

      –Hijo de Shiva: no os sorprendáis porque conozcamos vuestros secretos, porque sepamos sobre vos más de lo que vos mismo aprehendéis. Vos procedéis de un país lejano, muchísimo más distante que el Assam Kâmarupa que a nosotros nos parece muy apartado, pero tenéis bastante en común con los kâulikas: sois de nuestra misma Raza y varna, sois un Kshatriya; lucháis en nuestro mismo bando contra idéntico Enemigo; estáis Inicia-do en la misma antigua Sabiduría de Shiva, el Señor de la Guerra y la Destrucción de Maya, la Sabiduría que fundamenta el Tantra Kâula. Y, para nosotros, que somos Iniciados en el Tantra Kâula, vos sois un Tulku de Shiva, como os llamé hace un momento. ¿Sabéis qué es un Tulku?

      –Creo que sí: –respondí sin demasiada convicción– la reencarnación de un Dios.

      –¡No! –negó con firmeza el Guru Visaraga, aunque sonreía compasivamente–. Debéis decir, en todo caso: una de las reencarnaciones simultáneas de un Dios. De acuerdo con la Doctrina tántrica, cuando un  Dios, en determinada Epoca, decide revelarse a los hombres, puede hacerlo, y generalmente lo hace, en una multitud de manifestaciones físicas: el Dios posee entonces una pluralidad de cuerpos, existe como hombre simultáneamente en distintos lugares y circunstancias. Esos hombres, como vos, expresan las señales del Dios pero a veces ignoran que son Tulkus.

      Hay, pues, varios Tulkus al mismo tiempo. Nuestro Tíbet, siempre fue rico en Tulkus debido a la espiritualidad elevada de los arios y de otras Razas que dominaban igualmente la antigua Sabiduría; nosotros somos quizás los únicos Iniciados en el Mundo que sabemos leer las señales de los Tulkus. Pero ahora, al final de la Era de Kâly, los Dioses se han trasladado a los países de la región que vos provenís y a otros que se hallan tras los océanos tenebrosos. Vuestra patria, Alemania, donde se han reunido hoy en día los descendientes más fuertes del tronco racial común, es uno de los últimos escenarios terrestres en que los Tulkus representarán el Drama de la Guerra de los Cielos. ¡Vos, sois un Tulku de Shiva! No es casual que estéis cumpliendo esta misión ni que nosotros os ayudemos: son los otros Tulkus, que conviven con vos en vuestra Nación, quienes con gran Sabiduría os han enviado a bloquear el paso de los Asuras de Shambalá.

      Y porque os reconocemos como Tulku es que os vamos a dar la dîkshâ en el Kilkor svadi[40].

     

 

      Puedes suponer, neffe, las dudas que me causaban las creencias de los kâulikas. ¿Yo un Tulku? La verdad era que Yo me sentía la manifestación de un único Espíritu, pero de ningún modo podía afirmar o negar que fuese también su única manifestación. Jamás se me había ocurrido pensar en tan inquietante posibilidad pero, de hecho, en ese momento no creía en ella. Aunque no me hubiese disgustado, por ejemplo, participar como Tulku de la esencia del Führer y compartir de esa forma su Destino de Gloria.

      El Guru me ofreció una copa construida con un cráneo humano, artísticamente revestida en su interior con láminas de plata y tachonado de esmeraldas, que se hallaba rebosante de un desagradable brebaje. Contenía nang tcheud, la versión tántrica del soma, amrita o hidromiel, vale decir, el elixir de los Rituales de Iniciación, la bebida de los Dioses (Siddhas) o semidioses (viryas); el nang tcheud se emplea principalmente, en el Ritual de los Cinco Desafíos, pues se halla elaborado con las cinco “cosas prohibidas”: cinco clases de carne, inclusive humana; cinco peces; cinco cereales; cinco vinos; y cinco substancias vinculadas al sexo, tales como orín, semen, sangre, heces, y médula.

      Lo bebí con evidente desconfianza y el Guru Visaraga, tal vez para tranquilizarme, se extendió un poco más en su explicación:

      –Existen muchas clases de Kilkor: de Muerte, de Liberación, de Encantamiento, de Poder, etc. Y todos requieren la maestría en el Mantram Yoga y la perfección en la pronunciación de las fórmulas mágicas que los vivifican. Por eso hay tres grados o formas de afirmar las palabras de poder o bijas: la japa vâchika, que consiste en gritar los bijas, como órdenes acústicas, al modo de vuestras “voces de mando” militares; ésta es la más baja de las japas y es la que utiliza la SS. para dominar a los mastines; la japa[41] upâmshu, que exige expresar los bijas sin gritar ni hablar, como órdenes astrales; y por último, la más elevada de las japas es la manasâ, cuyo efecto no es causal sino sin-cronístico, es decir, que hace coincidir carismáticamente los bijas con el hecho que se quiere afectar, como órdenes increadas. Como los palos del I-Ching forman un significado increado que revela o descubre los designios de los Dioses, un significado no querido por los Dioses, un significado que no estaba en el destino, un significado que emerge por coincidencia acausal entre lo Superior Desconocido y lo Inferior Conocido, un significado arrancado por la fuerza de los Hombres Magos a los Dioses Traidores, del mismo modo la japa manasâ actúa por la sola determinación de los Iniciados, de aquellos que están mas allá de Kula y Akula.

      Debéis saber, Oh Shivatulku, que sólo los grandes Iniciados son capaces de adquirir maestría en la japa upâmshu, la de segundo nivel. Ellos son los que poseen el poder de tulpa, o mudratulpa, la capacidad de conceder realidad a las ideas ordenadas y hacerlas surgir en el Mundo: con el Kilkor adecuado y la correcta japa upâmshu, es posible hacer aparecer toda clase de objetos materiales o de producir infinidad de fenómenos. Aquí mismo, estos perros daivas que véis, son sólo tulpas creados por nosotros para de-mostrar vuestro poder de Tulku.

      –En efecto, no os asombréis; hemos creado mentalmente los dogos para que vos pongáis en práctica la japa superior, la japa manasâ, que es virtud particular sólo de los Siddhas o viryas y que los Tulku poseen naturalmente. Los perros daivas producto del tulpamudra son efectivamente reales, pero sólo vos, Oh Shivatulku, los podéis gobernar con las japas del Kilkor svadi. Los kâulikas requieren una peligrosa dîkshâ y sólo alcanzan a expresar la japa upâmshu, pero vos, que sois virya, sólo necesitáis que os transmitamos el Poder viryayojanâ que permite “dar vida” a las proyecciones menta-les tulpa, el angkur de la japa manasâ. Vos no sois un kâulika, pero sois un tântrika; y ya tenéis la potestad de la japa manasâ.

 

      A continuación, procedió a suministrarme la clave de los 49 bijas que iban en los correspondientes sectores del Kilkor.

      El procedimiento “mágico” de control era el siguiente: Yo debía imaginar la reja del Kilkor y situar en cada cuadrado un  bija o palabra de poder; y cada bija era una orden que los perros obedecerían automáticamente: un bija significaba ¡silencio!, otro ¡avanzar!, otro ¡detenerse!, otro ¡atacar!, etc., etc., hasta completar cuarenta y nueve.

      Pese a mi escepticismo inicial, y para alegría de los monjes, pude comprobar que el sistema era ciertamente infalible: una vez que hube memorizado el Yantra, los perros se convirtieron en una extensión de mi propia mente y bastaba la más leve insinuación de los bijas para que obedeciesen sin chistar, o, mejor dicho, sin ladrar.

      Como aquel efecto era lógicamente sorprendente, no pude evitar interrogar al Guru sobre el modo en que el control mental se hacía efectivo.

      –Para nosotros es muy simple –aclaró–. Hemos plasmado un Kilkor semejante a éste en el cuerpo sutil de cada perro y hemos establecido una correspondencia analógica entre cada bija y ciertas funciones vitales o motrices de ambos animales. Si esto se hiciese con un solo animal, de cualquier especie, el Guru o el Iniciado kâulika podría dominarlo sin obstáculos. Pero, como os dije antes, la pareja de perros daivas es diferente: ellos participan de un único Arquetipo perro y ambos están normalmente equilibrados; si la orden mental se emite “por debajo” del Plano arquetípico, uno neutra-liza al otro y carece de efecto; sólo quien es capaz de pensar “por arriba” del Plano arquetípico, más allá del Arquetipo Creado por los Dioses de la Materia, sobre la dualidad relativa de lo manifestado y la unidad absoluta de lo inmanifestado, puede hacer prevalecer su voluntad en la acción de los perros daivas. ¡No lo olvidéis nunca: ni un Maestro de la Jerarquía ni nadie cuyo pensamiento se componga de principios opuestos, podrá detener a los perros daivas!

 

      Kula y Akula, neffe Arturo, eran los tatarabuelos de Ying y Yang, los dogos que te atacaron cuando ingresaste de manera tan furtiva en la finca y Yo te tomé por enemigo. Igual que sus antepasados, estos obedecen las órdenes mentales del Yantra y se mueven ambos a la vez, perfectamente sincronizados.

 

 

 

 

Capítulo XXIII

 

 

 

Esa mañana el Dr. Palacios me quitó la escayola. El brazo estaba curado pero aún subsistía una horrible sensación de debilidad que me recordó la terrible eficacia de los perros tibetanos. Los últimos relatos de tío Kurt iban aclarando todo... al tiempo que me sumían en un Misterio mayor. Su Iniciación, la misión en el Tíbet, el Poder del Signo del Origen, el increible parentesco de su Instructor Konrad Tarstein con Belicena Villca, y el asunto de los dogos. Sí, todo se iba aclarando, pero al mismo tiempo crecía el Misterio de mi propia existencia. A cada instante se iban incorporando nuevos elementos al contexto de mi vida: parientes desconocidos, países remo-tos, Doctrinas ignotas, enemigos implacables. Pero ¿qué era Yo? De una cosa estaba ahora seguro: jamás había tenido la más mínima chance de escapar de la historia, jamás había sido libre de elegir mi Destino, jamás dispuse de una pizca de albedrío. Todo fue ilusión, todo una farsa. Me sentía jugado, como un trebejo de ajedrez, por seres inhumanos que evidentemente conocían las reglas del juego y la posición de las piezas: el tablero era el Misterio, que apenas vislumbraba, pero que no podría abarcar por estar inserto en él.

      Comprendía que tenía que sacarme esas ideas pesimistas del cerebro para no enloquecer. Y paradójicamente, cuando tío Kurt no me hacía partícipe de su narración, me entretenía observando a los perros daivas, a los que ya no temía: aguardaba, eso sí, que tío Kurt cumpliese su promesa de revelarme los bijas del Yantra. Según él, Yo también podría controlarlos con la mente.

 

 

 

 

Capítulo XXIV

 

 

 

A  todo esto –prosiguió tío Kurt esa tarde– se habían pasado los tres días y un helado ­amanecer nos vio salir del Monasterio rumbo al Tíbet. La caravana se componía ahora por los cinco oficiales SS., cinco de los porteadores holitas de Dacca, que aceptaron el porte hacia el Tíbet, y diez lopas kâulikas, expertos en Artes Marciales y Magia Tántrica. La travesía del Himalaya se hizo por un paso sólo conocido por los monjes, que evitaba toda población hasta bien entrado en el valle de Gangri pero que subía a más de 5.000 mts. y pasaba junto a la ladera del Kula Gangri, majestuoso pico de 7.600 mts.

      Ya en la meseta del Tíbet, el país de Pey-Yul, debíamos marchar en derechura hacia el Norte; el plan de Von Grossen parecía descabellado en principio, aunque bien mirado no lo era; y de hecho produjo los resultados esperados. Consistía en alcanzar las orillas del Brahmaputra, que en el valle de Gangri corre paralelo al Himalaya, de Oeste a Este, y embarcarnos en balsa para navegar en su furiosa corriente: el punto indicado para descender (si es que no naufragábamos antes) sería en los 30º de lat. N. y 95º de long. E. donde el río “Hijo de Brahma” tuerce violentamente su curso rumbo al Sur y se dirige a los valles de Bengala. Con semejante procedimiento táctico recuperaríamos parte del tiempo que nos aventajaba la expedición de Ernst Schaeffer.

      Según la información que disponía Von Grossen, Schae­ffer y sus hombres circulaban por el camino YungLam, el cual terminaba su recorrido de 2.000 km. en China y sólo se permitía su uso al correo o a los funcionarios oficiales del Tíbet; los comerciantes, en cambio, utilizaban el camino Chang-Lam. Pero la operación de Schaeffer, avalada por el Dalai Lama, era casi una misión oficial. Sin embargo, el tránsito por aquella senda no sería fácil pues, antes de llegar al lago Kyaring, asiento del Cancel de Shambalá, se debían salvar decenas de obstáculos; para que te formes una idea, neffe Arturo, de lo accidentadas que eran aquellas vías de comunicación, te diré que en sólo 600 km. de su trayecto, desde Lhasa a Chamdo, el camino Chang-Lam franqueaba más de cuarenta cordilleras, por pa-sos que se elevaban entre 3.000 y 5.500 mts.; y eso sin contar los innumerables torrentes y ríos, a menudo carentes de puente, que corrían briosamente por los valles interme­dios.

      En Chamdo, la caravana de Schaeffer se apartaría del camino oficial y tomaría una senda de lamas peregrinos, abierta paralelamente a la orilla derecha del río Mekong, que transportaría a los viajeros directamente al lago Kyaring. Una vez allí se dirigirían hacia el Monasterio, o Gompa, de los lamas del Bonete Kurkuma, de la tribu duskha, Guardianes del Cancel de Shambalá. Ese Monasterio, conocido desde la Antigüedad como “Ashram Jafran” y que nosotros incendiamos, se hallaba tras la muralla de la ciudad de los duskhas, un pueblo de Raza tibetana famoso por la variedad de azafrán, o kurkuma, que cultivaban, del cual extraían una droga narcótica de uso Ritual y una tintura con la que teñían los bonetes o tiaras de sus lamas. Si todo salía bien, vale decir, luego que éstos hubiesen aceptado la Víctima Necesaria y abierto el Cancel, la expedición proseguiría viaje hasta las inmediaciones del lago Kuku-Noor, donde existe uno de los extremos meridionales de la Gran Muralla China y también, o justamente por eso, una de las Puertas de Chang Shambalá. Nuestra estrategia, por supuesto, exigía que diésemos alcance a Ernst Schaeffer antes de su arribo al Ashram Jafran pues, de lo contrario, habríamos perdido irremediablemente a Oskar Feil.

 

      De todos modos, la operación que íbamos a realizar había sido estudiada minuciosamente por Von Grossen y Schmidt, y, aunque la ansiedad por socorrer a Oskar me colmaba de impaciencia, no tenía otra alternativa más que confiar en que ellos estuviesen en lo cierto. Así, mientras la expedición de Schaeffer se encaminaba hacia las mesetas escalonadas del Este del Tíbet, cruzadas por decenas de cordilleras que se extendían de Norte a Sur y otros tantos valles eslabonados, nosotros avanzábamos a velocidad máxima por la llanura del valle de Gangri rumbo al Norte, procurando llegar lo antes posible al río Yaru-Zang-Bo o Alto Brahmaputra. Por ese río sólo navegaríamos cuatrocientos kilómetros pero, de acuerdo a la apreciación de Von Grossen, en cuatro o cinco días recorreríamos una distancia que, por tierra, por el camino Yung-Lam, exigía un tiempo cinco veces mayor.

      En un punto prefijado de la costa nos aguardaban dos balsas de firme construcción, aptas para transportar cada una a 10 personas y una tonelada de carga: más que suficiente para cubrir nuestras necesidades. Los kâulikas se habían encargado de contratarlas y el precio fue alto, pues hubo que pagarles el viaje hasta Sadiga y el costo de los remolca-dores que las traerían nuevamente hasta el Alto Brahmaputra.

      Los diestros barqueros, estimulados por la promesa de una remuneración extra, o atemorizados por la peligrosidad de los monjes kâulikas, conducían diestramente las balsas por el centro del canal, aprovechando al máximo la velocidad del río. Y en tanto la caudalosa corriente me acercaba aceleradamente al objetivo de la misión, Yo contemplaba admirado uno de los paisajes más extrordina­rios de la Tierra, sólo comparable, en una medida menor, a la meseta de Tiahuanaco en América. Porque aquel río “Hijo de Brahma”, que surcaba longitudinalmente un frío valle situado a 4.000 mts. de altura, tenía sus orillas custodiadas por dos cordilleras tan célebres por la elevación de sus montañas como por la de los conceptos que merecía a las Religiones más antiguas de la Humanidad: a la derecha se extendía el Himalaya, en cuyo sistema afirma la tradición asiática que se encuentra el Monte Meru, el Olimpo de los indos; y a la izquierda se alzaban los montes Gangri, cordillera que culmina al Oeste con el monte Kailas, la Morada de Shiva.

      Una semana después nos encaminábamos hacia Yushu, en el N.O., tratando de acelerar las jornadas mediante la adquisición de yaks, pues existía un itinerario de pasos y abras que permitía avanzar con tales animales. Luego de recorrer una serie ininterrumpida de pequeños valles, atravesar numerosas cadenas montañosas, cruzar el caudaloso río Saluen y muchos otros torrentes menores, llegamos un día a las orillas del Mekong, a unos 80 km. de Chamdo. A esa altura los kâulikas ya habían averiguado que la expedición de Schaeffer nos aventajaba en sólo quince días: poco tiempo para aquellas latitudes donde la duración de los viajes se medía en meses; mucho si se trataba de salvar la vida de Oskar Feil.

      Felizmente el buen tiempo nos acompañó durante todo el trayecto y se mantendría así hasta el final. Pasamos a la orilla derecha del Mekong y tomamos el Camino de los Lamas, con la esperanza de acortar la distancia que nos separaba de Schaeffer marchando más rápido que su columna y deteniéndonos lo indispensable para descansar. De todos modos, el progreso fue lento hasta la exasperación, pues el famoso “Camino” consistía en una angosta y elevada calzada que apenas dejaba pasar a los yaks, a los que a menudo teníamos que descargar. En algún lugar de esa senda, a más de 4.000 mts. de altura, cruzamos la frontera china. Al fin llegamos a Yushu, comprobando que el otro grupo de occidentales había abandonado la ciudad diez días antes. La noticia, en lugar de alegrarnos por el tiempo ganado, nos desesperó, debido a que aquella ciudad era un punto incluido en el camino Chang-Lam, por el cual se canalizaba la mayor parte del comercio del Tíbet con China y por el que se podía transitar con bastante rapidez.

 

      Desde el año anterior, Julio de 1937, China padecía la invasión de los japoneses, que ya dominaban Corea y Formosa desde la guerra con Rusia de 1905. En esos días de fines de 1938, Japón había conquistado la Manchuria y toda la costa meridional, amenazando extenderse hacia el interior: Cantón, Nanking, Shanghái, Pekin, etc., habían caído en su poder; con un formidable movimiento de pinzas procuraban ahora ocupar la enorme franja entre los ríos Yang Tse Kiang y Hoang-Ho, es decir, entre los ríos Azul y Amarillo. En el país reinaba la descomposición social, y, en las regiones que los japoneses aún no controlaban, había estallado con singular violencia la guerra civil.

      Yushu, situada en la frontera occidental, estaba lejos de los japoneses, pero no de la guerra civil. En la ciudad ­existía bastante agitación y de ningún modo convenía hacernos ver demasiado, por lo que permanecimos ocultos en la casa de una familia kâulika. Ellos fueron quienes nos proporcionaron la información sobre los diez días de delantera que nos llevaba la expedición alemana.

 

      Sería imposible alcanzarlos viajando en caravana como hasta entonces. Según Von Grossen, sólo nos quedaba una alternativa: separarnos de la carga, y adelantarnos a caballo; el avance lo realizaríamos los cinco alemanes y ocho monjes, en tanto que dos lopas se quedarían para custodiar a los cinco holitas, a los perros daivas, a los yaks con su carga, y a los recientemente incorporados zhos, que son los machos híbridos producto de la cruza del yak con la vaca. Siguiendo esta variante del plan, los kâulikas adquirieron los ejemplares de más talla que lograron conseguir de los pequeños caballos tibetanos, y cada uno tomó los mínimos víveres para diez días, puesto que en aquel camino de comerciantes se alternaban con frecuencia las aldeas y postas de descanso y aprovisionamiento. El mayor peso que debíamos transportar correspondía a las armas, para las que destinamos dos caballos.

      Ese mismo día salimos de Yushu, habiendo dormido por turnos sólo unas pocas horas. Al día siguiente vadeamos el Yang Tse Kiang o Río Azul y dimos con la mejor carretera tras cuarenta días de viaje, imprimiendo a los caballos, a partir de ese momento, considerable velocidad.

 

      Supongo que a un oficial experimentado como Karl Von Grossen no se le había escapado en Yushu que jamás alcanzaríamos a Schaeffer antes del lago Kyaring si éste nos llevaba diez días de ventaja. Indudablemente procuró complacer de la mejor manera posible mi deseo de rescatar con vida a Oskar Feil, quizás confiando secretamente en la probabilidad de que, por algún motivo imponderable, nuestros perseguidos se detuviesen más de la cuenta en algún punto de la ruta. Pero tal cosa no ocurrió y ellos conservaron la delantera el tiempo suficiente para arribar al Ashram Jafran, entregar a Oskar Feil, y partir nuevamente rumbo al lago Kuku Noor.

 

      Cuando el camino Chang-Lam cruza el Hoang-Ho, o Río Amarillo, que forma sucesivamente los lagos Kyaring y Ngoring, dista sólo unos 20 km. de la orilla Oeste del primero. Junto a ese puente encontramos a un hombre que llamó inmediatamente la atención de los monjes kâulikas: se trataba de uno de los espías que el Círculo Kâula había infiltrado en la expedición de Schaeffer y que acababa de fugar de una muerte segura a manos de los duskhas. Por él nos enteramos que los alemanes se habían ido del Ashram tres días antes, guiados por el Maestro Djual Khul, miembro jerárquico de la Fraternidad Blanca, quien los conduciría hasta la Puerta de Shambalá de Kuku Noor.

      De acuerdo al relato del valeroso tibetano, Ernst Schaeffer envió de avanzada a Oskar Feil, a fin de que explorase la región del Ashram Jafran. No bien hubo salido, fue capturado por los duskhas, que lo confinaron en un Templo dedicado al Culto de Rigden Jyepo, donde sería sacrificado recién cuatro días después, cuando la luna hiciese su transición al cuarto menguante. ¡Oskar aún se hallaba con vida! De forma inesperada disponíamos ahora de un precioso lapso de tiempo para estudiar el rescate.

      Naturalmente que todo había sido planeado por Schaeffer en combinación con los duskhas: para evitar el compromiso de entregar abiertamente a Oskar lo hizo caer en una infame trampa, de tal efecto que éste ignoraba, hasta el momento, que fuese traicionado por su Jefe. Pero no sería a Oskar a quien pretendía engañar Ernst Schaeffer, ya que moriría de todos modos, sino a algunos oficiales alemanes que evidentemente desconocían sus planes. ¡El canalla se aseguraba así una brillante coartada, ya que los mismos informarían a su regreso a Alemania que “el Kamerad Oskar Feil había desaparecido en acción”, en el curso de la Operación Altwesten !

      Esto fue lo que acortó la estadía de la expedición en el Ashram, pues Schaeffer no quería correr el riesgo de que los engañados fuesen a descubrir por casualidad que Oskar estaba prisionero de los duskhas. Precisamente, con la complicidad de los duskhas, que se prestaron hipócritamente a la farsa, dieciocho de sus Camaradas batieron palmo a palmo toda la zona durante dos días tratando de encontrarlo. Al parecer, sólo cuatro oficiales compartían los objetivos secretos de Schaeffer.

      La eficacia de aquel kâulica para espiar a Schaeffer procedía de que no era un mero porteador tibetano, aunque se desempeñara como tal por orden de sus Gurúes, sino un sudafricano de origen nepalés que comprendía perfectamente el inglés, el alemán, y el holandés. Su familia, de Raza gurka, es decir, indoaria, desertó durante la guerra de los boers y se refugió en territorios alemanes, huyendo finalmente a Bután después de 1918, cuando Alemania fue despojada de sus colonias. Tanto él, cuyo nombre era Bangi, como su hermano Gangi, fueron confiados de niños al cuidado de los monjes kâulikas, quienes los Iniciaron en el Tantra y finalmente los destacaron en Lhasa, como agentes secretos al servicio del Dharma Rajá de Bután. Allí lograron ser contratados por Schaeffer, que los tomó por sherpas, sin reparar en la diferencia de Raza. Pero ellos no eran sherpas sino dos guerreros gurkas que profesaban un odio medular hacia los ingleses y que aguardaban pacientemente alguna nueva guerra británica para alistarse en el bando contrario.

      Los espías lograron escuchar las exigencias que el traidor planteaba a los Lamas del Bonete Kurkuma y oyeron como el Maestro Djual Khul terciaba en su favor, conviniendo en atravesar cuanto antes el Cancel de Shambalá. También se enteraron de la existencia de “una ofrenda a Rigden Jyepo” propiciada por Ernst Schaeffer y comprendieron que Oskar Feil había sido entregado mediante una estratagema. En vistas que sus compañeros kâulikas no llegaban a tiempo para impedir el sacrificio, tratarían de ave­riguar dónde estaba el prisionero a fin de prestarle ayuda, cosa harto difícil en aquella aldea habitada por 2.000 duskhas y 500 Lamas.

      Ambos hermanos se entregaron a observar los alrededores del Monasterio con la mayor cautela, presumiendo con acierto que el prisionero habría sido encerrado en distinto sitio del que ocupaban los expedicionarios. En efecto, comprobaron que uno de los Templos exteriores, situado sobre un islote del lago Kyaring, estaba cerrado y custodiado por guardias armados.

      Comunicaron la novedad a los espías alemanes del S.D., solicitándoles apoyo para descubrir la maniobra y liberar a Oskar Feil. La respuesta de uno de ellos, respuesta típica de un agente secreto occidental, dejó sin aliento a los gurkas:

      –“Nosotros informamos a Alemania con meses de anticipación los planes que Schaeffer tenía para Oskar Feil, y las órdenes que recibimos fueron claras y terminantes, como ustedes bien lo saben: ‘aguardar refuerzos especiales que impedirán a Ernst Schaeffer concretar la Operación Altwesten. Firmado: Heydrich, Himmler, Hitler.’ Es decir que nada nos indicaron con respecto a Oskar Feil. Apreciamos mucho a nuestro Camarada y mucho sentimos su suerte, pero en casos semejantes el reglamento del Servicio Secreto impide actuar por iniciativa propia, pues ha sido establecido con absoluta precisión que la prioridad de nuestra misión es la Operación Altwesten. El rescate de Oskar Feil conspira contra la discreción que debemos mantener hasta el fin de la Operación Altwesten, además de contradecir expresas órdenes y constituír una acción suicida, tras la cual lo más probable es que sean tres en lugar de una las víctimas sacrificadas por estos salvajes. Nosotros, en síntesis, nada haremos y les solicitamos que procedan de la misma manera, pues aún falta mucho camino por recorrer y necesitamos la ayuda de ustedes para enviar la información a través del Tíbet”.

      Los gurkas aseguraron a satisfacción de los SS. que no intervendrían, pero al discutir el caso entre ellos concluyeron que las órdenes de los alemanes no los alcanzaban de la misma manera que los votos hechos a Shiva de combatir la traición y la cobardía. ¿Qué significaba la infracción a un frío reglamento burocrático frente a la ira de Shiva, que castigaba a los malos guerreros impidiéndoles el acceso a la Shakti Suprema? ¿Y acaso no habían jurado combatir a muerte a los miembros de la Fraternidad Blanca? Sus deberes de espías del Dharma Rajá, autorizados por el Círculo Kâula, los dispensaban de muchas obligaciones religiosas, pero permitir que se sacrificara una víctima humana en holocausto al jefe de la Fraternidad Blanca colmaba todas las medidas. Ningún Siddha podría justificar ese pecado y seguramente serían castigados en el Bhardo. No. Si para los alemanes la prioridad era llegar a la Puerta de Shambalá, la morada de los Demonios, para ellos la prioridad era el Kula, la manifestación de la Shakti Divina. Y el Kula se perdería si no actuaban como auténticos guerreros Akula. Se jugarían, pues, para auxiliar a Oskar Feil.

 

      La segunda y última noche que el grupo de Schaeffer pasaría en el Ashram Jafran, los gurkas decidieron actuar. Sin vacilar se hundieron en las heladas aguas del Lago Kyaring y nadando silenciosamente rodearon el islote para emerger en la parte trasera del Templo. Los centinelas nada habían notado. Rápidamente treparon hasta una claraboya en forma de estrella de seis puntas que, por mirar al Este, de día permitía que los rayos del Sol iluminasen la enorme estatua de Rigden Jyepo, pero que el día exacto del solsticio de verano dirigía la luz solar directamente al Corazón del Rey del Mundo. Afortunada-mente aquella horrible abertura admitía el paso de un hombre, lo que fue aprovechado por Gangi para descender arrojando una cuerda hacia el interior; su hermano permanecería de guardia en la cornisa exterior.

      Una vez adentro, comprobó que el Templo estaba iluminado por antorchas, y que, atado fuertemente con cuerdas de cáñamo, Oskar Feil dormía sobre la piedra sacrificial. Frente a él, el Jefe de los Señores del Karma gozaba anticipadamente el yajnavirya de su dolor, según pensó el intruso con un estremecimiento, al observar el rictus y la mirada diabólica de la siniestra escultura. Pero vio algo más: en el interior también había una guardia. Constaba de cuatro duskhas, aunque se hallaban a bastante distancia, junto a la única puerta del Templo: dos dormían sobre una estera, en tanto los otros dos charlaban animadamente. El gurka comenzó a arrastrarse sigilosamente, tratando de que la piedra sacrificial interceptara la visión de los duskhas y llevando en la boca un afilado puñal para cortar las ligaduras.

      Momentáneamente oculto tras el altar de piedra, el gurka kâulika se incorporó suave-mente y atisbó por encima del cuerpo de Oskar el comportamiento de los duskhas: continuaban completamente distraídos, entretenidos ahora en jugar a los dados. Deslizó una mano sobre la cara de Oskar y la apretó fuertemente contra su boca, con el propósito de evitar que hablase o emitiese algún sonido innecesario al despertar. Empero, a pesar de sacudirlo con singular violencia, el prisionero no volvía en sí. Finalmente abrió los ojos, pero Gangi los vio blancos, con las pupilas desorbitadas hacia arriba, y comprendió contrariado que el alemán padecía los efectos de un narcótico.

      Nada se podía hacer, salvo retroceder y abandonar el Templo. Shiva sabría perdonar a quien por lo menos había arriesgado su vida para rescatar a la víctima de los Demonios. Pero estaba visto que los Dioses dispusieron otro Destino para el gurka; al quitar la mano de la boca de Oskar, creyéndolo completamente desvanecido, ocurrió lo impensable: lanzó un agudo lamento y se convulsionó durante un instante, para caer en-seguida en el desmayo anterior.

      El cuerpo volvió a quedar inerte, mas ya era tarde: los centinelas corrían hacia el altar profiriendo exclamaciones. El gurka saltó sobre el primero y lo apuñaló, pero tuvo que rendirse a continuación frente a la amenaza de dos disuasivos fusiles. Otro guardia abrió la puerta del Templo y pronto hubo una multitud enardecida de duskhas rodeando al intruso. Si Gangi hubiese contado con las armas de los guerreros kâulikas habría presentado mejor batalla, pero dado el papel de porteador que representaba en la expedición lo más que podía llevar era aquel cuchillo oculto entre sus ropas. En ese terrible momento, lo único que deseó fue que su hermano consiguiese huir.

      Y su deseo se cumplió, pues el otro gurka descendió con celeridad de la cornisa y se internó en el lago, ganando la orilla sin ser visto. Escondido tras un murillo que seguía el contorno de la playa, observó cómo minutos después llegaba Ernst Shaeffer acompañado por dos de sus más fieles colaboradores y seis lamas del Bonete Kurkuma. La suerte de su hermano estaba echada.

      Para el caso de ser capturados, ambos quedaron de acuerdo en declarar que la incursión al Templo obedecía al único propósito del robo: –“suponían que en el Templo –dirían– habría objetos de valor que podrían ser sustraídos a la custodia de los duskhas para luego comerciarlos en China o en la India, produciendo así un cambio favorable en la vida de dos pobres sherpas”. Serían ejecutados, desde luego, por el sacrilegio cometido y, especialmente, porque Schaeffer no podía dejar testigos de la presencia de Oskar Feil en el Templo. Pero la versión del robo alejaría sus sospechas y no pondría en peligro la tarea de los espías alemanes.

      Ahora uno de los gurkas, Bangi, estaba libre pero no cabían alentar esperanzas sobre la suerte que correría su hermano: sería asesinado para evitar que hablase y presentar así su cuerpo al resto de la expedición, afirmando que fue muerto al ser sorprendido in fraganti efectuando un robo en un Templo, no el de Rigden Jyepo sino otro al que sería transportado el cadáver.

      No se equivocaba, pues al cabo de un rato salieron dos guardias cargando el cuerpo sin vida de Gangi, seguidos de los alemanes y los lamas: a la luz de la luna, pudo ver su cuello seccionado de oreja a oreja, debiendo apretar los dientes para evitar un grito de dolor. Se consoló pensando que su hermano poseía el Kula y que pronto danzaría junto a Shiva el baile de la inmortalidad.

      –“¡Kâly, Oh Kâly: –invocó mentalmente– comunícame tu Poder de Muerte, conviérteme en Shindje shed, el Señor de la Muerte, en Dordji Vigdje, el Señor del Terror, en Shiva Bhairava; concédeme, Oh Parvati, el Honor de vengar la sangre de mi hermano, tu fiel servidor; ayúdame a recuperar la dignidad de Kshatriya; transfórmame en Kâlybala, la Fuerza que destruya a los Enemigos de tu Sendero Kula; pon en mis manos a Trisula, el Tridente de Shiva, a Vajra, el Rayo de Indra, y a Gándiva, el Arco de Arjuna, con Isudhi, sus dos carcajes de flechas que jamás erran el blanco!”

      Mientras oraba de ese modo a la Diosa Negra, el gurka nadaba febrilmente para alejarse del maldito Ashram Jafran, consciente de que sería prontamente buscado como cómplice de su hermano y condenado a idéntica ejecución.

      Ya fuera de las murallas, trepó a un monte cercano desde donde contempló a la mañana siguiente la presurosa partida de la expedición.

      –“Los alemanes –pensó Bangi– integraban ahora un cortejo de Demonios”–. Junto a Schaeffer, en efecto, iban el Maestro Djual Khul y el Skushok del Gompa, una especie de Abad tibetano, además de cuatro lamas del Bonete Kurkuma.

      En ese momento, comprendió que tenía dos alternativas: o seguir a la distancia a la caravana, arriesgándose a morir de hambre y frío en contados días; o regresar al camino Chang-Lam y aguardar los anunciados refuerzos, arriesgándose entonces a perder el rastro de la expedición, puesto que el Cancel de Shambalá significaba la entrada en un sendero secreto, que cruzaba quizás dimensiones desconocidas del Espacio o se prolongaba en otros Mundos. No obstante, optó por esta última variante, habiendo transcurrido sólo tres días desde que se hallaba junto al puente del Hoang-Ho.

 

 

 

 

Capítulo XXV

 

 

 

Tal fue, más o menos, la historia que nos contó el gurka. Creo que a Von Grossen, igual que a sus espías en la expedición, le preocupaba más la Operación Altwesten que la vida de Oskar Feil. De acuerdo a sus órdenes, órdenes que estaban suscriptas por las más altas autoridades del Tercer Reich pero que Yo no ignoraba provenían de los “cerebros grises” del régimen, entre los que se contaba Konrad Tarstein, era prioridad absoluta “hacer contacto con la expedición de Schaeffer”, “lograr que Kurt Von Sübermann se incorporase a ella”. Es decir, que si hubiese sido por Von Grossen deberíamos haber abandonado a Oskar a su suerte y concentrarnos en seguir las huellas de Schaeffer: ésa era la mejor Estrategia para cumplir las órdenes. Pero a mí me importaba más la vida de Oskar Feil que las benditas órdenes y no me movería de allí hasta no haber conseguido su libertad.

      Paradójicamente, la “clave” de la Operación Clave Primera era Yo, mi colaboración voluntaria para desviar a la Operación Altwesten de sus objetivos ocultos. Y mi colaboración exigía, ahora, la liberación previa de Oskar Feil. Por lo tanto, haciendo gala de gran pragmatismo, Von Grossen aceptó los hechos sin discutir y se dispuso a planificar el rescate.

      Los cinco alemanes, los ocho monjes lopas, y el monje gurka, acampamos en una angosta cañada, alejada del camino principal pero situada a escasos cinco kilómetros del Ashram Jafran. Allí Von Grossen interrogó durante horas al gurka sobre los detalles de la plaza enemiga, elaborando finalmente un plan de operaciones en el que estuvimos todos de acuerdo. Básicamente, la Estrategia sería la siguiente: el rescate se efectuaría en medio de un ataque por sorpresa.

 

      De acuerdo a las tradiciones locales, lo primero que adoró el hombre en ese lugar fue el islote donde más tarde se levantó el Templo consagrado a Rigden Jyepo. Una leyenda popular aseguraba que en remotísimas Epocas, Jagannath, el Rey del Mundo, el Hogmin Dordji Chang, había salido de Shambalá a recorrer el Mundo bajo Su Aspecto de Grulla. A su regreso, eligió aquel peñasco semihundido en el lago Kyaring para descansar antes de emprender la última etapa de su viaje a Chang Shambalá. Cuenta el mito que en la playa, que se unía a la isla por un delgado pasillo de piedras, se encontraba un Santo lama llamado Dusk[42] quien, compadecido de la exhausta ave, se aproximó para alimentar-la con lo único que tenía a mano: un saco con flores de kurkuma. Agradecido, el Bendito Señor decidió premiar a Dusk haciéndolo padre de un pueblo de adoradores del Rey del Mundo y concediéndoles, a todos los Iniciados que surgiesen de su Estirpe, la custodia del Cancel de Shambalá, el cual comenzaba justamente en aquella isla sagrada.

      Otra versión de la leyenda, sin dudas más antigua, afirmaba que la Grulla Divina había amado al lama Dusk y deseaba darle descendencia antes de partir. El problema residía en que la Grulla era un ejemplar macho, del mismo sexo del lama, por lo que no habría fertilización posible. Entonces la Grulla de Shambalá, que en esta historia fuera alimentada por la sangre del lama, recordó que sólo el ayuntamiento con una serpiente macho naga es capaz de lograr el milagro de la procreación entre miembros del mismo sexo. Siempre en el islote del lago Kyaring, la Grulla activó mentalmente su Dorje de Poder, que se hallaba en el Trono del Rey del Mundo, en Chang Shambalá, y transformó al lama en una serpiente macho naga. A continuación se acoplaron con ardor quedando la Grulla Rigden Jyepo encinta de la serpiente naga. Luego de aquel acto homosexual, antes de partir, la Grulla Divina puso dos huevos color azafrán.

      Incubados posteriormente por el lama Dusk, bajo el Aspecto de Serpiente Naga, ambos huevos dieron origen a un par de gemelos híbridos, –un tercio de Grulla, un tercio de hombre, y un tercio de serpiente– quienes serían los Grandes Antepasados de los duskhas.

      No debe extrañar, pues, que con semejante creencia estos reivindicasen su parentesco con el Rey del Mundo y se convirtiesen en sus más fanáticos adoradores, exigiendo a todo aquél que intentase franquear el Cancel de Shambalá la ofrenda de dolor de una víctima humana, grato regalo para quien ostenta los títulos de “Padre del Dolor Humano”, “Señor de los Señores del Karma”, y “Supremo Maestro de la Kâlachakra”.

      Desde entonces, los duskhas, pueblo descendiente del mítico Dusk, cuidaron celosamente la región y edificaron el Templo a Rigden Jyepo sobre la “Isla Blanca”, denominada así en recuerdo de Chang Swetadvipa, la “Isla Blanca del Norte”, invisible a los ojos humanos y asiento de la Puerta de Chang Shambalá, la Mansión de los Bodhisatvas. Con el correr de los siglos, el pueblo de los duskhas creció, así como el número de su comunidad de lamas, viéndose obligados a levantar el enorme Gompa Ashram Jafran, al que rodearon de bellas Pagodas, dedicadas al culto de diversas Deidades de la Fraternidad Blanca. La isla con su Templo, se encontraba muy cerca de la orilla Oeste del lago; frente a ella, se erigía en tierra firme el Monasterio con su anillo de Pagodas; y más atrás, for-mando un amplio semicírculo que tapaba y a la vez protegía al conjunto de edificios religiosos, estaba la aldea de los duskhas.

      El Hoang-Ho, o Río Amarillo, siempre ha constituido en esa región una triple frontera entre los Reinos del Tíbet, de Mongolia y de la China. Durante miles de años los ejércitos invasores, procedentes de tal o cual Reino, pasaron frente al Ashram Jafran, respetan-do frecuentemente su status de comunidad religiosa pero en algunas ocasiones intentando ocupar la aldea o sometiéndola al saqueo. Esa realidad forzó a los duskhas a fortificar la plaza, construyendo una elevada muralla de piedra en forma de “U”, que iba de orilla a orilla del lago Kyaring: en la abertura de la “U”, frente al espacio abierto en el lago entre los extremos de la muralla, estaba la Isla Blanca con el Templo y el prisionero que procurábamos liberar.

      Y en la base de la “U”, que era el frente de la ciudad amurallada, se hallaba una enorme puerta de madera, enmarcada en dos torres elevadas que hacían las veces de atalaya, ocupadas permanentemente por vigías armados. En los dos ángulos de la “U” existían también sendas torres con sus respectivos centinelas.

      Bueno es aclarar que tales medidas de seguridad habían surgido por la fuerza de las circunstancias, es decir, por la necesidad de proteger los Templos y el Ashram ante posibles invasores, pues los duskhas carecían en absoluto, pese a su ferocidad para el Sacrificio Ritual, de vocación guerrera. Conformaban, eso sí, un pueblo de Sacerdotes natos, cuyos miembros ingresaban desde temprana edad en la práctica del Culto y vivían siempre ascéticamente, haciendo gala de un rigorismo ultramontano. No sólo no eran guerreros, sino que la guerra les causaba un horror esencial, y la imaginaban como un efecto del error humano, de la ceguera del hombre, que no veía, como ellos, la Bondad de los Dioses Creadores del Universo.

      Sus armas de fuego se reducían a un escaso centenar de fusiles Martini-Henry del siglo XIX y seis pequeñas piezas de artillería fija, montadas en las torres de la muralla: carecían por completo de armas de puño. En cambio la cuchillería era abundante y varia-da, y la manejaban con regular destreza.

      A estas deficiencias de material, se sumaba la escasa visión estratégica de aquellos infelices, que habían acuartelado la totalidad de su guarnición, unos cien efectivos, en dos barracas situadas a ambos lados del portón principal. Evidentemente, todo el peso de su defensa se basaba más en factores psicológicos que reales, vale decir, que confiaban en la disuación de sus murallas, y el escaso botín que había tras de ellas, para desalentar a los posibles atacantes. Las mismas piezas de artillería representaban antes un objeto disuasivo que un peligro real para los sitiadores, puesto que difícilmente funcionarían: y eso si se daban las condiciones ideales de que hubiese pólvora seca, municiones y mecha, y se colocasen estos elementos en la forma correcta.

      En síntesis, como la región estaba tranquila por el momento, y no tenían motivos para sospechar ningún ataque, la guardia estaba reducida a su mínima expresión: un hombre en cada torre, es decir, seis vigías; dos en la puerta principal y uno tras cada una de las otras cuatro puertas laterales, o sea, seis guardias más; otros seis guardias en el Templo de la Isla Blanca, dos afuera y cuatro adentro; y cuarenta efectivos durmiendo en cada una de las barracas, pero prontos a salir ante la menor alarma.

          

 

      Esa noche, Kâly haría realidad las plegarias del gurka. No serían los golpes del Tridente de Shiva, ni el Fuego del Rayo de Indra, ni la certeza de las flechas de Arjuna, pero la venganza de Bangi se instrumentaría por medio de otros poderes semejantes: los golpes de las balas de nuestros fusiles, el fuego de las granadas, y la certeza de las flechas de los lopas.

      Por el número de efectivos que contaba, la formación que comandaba Von Grossen era apenas una escuadra; mas, por la moral combativa y la conciencia de la propia fuerza, debía ser calificada de falange o legión. Una legión, se diría, por su gran movilidad para la blitzkrieg. De entrada, atacaríamos divididos: Von Grossen conduciría el grueso de la es-cuadra, en tanto que una cuadrilla dirigida por mí operaría en el Templo. En una segunda fase del plan, la escuadra se bifurcaría en dos pelotones, para luego reunirnos todos, en un punto prefijado, y ejecutar la retirada.

      Solamente los alemanes iríamos al asalto provistos de armas de fuego: una pistola Luger y una metralleta Schmeisser por cabeza, además de dos de los obsoletos fusiles Mauser 1914, que ya se verá para qué iban a servir. En esos días, las Schmeisser de 9 mm. eran armas secretas, y sólo a un cuerpo de Elite como el nuestro se le había permitido llevarlas fuera de Alemania. Contábamos con cincuenta cargadores con treinta balas cada uno, pero Yo sólo llevaría dos, quedando los restantes para mis Camaradas que sostendrían el grueso del ataque. Naturalmente, todos portábamos la daga de Caballero SS., con la leyenda “Blut und Ehre” labrada en la hoja.

      Los guerreros kâulikas, por su parte, empleaban tres clases de armas: arco y flechas, cimitarra, y puñal. Como dije antes, aquellos monjes eran expertos en artes marciales, y su habilidad para la arquería no tenía rivales en el Tíbet, donde nadie dudaba en atribuir un poder mágico a sus flechas y se afirmaba que, tanto podían dar en el blanco de día como de noche, con los ojos abiertos o vendados, etc. Todos cargaban cincuenta flechas, ni una más ni una menos, en un carcaj que dejaban suspender contra la pierna derecha: cada flecha correspondía a uno de los cráneos del collar de Kâly y por eso tenía grabada en su vara una de las letras del alfabeto sagrado de los arios. La cimitarra era una espada corta, de unos 80 centímetros con hoja de un solo filo, corva, tronchada de forma convexa y a contrapunta, y ensanchada en ese extremo; el arriaz protegía el puño con dos gavilanes que imitaban la uña del águila, y la empuñadura, de marfil negro, tenía un pomo exquisita-mente cincelado, que representaba el Rostro de Kâly como Mrtyu, la Muerte. La cimitarra, envainada, pendía de un tahalí sobre el costado izquierdo. Y finalmente, en una pequeña vaina trabada por la faja, iba el puñal de hoja flameada y empuñadura de marfil, de tamaño semejante al Panzerbreher medieval o a su contemporáneo “Misericordia”.

      Los integrantes del Círculo Kâula denominaban en su Tantra, “Rudra” a Shiva, palabra que surgía de la contracción y aglutinación de Ru y Duskha, y que significaba “El que destruye el Dolor”. Shiva era así el Enemigo del Dolor, o el Enemigo de Dusk; y sus discípulos, por extensión, serían los Enemigos de los duskhas. Esto lo aclaro, neffe, porque no podría dejar de considerar, en el balance del armamento propio, al profundo odio que los kâulikas experimentaban por los duskhas, como un importante elemento táctico a favor. Los kâulikas tenían a los duskhas poco menos que como vampiros que vivían del dolor humano, y estaban psicológicamente predispuestos a actuar con el máximo rigor contra “la familia de Dusk”: Shiva Rudra aprobaría y premiaría la demostración de valor de sus Kshatriyas kâulikas.

 

      El Sol se ocultó tras la formidable Cordillera Bayan Kara y la noche, impenetrable debido a la escasa luz lunar del cuarto menguante, descendió sobre el lago Kyaring. A las cero horas dejamos los caballos bien sujetos un kilómetro antes del Ashram Jafran y comenzamos a avanzar a pie, cargando el material necesario para el ataque. Este se había fijado para la una en punto, hora en que los dos grupos debían estar en sus puestos.

      El gurka, conocedor del trayecto hacia el Templo, uno de los lopas, y Yo, nos encargaríamos de rescatar a Oskar, en el momento exacto en que Von Grossen con los demás iniciarían el ataque frontal. La sorpresa era el factor determinante del éxito de nuestra Estrategia y por eso nos movíamos con extrema cautela.

      A la una menos cuarto, y a unos trescientos metros de la torre de vigilancia, entramos en el lago. Los tres éramos Iniciados y sabíamos cómo liberar el calor de la energía ígnea Kundalini para evitar la congelación, pero sin ninguna duda en ese medio acuático de alta montaña los kâulikas me aventajaban: las prácticas de Hata yoga de la SS. se concentraban principalmente en resistir con el cuerpo desnudo las bajas y secas temperaturas de los Alpes bávaros. Así, Yo tiritaba aún de frío, cuando arribamos a la Isla Blanca minutos más tarde, sin que los duskhas nos oyesen.

      En la parte posterior del Templo, los tres invasores trepamos hasta la abertura estrellada por la que ingresara cuatro días atrás el infortunado Gangi. Era casi la una de la madrugada. A partir de entonces debíamos actuar con matemática precisión, pues cabía la posibilidad que los guardias interiores tratasen de dar muerte a Oskar al recuperarse de la sorpresa del ataque.

      A la una y cinco segundos, con exactitud germánica, una poderosa explosión exterior hizo vibrar el Templo y dejó paralizados de terror a los custodios. En ese instante, mientras afuera se desataba el Infierno, Yo salté desde la ventana, rodé por el piso en dirección al altar, me paré bruscamente, y con una sola ráfaga de la Schmeisser acabé con los cuatro guardias. Los cuatro recibieron las balas por la espalda y murieron sin saber qué pasaba, remachados contra la puerta del Templo hacia la que estaban vueltos. Una ofrenda más justa que Oskar Feil era la que ahora recibía el horrible ídolo, tras el cual me había parapetado en prevención de que se abriese la puerta e ingresasen otros guardias.

      Los kâulikas, que llegaron segundos después junto al altar, se ocuparon de cortar las ligaduras y quitar la mordaza que impedía hablar a Oskar, a quien ya se le pasara el efecto del narcótico.

      –¡Kurt! ¡Kurt Von Sübermann! –gritó aturdido–. ¿Eres realmente tú o estoy soñando?

      –¡Soy Yo, soy Yo! –afirmé con impaciencia–. Prepárate pues tenemos que huir cuanto antes de aquí. Luego te explicaré todo.

      El pobre Oskar no podía tenerse en pie.

      Durante siete días lo mantuvieron maniatado en el altar y sólo lo alimentaron lo indispensable para que llegase vivo al día de su ejecución. El lopa y Yo pusimos cada uno un hombro bajo sus brazos y retrocedimos al fondo del Templo alzándolo en vilo. Mientras, el gurka pegaba su oído a la puerta y, al no advertir peligro alguno, se aseguraba con el puñal que los guardias estuviesen bien muertos.

      En verdad, podíamos haber salido por la puerta del Templo, ya que los guardias exteriores corrieron hacia la aldea al oír las explosiones; pero entonces no lo sabíamos y no queríamos arriesgarnos a sostener un combate desigual. Lo que hicimos, en cambio, fue salir los cuatro por la ventana: primero trepó el lopa; luego Oskar, parado sobre mis hombros, recibió ayuda y pasó a la cornisa exterior; y, finalmente, subimos Bangi y Yo.

      Rodeamos el Templo y comprobamos que el frente estaba desguarnecido. Atravesamos, pues, el pasillo que unía la Isla Blanca con la playa y nos ocultamos tras el murillo para observar, cincuenta metros adelante, lo que sucedía en el Monasterio. ¡En los minutos siguientes nos reencontraríamos con nuestros Camaradas!

 

 

 

 

Capítulo XXVI

 

 

 

El entorno de la muralla había sido despojado de rocas, por lo que tuvieron que arrastrarse cincuenta metros. Faltando cinco minutos para la una Von Grossen, los tres oficiales SS., y tres lopas, se hallaban pegados en el suelo a veinte metros de la puerta principal. Los restantes cuatro monjes estaban encargados de eliminar a los vigías, desplegados en posiciones adecuadas para tal fin.

      Su acción fue muy veloz y los vigías “nada vieron” cuando los lopas emergieron de la tierra con la velocidad de la cobra, se hincaron en una rodilla, y lanzaron cuatro flechas. ¡Cuatro flechas en la noche, cuatro blancos certeros! Se diría que aquellas saetas sagradas buscaron el corazón de los adoradores del Señor de Shambalá.

      Von Grossen y su grupo corrieron entonces en dirección a la puerta, uniéndose a dos de los arqueros; los otros dos marchaban, separadamente, a liquidar a los centinelas de las torres extremas de la muralla, esas que estaban sobre las aguas del lago. Todos se apretaron al muro, en tanto Kloster y Hans sujetaban en goznes y cerraduras los cuatro petardos de demolición. La entrada principal a la aldea estaba guardada por un pesado y enorme portón de única hoja, construido con tablas ensambladas y cubierto de herrajes que tapaban totalmente las hendiduras. Era ciertamente una fuerte valla, que hubiese resistido más de una carga de ariete, pero sin dudas ineficaz en la guerra moderna, frente a la artillería o a las bombas como las que nosotros colocamos. Kloster miró la hora: dos minutos para la una; entonces dio ignición al detonador retardado de dos minutos y se apretó contra el muro, al lado de Von Grossen.

      Psicológicamente, dos minutos pueden durar un instante o una Eternidad, especialmente si existe la posibilidad de que uno muera al cabo de ellos. Los alemanes, para evitar pensar en todo aquello que no fuese el combate, se entregaron a verificar que las metralletas tuviesen destrabado el seguro; a controlar por enésima vez que los cargadores vendrían fácilmente a la mano, de las cartucheras de lona; y a asegurarse que las granadas de palo se deslizarían sin problemas del cinturón y de la boca de las botas. Así, para los alemanes, los dos minutos estuvieron más cerca del instante que de la eternidad. Los kâulikas, en cambio, permanecieron absolutamente inmóviles, con la mente concentrada en la unidad infinita del Kula. Para ellos, que se habían despojado de la conciencia de la duración, los dos minutos fueron semejantes a la Eternidad.

      Pero todos corrieron igualmente cuando las bombas explotaron. Y, literalmente ha-blando, se cansaron de matar.

      Las cargas, distribuidas con singular pericia, arrancaron completamente el portón y lo destrozaron, esparciendo los pedazos a decenas de metros a la redonda. Aún no se había disipado el humo de la entrada y ya Von Grossen y Heinz estaban plantados frente a las dos únicas puertas de las barracas.

      Adentro reinaba una gran confusión, y sólo unos pocos atinaron a tomar su arma e intentar salir; mas tal reacción sobrevino muy tarde para salvarles la vida. Kloster y Heinz corrían desde un minuto antes alrededor de las barracas arrojando las granadas por las troneras: a la quinta granada, simultáneamente, ambos tugurios comenzaron a desmoronarse. Desesperados, los que resultaron milagrosamente ilesos, pugnaban por ganar las puertas y salir, para caer abatidos sobre los cadáveres de sus predecesores, fulminados por las inclementes ráfagas de las Schmeisser. Ni uno solo escapó de aquella trampa mortal.

      Al no aparecer más guardias por las puertas, Von Grossen dio una orden y dos kâulikas penetraron en las ruinas y se dedicaron a rematar a heridos y sobrevivientes con certeras puñaladas. El Standartenführer consultó su reloj pulsera de agujas luminiscentes: la una y ocho. ¡En solamente ocho minutos, y sin darles tiempo a disparar un tiro, los tres oficiales SS. exterminaron a la guarnición duskha!

      Desde la entrada principal, y hasta la amplia plaza donde se elevaba el Monasterio, corría una ancha avenida de 300 metros de largo por la que Von Grossen había planeado el siguiente avance. Salvo los dos lopas que quedaron afuera, y cuya misión consistía en subir a las torres, a los kâulikas se les encomendó “despejar” el paso de los alemanes. Con ese propósito, apenas voló el portón, tres de ellos se dirigieron directamente hacia allí blandiendo sus cimitarras y, con notable maestría, degollaron a todos los duskhas que se cruzaron en su camino. Se habían repartido el trayecto y cada uno iba y venía unos cien metros prodigando mandobles a diestra y siniestra. Los primeros en morir fueron, desde luego, los habitantes de las casas con fachada a la avenida, y que cometieron el irreparable error de salir a la calle al oír las explosiones: ancianos, hombres, mujeres, niños, a nadie perdonaba la cimitarra kâulika. Después de la una y diez, al sumárseles los dos lopas que volvían de rematar a los heridos de la guarnición, los cuerpos de decenas de familias completas yacían sin vida en la vecindad de sus moradas.

      Mas, a esa altura de los hechos, tras la explosión de las bombas, las granadas, y el tableteo de las metralletas, el caos era dueño de la aldea duskha. En medio de infernal gritería, una multitud de gente desconcertada convergía sobre esa calzada, algunos con el fin de llegar hasta las murallas, y otros para encaminarse hacia el Monasterio. Y aunque muchos venían armados con puñales y sables, y ofrecían fugaz resistencia a los monjes kâulikas, éstos segaban inexorablemente sus miserables vidas.

      Cuando los cuatro oficiales SS. marcharon a la carrera rumbo al Monasterio, la avenida se había convertido en un río de sangre. Pero el camino estaba eficazmente “despejado”. Sólo dispararon algunas ráfagas al pasar, sobre la muchedumbre que afluía por las callejuelas laterales. Detrás de ellos avanzaron también los kâulikas, cumpliendo admirablemente su función de asegurar la movilidad de los alemanes.

     

      A la una y diez, entretanto los alemanes marchaban por la avenida, regresaron los dos arqueros lopas del exterior y subieron por una escalera de piedra hasta las torres que custodiaban el destruido portón de entrada. Allí se separaron: uno tomaría por el pasillo de la izquierda y el otro por el de la derecha, pasillos que conectaban todas las torres entre sí y que consistían en angostas plataformas voladizas, distribuidas periféricamente en el lado interior del muro. En cada torre existía un primitivo fogón, que ahora resultaba inútil para calefaccionar los definitivamente helados cuerpos de los guardias. Los kâulikas, desde las primeras torres, observaban el conglomerado de casas que se extendía compacto en una franja de trescientos metros de ancho, paralela a la muralla. Utilizando las distintas torres era posible dominar cada detalle, manzana, callejuela, casa o Templo, de la aldea duskha.

      El día anterior lo habían pasado fabricando las flechas incendiarias. No fue difícil: bastó con arrollar en las puntas de las flechas comunes un hilo de lana impregnado en una mezcla de aceite combustible y azúcar. Tenían cien flechas de aquellas pues, según Von Grossen, no se requerían más; lo importante, explicó el Standartenführer, no era la cantidad de flechas sino la calidad de los blancos seleccionados y el grado de acierto en los tiros. Conforme a dicha táctica, los kâulikas eligieron los cien blancos uno a uno, procurando apuntar a los materiales inflamables tales como maderas y telas.

      Las puertas, ventanas, toldos, cortinas, sacos de alimentos, las parvas de forraje y los telares armados bajo anchos corredores, comenzaron poco a poco a tomar diferentes categorías de combustión. En algunos sitios, las llamas pronto sobrepasaron la altura de las casas y las chispas invadieron las inmediaciones; el fuego se propagó inexorablemente y el incendio se hizo general.

      Al llegar ambos kâulikas a las torres finales, a la una y veinte, la aldea duskha se había transformado en una gigantesca hoguera. Las turbas incontroladas trataban en su mayoría de escapar del calor sofocante y llegar al lago o salir fuera de las murallas. Los centinelas de las puertas laterales, atrapados entre las llamas y la muchedumbre, abrieron y no pudieron impedir el paso de cientos de pobladores aterrorizados. A esa hora, los dos monjes kâulikas asumieron muy distintas actitudes. El que se hallaba en la torre de la extrema derecha, se descolgó con una cuerda fuera de la muralla y se dirigió resueltamente hacia el lugar donde estaban ocultos los caballos, derribando sin contemplaciones, con mortales golpes de cimitarra, a los desconcertados duskhas que encontraba en su camino. El de la torre de la izquierda, preparó la cuerda para ­descender al exterior, pero luego bajó por la escalera de piedra hacia el interior y, convertido en un torbellino de mortíferas estocadas, limpió de enemigos las inmediaciones de aquel sitio: aguardaba la llegada de la escuadra de Von Grossen, que ya tendría que encontrarse allí.

 

      Una y quince. El numeroso corrillo de duskhas, reunidos ante la entrada del Monasterio, reclamaba con fuertes voces la presencia de los lamas del Bonete Kurkuma. Ignorando el clamor de sus hermanos, los monjes se habían atrincherado y estaban, probable-mente, rezando plegarias a Rigden Jyepo y a los Dioses de la Fraternidad Blanca.

      Era improbable que en el interior del Gompa, sede física del Ashram Jafran, hubiese algún arma de fuego; y era más improbable aún que algún lama estuviese dispuesto a defender con armas su refugio.

      La aparición a la carrera de Von Grossen y los oficiales SS. fue sorpresiva y causó el pánico de los pobladores. Dos granadas cayeron entre ellos y completaron aquel cuadro de terror sin nombre. Los estallidos, en medio de la multitud, mutilaron los cuerpos más cercanos y proyectaron decenas de esquirlas en todas direcciones, dientes de metal ávidos de morder y herir la carne, fieras ciegas y aladas que mataban al azar. Von Grossen sólo tuvo que disparar dos veces con la metralleta, para que la lluvia de balas dispersase al gentío enloquecido.

      Todo el grupo se resguardó preventivamente bajo la galería de una hermosa Pagoda budista de estilo tibetano, con el fin de preparar la siguiente acción. Kloster y Hans, en el centro del círculo de cimitarras kâulikas, bajaron sus mochilas y extrajeron las cuarenta granadas de fusil. Tomaron luego los Mauser 1914 e insertaron dos de ellas en el adaptador de los cañones.

      Las granadas de fusil tenían carga de fósforo, que estallaba con el impacto, y constituían una eficasísima bomba incendiaria táctica. Despedidas con un fusil semejante al Mauser, era posible acertar blancos precisos a 300 metros. Sus blancos, las ventanas del Monasterio, los invitaban a lanzar los proyectiles sólo 25 metros adelante.

      Asentado sobre una base cuadrada de setenta metros de lado, el Gompa mostraba tres filas de ventanas en el nivel superior a la puerta de entrada, fachada principal que veíamos de frente. Albergaba, como dije, unos 500 lamas del Bonete Kurkuma, muchos de los cuales se asomaban y arengaban a los duskhas, ora suplicando, ora mandando, a resistir al enemigo, a reorganizar la defensa, a no huír, etc. Quizás la más paradójica de tales dramáticas intimaciones fuera la que aseguraba, en el Nombre del Bendito Señor, que los intrusos no eran Demonios sino simples mortales.

      Existía también una gran puerta trasera, que daba a la Isla Blanca, y dos pequeñas puertas en sendos lados del edificio, todas las cuales permanecían trancadas por dentro. Los techos, cubiertos de tejas marrones, se inclinaban en suave pendiente hiperbólica, y había un patio central rodeado de galerías y finas columnas.

      En esos momentos, los lamas advirtieron el incendio que consumía a la aldea y exhortaron al pueblo a combatirlo empleando el agua de los estanques y canales interiores, los que se podían inundar en cuestión de minutos abriendo unas exclusas que contenían la presión del lago. Hay que admitir que algunos duskhas conservaron la calma en esos trágicos instantes y corrieron a cumplir las órdenes, que los lamas no se atrevían a realizar por sí mismos; y otros hubo que intentaron vanamente oponerse a la voracidad del fuego. Pero una cosa es detener un incendio ocasional, surgido por accidente en tal o cual lugar, y otra muy distinta enfrentarse a cien focos deliberadamente encendidos.

      El incendio se tornó incontenible en ciertos barrios y sus moradores huyeron des-pavoridos, algunos rumbo al exterior, y otros en dirección al Lamasterio. Sin reparar en los cadáveres acribillados que sembraban la plaza, turbas procedentes de varias direcciones convergían a cada instante para solicitar socorro Divino de sus Dioses, en tanto los lamas los conminaban a luchar de inmediato, contra el fuego y contra los invisibles pero letales enemigos.

      Sin embargo, aunque era ensordecedor el lamento y los alaridos de los desespera-dos, sobre el ruido de fondo que producía el crepitar de las cosas al quemarse, ya no se escuchaba el sonido de las armas de fuego. Alentados por tal silencio, los lamas gritaban ahora oraciones y mantrams desde casi todas las ventanas.

 

      Una y dieciséis. La escuadra de Von Grossen surgió de improviso de las tinieblas de la Pagoda y marchó en orden cerrado de dos en fondo durante unos metros. Un instante después Kloster y Hans disparaban las dos primeras granadas incendiarias hacia dos ventanas del segundo piso: una impactó en el pecho del lama que vociferaba circunstancial-mente su discurso y lo hizo desaparecer bajo una luz cegadora; otra penetró limpiamente por la abertura contigua y estalló en el interior del Gompa. Y a través de ambas ventanas, luego de apagarse el brillo de la explosión, se vio como las llamas lo abrasaban todo.

      Mas los SS. no se detenían a evaluar el efecto de su ataque. Tras las dos primeras, continuaron enviando granadas contra las ventanas a razón de diez por frente, hasta completar las cuarenta. Kloster corrió por la derecha, seguido de Von Grossen y dos kâulikas, deteniéndose a trechos para cargar la granada y disparar. Hans lo hizo por la izquierda, protegido por Heinz y tres kâulikas, tirando de manera semejante.

      Nadie había contado con la posibilidad que el Monasterio tuviese su propio cuerpo de guardia, la que pasó desapercibida para el observador gurka. Empero, aquélla era insignificante en número, aunque sus miembros poseían buen adiestramiento en el empleo del sable. Allí sufrieron la primera y única baja, cuando una sorpresiva cuchillada segó la vida de un lopa del grupo de Von Grossen. Los guardias, dos o tres por puerta, permanecían afuera y trataron, haciendo gala de cierto valor, de impedir que fuese atacado el Monasterio. Por supuesto, no tenían ni la destreza ni el conocimiento necesario para rivalizar con los kâulikas y, cuando no fueron eliminados por sus cimitarras, cayeron perforados por las implacables balas germanas.

      En contados segundos el Lamasterio fue, pues, igualmente pasto de las llamas. Como huéspedes involuntarios de un horno infernal, como si el Rayo de Indra hubiese efectiva-mente caído sobre el pacífico Ashram Jafran, la mayor parte de los hipócritas Santos lamas halló horrible muerte en esos primeros minutos del ataque. Una muerte que iba acompañada por un estremecedor concierto de aullidos de dolor.

      A los dos minutos, ambos pelotones se reunieron en la puerta posterior del Monasterio, la que miraba a la Isla Blanca y al Templo de Rigden Jyepo. Los relojes señalaban la una y dieciocho, y por la playa se aproximaba a paso lento un tercer grupo: ¡era la cuadrilla compuesta por el gurka, el lopa, Oskar Feil, y Yo!

 

      De pronto se abrió la puerta y algunos lamas pretendieron salir al exterior. Tosían y lloraban por el humo, y sus simples rostros asiáticos representaban la imagen del espanto: Von Grossen los ametralló sin piedad y bramó:

      –¡A las otras puertas!

      En efecto, las restantes puertas se abrieron también pero fueron muy pocos los sobrevivientes que tuvimos que suprimir: el intenso calor, y el derrumbe de los pisos superiores, acabó con la mayor parte antes que pudiesen llegar a las salidas. Como los vigías, como la guarnición, la totalidad de los lamas del Bonete Kurkuma terminaron aniquilados a causa de nuestra superioridad en el arte de la guerra.

 

 

 

 

Capítulo XXVII

 

 

 

Una y veintiún minutos. Karl Von Grossen, Heinz, Kloster, Hans, Oskar y Yo, el conjunto de cinco lopas, y el gurka, salvamos los trescientos metros que nos se-paraban de la torre izquierda. Tuvimos que abrirnos paso sangrientamente entre el escaso gentío que aún corría caóticamente sin saber qué hacer, pero esa vía de escape planeada por Von Grossen demostró ser, sino la única posible, una de las pocas que quedaban. Otro curso de evasión, por ejemplo, podría haber considerado el medio acuático del lago; lo que no sería factible hacer era regresar por donde vinimos, es decir, por la avenida, ya que la misma se asemejaba ahora a un túnel de alta temperatura por efecto del incendio general; efecto anticipado por el previsor Von Grossen.

      En el centro de un espeluznante círculo de cadáveres, al pie de la escalera, dimos con el monje kâulika. Antecedidos por éste, fuimos subiendo en columna hasta la torre y bajando rápidamente con la cuerda al exterior de la muralla.

      Sin obstáculos dignos de mención, emprendimos la retirada en dirección al Norte. Quinientos metros más adelante hallamos al monje kâulika con los caballos y completamos la retirada, alejándonos velozmente de la destruida aldea duskha. El camino ascendía por la pendiente de una loma y Yo no pude evitar volverme un instante para contemplar por última vez la consecuencia de nuestro ataque. La imagen que percibí, como corolario de la operación, fue dantesca: con el marco tenebroso de la noche cerrada, se distinguía nítidamente el cuadrado del interior de la muralla, iluminado por los resplandores rojizos del incendio, que todavía conservaba su vitalidad destructiva; el fuego, como una bestia famélica, había decidido devorarlo todo, y aún se alimentaba del siniestro Monasterio; el edificio, que fuera el más alto de la aldea, ardía libremente y sus llamas proyectaban un abanico multicolor sobre el espejo inmutable del lago Kyaring; bajo esa luz, hasta me fue posible reconocer al maldito Templo de Rigden Jyepo, que estaba construido íntegramente con piedras blancas.

      El éxito del ataque habría sido total de haber podido seguir el curso de una variante planificada por Von Grossen, que contemplaba la dinamitación de aquel Templo satánico. Pero no se dispuso de tiempo material para ello; vale decir, el tiempo se empleó en cubrir las puertas del Gompa a fin de evitar que escapasen los lamas: al realista Von Grossen le pareció más práctico matar a todos los lamas, enemigos vivos, que emplear la violencia en un símbolo “inerte” tal como el Templo. Mas Yo discrepaba con semejante criterio, pues consideraba que tenía más peso real, como adversario, el Lamasterio que los lamas: ¡a la Fraternidad Blanca le iba a resultar mucho más fácil reemplazar a los lamas que reconstruir el milenario Templo! Sin embargo, nada le reprocharía a Von Grossen ya que, gracias a su indudable profesionalismo, ahora galopaba a mi lado Oskar Feil.

      Unas potentes exclamaciones me substrajeron bruscamente de tales pensamientos. Tardé en comprender que todos hicieron lo mismo que Yo y se volvieron un segundo para llevarse la visión final de la aldea duskha. Y ahora, al descender al otro lado de la loma, lanzaban incontenibles y alborozados gritos de júbilo. Naturalmente, me refiero a los ale-manes, pues los asiáticos permanecían tan indiferentes como siempre. Von Grossen tuvo que aludir a la autoridad de su grado militar para evitar que se entonara a viva voz la canción de Baldur Von Schirach “Canto a las Banderas de las Juventudes Hitlerianas”. Yo también la hubiese querido cantar en ese momento. Y, recordando mi niñez en El Cairo, la repetía mentalmente, como sin dudas hacían mis Camaradas:

     

              ...Alemania, un día te elevarás radiante

              ¡Aunque Nosotros tengamos que morir!

              Nuestros Estandartes ondean frente a Nos,

             nuestros Estandartes son de un Tiempo Mejor,

              nuestros Estandartes nos conducen a la Eternidad,

              ¡sí, nuestros Estandartes son superiores a la Muerte!

 

      Sí, nuestros estandartes eran superiores a la Muerte misma; y desencadenaban la Muerte sobre los enemigos, como acababan de comprobar los lamas del Bonete Kurkuma. Los alemanes desatábamos la Muerte porque la Historia nos convocaba para ello; el Ene-migo de nuestros estandartes se arrepentiría para siempre de haber clavado sus viles garras en la patria. Recordé entonces la “Canción de Rebato para los alemanes” de Dietrich Eckart, aquel miembro fundador de la Thulegesellschaft de quien Konrad Tarstein me hablara incansablemente, pues había sido también uno de los Inciadores de Adolf Hitler:

 

              ¡Convocación, Llamamiento, Alarma, Rebato!

              ¡Suelta está la Serpiente!

              ¡El Dragón de los Infiernos!

              ¡La Estupidez y la Mentira rompieron sus cadenas;

              la Avidez por el Oro reposa en horrible asiento!

              Rojo, como la Sangre, está ardiendo el Cielo;

              con estrépito pavoroso

              se derrumban las Murallas.

              Golpe tras golpe ¡también a los Sagrados Altares!

              Los reduce a escombros el Dragón.

              ¡Tocad a Rebato ahora o nunca!

              ¡Alemania despierta!